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Muy buenas noches, amables amigos y hermanos presentes y radioyentes. Es para mí una bendición grande estar con ustedes en esta noche para compartir unos momentos de compañerismo alrededor de la Palabra de Dios.

Estaremos algunos minutos con ustedes, hasta la hora correspondiente, y estaremos viendo en el libro del Apocalipsis el tema: “EL SÉPTIMO SELLO Y LAS ORACIONES DE LOS SANTOS”, donde estaremos viendo cómo funcionan todas estas oraciones de los santos para llegar a Dios.

En Apocalipsis, capítulo 5, verso 8 al 10, dice:

“Y cuando hubo tomado el libro, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron delante del Cordero; todos tenían arpas, y copas de oro llenas de incienso, que son las oraciones de los santos;

y cantaban un nuevo cántico, diciendo: Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación;

y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra”.

Ahora vean cómo aquí nos habla Dios de quiénes somos en el Programa Divino: reyes y sacerdotes; y vean cómo nos muestra aquí las oraciones nuestras, cómo van ante la presencia de Dios.

Nuestro tema es: “EL SÉPTIMO SELLO Y LAS ORACIONES DE LOS SANTOS”.

Para saber lo del Séptimo Sello y qué es el Séptimo Sello, en donde aparecen también en ese mismo capítulo las oraciones de los santos, leemos en Apocalipsis, capítulo 8, verso 1 al 5, donde dice:

“Cuando abrió el séptimo sello, se hizo silencio en el cielo como por media hora.

Y vi a los siete ángeles que estaban en pie ante Dios; y se les dieron siete trompetas.

Otro ángel vino entonces y se paró ante el altar, con un incensario de oro; y se le dio mucho incienso para añadirlo a las oraciones de todos los santos, sobre el altar de oro que estaba delante del trono.

Y de la mano del ángel subió a la presencia de Dios el humo del incienso con las oraciones de los santos.

Y el ángel tomó el incensario, y lo llenó del fuego del altar, y lo arrojó a la tierra; y hubo truenos, y voces, y relámpagos, y un terremoto”.

Ahora, aquí podemos ver cómo en el Cielo se abrió el Séptimo Sello. El Séptimo Sello es la Segunda Venida de Cristo.

Este Sello, este misterio, nadie lo conocía ni en la Tierra ni en el Cielo, dijo Jesucristo en San Mateo, capítulo 24, y también en San Lucas, capítulo 21, y también en San Marcos, capítulo 13; porque este es el misterio más grande de todos los misterios, y es el misterio que Dios tuvo en Su mente reservado. No lo había revelado a ninguna persona, ni tampoco en el Cielo a los ángeles, sino que este secreto de la Segunda Venida de Cristo sería reservado hasta el Día Postrero; y en el Día Postrero este misterio se abriría en el Cielo, y se abriría también en la Tierra en cuanto a su cumplimiento, y se abriría a la Iglesia de Jesucristo dándole a conocer el cumplimiento de la Segunda Venida de Cristo.

Y así como la Primera Venida de Cristo fue el evento más grande prometido por Dios para aquel tiempo… Fue su cumplimiento en forma tan sencilla que los grandes líderes religiosos de aquel tiempo, que eran los sabios y entendidos de aquel tiempo en asuntos religiosos, pasaron por alto la Primera Venida de Cristo, que era el evento más grande prometido para aquel tiempo; porque vino en una forma tan sencilla.

La Primera Venida de Cristo se cumplió en un obrero de la construcción, obrero de la construcción de allá de Nazaret, un joven carpintero, el cual se llamaba Jesús; y nadie se había imaginado que la Primera Venida de Cristo se cumpliría en un obrero de la construcción. Todos estaban esperando al Rey de Israel, y cuando vino, vino como un obrero de la construcción.

Vean, el Diseñador, o sea, Arquitecto e Ingeniero y Constructor del universo completo, ahora viene como un sencillo constructor, un obrero de la construcción, un carpintero de Nazaret; porque Dios, siendo tan grande, cuando se manifiesta entre los seres humanos lo hace en forma sencilla.

Y ahora, vino a la semejanza de los hombres, con un cuerpo visible, y así cumplió Su Primera Venida en medio del pueblo hebreo como Cordero de Dios para quitar el pecado del mundo.

Ahora, ¿quién en realidad es nuestro amado Señor Jesucristo, el cual vino en medio del pueblo hebreo? Él es el personaje más grande de los Cielos y de la Tierra. En Malaquías, capítulo 3, hablando de Él, dice (verso 1):

“He aquí, yo envío mi mensajero, el cual preparará el camino delante de mí (ese es el precursor de la Primera Venida de Cristo, el cual fue Juan el Bautista); y vendrá súbitamente a su templo el Señor a quien vosotros buscáis, y el ángel del pacto, a quien deseáis vosotros. He aquí viene, ha dicho Jehová de los ejércitos”.

¿Quién vendría? El Señor, Dios de Abraham, de Isaac y de Israel - de Jacob; vendría el Ángel del Pacto, el Ángel de Jehová.

Y ahora, ¿cómo vendría el Ángel del Pacto, el Ángel de Jehová, que es el mismo Dios en Su cuerpo teofánico, llamado el Verbo de Dios? Vendría en medio del pueblo hebreo en la forma de un hombre, naciendo por medio de una virgen ese cuerpo físico, como dice el profeta Isaías en el capítulo 7, verso 14:

“Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel (que traducido es: Dios con nosotros)”.

Ahora vean cómo vendría el Ángel de Jehová, el Ángel del Pacto, en medio del pueblo hebreo: vendría como un niño naciendo por medio de una mujer virgen, la cual fue María, la virgen María; y así vendría el cuerpo físico del Ángel del Pacto, del Ángel de Jehová, del Señor Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, al venir en medio del pueblo hebreo materializado en carne humana como un hombre de aquel tiempo, el cual era Jesús el profeta de Nazaret; porque la Palabra siempre viene a los profetas de Dios.

Y ahora, el Verbo, la Palabra, cuando se hizo carne tenía que ser un profeta. Y ahora, eso cumpliría la promesa de Deuteronomio, capítulo 18, verso 15 al 19, donde dice: “Profeta como yo os levantará el Señor vuestro Dios; a él oiréis”, dice el profeta Moisés; y dice el porqué, dice: “Profeta de entre vuestros hermanos, como yo (dice Moisés), os levantará el Señor vuestro Dios”. Ahí está el secreto de la Venida del Mesías: tenía que ser un profeta. Dice:

“Profeta les levantaré de en medio de sus hermanos, como tú; y pondré mis palabras en su boca, y él les hablará todo lo que yo le mandare”.

¿Dónde Dios coloca Sus palabras? En la boca del profeta que Él envía.

Muchas personas quieren oír a Dios, y la forma para oír a Dios es por medio del profeta que Dios envía para el tiempo en que las personas están viviendo; porque Dios coloca Su Palabra en la boca de ese profeta.

Vean, aquí dice Moisés, o Dios dice a Moisés y por medio de Moisés:

“… y pondré mis palabras en su boca, y él les hablará todo lo que yo le mandare”.

¿Qué hablará ese profeta? Todo lo que Dios le mande a hablarle a Su pueblo.

“Mas a cualquiera que no oyere mis palabras que él hablare en mi nombre, yo le pediré cuenta”.

Toda persona está responsabilizada delante de Dios, de escuchar Su Voz, la Voz de Dios por medio del profeta que Él envía para el tiempo en que la persona está viviendo.

Y ahora, el Mesías tenía que ser un profeta; porque Dios hizo al ser humano a imagen y semejanza Suya; y si el Mesías vendría a la Tierra, el cual sería Dios entre los seres humanos en forma visible, con un cuerpo visible, tenía que ser entonces a imagen… A imagen de Dios fue hecho el hombre, a imagen y semejanza de Dios; por lo tanto, lo más que se parece a Dios es el hombre y lo más que se parece al hombre es Dios.

Por lo tanto, cuando Dios se materializó en medio de los seres humanos tenía que tener una semejanza humana, y esa fue la persona de Jesucristo, esa es la semejanza humana de Dios. Esa es la semejanza a la cual fue hecho Adán (Adán fue hecho a semejanza de Dios), esa semejanza que tendría Dios con el ser humano y el ser humano con Dios.

Pero la imagen de Dios es Su cuerpo teofánico de la sexta dimensión, llamado el cuerpo teofánico; y Dios, cuando creó al ser humano, primero le creó un cuerpo teofánico de la sexta dimensión. Eso es de otra dimensión, pues hay otras dimensiones donde hay personas con cuerpos, pero que son invisibles a la vista humana porque pertenecen a otra dimensión.

Los ángeles tienen sus cuerpos pero son de otra dimensión; y por eso, aunque estén aquí en la Tierra y estén entre nosotros y nos ayuden (porque “el Ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen, y los defiende”1), aun con todo y eso son invisibles a la vista humana, porque se encuentran en otra dimensión; y esa otra dimensión está alrededor de nosotros también.

Ahora, vean ustedes, Adán primero obtuvo su cuerpo teofánico de la sexta dimensión, un cuerpo teofánico igual al de Dios; porque el cuerpo teofánico de Dios es un hombre, un varón, de otra dimensión, un cuerpo parecido al nuestro pero de otra dimensión. Y así obtuvo Adán un cuerpo también que Dios le creó; salió de Dios, vino de Dios ese cuerpo. Y después le creó un cuerpo del polvo de la tierra, pero Dios todavía, para Sí mismo, no se había creado un cuerpo del polvo de la tierra.

Luego, cuando se cumplió la Primera Venida de Cristo, ese cuerpo llamado Jesús es el cuerpo físico de Dios, que Él se creó para llevar a cabo por medio de ese cuerpo la Obra de Redención en la Cruz del Calvario; y luego que murió: resucitó y ascendió al Cielo.

Ahora, vean ustedes, Juan el Bautista hablando acerca de Aquel al cual él le estaba preparando el camino, el cual vendría después de Juan el Bautista, Juan decía: “En medio de vosotros está uno al cual vosotros no conocéis”. Juan también decía: “Yo no lo conozco; pero el que me mandó a bautizar en agua me dijo: Sobre aquel que tú veas al Espíritu Santo descender en forma de paloma, ese es Él”2.

Y Juan, cuando bautizó a Jesús, vio que el cielo se abrió y descendió sobre Jesús el Espíritu Santo en forma de paloma, y supo que ese era el Ungido por el Espíritu Santo, ese era el hombre prometido para el pueblo hebreo, era el Mesías prometido, el Rey de Israel.

Dios estaba morando en toda Su plenitud en aquel cuerpo de carne llamado Jesús. Y Juan decía3: “Él es primero que yo”; y vean, nació como seis meses después de Juan el Bautista, pero Juan dice que es primero que él (que Juan).

¿Y cómo puede ser primero y nació después? Jesús también dijo: “Abraham deseó ver mi día; lo vio, y se gozó”. Le dicen: “No tienes cincuenta años, ¿y dices que has visto a Abraham?”. Jesús dice: “Antes que Abraham fuera, yo soy”.

¿Y cómo puede ser posible que Jesús fuera antes que Abraham? Así está en el capítulo 8 de San Juan, verso 56 en adelante, dice:

“Abraham vuestro padre se gozó de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó.

Entonces le dijeron los judíos: Aún no tienes cincuenta años, ¿y has visto a Abraham?

Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy.

Tomaron entonces piedras para arrojárselas; pero Jesús se escondió y salió del templo; y atravesando por en medio de ellos, se fue”.

Luego, encontramos en otro de los pasajes del libro de San Juan que Jesús estaba siendo amenazado por los judíos; querían matarlo, apedrearlo, y miren ustedes lo que sucedió en esta ocasión; dice… Esto fue cuando dijo: “Mi Padre…”. Vamos a ver. Capítulo 10, verso 25 en adelante, de San Juan, dice:

“Jesús les respondió…”.

Vamos a ver bien este pasaje, porque es muy importante; dice [verso 24]:

“Y le rodearon los judíos y le dijeron: ¿Hasta cuándo nos turbarás el alma? Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente.

Jesús les respondió: Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, ellas dan testimonio de mí;

pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho.

Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen,

y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano.

Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre.

Yo y el Padre uno somos.

Entonces los judíos volvieron a tomar piedras para apedrearle.

Jesús les respondió: Muchas buenas obras os he mostrado de mi Padre; ¿por cuál de ellas me apedreáis?

Le respondieron los judíos, diciendo: Por buena obra no te apedreamos, sino por la blasfemia; porque tú, siendo hombre, te haces Dios.

Jesús les respondió: ¿No está escrito en vuestra ley: Yo dije, dioses sois?

Si llamó dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios (y la Escritura no puede ser quebrantada),

¿al que el Padre santificó y envió al mundo, vosotros decís: Tú blasfemas, porque dije: Hijo de Dios soy?

Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis.

Mas si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que conozcáis y creáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre.

Procuraron otra vez prenderle, pero él se escapó de sus manos”.

Ahora vean cómo aquí, en este pasaje, Jesucristo se identifica como uno con el Padre diciéndoles a ellos que Él y el Padre son una misma persona; así como también en San Juan, capítulo 14, versos 6 en adelante, dice:

“Le dijo Tomás: Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino?

Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.

Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais; y desde ahora le conocéis, y le habéis visto”.

“… desde ahora le conocéis, y le habéis visto”, ¿por qué? Vamos a ver por qué:

“Felipe le dijo: Señor, muéstranos el Padre, y nos basta.

Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre?

¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras.

Creedme que yo soy en el Padre, y el Padre en mí; de otra manera, creedme por las mismas obras.

De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre”.

Ahora vean cómo aquí Cristo se identifica como la persona en donde está el Padre celestial hablando y llevando a cabo las obras correspondientes a aquel tiempo, que fueron vistas hechas por Jesucristo; era el Padre que moraba en Él el que estaba llevando a cabo esas obras.

En San Juan, capítulo 1, nos dice:

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.

Éste era en el principio con Dios.

Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho”.

Todas las cosas fueron hechas, creadas, ¿por quién? Por el Verbo, que era con Dios y era Dios.

Y en el verso 14 de este mismo capítulo de San Juan dice:

“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…”.

El Verbo, que era con Dios y era Dios y creó todas las cosas, ahora se hace carne y habitó en medio del pueblo hebreo, y fue conocido el velo de carne por el nombre de Jesús. En ese velo de carne estaba (¿quién?) el Verbo, que era con Dios y era Dios.

Ahora, el Verbo es el mismo Dios en Su cuerpo teofánico, llamado en el Antiguo Testamento el Ángel de Jehová o Ángel del Pacto, el cual le apareció al profeta Moisés y le dijo: “Yo soy el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob”. (Éxodo, capítulo 3, verso 1 en adelante).

Este Ángel del Pacto, el cual es el mismo Dios en Su cuerpo teofánico —el cual apareció a muchos profetas en forma de una luz, y también apareció en la forma de un hombre, de un varón, pero de otra dimensión, el cual es llamado el Ángel del Pacto o Ángel de Jehová—, luego se materializó en la Tierra, se hizo carne y vivió en medio del pueblo hebreo con el nombre de Jesús (que significa ‘Salvador’ o ‘Redentor’), para llevar a cabo la Obra de Redención como Cordero de Dios.

Ahora vean quién es nuestro amado Señor Jesucristo: Él es el Ángel del Pacto, el Ángel de Jehová del Antiguo Testamento, el que es antes que Abraham y antes que Adán también. Él estuvo viviendo antes de aparecer en este planeta Tierra en un cuerpo de carne, Él estuvo viviendo en Su cuerpo teofánico de la séptima dimensión, que es un cuerpo parecido a nuestro cuerpo terrenal pero de otra dimensión, de la sexta dimensión.

Y, ya que hemos hablado de la sexta dimensión, es muy importante que entendamos que hay siete dimensiones. Son luz, tiempo y materia (esas son las primeras tres).

Luego la cuarta dimensión es la dimensión de las ondas. Ustedes aquí se encuentran en esta noche reunidos, y aquí hay voces y hay imágenes, voces e imágenes de la radio y de la televisión, pero que ustedes no las pueden ni ver ni escuchar porque están en otra dimensión, en la dimensión de las ondas.

Pero ustedes, amables radioyentes, a través de la cuarta dimensión, la dimensión de las ondas, ustedes me están escuchando en sus hogares o en el auto en el que van. ¿Por qué? Porque a través de la cuarta dimensión la voz pasa a ustedes, llega hasta ustedes, teniendo ustedes el receptor, que es el radio.

Y ahora, así como podemos comprender que hay una dimensión llamada “las ondas”, donde se transmiten los programas de radio y de televisión…, y también se usa para las comunicaciones de vuelos aéreos también y vuelos espaciales, y para muchas otras cosas; y ya esa dimensión la han descubierto.

Y aunque solamente han descubierto muy poco comparado con todo lo que posee esa dimensión, encontramos que así como tenemos la cuarta dimensión (la cual es una realidad aunque no se ve), tenemos también otras dimensiones.

La quinta dimensión, por ejemplo, a la cual a nadie le gustaría ir, porque esa es la quinta dimensión, la dimensión llamada “el infierno”, donde estuvo el hombre rico. Cuando Cristo habla de él en ese pasaje (ya sea parábola o sea realidad), Cristo mostró la quinta dimensión, la dimensión del infierno, a donde fue ese hombre rico porque no se ocupó de buscar a Dios cuando podía encontrar a Dios y obtener la misericordia de Dios4.

Y esa es la misma dimensión a la cual, cuando Jesucristo murió, fue y predicó allí a las almas encarceladas que fueron desobedientes en el tiempo de Noé. Cuando Noé estaba preparando el arca y predicaba que vendría un diluvio sobre la Tierra, de agua, e inundaría el planeta Tierra y toda vida animal y vida humana sería destruida, ellos no podían creer que eso era cierto. Para aquel tiempo subía de la tierra durante la noche un vapor de humedad con el cual se regaba toda la Tierra, pues para aquel tiempo la Tierra no estaba inclinada como está en la actualidad.

Y ahora, miren ustedes cómo Jesucristo pasó al infierno. Dice Primera de Pedro, capítulo 3, verso 18 al 20…

Recuerden que Cristo había dicho5: “Nadie me quita la vida. Yo la pongo por mí mismo para volverla a tomar”, y también había dicho6: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, él solo queda; pero si cae en tierra y muere, mucho fruto lleva”.

Si Jesucristo no moría, Él continuaba viviendo por toda la eternidad, pero los seres humanos tenían que morir a causa del pecado, porque la paga del pecado es muerte7; y para aquel tiempo en que murió Jesucristo en la Cruz del Calvario era el día, el tiempo, en que vendría sobre el planeta Tierra la destrucción de la raza humana, como sucedió en el tiempo de Noé; pero Cristo tomó nuestros pecados, Él llevó nuestros pecados.

Por eso en el Getsemaní, al tomar nuestros pecados, luego orando su sudor era como gotas de sangre; pues la sangre se separó, hubo una separación de la sangre allí, y por medio del sudor salía sangre; y ahí fue donde Cristo tomó nuestros pecados. Y por causa de que la paga del pecado es muerte, de ahí en adelante se hizo mortal nuestro amado Señor Jesucristo.

Y luego lo llevaron preso, lo tomaron preso, lo juzgaron, el sumo pontífice, dos pontífices: uno que había sido pontífice anteriormente y el otro que estaba vigente en ese tiempo, el cual era el yerno del que había sido pontífice anteriormente; allí estaban Anás y Caifás.

Anás y Caifás, vean ustedes, uno había sido pontífice y el otro era el pontífice de ese tiempo; y estaba allí reunido el Concilio del Sanedrín en ese juicio que le hizo la religión hebrea bajo la Dispensación de la Ley, a nuestro amado Señor Jesucristo.

Y cuando le pregunta el sumo pontífice: “¿Eres tú el Hijo del Dios viviente? Si tú eres, no nos turbes el alma, dilo ya”, y Jesús dijo allí: “Tú los has dicho”. Y cuando dice así a los que estaban allí presentes, el sumo pontífice, en vez de dar gloria a Dios y decir: “Tenemos al Mesías, al Rey de Israel”, en vez de decir así, dijo que había blasfemado Jesucristo.

Ahora, vean ustedes cómo el sumo pontífice, siendo la autoridad máxima de la religión hebrea, falló en ver el cumplimiento de la Primera Venida de Cristo, porque vino en forma tan sencilla que cegó espiritualmente los ojos de los sabios y entendidos de aquel tiempo.

Cristo dijo en San Mateo, capítulo 11, verso 25 en adelante: “Te alabo, Señor, Padre del Cielo y de la Tierra, que escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos (o sea, de los teólogos y doctores en Divinidad de la religión hebrea de aquel tiempo, incluyendo al sumo pontífice), y las revelaste a los niños”. Los niños eran los apóstoles y todos los creyentes en Jesús, los cuales no tenían una preparación teológica, pero habían visto la Venida del Mesías y lo creían con toda su alma.

Y ahora, vean cómo la religión hebrea con sus líderes religiosos, con el Concilio de la religión hebrea, el Concilio del Sanedrín, declaran que Jesucristo es un blasfemo. Vean, dice… Capítulo 26, verso 63 al 68, de San Mateo 26, dice:

“Mas Jesús callaba. Entonces el sumo sacerdote le dijo: Te conjuro por el Dios viviente, que nos digas si eres tú el Cristo, el Hijo de Dios.

Jesús le dijo: Tú lo has dicho; y además os digo, que desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo.

Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: ¡Ha blasfemado! ¿Qué más necesidad tenemos de testigos? He aquí, ahora mismo habéis oído su blasfemia.

¿Qué os parece? Y respondiendo ellos, dijeron: ¡Es reo de muerte!

Entonces le escupieron en el rostro, y le dieron de puñetazos, y otros le abofeteaban,

diciendo: Profetízanos, Cristo, quién es el que te golpeó”.

Ahora vean ustedes todo lo que hicieron con Jesús, porque ya Jesús había tomado nuestros pecados y se había hecho mortal; porque la paga del pecado es muerte; y al tomar todos nuestros pecados se hizo mortal, y por consiguiente tenía que morir; porque la paga del pecado es muerte.

Y el día 14 del mes primero, en la víspera de la Pascua (porque el día 15 era la Pascua), el Mesías tenía que morir, como el cordero moría; en la víspera de la Pascua moría el cordero pascual que luego durante la noche de la Pascua se comía.

Ahora, recuerden que para el pueblo hebreo la noche es primero y después el día. Para los gentiles el día es primero y después la noche, aunque para los gentiles el día comienza a las 12:00 de la noche y termina a las 12:00 de la noche del otro día.

Y ahora, para el pueblo hebreo los días comienzan y terminan en la tarde, a la caída del sol; o sea que digamos que a las 6:00 de la tarde, en los lugares donde comienza ya a oscurecer (o sea, comienza la noche), ahí termina un día y comienza otro día (eso es para los hebreos); digamos que a las 6:00 de la tarde, cuando tienen bien sincronizado el horario, en donde comienza la mañana a las 6:00 de la mañana y luego termina el día a las 6:00 de la tarde. Esto es en ciertas estaciones del año; así es, digamos, en la primavera.

Y el cordero pascual era tomado cuatro días antes, y después era sacrificado el día 14, y lo preparaban, lo asaban; y ya ese mismo día 14 por la tarde comenzaba el día 15 y comenzaba la noche del día 15, y durante esa noche se comían ese cordero pascual.

Cuando el pueblo hebreo tuvo que salir libre en Egipto, Dios le estableció un cordero, el cual tenía que ser sacrificado el día 14 y luego tenía que ser preparado, asado en fuego, y la sangre de ese cordero aplicada en el dintel y los postes de la puerta de la casa; y tenían que entrar a esa casa todos y estar durante toda la noche dentro de esa casa, mientras la muerte de los primogénitos estaba llevándose a cabo allá en Egipto; y los lugares, las casas donde estaba la sangre del cordero aplicada, era libre de la muerte de sus primogénitos.

Y el imperio del faraón no sabía estas cosas, y no tenían sangre aplicada en el dintel de sus puertas ni el cordero pascual comiéndolo durante la noche; y hubo una gran mortandad, desde el hijo del faraón hasta el hijo del esclavo, y hasta de los animales también.

Pero ahora, vean ustedes, Dios le dijo al pueblo hebreo… Eso está en el capítulo 12 y capítulo 14 (encontramos de todo esto) del Éxodo. Dios le dijo al pueblo hebreo por medio de Moisés: “Ninguno salga de su casa hasta la mañana”. Ya en la mañana, que es la cuarta vigilia, iba a ser el éxodo e iban a salir libres todos ellos.

Y ahora, vean ustedes cómo todo eso era tipo y figura de nuestro amado Señor Jesucristo muriendo en la Cruz del Calvario en la víspera de la Pascua para la salvación de todos nosotros; para que tengamos aplicada Su Sangre en el dintel de nuestras almas, allá en la puerta de nuestro corazón, y tengamos a Cristo el Cordero de Dios dentro de nuestra casa, allá en nuestra alma, para que la muerte espiritual no nos azote, para que la muerte espiritual no azote nuestras almas y podamos vivir eternamente.

Es Cristo el Cordero de Dios estando en nuestra alma, dentro ahí de nuestra casa, el que nos da vida eterna; nos libra de la muerte, nos pasa de muerte a vida.

Y ahora, hemos visto cómo esto es aplicado (esto del cordero que el pueblo hebreo sacrificaba): ahora es aplicado al individuo, aplicando a Cristo en su vida, recibiendo a Cristo como su Salvador y lavando sus pecados en la Sangre de Cristo, para así tener aplicada la Sangre de Cristo en su alma y tener a Cristo dentro de su alma, de su corazón; y así librarse de la muerte, de la segunda muerte, que es el lago de fuego, y tener la persona el derecho a vivir eternamente.

Toda persona que rechaza a Cristo como su Salvador está perdiendo la oportunidad de vivir eternamente; y la vida eterna no le cuesta nada a la persona. Si la persona tuviera que pagar por la vida eterna, ningún ser humano tendría lo suficiente para pagar por la vida eterna. Cristo la da gratuitamente; ya Él hizo el pago: pagó el precio de la redención con Su propia Vida.

Y ahora, todos tenemos el derecho a recibir a Cristo como nuestro Salvador, lavar nuestros pecados en la Sangre de Cristo y recibir Su Espíritu Santo, y así obtener el nuevo nacimiento y estar como si nunca hubiésemos pecado.

Y ahora, vean cómo Cristo, el Ángel del Pacto, el Ángel de Jehová, el Jehová del Antiguo Testamento, al hacerse hombre en medio de la raza humana tenía un propósito, un propósito divino, y era la salvación, la redención de todos nosotros.

Y ahora, Jesucristo es el Sumo Sacerdote del Templo que está en el Cielo. Él es el Sumo Sacerdote según el Orden de Melquisedec, el cual ministra en el Templo que está en el Cielo.

Él, cuando ascendió al Cielo, se sentó a la diestra de Dios en el Trono de Dios y ha colocado —como Sumo Sacerdote— Su propia Sangre sobre el Trono de Dios, que es el lugar de Intercesión o asiento de misericordia en el Cielo, en el Templo que está en el Cielo, para interceder por todos nosotros.

Y a medida que han ido pasando los años Él ha estado llamando y juntando a Sus ovejas de edad en edad, y por medio de cada mensajero que Él ha enviado a Su Iglesia se ha manifestado en Espíritu Santo en cada mensajero, y por medio de cada mensajero ha hablado a Su pueblo y ha llamado y ha juntado a Sus escogidos de edad en edad para que no perezcan, pues Él dijo que ninguna de Sus ovejas perecerá. ¿Por qué? Porque Él nos da vida eterna, Vida en abundancia, por medio de Su Sacrificio en la Cruz del Calvario.

Y ahora, así como hemos nacido en este planeta Tierra por medio de papá y mamá, por medio de creer en Jesucristo como nuestro Salvador hemos obtenido un nuevo nacimiento: al creer en Cristo como nuestro Salvador y lavar nuestros pecados en la Sangre de Cristo y recibir Su Espíritu Santo; así hemos obtenido el nuevo nacimiento y hemos obtenido un espíritu teofánico de la sexta dimensión.

La sexta dimensión es llamada también “el Paraíso”, a donde van los creyentes en Jesucristo que mueren aquí en la Tierra físicamente. Ellos continúan viviendo en otra dimensión, la sexta dimensión; van a vivir a la sexta dimensión en el cuerpo teofánico, que es un cuerpo parecido a nuestro cuerpo físico pero de otra dimensión; esa misma clase de cuerpo en la cual Dios les apareció en diferentes ocasiones a diferentes profetas del Antiguo Testamento, y ellos dijeron que era un varón y que ese varón era el Ángel de Jehová; porque ese Varón, llamado el Ángel de Jehová, es un hombre de otra dimensión, de la sexta dimensión. Ese cuerpo es el cuerpo teofánico de Dios de la sexta dimensión.

Y el cuerpo físico de Dios de esta dimensión terrenal, vean ustedes, fue ese cuerpo llamado Jesús, el cual colocó en Sacrificio vivo por todos nosotros muriendo en la Cruz del Calvario, para librar a los hijos e hijas de Dios de la muerte y darnos vida eterna.

Y para el Día Postrero Él nos dará un cuerpo físico glorificado y eterno, el cual será como el cuerpo de nuestro amado Señor Jesucristo: un cuerpo inmortal, un cuerpo como el de Jesucristo cuando Él resucitó; y, cuando recibamos ese nuevo cuerpo, ya estaremos físicamente también como inmortales aquí en la Tierra por 30 a 40 días, y después nos iremos a la Cena de las Bodas del Cordero en el Cielo con nuestro amado Señor Jesucristo.

Ahora, podemos ver que hay otras dimensiones; y vean lo que es la sexta dimensión: esa dimensión es llamada “el Paraíso”, donde van los que sirven a Cristo y terminan sus días terrenales aquí; y su cuerpo físico ya termina su tiempo, muere el cuerpo físico, y van a vivir en cuerpos teofánicos de la sexta dimensión al Paraíso, en la misma clase de cuerpo que Jesús tenía cuando les apareció a los profetas del Antiguo Testamento.

Y para el Día Postrero Él nos dará también un cuerpo físico eterno y glorificado, y entonces todos seremos iguales a nuestro amado Señor Jesucristo.

Y ahora, hay otra dimensión: es la séptima dimensión, y esa es la dimensión de Dios, en la dimensión en que Dios habita. Esa es la dimensión más importante de todas las dimensiones. De ahí, de esa dimensión, es que han salido las demás dimensiones. De esa dimensión, que es el mismo Dios, es de donde nosotros hemos venido; nuestras almas son de esa dimensión.

De esa dimensión es que Dios vino a la sexta dimensión (o sea, se creó un cuerpo teofánico de la sexta dimensión), y de esa dimensión es el cuerpo teofánico que Él nos da cuando creemos en Cristo como nuestro Salvador, lavamos nuestros pecados en Su Sangre y recibimos Su Espíritu Santo; y ahí recibimos el cuerpo teofánico de la sexta dimensión. Y por eso al morir, si se nos terminan los días aquí en la Tierra, continuamos viviendo en ese cuerpo teofánico.

Pero para el Día Postrero regresan a la Tierra todos los que están en ese cuerpo teofánico, en la sexta dimensión, que han sido creyentes en nuestro amado Señor Jesucristo.

Y ahora, vean ustedes cómo también en esa sexta dimensión no solamente hay gente en ese cuerpo teofánico, sino que también hay pajaritos, hay animales, hay árboles, hay hierba, grama, hay de todo lo que hay en esta dimensión terrenal; lo único es que allí no están los problemas que tenemos nosotros aquí en la Tierra. Es una dimensión de paz, de gozo, de armonía, de felicidad. Allí ni se cansan de estar allí; allí ni se trabaja, ni se come, ni se duerme; allí las personas han reposado de sus trabajos terrenales, y viven muy felices allí. Allá pues glorifican a Dios y le sirven a Dios en esa dimensión.

Ahora, las oraciones de ellos, vean ustedes, tienen que llegar hasta Dios, como también las nuestras.

Y en el Antiguo Testamento fue establecido en el servicio, en el templo que construyó Moisés y el templo que construyó Salomón, fue establecido que el sumo sacerdote entraría con el incensario al lugar santísimo del templo una vez al año (o sea, un día en el año), y llevaría allí el incienso en su mano y lo echaría dentro del incensario; y ahí subiría el humo, al quemarse el incienso, y cubriría el propiciatorio allí, que estaba sobre el arca del pacto; y ahí las oraciones del pueblo y del sumo sacerdote subían ante la presencia de Dios, el cual estaba sobre el propiciatorio en medio de los dos querubines de oro.

Y ahora, vean ustedes cómo todo esto funcionaba en el Antiguo Testamento.

Y ahora, encontramos que también oran a Dios los mártires hebreos que murieron bajo los martirios por los cuales han pasado, y sobre todo los que han muerto bajo Hitler, Mussolini y Stalin; los encontramos aquí en el capítulo 6 del Apocalipsis bajo el Quinto Sello, donde dice (capítulo 6, verso 9 al 11):

“Cuando abrió el quinto sello, vi bajo el altar las almas de los que habían sido muertos por causa de la palabra de Dios y por el testimonio que tenían (estos son hebreos).

Y clamaban a gran voz, diciendo: ¿Hasta cuándo, Señor, santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre en los que moran en la tierra?

Y se les dieron vestiduras blancas, y se les dijo que descansasen todavía un poco de tiempo, hasta que se completara el número de sus consiervos y sus hermanos, que también habían de ser muertos como ellos”.

O sea, los 144.000 judíos o hebreos, 12.000 de cada tribu, que aparecen ahí en Apocalipsis, capítulo 7, verso 2 al 8, y que luego aparecen en Apocalipsis, capítulo 14, verso 1 en adelante.

Esos 144.000 hebreos son los que recibirán a Cristo en Su Segunda Venida, lo reconocerán y lo seguirán; y ellos van a dar sus vidas por Cristo durante la gran tribulación.

Apocalipsis, capítulo 14, verso 1 en adelante, dice (hablando de ellos, dice):

“Después miré, y he aquí el Cordero estaba en pie sobre el monte de Sion, y con él ciento cuarenta y cuatro mil, que tenían el nombre de él y el de su Padre escrito en la frente.

Y oí una voz del cielo como estruendo de muchas aguas, y como sonido de un gran trueno; y la voz que oí era como de arpistas que tocaban sus arpas.

Y cantaban un cántico nuevo delante del trono, y delante de los cuatro seres vivientes, y de los ancianos; y nadie podía aprender el cántico sino aquellos ciento cuarenta y cuatro mil que fueron redimidos de entre los de la tierra.

Éstos son los que no se contaminaron con mujeres, pues son vírgenes. Éstos son los que siguen al Cordero por dondequiera que va”.

¿Siguen a quién? Al Cordero por dondequiera que va. ¿Por qué siguen a Cristo? Porque lo recibirán en Su Segunda Venida. ¿Y qué más hacen?

“Éstos fueron redimidos de entre los hombres como primicias para Dios y para el Cordero;

y en sus bocas no fue hallada mentira, pues son sin mancha delante del trono de Dios”.

Ahora vean cómo estos 144.000 hebreos estarán cantando también un nuevo cántico, así como la Iglesia de Jesucristo, la cual aparece en el capítulo 5 y verso 8 en adelante, donde dice:

“Y cuando hubo tomado el libro, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron delante del Cordero; todos tenían arpas, y copas de oro llenas de incienso, que son las oraciones de los santos;

y cantaban un nuevo cántico, diciendo: Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación;

y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra”.

Ahora vean cómo estas personas que se encuentran en otra dimensión pueden cantar a Dios un Cántico Nuevo, pueden glorificar a Dios y pueden hablar acerca de lo que será de ellos, pues dicen: “… y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra”. Ellos saben que van a regresar a la Tierra para reinar con Cristo por mil años y luego por toda la eternidad, juntamente con los que vivimos en esta Tierra y seremos transformados.

Ahora, vean ustedes aquí en el capítulo 8, verso 1 en adelante, donde dice:

“Cuando abrió el séptimo sello, se hizo silencio en el cielo como por media hora.

Y vi a los siete ángeles que estaban en pie ante Dios; y se les dieron siete trompetas.

Otro ángel vino entonces y se paró ante el altar, con un incensario de oro; y se le dio mucho incienso para añadirlo a las oraciones de todos los santos, sobre el altar de oro que estaba delante del trono.

Y de la mano del ángel subió a la presencia de Dios el humo del incienso con las oraciones de los santos”.

Ahora vean, las oraciones de los santos, tanto de los que han partido como de nosotros que vivimos aquí en la Tierra, los cuales hemos orado (tanto los que ya han partido como nosotros)… hemos orado por la transformación de nuestro cuerpo, nosotros los que vivimos, y ellos han estado orando por la resurrección de ellos en cuerpos eternos, para regresar a la Tierra y reinar con Cristo como reyes y sacerdotes.

Y ahora, estas oraciones de los santos (tanto de los que han partido como de nosotros los que vivimos) son presentadas a Dios, y suben hasta la presencia de Dios, en el Trono de Dios allá en el Cielo, bajo el ministerio de este Ángel con el incensario de oro, lo cual ocurre después que Cristo termina Su labor allí ya de Intercesión.

Cuando ya se complete el número de los escogidos de Dios, ya ahí Cristo con el incensario de oro, vean ustedes… Y el incienso colocado en el incensario que está encendido en fuego, produce, ese incensario produce ese humo que sube hasta la presencia de Dios con las oraciones de los santos, con las oraciones de todos los hijos e hijas de Dios, para la petición de nuestra adopción como hijos e hijas de Dios, nuestra adopción en cuerpos eternos; para ser colocados en cuerpos eternos los que partieron y ya no tienen el cuerpo físico, pero serán colocados en un cuerpo eterno en la resurrección; y nosotros los que vivimos seremos transformados en nuestros átomos, y entonces tendremos el cuerpo eterno.

Y ahora, Cristo dijo que eso será hecho por Él en el Día Postrero. San Juan, capítulo 6, verso 39 al 40, dice:

“Y ésta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero.

Y ésta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquél que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero”.

¿Para cuándo dice Cristo que realizará la resurrección de los que han partido? Para el Día Postrero; y luego nosotros los que vivimos seremos transformados en el Día Postrero.

¿Y cuál es el Día Postrero? El Día Postrero es el séptimo milenio. Y los días postreros son el quinto milenio, sexto milenio y séptimo milenio; porque “un día delante de Dios es como mil años para nosotros”; Segunda de Pedro, capítulo 3, verso 8, y el Salmo 90 y verso 4, donde el profeta Moisés también da testimonio de esta verdad. Cuando se dice “el Día Postrero” o “Día del Señor”, para los seres humanos eso es el séptimo milenio.

Y ahora, si le añadimos al calendario los años de atraso que tiene, pues ya estamos en el séptimo milenio y por consiguiente estamos en el Día postrero.

Ahora, no sabemos en qué año del Día Postrero, del séptimo milenio, ocurrirá la resurrección. Por eso tenemos que estar esperando la resurrección de los muertos en Cristo; y cuando los veamos resucitados, ahí seremos transformados nosotros y tendremos también el cuerpo nuevo; y con ese cuerpo nuevo, el cual será interdimensional, podremos pasar a las diferentes dimensiones que tengamos necesidad.

Ahora, veamos que esto de las dimensiones pues es un misterio, pero es una realidad.

Vean ustedes, la Escritura dice… Cada vez que ha muerto un hombre de Dios, como Adán, Set, Noé, Abraham, Isaac, Jacob, Moisés, cuando se habla de la partida o muerte de ellos, se dice que fue reunido con su pueblo; porque eso es lo que sucede cuando parte un hombre de Dios, cuando parte un hijo o una hija de Dios: la persona va a vivir con su pueblo.

Y cada uno de los patriarcas, cuando partió, encontramos que fue al Seno de Abraham; y cuando su descendencia iba terminando sus días aquí, iba reuniéndose allá con ellos como una familia allá también. Porque así como se está acá en una familia, allá también se está en una familia; acá en una familia terrenal y allá en una Familia celestial.

Y ahora, la Familia de Dios es la Iglesia de Jesucristo, a la cual la persona entra cuando cree en Cristo y recibe Su Espíritu, y así nace de nuevo: ha nacido en la Familia de Dios; y cuando muere, pues va a la dimensión donde van los de la Familia de Dios, y ahí se reúne cada persona con el mensajero de la edad que le tocó vivir.

Y ahora, para el Día Postrero serán resucitados todos los santos del Nuevo Testamento, así como para la Primera Venida de Cristo como Cordero de Dios, cuando murió y resucitó, resucitaron con Él los santos del Antiguo Testamento. San Mateo, capítulo 27, versos 51 en adelante, dice:

“Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo (esto fue cuando Cristo murió); y la tierra tembló, y las rocas se partieron;

y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron;

y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de él (o sea, después de la resurrección de Cristo fue que ellos también salieron de los sepulcros, o sea, resucitaron, aparecieron en cuerpos; vinieron ¿a dónde?), vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a muchos”.

Ahora, Abraham y Sara, Isaac, Jacob, y todos los patriarcas y todos los demás, cuando aparecieron, aparecieron jovencitos; porque cuando se regresa de la resurrección con la promesa de vivir eternamente en un cuerpo eterno, ese cuerpo eterno es jovencito, representa de 18 a 21 años de edad; o sea que es un cuerpo en la flor de la juventud para toda la eternidad.

Y ahora, Cristo también resucitó, y resucitó en tal forma que aun Sus discípulos ni lo reconocían. ¿Por qué? Porque ya en el cuerpo glorificado que todos vamos a tener, todos seremos jovencitos, representando de 18 a 21 años de edad. Así que Jesús resucitó más joven de lo que se veía cuando Su cuerpo físico murió.

Y ahora, así será con los muertos en Cristo cuando resuciten y con nosotros los que vivimos cuando seamos transformados.

Los muertos en Cristo han orado por esa resurrección estando ellos en el Paraíso; y cuando estuvieron aquí en la Tierra oraron por la transformación, oraron por ese nuevo cuerpo. Y para el Día Postrero, cuando estas oraciones de los santos (o sea, de nosotros y de los que están en el Paraíso) sean presentadas ante Dios en y después de la apertura del Séptimo Sello en el Cielo, la respuesta de parte de Dios será la resurrección de los muertos en Cristo y la transformación de nosotros los que vivimos; porque ya se habrá completado el número de los escogidos de Dios, de los primogénitos de Dios escritos en el Cielo, en el Libro de la Vida del Cordero.

Hay personas que no saben que tienen sus nombres escritos en el Cielo, en el Libro de la Vida del Cordero; pero cuando Jesucristo le habla directamente a su alma por medio de Su Palabra, por medio del Mensaje correspondiente al tiempo en que la persona vive, esa Voz de Cristo, ese Mensaje de Cristo llega directamente a su alma y despierta espiritualmente ahí el alma de la persona; tiene un despertamiento espiritual, y se da cuenta que es la Voz de su Padre celestial el que le está hablando, y se da cuenta que es un hijo de Dios o una hija de Dios; y por consiguiente tiene su nombre escrito en el Libro la Vida del Cordero desde antes de la fundación del mundo.

Cristo prometió que Él llamaría a todas Sus ovejas, en San Juan, capítulo 10, verso 14 al 16, donde dice:

“Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen,

así como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; y pongo mi vida por las ovejas.

También tengo otras ovejas que no son de este redil (o sea, que no son del redil del pueblo hebreo; dice); aquéllas también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor”.

Ese rebaño es la Iglesia del Señor Jesucristo y ese pastor es nuestro amado Señor Jesucristo.

Y ahora, ¿cómo es que Él llama y junta a Sus ovejas? Es por medio de la manifestación de Jesucristo en Espíritu Santo a través del mensajero de cada edad.

Hemos tenido siete etapas o siete edades de la Iglesia gentil: la primera en Asia Menor, la segunda en Francia, la tercera en Hungría y Francia, y la cuarta en Irlanda y Escocia, la quinta en Alemania, la sexta en Inglaterra y la séptima en Norteamérica, en donde Cristo en Espíritu Santo por medio de Sus mensajeros de las siete edades ha estado llamando y juntando a Sus escogidos en cada etapa, en cada edad, en esos territorios donde se han cumplido esas edades.

Y ahora, en este Día Postrero el territorio es la América Latina y el Caribe para la Edad de la Piedra Angular, la Edad de Oro de la Iglesia de Jesucristo, donde Jesucristo en Espíritu Santo por medio de Su Ángel Mensajero llama y junta a todos Sus escogidos en la Edad de la Piedra Angular y Dispensación del Reino, con el Mensaje de la Gran Voz de Trompeta del Evangelio del Reino; del cual dice Cristo en San Mateo 24, verso 31:

“Y enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a sus escogidos…”.

Juntan a Sus escogidos estos ministerios de los Ángeles del Hijo del Hombre, que son los ministerios de los Dos Olivos y Dos Candeleros de Apocalipsis, capítulo 11, verso 3 en adelante, y Zacarías, capítulo 4.

Esos son los ministerios de los Dos Ungidos que están delante de la presencia de Dios; son los ministerios de Moisés y Elías repitiéndose en el Día Postrero en el Ángel de Jesucristo. Pero el Ángel de Jesucristo no es Moisés ni es Elías, pero Jesucristo en Espíritu Santo estará en él manifestado operando el ministerio de Moisés por segunda vez y operando el ministerio de Elías por quinta vez y operando el ministerio de Jesús por segunda vez.

En el Ángel Mensajero de Jesucristo estarán estos tres grandes ministerios siendo operados por el Espíritu Santo, por Jesucristo en Espíritu Santo en Su Ángel Mensajero; y por medio de ese Ángel Mensajero es que Jesucristo les habla a Sus escogidos, a Sus ovejas en el Día Postrero; y las llama y las junta y las coloca en el Reino de Dios, en la Iglesia de Jesucristo, en el Redil de Jesucristo, en donde reciben el alimento espiritual de este Día Postrero; y en donde obtendrán la transformación de nuestro cuerpo, si es que permanecemos vivos hasta que los muertos en Cristo resuciten en cuerpos eternos.

Pero si alguno se va antes, no se preocupe: usted regresará en un cuerpo nuevo; pero si no se va antes de la resurrección de los muertos, cuando veamos a los muertos en Cristo resucitados entonces nosotros seremos transformados y tendremos también el nuevo cuerpo. Luego estaremos de 30 a 40 días aquí en la Tierra, y después nos iremos con Cristo a la Cena de las Bodas del Cordero, al Cielo, a la Casa de nuestro Padre celestial.

Ahora podemos ver lo importante que es orar a Dios por la redención del cuerpo, o sea, la transformación de nuestro cuerpo, nosotros los que vivimos; y los santos que ya están en el Paraíso, ya ellos oraron por la transformación de sus cuerpos, pero, como se fueron, han estado orando después por la resurrección de ellos en cuerpos eternos; y pronto se cumplirá lo que ellos han pedido y pronto también para nosotros se cumplirá nuestra petición.

Cuando se complete el número de los escogidos de Dios en el Cuerpo Místico de Cristo, en la Edad de la Piedra Angular, entonces Cristo terminará Su labor allá en el Cielo; y ahí es donde, al completarse el número de los escogidos de Dios, Cristo ofrecerá las oraciones por el nuevo cuerpo, por el cual hemos clamado, orado a Dios; y en el Día Postrero recibiremos el nuevo cuerpo. En las oraciones nuestras está esa petición.

Que pronto todos recibamos el cuerpo nuevo, el cuerpo glorificado y eterno que Cristo ha prometido para todos Sus escogidos que viven en el Día Postrero. En el Nombre Eterno del Señor Jesucristo. Amén y amén. Y pronto los muertos en Cristo resuciten en cuerpos eternos también. En el Nombre Eterno del Señor Jesucristo. Amén y amén.

Ha sido para mí un privilegio muy grande estar con ustedes dándoles testimonio de EL SÉPTIMO SELLO y de LAS ORACIONES DE LOS SANTOS.

Ahora, ¿cuántos han orado por el nuevo cuerpo que Cristo ha prometido para nosotros?, ¿cuántos están orando que Él les dé el cuerpo glorificado, el cuerpo eterno? Yo también.

Todavía continuamos orando, hasta que recibamos ese nuevo cuerpo; y los santos que han partido también están orando por ese nuevo cuerpo eterno que Cristo ha prometido para todos Sus hijos; y pronto se convertirán en una realidad las oraciones que hemos elevado a Dios.

Que pronto tengamos el nuevo cuerpo que Él ha prometido para nosotros y que nosotros le hemos estado pidiendo conforme a Sus promesas; y pronto vayamos a la Cena de las Bodas del Cordero en el Cielo.

Ha sido para mí un privilegio muy grande estar con ustedes, amables amigos y hermanos presentes y radioyentes, dándoles testimonio de EL SÉPTIMO SELLO Y LAS ORACIONES DE LOS SANTOS”.

Que Dios les bendiga y les guarde, y pasen todos muy buenas noches.

“EL SÉPTIMO SELLO Y LAS ORACIONES DE LOS SANTOS”.

[Revisión mayo 2019]

1 Salmo 34:7

2 San Juan 1:25-33

3 San Juan 1:15, 1:30

4 San Lucas 16:19-31

5 San Juan 10:18

6 San Juan 12:24

7 Romanos 6:23

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