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Muy buenas noches, amables amigos y hermanos presentes y radioyentes. Que las bendiciones de nuestro amado Señor Jesucristo sean sobre todos ustedes y sobre mí también, y nos permita comprender Su Programa correspondiente a este tiempo final por medio de Su Palabra. En el Nombre Eterno del Señor Jesucristo. Amén y amén.

Quiero leer esta noche en Primera de Pedro, capítulo 2, verso 9, donde nos dice San Pedro:

“Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable…”.

Y en Hebreos, capítulo 7, nos habla San Pablo acerca de un Sacerdote, el cual es Sacerdote del Templo que está en el Cielo; y dice en el capítulo 7, versos 17 en adelante:

“Pues se da testimonio de él (o sea, de Jesús):

Tú eres sacerdote para siempre,

Según el orden de Melquisedec.

Queda, pues, abrogado el mandamiento anterior a causa de su debilidad e ineficacia

(pues nada perfeccionó la ley), y de la introducción de una mejor esperanza, por la cual nos acercamos a Dios.

Y esto no fue hecho sin juramento;

porque los otros ciertamente sin juramento fueron hechos sacerdotes; pero éste, con el juramento del que le dijo:

Juró el Señor, y no se arrepentirá:

Tú eres sacerdote para siempre,

Según el orden de Melquisedec.

Por tanto, Jesús es hecho fiador de un mejor pacto”.

Aquí podemos ver un nuevo orden sacerdotal.

Nuestro tema para esta noche es: “EL SÉPTIMO SELLO Y EL NUEVO ORDEN SACERDOTAL”.

Para comprender lo que es un orden sacerdotal tenemos que ir a la historia del pueblo hebreo y la forma en que Dios trató con el pueblo hebreo, al cual le estableció un templo terrenal, del cual San Pablo dice en el capítulo 9 de su carta a los Hebreos:

“Ahora bien, aun el primer pacto tenía ordenanzas de culto y un santuario terrenal.

Porque el tabernáculo estaba dispuesto así: en la primera parte, llamada el Lugar Santo, estaban el candelabro, la mesa y los panes de la proposición.

Tras el segundo velo estaba la parte del tabernáculo llamada el Lugar Santísimo,

el cual tenía un incensario de oro y el arca del pacto cubierta de oro por todas partes, en la que estaba una urna de oro que contenía el maná, la vara de Aarón que reverdeció, y las tablas del pacto;

y sobre ella los querubines de gloria que cubrían el propiciatorio; de las cuales cosas no se puede ahora hablar en detalle”.

Aquí podemos ver que el pueblo hebreo tenía un tabernáculo construido por Moisés, el cual era tan importante para el pueblo hebreo que en ese tabernáculo ofrecían los sacrificios a Dios por el pecado; y el pecado del pueblo hebreo como nación, y de las personas como individuos, quedaba cubierto con la sangre de esos animalitos que eran sacrificados.

Por eso es que dice la Escritura que Dios no veía pecado, iniquidad, en el pueblo hebreo. No era que no cometían errores, no era que no pecaban ante Dios, sino que con los sacrificios que ofrecían a Dios sus pecados quedaban cubiertos con la sangre de esos sacrificios y Dios no veía el pecado de ellos.

Y ahora, vean el por qué era tan importante ese templo que construyó Moisés en medio del pueblo hebreo, en donde Dios moraba y desde donde Dios se manifestaba.

Dijo Dios al profeta Moisés en el capítulo 25 y versos 21 en adelante [Éxodo]:

“Y pondrás el propiciatorio encima del arca, y en el arca pondrás el testimonio que yo te daré.

Y de allí me declararé a ti, y hablaré contigo de sobre el propiciatorio, de entre los dos querubines que están sobre el arca del testimonio, todo lo que yo te mandare para los hijos de Israel”.

Ahora vean dónde estaba Dios manifestado en el tabernáculo: sobre el propiciatorio de oro que estaba sobre el arca del pacto. Ese propiciatorio tenía dos querubines de oro, conforme a la ordenanza divina.

Y, vean ustedes, ese templo terrenal era la sombra (o sea, el tipo y figura) del Templo que está en el Cielo, y por consiguiente en ese templo se llevaban a cabo los sacrificios que representaban el Sacrificio que sería llevado al Templo que está en el Cielo, el cual sería el Sacrificio de Jesucristo; porque cuando Cristo murió en la Tierra y resucitó, ascendió al Cielo (subió al Cielo) y entró al Templo que está en el Cielo, y pasó al Lugar Santísimo y allí colocó Su Sangre, la Sangre de Su Sacrificio; y ha estado, en ese Lugar Santísimo del Templo que está en el Cielo como el Sumo Sacerdote Melquisedec, haciendo intercesión por todos los hijos e hijas de Dios, por el Israel celestial, que es Su Iglesia, para que así de etapa en etapa vayan entrando los hijos e hijas de Dios, los cuales tienen sus nombres escritos en el Libro de la Vida del Cordero desde antes de la fundación del mundo.

Y Cristo ha estado haciendo intercesión allá en el Templo que está en el Cielo por el Israel espiritual, que es Su iglesia; y de edad en edad, de etapa en etapa, han sido llamados y juntados todos los escogidos de Dios por los cuales Cristo ha hecho intercesión en el Cielo; y sus pecados han sido quitados completamente, porque el Sacrificio de Cristo no cubre el pecado, sino que lo quita por completo de la persona.

Y ahora, vean el por qué tanto el tabernáculo que construyó Moisés como el templo que construyó Salomón funcionaban en el Programa Divino en favor del Israel terrenal. Pero ahora, vean ustedes, todo lo que estaba allí en el templo de Salomón y el tabernáculo que construyó Moisés es tipo y figura de las cosas que están en el Templo de Dios en el Cielo.

Y por eso, vean ustedes, el sumo sacerdote que estaba en el templo de Salomón o el que estaba en el templo o tabernáculo que construyó Moisés —como lo fue Aarón y los demás sacerdotes, sumos sacerdotes que vinieron después de Aarón— eran tipo y figura de Jesucristo, el Sumo Sacerdote según el Orden de Melquisedec del Templo que está en el Cielo.

Y ahora vean cómo Dios reflejó en la Tierra, en esos dos templos terrenales, el Templo que está en el Cielo. Por eso fue que Salomón fue un hombre tan sabio, porque pudo construir en la Tierra un templo que representaba el Templo que está en el Cielo.

Vean, Salomón construyó en ese templo dos querubines de madera de olivo, gigantes querubines, y los cubrió de oro puro y los colocó en el lugar santísimo (uno a cada lado); y en medio de ellos colocó el arca del pacto con los dos querubines de oro que tenía el arca del pacto sobre el propiciatorio.

Y ahora, vean cómo estos dos querubines de oro, como también los dos querubines de madera de olivo cubiertos con oro, son tipo y figura de los Dos Olivos, de los Dos Ungidos que están delante de la presencia de Dios; y en el Templo que está en el Cielo tenemos a dos poderosos Arcángeles, los cuales son Gabriel y Miguel.

Y ahora vean cómo las cosas del templo terrenal de Moisés y de Salomón son tipo y figura de las cosas que están en el Templo celestial.

Y ahora, hay otra persona que ha estado construyendo un Nuevo Templo, y lo está construyendo de acuerdo al modelo del Templo que está en el Cielo. ¿Y saben quién es esa persona? Es un Príncipe; porque la promesa de Zacarías, capítulo 6, verso 12, es que un príncipe construiría el Templo para Dios. Vean esta promesa, dice:

“Y le hablarás, diciendo: Así ha hablado Jehová de los ejércitos, diciendo: He aquí el varón cuyo nombre es el Renuevo, el cual brotará de sus raíces, y edificará el templo de Jehová”.

Ahora vean cómo de las raíces de Isaí y del rey David brotaría un príncipe, el cual es el Mesías y el cual fue representado en el príncipe Zorobabel, que también es un descendiente del rey David.

En el príncipe Zorobabel se está reflejando Jesucristo, y por eso le tocó a Zorobabel construir el templo de Dios allá en Jerusalén, un nuevo templo que construyó, porque el templo que había construido Salomón había sido destruido.

Y ahora, aquí tenemos también al sumo sacerdote Josué, el cual es tipo y figura de Cristo como Sumo Sacerdote del Orden de Melquisedec del Templo que está en el Cielo; y Zorobabel es tipo y figura de Cristo como el Príncipe y Rey heredero del Trono de David.

Y ahora, este Príncipe, Jesucristo, ha estado construyendo un Templo para Dios; ya el pueblo hebreo no tiene el templo.

Cristo había hablado de la destrucción del templo de Jerusalén a Sus discípulos y les dijo que no quedaría piedra sobre piedra que no sería derribada, destruida1; y esto era porque Dios iba a tener un Nuevo Templo y ya no iban a necesitar aquel templo.

Y ahora, vean cómo Cristo parado frente al templo dice2: “He aquí uno mayor que el templo”; y también dijo3: “He aquí uno mayor que Salomón”. Así que siendo mayor que Salomón tenía la sabiduría para construir un Nuevo Templo, el cual es un Templo para toda la eternidad; y de ese Templo nos habla San Pablo en Efesios, capítulo 2, verso 19 al 22, y dice:

“Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios,

edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo,

en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor;

en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu”.

Ahora vean este Nuevo Templo que está edificando nuestro amado Señor Jesucristo.

Ese Nuevo Templo es la Iglesia del Señor Jesucristo, la cual representa el Templo de Dios que está en el Cielo; y por eso es que así como hubo sacerdotes en el templo que construyó Moisés y en el templo que construyó Salomón, también en este Nuevo Templo hay sacerdotes de Dios, que son los que han sido llamados y juntados de edad en edad, de los cuales dice el libro del Apocalipsis, capítulo 1, verso 5 al 6:

“… y de Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre,

y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén”.

Ahora vea, Cristo nos lavó con Su Sangre preciosa de todos nuestros pecados y nos ha hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes.

Y ahora, estos reyes y sacerdotes no pertenecen al orden del templo terrenal ni de Moisés ni de Salomón, sino del Templo que está en el Cielo, el cual se está reflejando en la Tierra en el Templo espiritual de Jesucristo, que es Su Iglesia.

Y ahora, vean ustedes cómo estos sacerdotes son descendientes del Sumo Sacerdote Melquisedec; porque el Sumo Sacerdote Melquisedec que le apareció a Abraham, y le dio pan y vino a Abraham, y Abraham pagó a Él los diezmos4, ese Sumo Sacerdote es nada menos que nuestro amado Señor Jesucristo.

Y por eso Él podía decir5: “Antes que Abraham fuera, yo soy” y “Abraham deseó ver mi día; lo vio y se gozó”, porque vio a Elohim el día antes de la destrucción de Sodoma y Gomorra, el cual vino con Sus Arcángeles Gabriel y Miguel y comieron con Abraham. Y también, antes de esa ocasión, había venido Melquisedec a Abraham y le había dado pan y vino; pero ahora, en la segunda ocasión, es Abraham el que le da a Elohim de comer6.

Y vean cómo este Melquisedec del Antiguo Testamento es nuestro amado Señor Jesucristo, el Sumo Sacerdote del Templo que está en el Cielo, o sea, de ese Templo celestial.

Por eso cuando Él murió y resucitó: ascendió al Cielo (subió al Cielo) y se sentó a la diestra de Dios en el Cielo, se sentó en el Trono de Dios; y allí el Trono de Dios, que es el Propiciatorio…; así como el trono de Dios en el templo de Salomón y en el templo de Moisés era el propiciatorio, el cual tenía los dos querubines de oro, y en el cual y sobre el cual estaba Dios en la forma de la Shekinah, de esa Luz; y allí estaba manifestado y desde allí le hablaba a Moisés todas las cosas para el pueblo hebreo.

Y ahora, vean ustedes, en el Cielo el asiento de misericordia es el Trono de Dios; y es un asiento, un trono de misericordia, mientras Jesucristo está en ese Trono con Su propia Sangre haciendo intercesión por todos los que tienen sus nombres escritos en el Libro de la Vida del Cordero; y cuando entre el último de los escogidos de Dios al Cuerpo Místico de Cristo al escuchar la llamada de la Gran Voz de Trompeta en el Día Postrero…, pues Cristo dijo: “Y enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a sus escogidos” (San Mateo, capítulo 24 y verso 31); y cuando entre hasta el último de los escogidos de Dios ya Cristo habrá terminado Su Obra de Intercesión en el Cielo, como la terminaba el sumo sacerdote el día diez del mes séptimo en medio del pueblo hebreo cuando entraba al lugar santísimo con la sangre de la expiación del macho cabrío.

Ahora podemos ver que eso es lo que ha estado sucediendo en el Cielo.

Y cuando Cristo termine Su Obra de Intercesión en el Cielo, saldrá, y ya nadie más tendrá oportunidad de obtener la misericordia de Dios, la misericordia de Cristo, porque ya no habrá Intercesor allá en el Cielo; ya no estará allá en el Trono de Dios en el Cielo el Sumo Sacerdote Melquisedec, que es Jesucristo, el cual vendrá a la Tierra como Rey de reyes y Señor de señores y como el León de la tribu de Judá.

Y luego desde el Cielo estará saliendo el juicio divino para la raza humana, porque ese Trono de Dios o trono de misericordia o asiento de misericordia se convertirá en un trono de juicio, y el juicio divino saldrá del Trono de Dios hacia los seres humanos.

Y así como se ha estado hablando de la misericordia de Dios durante todos estos años de Cristo hacia acá, y dándoles a conocer a los seres humanos que la redención de nosotros es por medio de Cristo, y que Él está en el Trono de Intercesión en el Cielo como Sumo Sacerdote, haciendo intercesión con Su propio Sacrificio… Su propia Sangre ha sido colocada en el Trono de Dios, en el asiento de misericordia; y Dios viendo esa Sangre, mira a los seres humanos a través de esa Sangre y no puede destruir a la raza humana. ¿Por qué? Porque está la Sangre de Cristo, que impide que Dios vea nuestros pecados.

Y cuando la persona ha creído en Cristo como su Salvador y ha lavado sus pecados en la Sangre de Cristo, no solamente cuando Dios mira a la persona no ve los pecados, sino que ya no existen esos pecados en la persona, porque Cristo los quitó completamente.

Cristo con Su Sangre desintegra el pecado, como hace el blanqueador con alguna mancha de tinta o de alguna otra cosa que se le pega a la ropa; y cuando usted la echa en el blanqueador, la mancha desaparece. Usted busca la mancha en el blanqueador y no encuentra la mancha, la tinta no la encuentra, ¿por qué?, porque fue vuelta a lo que era antes de ser tinta; y eso es lo que hace la Sangre de nuestro amado Señor Jesucristo. Y ahora, eso es lo que hace con el pecado confesado de los hijos e hijas de Dios.

Ahora, tenemos un Sumo Sacerdote no en el templo de Moisés y tampoco en el templo de Salomón, sino en el Templo que está en el Cielo, el cual es nuestro amado Señor Jesucristo; y ese es de un Orden celestial, un Sacerdocio celestial. Y ahora nosotros pertenecemos a ese Orden Sacerdotal celestial, el Orden de Melquisedec.

Y Cristo construyendo un Nuevo Templo, que es Su Iglesia, ahí también ministramos como sacerdotes según el Orden de Melquisedec; y también ministramos en el Templo que está en el Cielo cuando oramos a Dios y cuando pedimos a Dios todo lo que está en nuestro corazón.

Cuando hacemos oración a Dios, estamos haciendo oración o estamos alabando a Dios con cánticos y alabanzas, ¿dónde estamos haciéndolo? En el Templo que está en el Cielo. Estamos enviando al Templo que está en el Cielo toda esta labor.

Y en el Templo del Señor Jesucristo, que es Su Iglesia, estamos también trabajando de etapa en etapa todos los hijos de Dios redimidos con la Sangre de Cristo y hechos sacerdotes de un Nuevo Orden Sacerdotal y de un Nuevo Templo: del Templo espiritual de Cristo; y somos parte del Orden Sacerdotal del Templo que está en el Cielo.

Y ahora vean ustedes lo que es ese Nuevo Orden Sacerdotal. Eso pertenece al Israel celestial.

El Israel terrenal tiene su orden sacerdotal, pero ya no tiene su templo, y por lo tanto los sacrificios que ofrecía en el templo ya no los puede ofrecer en el templo, y por consiguiente por medio de esos sacrificios no puede cubrir sus pecados y no puede ser reconciliado con Dios.

Solamente hay un Sacrificio, y está en el Templo de Dios en el Cielo; es el Sacrificio de nuestro amado Señor Jesucristo, el Cordero de Dios; y Dios no acepta otro sacrificio.

Ya no se necesita un templo terrenal en medio del pueblo hebreo porque en el Templo del Cielo ya entró el Sumo Sacerdote Melquisedec con el Sacrificio y la Sangre de ese Sacrificio, y está allí haciendo intercesión como Sumo Sacerdote por los pecados del pueblo.

Ahora, hemos visto este Nuevo Orden Sacerdotal, un Orden celestial; y a ese Orden pertenecen ustedes y yo también. Vean, en el capítulo 5 de Apocalipsis, verso 8 en adelante, dice:

“Y cuando hubo tomado el libro, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron delante del Cordero; todos tenían arpas, y copas de oro llenas de incienso, que son las oraciones de los santos;

y cantaban un nuevo cántico, diciendo: Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación;

y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra”.

Aquí podemos ver que nos ha hecho reyes y sacerdotes: sacerdotes de un Nuevo Orden Sacerdotal, del Orden de Melquisedec, del cual Cristo es el Sumo Sacerdote; y nos ha hecho reyes, reyes de ese Orden de Cristo como el Hijo de David, de ese Orden es que somos nosotros reyes; y reinaremos con Cristo sobre la Tierra. Esa es la Casa de David restaurada.

Y ahora, en Apocalipsis, capítulo 20, verso 4 en adelante, dice:

“Y vi tronos, y se sentaron sobre ellos los que recibieron facultad de juzgar; y vi las almas de los decapitados por causa del testimonio de Jesús y por la palabra de Dios, los que no habían adorado a la bestia ni a su imagen, y que no recibieron la marca en sus frentes ni en sus manos; y vivieron y reinaron con Cristo mil años.

Pero los otros muertos no volvieron a vivir hasta que se cumplieron mil años. Ésta es la primera resurrección.

Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene potestad sobre éstos, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él mil años”.

Estos son los hijos e hijas de Dios redimidos con la Sangre de Cristo, o sea, los miembros de la Iglesia de Jesucristo, que son sacerdotes de un Nuevo Orden Sacerdotal (o sea, del Orden del Sacerdocio de Melquisedec) y son reyes también de un Nuevo Reino, del glorioso Reino de Dios que será establecido en este planeta Tierra, del cual Cristo es el Rey de reyes y Señor de señores.

Y a esa Casa, a esa Familia de reyes, es que pertenecen todos los redimidos por la Sangre de Jesucristo; y por eso reinaremos con Cristo como reyes y como sacerdotes del Orden de Melquisedec, el cual es Sacerdote del Dios Altísimo y es Rey de Salem, o sea, de Jerusalén.

Y Él tiene hijos, y esos hijos son los redimidos con Su Sangre preciosa, que han recibido a Cristo como su Salvador y han lavado sus pecados en la Sangre de Cristo y han recibido Su Espíritu Santo, y por consiguiente han nacido de nuevo; y han nacido como hijos del Rey Melquisedec y Sacerdote Melquisedec; y por consiguiente somos herederos de ese Sacerdocio y también de ese Reino con nuestro amado Señor Jesucristo, que es el Melquisedec Rey y Sacerdote que le apareció al patriarca y profeta Abraham, y que luego apareció en carne humana en medio del pueblo hebreo; del cual el Arcángel Gabriel dijo a la virgen María en San Lucas, capítulo 1, verso 30 al 36, que Dios le daría el Trono de Su padre David, y se sentará en su Trono y reinará sobre la Casa de Israel para siempre.

Y con Él reinaremos nosotros, porque pertenecemos a ese Nuevo Orden Sacerdotal, el Orden Sacerdotal de Melquisedec; y pertenecemos a ese Nuevo Orden del Reino venidero, del Reino de Dios, del Reino de David que viene, en el cual Cristo estará como el Rey de reyes y Señor de señores sentado sobre el Trono de David; y nosotros somos reyes y sacerdotes, Él nos ha hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos con Cristo mil años y luego por toda la eternidad.

Ahora, hemos visto este misterio del Nuevo Orden Sacerdotal.

Ahora veamos el misterio del Séptimo Sello. En Apocalipsis, capítulo 8, verso 1 en adelante, dice:

“Cuando abrió el séptimo sello, se hizo silencio en el cielo como por media hora”.

¿Qué misterio contiene este Séptimo Sello, el cual cuando fue abierto en el Cielo, en el Templo de Dios en el Cielo, causó silencio allá en el Cielo en el Templo de Dios? El misterio contenido en este Séptimo Sello es la Segunda Venida de Cristo, de la cual Cristo dijo que ni los ángeles sabían, ni el Hijo tampoco sabía en aquel tiempo7.

La Venida de Cristo es la Venida del Ángel del Pacto, es la Venida del Sumo Sacerdote Melquisedec y Rey Melquisedec, el Rey de reyes y Señor de señores; y viene a Su Casa, que es Su Iglesia, donde estarán esperándolo los reyes y sacerdotes de ese Orden Divino, de ese Orden del Cielo, los cuales estarán en la Casa de Dios, en Su Iglesia, que es la representación del Templo que está en el Cielo. O sea que la Iglesia de Jesucristo, ese Templo espiritual de Jesucristo, es en la Tierra la representación del Templo que está en el Cielo.

Y Cristo está construyendo esa Iglesia, ese Templo, de etapa en etapa, de edad en edad, para cuando esté construido y haya entrado hasta el último de los escogidos de Dios y se haya completado así el número los escogidos de Dios en el Templo espiritual de Cristo, en la Iglesia de Jesucristo, luego sea dedicada por Cristo a Dios para morar en toda Su plenitud Dios en Su Iglesia y en cada miembro de Su Iglesia como individuo, para todos ser a imagen y semejanza de nuestro amado Señor Jesucristo, con un cuerpo teofánico eterno y con un cuerpo físico eterno y glorificado como el de nuestro amado Señor Jesucristo.

Es para el Día Postrero en donde Cristo resucitará a los muertos en Cristo, conforme a Sus palabras en San Juan, capítulo 6 y versos 39 al 40, donde nos dice:

“Y ésta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero.

Y ésta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquél que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero”.

Es para el Día Postrero, que es el séptimo milenio o Día del Señor, en donde Cristo resucitará a todos los que han creído en Él, han recibido la redención, han lavado sus pecados en la Sangre de Cristo y han recibido Su Espíritu Santo; y por consiguiente han nacido de nuevo, han nacido en la Casa de Dios, o sea, en la Iglesia del Señor Jesucristo, han nacido en el Templo de Dios.

Y ahora, tienen la promesa, si han partido físicamente, tienen la promesa de una resurrección en el Día Postrero, o sea, en el séptimo milenio; y los que vivimos tenemos la promesa de una transformación cuando los muertos en Cristo resuciten. Nosotros seremos transformados, y todos seremos personas inmortales, con cuerpos inmortales, cuerpos incorruptibles, cuerpos glorificados iguales al cuerpo de nuestro amado Señor Jesucristo, el Sumo Sacerdote Melquisedec y Rey de reyes y Señor de señores.

Y nosotros, por cuanto somos reyes y sacerdotes de ese Orden del Rey Melquisedec y del Sumo Sacerdote Melquisedec, nosotros tenemos en el Día Postrero la promesa de entrar a la inmortalidad y así ser a imagen y semejanza de nuestro amado Señor Jesucristo; esa es la promesa para todos los reyes y sacerdotes del Orden de Melquisedec, de ese Nuevo Orden celestial.

Y ahora, el Séptimo Sello hemos visto que es la Segunda Venida de Cristo.

“Y vi a los siete ángeles que estaban en pie ante Dios; y se les dieron siete trompetas.

Otro ángel vino entonces y se paró ante el altar, con un incensario de oro; y se le dio mucho incienso para añadirlo a las oraciones de todos los santos, sobre el altar de oro que estaba delante del trono.

Y de la mano del ángel subió a la presencia de Dios el humo del incienso con las oraciones de los santos.

Y el ángel tomó el incensario, y lo llenó del fuego del altar, y lo arrojó a la tierra; y hubo truenos, y voces, y relámpagos, y un terremoto”.

Ahora, el incensario allí, en el Templo que está en el Cielo, está tipificado en el incensario que está en el templo de Moisés y en el templo de Salomón. Con ese incensario el sumo sacerdote, el día de la expiación (que era el día diez del mes séptimo), entraba al lugar santísimo, llevaba fuego del altar de bronce y llevaba especias aromáticas en su mano; y cuando entraba al lugar santísimo, colocaba esas especias aromáticas, y ahí —al colocarlas en el fuego que estaba dentro del incensario— se formaba el humo que llenaba todo el propiciatorio y todo el lugar santísimo; y ahí el sumo sacerdote colocaba la sangre sobre el propiciatorio, siete veces con su dedo, y luego salía del lugar santísimo dejando allí el incensario produciendo el humo; y luego cuando volvía a entrar el mismo día, salía con el incensario; y luego quedaba realizada ya toda esa intercesión y quedaba reconciliado el pueblo hebreo con Dios.

Y así es para cuando Cristo salga del Trono de Intercesión en el Cielo: Él habrá reconciliado hasta el último de los escogidos de Dios con Dios; y todos estaremos reconciliados con Dios, con un cuerpo eterno y con un espíritu teofánico eterno, a imagen y semejanza de nuestro amado Señor Jesucristo.

Y ahora, aquí en Apocalipsis, capítulo 8, encontramos que el incensario es tomado por este Ángel, el cual es el Sumo Sacerdote; porque era el sumo sacerdote el que tomaba el incensario de oro y colocaba fuego del altar de bronce ahí y lo llevaba al lugar santísimo.

Y ahora, vean ustedes, lo encontramos con el incensario, y luego toma fuego del altar; y lo arrojó a la Tierra, y hubo truenos y relámpagos y un terremoto. Eso habla del juicio divino que vendrá sobre la raza humana luego que Cristo salga del Lugar Santísimo del Templo que está en el Cielo.

Ahora, hemos visto: “EL SÉPTIMO SELLO Y EL NUEVO ORDEN SACERDOTAL”.

¿Y dónde están y quiénes son los que pertenecen a ese Nuevo Orden Sacerdotal? Nosotros, todos los redimidos con la Sangre de Cristo. Todos los creyentes en Jesucristo que le han recibido como su Salvador y han lavado sus pecados en la Sangre de Cristo y han recibido Su Espíritu Santo son los sacerdotes de ese Nuevo Orden Sacerdotal, del cual Jesucristo es el Sumo Sacerdote según el Orden de Melquisedec. Pertenecemos al Nuevo Orden Sacerdotal de Melquisedec, del Templo que está en el Cielo y del Templo espiritual de Jesucristo que está siendo construido.

Ha sido para mí un privilegio muy grande estar con ustedes en esta noche dándoles testimonio de EL SÉPTIMO SELLO (o sea, de la Segunda Venida de Cristo) Y EL NUEVO ORDEN SACERDOTAL, el Nuevo Orden de sacerdotes del Sacerdote Melquisedec, que es nuestro amado Señor Jesucristo; y todos los redimidos por Cristo son sacerdotes de ese Nuevo Orden de sacerdotes del Cielo, son del Israel celestial.

Así como el Israel terrenal tuvo el sacerdocio terrenal, tuvo sus sacerdotes terrenales, ahora el Israel celestial tiene el Orden Sacerdotal de Melquisedec, al cual pertenecemos todos nosotros.

Y durante el Reino Milenial estaremos como reyes y como sacerdotes; por lo tanto, estaremos con Cristo interviniendo (o sea, trabajando con Cristo) tanto en la parte política (eso tiene que ver con nuestra posición como reyes) y en la parte religiosa (eso tiene que ver con la parte de sacerdotes, como sacerdotes del Orden de Melquisedec).

Y mientras llega ese momento, ofrecemos a Dios, como sacerdotes del Orden de Melquisedec, ofrecemos sacrificios a Dios de alabanzas y peticiones de lo profundo de nuestra alma; y cantamos con alegría de corazón y con agradecimiento a Dios, llevando al Trono de Dios (en donde está el Sumo Sacerdote, en el Lugar Santísimo), llevando al Templo que está en el Cielo estas oraciones y también estas alabanzas y estas peticiones.

Y vean, miren lo que dice aquí, en Apocalipsis, capítulo 5, verso 8, dice:

“Y cuando hubo tomado el libro, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron delante del Cordero; todos tenían arpas, y copas de oro llenas de incienso, que son las oraciones de los santos…”.

Ahí tenemos las oraciones de los santos.

Y ahora, en Apocalipsis, capítulo 8, dice el verso 4 (vamos a ver)… Vamos a leerlo completo. Verso 3 en adelante dice:

“Otro ángel vino entonces y se paró ante el altar, con un incensario de oro; y se le dio mucho incienso para añadirlo a las oraciones de todos los santos, sobre el altar de oro que estaba delante del trono”.

¿Ven? Lo mismo que hacía el sumo sacerdote tomando incienso en su mano y colocándolo en el incensario, que estaba encendido con el fuego del altar; y cuando entraba al lugar santísimo, colocaba ese incienso dentro del incensario y ahí se levantaba el humo, por causa del incienso que era quemado con el fuego que estaba en el incensario; y ahí estaban elevadas las oraciones delante de Dios, y llegaban a Dios en esa forma. Ahí tenemos los tipos y figuras.

Y ahora, eso es lo mismo que vemos en el Templo de Dios que está en el Cielo:

“… y se le dio mucho incienso para añadirlo a las oraciones de todos los santos, sobre el altar de oro que estaba delante del trono.

Y de la mano del ángel subió a la presencia de Dios el humo del incienso con las oraciones de los santos”.

Y todos los santos, redimidos por la Sangre de Cristo, han orado por la resurrección de los muertos en Cristo; todos los santos que han partido han estado orando allí en el Paraíso, a Dios, por la resurrección de ellos en cuerpos eternos; y nosotros los que vivimos oramos por nuestra transformación. Y las oraciones de todos los santos llegan ante la presencia de Dios, en este momento aquí, las oraciones de los santos por la transformación de nosotros los que vivimos y la resurrección de los muertos en Cristo.

Y para este Día Postrero todas esas oraciones de los santos serán contestadas por Dios, y los muertos en Cristo serán resucitados en cuerpos eternos y nosotros los que vivimos seremos transformados.

Ahora, hemos visto: “EL SÉPTIMO SELLO Y EL NUEVO ORDEN SACERDOTAL”.

Cristo es el Sumo Sacerdote, y todos los redimidos por la Sangre de Cristo son sacerdotes y reyes de ese Nuevo Orden Sacerdotal y de ese Nuevo Orden de ese Nuevo Reino, el Reino Milenial, el Reino de Cristo, el Reino de Dios, que será establecido en este planeta Tierra.

Y ahora, ¿dónde están las personas, los reyes y los sacerdotes de ese Nuevo Orden Sacerdotal y de ese Nuevo Orden del Reino venidero? Aquí estamos presentes en este Día Postrero, esperando nuestra transformación, para ser a imagen y semejanza de nuestro amado Señor Jesucristo.

Ha sido para mí un privilegio muy grande, amables amigos y hermanos presentes y radioyentes, estar con ustedes dándoles testimonio de EL SÉPTIMO SELLO Y EL NUEVO ORDEN SACERDOTAL.

Que las bendiciones de Jesucristo, el Sumo Pontífice, el Rey y Sacerdote Melquisedec, sean sobre todos ustedes y sobre mí también; y pronto todos seamos transformados en este tiempo final, y los muertos en Cristo sean resucitados en cuerpos eternos, y luego llevados todos a la Cena de las Bodas del Cordero en el Cielo. En el Nombre Eterno del Señor Jesucristo. Amén y amén.

Que Dios les bendiga, y muchas gracias por vuestra amable atención.

“EL SÉPTIMO SELLO Y EL NUEVO ORDEN SACERDOTAL”.

[Revisión mayo 2019]

1 San Mateo 24:2, San Lucas 21:6

2 San Mateo 12:6

3 San Mateo 12:42, San Lucas 11:31

4 Génesis 14:18-20

5 San Juan 8:56-58

6 Génesis 14, 18

7 San Mateo 24:36, San Marcos 13:32

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