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Muy buenas tardes, amables amigos y hermanos presentes. Es para mí un privilegio grande estar con ustedes en esta ocasión, para compartir unos momentos de compañerismo alrededor del Programa Divino correspondiente a nuestro tiempo y ver el origen de todas las cosas buenas, ver cómo ese origen es Dios, el cual en el Génesis, capítulo 1, verso 1 en adelante, nos habla diciendo así:

“En el principio creó Dios los cielos y la tierra”.

Y luego en el verso 31 de este mismo capítulo 1 del Génesis, dice:

“Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera. Y fue la tarde y la mañana el día sexto”.

Y ahora, para que tengamos el cuadro claro de esta Obra de Creación Divina, leemos en San Juan, capítulo 1, verso 1 en adelante, donde dice:

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.

Éste era en el principio con Dios.

Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.

En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.

La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella.

Hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan (o sea, Juan el Bautista).

Éste vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él.

No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz.

Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo.

En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció.

A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron (o sea, el pueblo hebreo).

Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios;

los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.

Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad”.

Que Dios bendiga nuestras almas con Su Palabra y nos permita entenderla.

Nuestro tema para esta ocasión es: “DIOS, EL ORIGEN DE TODAS LAS COSAS BUENAS”.

Hemos visto a través de la lectura de estos pasajes bíblicos que Dios es el Creador. Él ha creado todas las cosas y Él es el Creador de todas las cosas buenas. Dice: “Y vio Dios que era bueno todo lo que había sido hecho”. Y veamos quién es este Dios poderoso que creó todas las cosas.

En la lectura de San Juan que tuvimos dice que es el Verbo, el cual era con Dios y era Dios; y luego dice que aquel Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros los seres humanos.

Cuando se hizo carne el Verbo, que era con Dios y era Dios, lo conocimos por el nombre de Jesús. Jesús de Nazaret es nada menos que el Verbo que era con Dios y era Dios hecho carne, hecho hombre, en medio de la raza humana, para llevar a cabo la Obra de Redención en la Cruz del Calvario.

Ahora, podemos ver que el que estaba dentro de aquel velo de carne era nada menos que el Dios creador de los Cielos y de la Tierra, el cual lo encontramos como el Verbo que era con Dios y era Dios.

Él les había aparecido también a los profetas del Antiguo Testamento en la forma de un varón (o sea, de un hombre de otra dimensión), llamado el Ángel de Jehová; y cuando diferentes hombres y mujeres de Dios vieron a este hombre, a este varón, pensaron que iban ellos a morir porque estaban viendo a Dios cara a cara (según ellos dicen), pero no murieron.

¿Por qué no murieron? Porque aunque ellos estaban viendo a Dios cara a cara en la forma de un hombre, de un ángel, de un varón de otra dimensión (o sea, de la sexta dimensión), aun con todo y eso no estaban viendo a Dios, porque solamente estaban viendo el cuerpo de Dios de la sexta dimensión, que es un cuerpo parecido a nuestro cuerpo pero de otra dimensión.

Él apareció en ese cuerpo a esas personas del Antiguo Testamento, como a los padres de Sansón, o sea, a Manoa y a su esposa; y cuando ellos lo vieron, Manoa le dijo a su esposa: “Nosotros hemos de morir, porque hemos visto a Dios cara a cara”.

La Escritura dice que nadie jamás ha visto a Dios1. Eso fue lo que también Dios le dijo al profeta Moisés: “Porque no me verá hombre, y vivirá”; esto fue cuando Moisés quiso ver a Dios y ver Su gloria. Veamos, en el Éxodo, capítulo 32, verso 7 en adelante, dice:

“Entonces Jehová dijo a Moisés: Anda, desciende, porque tu pueblo que sacaste de la tierra de Egipto se ha corrompido.

Pronto se han apartado del camino que yo les mandé; se han hecho un becerro de fundición, y lo han adorado, y le han ofrecido sacrificios, y han dicho: Israel, estos son tus dioses, que te sacaron de la tierra de Egipto.

Dijo más Jehová a Moisés: Yo he visto a este pueblo, que por cierto es pueblo de dura cerviz.

Ahora, pues, déjame que se encienda mi ira en ellos, y los consuma; y de ti yo haré una nación grande.

Entonces Moisés oró en presencia de Jehová su Dios, y dijo: Oh Jehová, ¿por qué se encenderá tu furor contra tu pueblo, que tú sacaste de la tierra de Egipto con gran poder y con mano fuerte?”.

Y sigue ahí Moisés hablando con Dios y pidiendo la misericordia de Dios sobre el pueblo hebreo, Moisés estando en el monte Sinaí.

Y ahora, en el capítulo 33, verso 18 en adelante, dice, del Éxodo:

“Él entonces dijo: Te ruego que me muestres tu gloria (dijo Moisés).

Y le respondió (Dios): Yo haré pasar todo mi bien delante de tu rostro, y proclamaré el nombre de Jehová delante de ti; y tendré misericordia del que tendré misericordia, y seré clemente para con el que seré clemente.

Dijo más: No podrás ver mi rostro; porque no me verá hombre, y vivirá”.

Aquí vean ustedes cómo Dios dice que Moisés no podía ver el rostro de Dios, porque no lo vería hombre y viviría.

“Y dijo aún Jehová: He aquí un lugar junto a mí, y tú estarás sobre la peña;

y cuando pase mi gloria, yo te pondré en una hendidura de la peña, y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado.

Después apartaré mi mano, y verás mis espaldas; mas no se verá mi rostro”.

“… mas no se verá mi rostro”, dice Dios a Moisés; y así sucedió cuando Dios pasó delante de Moisés.

Ahora, vean ustedes, Moisés vio la espalda de Dios; y cuando Moisés vio la espalda de Dios, ¿qué estaba viendo? La espalda de un hombre que pasó frente a él.

Manoa, cuando vio al Ángel de Jehová, estaba viendo también a Dios. ¿Y por qué dice la Escritura que “no me verá hombre, y vivirá”?

Vean ustedes aquí, Jacob también. Dice en el capítulo 32, versos 24 en adelante, dice la historia [Génesis]:

“Así se quedó Jacob solo; y luchó con él un varón hasta que rayaba el alba.

Y cuando el varón vio que no podía con él, tocó en el sitio del encaje de su muslo, y se descoyuntó el muslo de Jacob mientras con él luchaba.

Y dijo: Déjame, porque raya el alba. Y Jacob le respondió: No te dejaré, si no me bendices.

Y el varón le dijo: ¿Cuál es tu nombre? Y él respondió: Jacob.

Y el varón le dijo: No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel; porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido.

Entonces Jacob le preguntó, y dijo: Declárame ahora tu nombre. Y el varón respondió: ¿Por qué me preguntas por mi nombre? Y lo bendijo allí.

Y llamó Jacob el nombre de aquel lugar, Peniel; porque dijo: Vi a Dios cara a cara, y fue librada mi alma”.

Peniel significa ‘el rostro de Dios’; y le puso a aquel lugar Peniel porque había visto a Dios cara a cara, había visto el rostro de Dios, según él dice aquí.

Y luego en San Juan, capítulo 1, verso 18, dice:

“A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer”.

Y ahora, ¿cómo es posible que diga que estas personas como Jacob…?, y como Moisés también…; pues la Escritura en el libro de Deuteronomio nos dice en el capítulo (vamos a ver)… Deuteronomio nos habla acerca de Moisés; verso 10 del capítulo 34 dice:

“Y nunca más se levantó profeta en Israel como Moisés, a quien haya conocido Jehová cara a cara…”.

Y luego nos dice que nadie puede ver a Dios; y nadie jamás ha visto a Dios.

Ustedes me pueden ver a mí y yo los puedo ver a ustedes, y sin embargo ustedes no me están viendo a mí y yo no los estoy viendo a ustedes. ¿Y cómo puede ser eso? Pues en la misma forma en que Jacob y también los padres de Sansón (Manoa y su esposa) vieron a Dios cara a cara, pero con todo y eso no estaban viendo a Dios.

Ahora, vean ustedes: yo los miro a ustedes, los veo, pero solamente estoy viendo su cuerpo físico; no puedo ver su espíritu y tampoco puedo ver su alma, que es lo más importante que ustedes tienen. Porque el ser humano es alma; eso es lo principal.

Eso es lo que en realidad es la persona: alma viviente; y luego Dios le ha dado un espíritu, que eso es un cuerpo de otra dimensión; y Dios también le ha dado al ser humano un cuerpo físico de esta dimensión.

Y solamente estando en esta dimensión, pues, nos podemos ver viendo nuestro cuerpo físico, pero no podemos vernos el alma, que es lo que en realidad es la persona. Y ustedes me miran a mí y solamente ven mi cuerpo físico, pero no ven mi espíritu y tampoco ven mi alma.

Ahora, el cuerpo físico es de esta dimensión terrenal. El espíritu es de otra dimensión, y es un cuerpo parecido a nuestro cuerpo pero de otra dimensión. Y el alma es de otra dimensión: de la séptima dimensión. De ahí viene el alma de todos los hijos e hijas de Dios; porque esa séptima dimensión es la dimensión de Dios.

Y ahora, Dios descendiendo de la séptima dimensión, vean ustedes, de Él vino un cuerpo llamado el Verbo. Ese cuerpo llamado el Verbo, en el cual Dios se ha manifestado a través de las diferentes edades y dispensaciones, es un cuerpo parecido a nuestro cuerpo pero de otra dimensión: de la sexta dimensión.

Y Dios estando en ese cuerpo llamado el Verbo de Dios (porque es el cuerpo de la Palabra, es el cuerpo de la sexta dimensión), en el cual Dios estuvo manifestado llevando a cabo toda la Creación (pues fue un hombre de otra dimensión llamado el Verbo, que era con Dios y era Dios, el que creó todas las cosas buenas en esa Creación original), el cual luego se hizo carne y habitó entre los seres humanos y fue conocido por el nombre de Jesús.

Ahora hemos visto que los que vieron a Dios cara a cara viendo al Ángel de Jehová, a ese hombre, a ese varón de otra dimensión (o sea, de la sexta dimensión), aunque lo estaban viendo cara a cara no estaban viendo el que estaba dentro de ese cuerpo de la sexta dimensión; por eso solamente lo que vieron fue el cuerpo teofánico del cuerpo de Dios de la sexta dimensión, a través del cual Dios creó todas las cosas.

Es el primer cuerpo que vino a existencia, y vino de Dios; y toda la Creación original ha venido de Dios.

Ahora, podemos ver que Dios se hizo un hombre de la sexta dimensión cuando se hizo un cuerpo de la sexta dimensión, cuando salió de Sí mismo un cuerpo de la sexta dimensión; y ha estado habitando en ese cuerpo.

Ese es el varón vestido de lino de Ezequiel, capítulo 9, el cual es el Espíritu Santo, ese varón con el tintero en su cintura. Es el mismo varón que vio el profeta Daniel, en el capítulo 12 de su libro, sobre las aguas del río; y luego también vio un varón a un lado del río y otro varón al otro lado del río, los cuales eran los Arcángeles Gabriel y Miguel.

Y vean ustedes cómo se comunican con el profeta Daniel; porque un profeta es un hombre con las dos consciencias juntas, el cual puede ver en otras dimensiones; y Daniel está viendo ahí, en la sexta dimensión, a Dios en Su cuerpo teofánico, y está viendo también al Arcángel Gabriel y al Arcángel Miguel.

Hay otros mundos a los cuales los seres humanos no pueden llegar estando en estos cuerpos mortales, y no pueden ver lo que está sucediendo en esos mundos; pero cuando Dios envía un profeta a la Tierra para una edad o una dispensación, ese profeta sí puede ver en otros mundos, en otras dimensiones, cuando Dios desea que él vea; y Dios le habla desde otros mundos, desde otras dimensiones.

Ahora, podemos ver que el origen de toda la Creación ha sido el Verbo:

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.

Éste era en el principio con Dios.

(Por él fueron hechas todas las cosas), y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho”.

San Pablo también, en su carta a los Hebreos, en el capítulo 11 y verso 3, dice:

“Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía”.

Y ahora, el Creador de los Cielos y de la Tierra, que no se ve, porque lo encontramos ahí en Su cuerpo teofánico, de ahí (del Verbo que era con Dios y era Dios, el cual es el mismo Dios en Su cuerpo teofánico), de Él (el cual el mundo no puede ver), de ahí vino toda la Creación; de lo que no se veía ha sido hecho lo que nosotros podemos ver; o sea que todo lo que hay en este planeta Tierra ha venido de otra dimensión, y se ha materializado en esta dimensión.

Cuando estamos conscientes de esta realidad, entonces nos ocupamos no solamente de nuestra vida terrenal —luchando en la vida, estudiando y obteniendo los mejores trabajos que uno pueda obtener para ganar el máximo de dinero para vivir lo mejor posible—, sino que nos ocupamos de nuestra vida futura después que terminemos nuestra vida en este cuerpo terrenal.

Porque cuando terminan nuestros días en este cuerpo, la vida no ha terminado; lo que ha terminado es el tiempo de vida del cuerpo físico, pero nos queda el espíritu y el alma, que continúan viviendo; y van a otra dimensión, va nuestra alma a otra dimensión con el espíritu.

Y por eso es que Cristo ha hablado del nuevo nacimiento, para que las personas al recibir a Cristo como su Salvador y lavar sus pecados en la Sangre de Cristo, reciban el Espíritu de Cristo y entren al Reino de los Cielos; y así sean una nueva criatura, hayan nacido de nuevo.

Así como hemos nacido por medio de nuestros padres terrenales y hemos venido a existencia en este planeta Tierra físicamente, se requiere que tengamos un nuevo nacimiento; porque por medio del nacimiento a través de papá y mamá hemos venido a existencia físicamente en medio de una raza caída, la cual perdió la vida eterna allá en el Huerto del Edén cuando la raza humana pecó.

Y ahora la raza humana se encuentra sin vida eterna; pero Cristo dijo2: “Yo he venido para que tengan vida en abundancia”, o sea, para que tengan vida eterna. Cristo también dijo3: “Yo soy el camino, la verdad y la vida; y nadie viene al Padre, sino por mí”. Así que hay esperanzas para los seres humanos. ¿Pero esa esperanza dónde está? En Jesucristo. Él es la única esperanza para el ser humano.

El ser humano sin Cristo está perdido, porque ha venido en medio de una raza caída, sin vida eterna; y por eso cuando aparece en esta Tierra en un cuerpecito que nace a través de su madre terrenal, ya nace con la sentencia de muerte, porque ha venido en medio de una raza que pecó; y la paga del pecado es muerte4.

Por lo tanto, lo más cerca y seguro que el ser humano tiene cuando nace, ¿sabe lo que es? La muerte. Y algunos naciendo se mueren; otros, sin haber nacido también mueren; y otros logran continuar viviendo en ese cuerpo físico, crecer y llegar a ser jóvenes y después adultos, pero siempre con la sentencia de muerte, la cual en algún momento es cumplida en la vida de la persona.

¿Y cómo podemos escapar de la muerte? Este cuerpo físico no puede escapar de la muerte, porque este cuerpo físico que tenemos nosotros ha venido en la permisiva voluntad de Dios.

En la perfecta voluntad de Dios el ser humano tendría que venir como vino Adán y luego como vino Jesucristo: por medio de creación divina el cuerpo físico; y para eso, la persona primero tiene que tener un cuerpo teofánico de la sexta dimensión, un cuerpo parecido a nuestro cuerpo pero de otra dimensión, o sea, de la sexta dimensión.

El ser humano tiene que pasar primeramente por la sexta dimensión a tomar su cuerpo físico de esa dimensión (no de esta, sino de esa dimensión), así como Dios antes de venir a la Tierra en carne humana, en ese velo de carne llamado Jesús, primero Dios tomó un cuerpo teofánico de la sexta dimensión; o sea, Él mismo se creó un cuerpo teofánico de la sexta dimensión: de Dios mismo salió ese cuerpo teofánico llamado el Verbo de Dios, un cuerpo parecido a nuestro cuerpo pero de otra dimensión (de la sexta dimensión); y desde ese cuerpo y con ese cuerpo creó todas las cosas.

Y ahora, vean ustedes, en el tiempo correspondiente se creó un cuerpo en el vientre de la virgen María, el cual nació en Belén de Judea, y en ese cuerpo habitó Dios; y por eso podía decir5: “Antes que Abraham fuera, yo soy”; pero el cuerpo físico no era antes que Abraham, pero el que estaba dentro del cuerpo físico sí era antes que Abraham.

Encontramos que Cristo también podía decir6: “Nadie me quita la vida. Yo la pongo por mí mismo para volverla a tomar”. O sea que Jesucristo estando en medio de la raza humana era físicamente también inmortal. ¿Por qué? Porque vino sin pecado, vino por medio de creación divina Su cuerpo físico y nadie lo podía matar. Pero dijo en una ocasión Jesús: “Nadie me quita la vida. Yo la pongo por mí mismo para volverla a tomar”; o sea que se iba a hacer mortal físicamente, e iba a poner Su vida, a morir, pero después iba a resucitar nuevamente Su cuerpo.

También Él dijo la razón por la cual Él iba a morir; Él dijo7: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, él solo queda…”. El único que quedaría viviendo eternamente sería Jesucristo; los demás seres humanos tenían que morir; el juicio divino caería sobre la raza humana y quitaría del planeta Tierra a los seres humanos. Pero Jesús no podía morir; quedaría solo viviendo en este planeta Tierra. Pero Él dijo: “… pero si el grano de trigo cae en tierra y muere, mucho fruto lleva”.

Y ahora, cuando usted siembra un grano de trigo en la tierra, muere, pero ¿qué sucede? Aparece en la forma de una plantita de trigo, sigue creciendo; y después lleva fruto, madura (se madura ese fruto); y cuando llega la cosecha se recoge el fruto; ¿y qué es lo que se recoge? Muchos granos de trigo iguales al grano de trigo que fue sembrado en la tierra, muchos granos de trigo a imagen y semejanza de aquel grano de trigo que fue sembrado en la tierra.

Y eso es lo que Jesucristo, el Grano de Trigo, producirá: muchos hijos e hijas de Dios a imagen y semejanza de Jesucristo, a Su imagen y semejanza muchos hijos e hijas de Dios, con un cuerpo teofánico eterno y con un cuerpo físico eterno también.

Porque los creyentes en Cristo que han nacido de nuevo y han recibido Su Espíritu Santo: han recibido un cuerpo teofánico de la sexta dimensión; ya tienen la imagen de Dios, que es el cuerpo teofánico de la sexta dimensión. Y si han muerto sus cuerpos físicos, no hay ningún problema: Cristo, hablando de los creyentes en Él, ha dicho en San Juan, capítulo 11, verso 25 en adelante, cuando Marta está hablando con Jesús, y Jesús le dice… Capítulo 11, versos 23 en adelante, dice:

“Jesús le dijo: Tu hermano resucitará (o sea, Lázaro el hermano de Marta y María había muerto, y ahora Jesús llega y le dice: Tu hermano resucitará).

Marta le dijo: Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día postrero”.

¿Por qué dice “en el día postrero”? Porque la resurrección de los santos, de los creyentes en Jesucristo, está prometida para el Día Postrero. Eso lo enseñó Jesús en San Juan, capítulo 6, versos 39 al 56.

“Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.

Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?

Le dijo: Sí, Señor (ella lo creía); yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo”.

Ahora vean cómo Cristo dice que el que cree en Él no morirá eternamente. ¿Por qué? Porque Él lo resucitará. ¿Cuándo? San Juan, capítulo 6, verso 39 al 40, dice:

“Y ésta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero.

Y ésta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquél que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero”.

¿Para cuándo Cristo dice que resucitará a los creyentes en Él? Dice que será en el Día Postrero.

El Día Postrero es el séptimo milenio, porque un día delante del Señor para los seres humanos es mil años, o sea, un milenio. Segunda de Pedro, capítulo 3, verso 8, dice así, y el Salmo 90 y verso 4 (un salmo de Moisés) también dice así.

Y ahora, ¿qué ha sucedido con los que han creído en Jesucristo? Capítulo 5 de San Juan, verso 24, dice:

“De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida”.

Ha pasado de muerte a vida eterna.

El ser humano cuando nace en esta Tierra nace en muerte, se encuentra en muerte; pero cuando cree en Cristo como su Salvador y lava sus pecados en la Sangre de Cristo y recibe Su Espíritu Santo, pasa de muerte a vida, y pasa a una raza con vida eterna, una nueva raza que Jesucristo está creando.

Por eso es que la Escritura habla de los creyentes en Jesucristo como la Iglesia de Jesucristo y dice que son una nueva criatura: “Si alguno está en Cristo, nueva criatura es”8. ¿Por qué? Porque ha recibido un nuevo nacimiento.

Y ahora, ha obtenido primeramente el cuerpo teofánico de la sexta dimensión, ha entrado en el camino de la vida eterna, y ha entrado por el proceso divino correcto para tener vida eterna.

Y por eso es que para el Día Postrero, a todos los creyentes en Cristo que han partido Cristo, les dará un nuevo cuerpo, un cuerpo eterno, resucitándolos en un cuerpo eterno creado por Dios con vida eterna; un cuerpo inmortal, incorruptible y eterno, el cual Él dará a los creyentes en Él en el Día Postrero, o sea, en el séptimo milenio; y así estarán con vida eterna, aun físicamente también. Y nosotros los que vivimos recibiremos un cuerpo eterno también.

O sea, todos los creyentes en Cristo que han lavado sus pecados en la Sangre de Cristo y han recibido Su Espíritu Santo, y por consiguiente han obtenido el nuevo nacimiento y han obtenido así un cuerpo teofánico de la sexta dimensión. Y ahora les falta un cuerpo físico, porque el que tenemos en la actualidad es temporal, porque es mortal y corruptible, es el cuerpo que nos dieron nuestros padres terrenales; pero nuestro Padre celestial nos dará un nuevo cuerpo en este tiempo final, el cual es eterno y glorificado, el cual es como el del Señor Jesucristo.

Y así estaremos también a la semejanza física de Jesucristo, y así estaremos como los hermanos de nuestro amado Señor Jesucristo físicamente también; porque Él tiene muchos hermanos, los cuales serían manifestados en esta Tierra y obtendrían el nuevo nacimiento, y luego obtendrían el cuerpo físico eterno y glorificado que Él ha prometido para Sus hermanos para este tiempo final.

Él ha estado llevando a cabo una Nueva Creación. Está creando una nueva raza que primeramente obtiene un cuerpo teofánico de la sexta dimensión (cuerpo teofánico y eterno), y luego en el Día Postrero recibirá el cuerpo físico y glorificado como Él lo ha prometido; y entonces todos estaremos iguales a Jesucristo, el Grano de Trigo que fue sembrado en tierra.

Y cuando estemos con el nuevo cuerpo, entonces es que reinaremos sobre la Tierra con Jesucristo como reyes y sacerdotes; pero ya somos reyes y sacerdotes, y ya tenemos el cuerpo teofánico, y solamente nos falta el cuerpo físico, el cual recibiremos en el Día Postrero, o sea, en el séptimo milenio.

El séptimo milenio ya ha comenzado si le añadimos al calendario los años de atraso que tiene. ¿Pero en qué año del séptimo milenio recibiremos el nuevo cuerpo? Esperemos a que llegue ese momento.

Continuemos sirviendo a Cristo con amor divino, cumpliendo Sus mandamientos, apartados siempre de las cosas malas, apartados del pecado y de los vicios, cumpliendo con nuestra conciencia, que nos da a conocer lo correcto; y cumpliendo con las leyes divinas y con las leyes de nuestras naciones, con las leyes de la nación donde Dios nos ha dado el privilegio de vivir; cumpliendo con las leyes divinas y con las leyes de la nación donde les ha tocado vivir a los hijos de Dios; y viviendo vidas puras, limpias, agradables a Dios en todo momento, para que así la bendición de Dios sobreabunde en vuestras almas todos los días de vuestra vida.

Los jóvenes ocupándose de su vida, viviendo vidas agradables a Dios y cumpliendo con las leyes divinas y con las leyes terrenales también; apartados del mal, apartados de los vicios, apartados de toda cosa que las leyes terrenales condenen y que las leyes divinas también condenen; o sea, cumpliendo siempre con la Ley Divina y también con las leyes terrenales, y ocupados de nuestra salvación con temor y temblor.

Cuando la juventud se ocupa de su salvación con temor y temblor, las autoridades, la policía y demás fuerzas del orden público no tienen problemas con la juventud. A medida que van recibiendo a Cristo y el Programa que tiene para el tiempo que nos toca vivir, Dios va obrando en la vida de los jóvenes ese cambio; y personas que eran problemáticas se convierten en personas útiles a la comunidad, a toda la nación y también al Reino de Dios.

Por eso es tan importante llevar la Palabra de Dios por todos los lugares, darles a conocer el Programa Divino correspondiente a nuestro tiempo, para que así nuestras naciones latinoamericanas y caribeñas sean preparadas delante de Dios para entrar al glorioso Reino Milenial de nuestro amado Señor Jesucristo.

Este es el tiempo en donde Dios nos está preparando para entrar a ese glorioso Reino Milenial; y por medio de la Palabra de Dios correspondiente a este tiempo, la América Latina y el Caribe con sus habitantes está siendo preparada para entrar al glorioso Reino Milenial de nuestro amado Señor Jesucristo.

Tenemos que estar conscientes de esta realidad y ver a Dios obrando en la América Latina y el Caribe todas las cosas buenas que Él ha prometido hacer en la América Latina y el Caribe en este tiempo final. Él está preparando a los latinoamericanos y caribeños en este Día Postrero para entrar al Reino de Dios, al glorioso Reino Milenial de nuestro amado Señor Jesucristo.

Y ahora, podemos ver que esa es una Obra muy buena que Él está llevando a cabo en la América Latina y el Caribe; y el origen de esa Obra buena es Dios, porque Dios es el origen de todas las cosas buenas.

Ha sido para mí un privilegio muy grande estar con ustedes en esta ocasión, dándoles testimonio de “DIOS, EL ORIGEN DE TODAS LAS COSAS BUENAS”.

Él está llevando a cabo la Obra correspondiente a la América Latina y el Caribe, y esa es una Obra buena, la Obra buena de parte de Dios para los latinoamericanos y caribeños; porque Dios es el origen de todas las cosas buenas.

Que las bendiciones de nuestro amado Señor Jesucristo, el Ángel del Pacto, sean sobre todos ustedes y sobre mí también; y Él siga añadiendo a Su Iglesia los que faltan, los que tienen sus nombres escritos en el Libro de la Vida del Cordero, y pronto se complete el número del Cuerpo Místico de Cristo; y pronto los muertos en Cristo resuciten en cuerpos eternos y nosotros los que vivimos seamos transformados, y tengamos el cuerpo eterno y estemos a imagen y semejanza de Jesucristo, personas perfectas; y seamos llevados a la Cena de las Bodas del Cordero en el Cielo, a esa gran fiesta que el Padre celestial tiene para todos los que han creído en el pasado y los que creen en el presente en Jesucristo nuestro Salvador, y han lavado sus pecados en la Sangre de Cristo y han recibido Su Espíritu Santo. En el Nombre Eterno de nuestro amado Señor Jesucristo. Amén y amén.

Muchas gracias por vuestra amable atención, amados amigos y hermanos presentes; y dejo nuevamente con nosotros al reverendo Miguel Bermúdez Marín para continuar y finalizar en esta ocasión nuestra parte, y luego nos veremos en la próxima actividad de la noche.

Que Dios les bendiga y les guarde a todos. Con nosotros Miguel Bermúdez Marín.

“DIOS, EL ORIGEN DE TODAS LAS COSAS BUENAS”.

[Revisión agosto 2019]

1 San Juan 1:18

2 San Juan 10:10

3 San Juan 14:6

4 Romanos 6:23

5 San Juan 8:58

6 San Juan 10:18

7 San Juan 12:24

8 2 Corintios 5:17

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