ImprimirImprimir

Muy buenas noches, amables amigos y hermanos presentes aquí en Bucaramanga. Es para mí un privilegio estar con ustedes aquí en Colombia, para compartir unos momentos de compañerismo alrededor de la Palabra de Dios y Su Programa correspondiente a este tiempo final.

Para lo cual quiero leer en Primera de Pedro, capítulo 1, verso 10 al 13, donde dice:

“Los profetas que profetizaron de la gracia destinada a vosotros, inquirieron y diligentemente indagaron acerca de esta salvación,

escudriñando qué persona y qué tiempo indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos, el cual anunciaba de antemano los sufrimientos de Cristo, y las glorias que vendrían tras ellos.

A éstos se les reveló que no para sí mismos, sino para nosotros, administraban las cosas que ahora os son anunciadas por los que os han predicado el evangelio por el Espíritu Santo enviado del cielo; cosas en las cuales anhelan mirar los ángeles.

Por tanto, ceñid los lomos de vuestro entendimiento, sed sobrios, y esperad por completo en la gracia que se os traerá cuando Jesucristo sea manifestado”.

Nuestro tema para esta ocasión es: “LUCHAS Y VICTORIAS DEL MESÍAS”.

En este pasaje que hemos leído nos dice el apóstol San Pablo que el Espíritu de Jesucristo que estaba en los profetas del Antiguo Testamento anunciaba por medio de ellos los sufrimientos que le vendrían al Mesías y también las glorias que vendrían después de esos sufrimientos; o sea que la Venida del Mesías y los sufrimientos por los cuales pasaría el Mesías eran anunciados desde el Antiguo Testamento, o sea que los sufrimientos por los cuales pasó nuestro amado Señor Jesucristo ya estaban profetizados. Y Él por esa causa no evadió esos sufrimientos; no evadió esos sufrimientos, pues tenían que ser cumplidos en Él.

Cuando San Pedro en una ocasión en que escuchó a Jesús decir que subía a Jerusalén, iba a ser tomado preso e iba a ser condenado, Pedro dijo1: “Tal cosa no te vaya a suceder a ti”. Pero Jesús decía2: “¿Y cómo se van a cumplir las profecías?”.

O sea, ¿cómo se van a cumplir las profecías si Él evade ir donde tenía que ir? ¿Cómo se iba a cumplir la muerte y resurrección del Mesías si Él no iba a Jerusalén en el tiempo asignado por Dios para ser tomado preso, ser juzgado, ser condenado y ser crucificado en el tiempo asignado por Dios? O sea que la muerte de Cristo no podía ser en cualquier tiempo, sino en el tiempo asignado por Dios.

Así como en el Antiguo Testamento encontramos que, por ejemplo, la Fiesta de la Pascua requería la muerte de un cordero el día 14 del mes primero del año religioso del pueblo hebreo (que es el mes de Nisán o Abib).

No podía ser hecho ese sacrificio el día 10, no podía ser hecho ese sacrificio tampoco el día 20 del mes (el sacrificio del cordero pascual), porque tenía que ser en el tiempo asignado por Dios. Y Cristo es el Cordero de Dios que quitó el pecado del mundo, y murió exactamente el día 14 del primer mes, en el cual la Fiesta de la Pascua se preparaba y mataban el corderito pascual.

Por eso San Pablo dice que Cristo es nuestra Pascua3; o sea, Cristo es el Cordero Pascual; así como lo presentó Juan el Bautista cuando dijo de Jesús4: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”.

Ahora podemos ver el por qué Cristo tenía que morir ese día, y Cristo lo sabía. Por eso Cristo se movía en medio del pueblo hebreo de acuerdo a las profecías que ya estaban dadas por Dios, por el Espíritu de Dios, a través de los profetas de Dios.

Por ejemplo, veamos aquí algunas profecías: por ejemplo, en San Mateo, capítulo 4, verso 12 en adelante, tenemos aquí el por qué Cristo fue a este territorio; y cuando fue allí, se cumplió esta profecía. Capítulo 4 de San Mateo, verso 12 en adelante, dice:

“Cuando Jesús oyó que Juan estaba preso, volvió a Galilea;

y dejando a Nazaret, vino y habitó en Capernaum, ciudad marítima, en la región de Zabulón y de Neftalí,

para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo:

Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí,

Camino del mar, al otro lado del Jordán,

Galilea de los gentiles;

El pueblo asentado en tinieblas vio gran luz;

Y a los asentados en región de sombra de muerte,

Luz les resplandeció.

Desde entonces comenzó Jesús a predicar, y a decir: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado”.

Y ahora, vean ustedes, estando en ese territorio se estaba cumpliendo esta profecía que dio el profeta Isaías en el capítulo 9, verso 1 al 2.

La vida de Jesús fue nada menos que el cumplimiento de las promesas mesiánicas para aquel tiempo. Él cumplió todas las promesas correspondientes a la Primera Venida del Mesías.

Ahora, encontramos que el pueblo hebreo como nación y la religión hebrea como el judaísmo (encabezada esa religión en el Concilio del Sanedrín, del cual el sumo sacerdote era el líder máximo), encontramos que el sumo sacerdote y el Concilio del Sanedrín no pudieron ver en Jesús el cumplimiento de la Venida del Mesías, el cumplimiento del Rey de Israel.

Ellos no comprendieron que en las profecías mesiánicas estaban la Primera y Segunda Venida de Cristo; ellos no comprendieron ese misterio, y pensaron que las profecías de la Venida del Mesías, todas se cumplirían en Su Venida y que era una sola; pero ellos no comprendieron que tenía dos partes la Venida del Mesías: Su Primera Venida como Cordero de Dios para quitar el pecado del mundo y Su Segunda Venida como el León de la tribu de Judá, como Rey de reyes y Señor de señores; y por eso ellos fallaron en comprender el cumplimiento de la Primera Venida del Mesías.

Ellos esperaban la Venida del Rey, el Mesías, el Rey de Israel, pero vino en una forma tan sencilla que ellos no podían creer que este joven carpintero de Nazaret era el Mesías. Ellos esperaban un rey y les llegó un carpintero.

Y ahora, vean ustedes cómo Dios prende a los sabios en su propia sabiduría. Porque con Dios nadie puede hacerse el que sabe mucho, porque el que sabe realmente es Dios, y Él fue el que dio Su Palabra profética por medio de los profetas; y todo lo que Él ha prometido realizar lo cumple en el tiempo correspondiente y lo da a conocer.

Y cualquier persona que diga: “Dios, lo que ha prometido aquí lo tiene que hacer de esta forma”; y Dios, cuando llega el tiempo lo cumple; si lo que Dios ha cumplido no es en la forma que se lo imaginaba la persona, ¿qué hacen las personas? Dicen: “No, no, yo no lo creo en esa forma”. No lo cree en la forma en que Dios lo cumplió porque la persona tenía otra idea de lo que Dios cumpliría o de cómo Dios lo cumpliría.

Eso fue lo que sucedió con el sumo sacerdote y los doctores de la Ley y los teólogos de la religión hebrea, de los cuales Cristo dijo que estaban ciegos, o sea, ciegos al cumplimiento de las profecías mesiánicas correspondientes a aquel tiempo; y Cristo dijo5: “Y si el ciego guía al ciego, ambos caerán en el hoyo (o sea, en el hueco)”.

Ahora, vean ustedes, las profecías mesiánicas de la Primera Venida de Cristo estaban cumplidas, y quienes se esperaba que vieran la Venida del Mesías y le dijeran al pueblo hebreo: “El Mesías ha llegado”, no lo podían ver.

El sumo sacerdote, el líder máximo de la religión hebrea bajo el judaísmo, todos esperaban que ese hombre tan importante diese a conocer al pueblo hebreo que el Mesías ya estaba en la Tierra. Y él dijo, cuando le dijo a Jesús: “¿Eres tú el Hijo del Dios viviente? Si eres tú, dilo ya y no nos turbes el alma”. Y cuando Jesús dijo: “Ya os lo he dicho, y no habéis creído”, ¿qué dijo el sumo sacerdote? “Ha blasfemado”6.

¿Y para qué preguntó entonces? ¿Quería saber si era el Mesías? Pero no lo quería saber para proclamar que el Mesías ya estaba en la Tierra, sino para decir que había blasfemado para pedir la pena de muerte sobre Jesús.

¿Ven? Todo el mundo no quiere saber el cumplimiento de las promesas mesiánicas para creerlas y darle gracias a Dios, sino que hay algunos que quieren saber para combatir el cumplimiento de lo que Dios prometió. Y así era Caifás y así eran muchos de los grandes líderes del Concilio de la religión hebrea, del Concilio del Sanedrín.

Y cuando Caifás les pregunta a ellos, al Concilio de la religión hebrea: “¿Qué dicen ustedes?”, ¿sabe lo que dijeron?: “Que es digno de muerte”.

¿Y para qué querían religión y concilios y grandes vestimentas religiosas, sacerdotales? ¿Para crucificar al Mesías, para rechazar al Mesías en Su Venida? ¿Y de qué les valió predicar religión y predicar que el Mesías venía, y cuando vino lo rechazaron?

Ahora, en todo lo que sucedió ya podemos ver que se estaba cumpliendo la Palabra profética de los sufrimientos por los cuales pasaría el Mesías, en donde Su propio pueblo lo rechazaría porque no vería en Él el cumplimiento de la Venida del Mesías, no lo reconocería; y ya todo eso estaba profetizado.

San Pablo en su carta a los Romanos nos habla de esto, en el capítulo 11, versos 25 en adelante. Fue algo fuerte, duro, pero… vean, dice:

“Porque no quiero, hermanos, que ignoréis este misterio, para que no seáis arrogantes en cuanto a vosotros mismos: que ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles”.

Ese endurecimiento del alma, que ha venido al pueblo hebreo y ha rechazado al Mesías en Su Venida, será quitado cuando haya entrado la plenitud de los gentiles, o sea, cuando se haya completado el número de los hijos e hijas de Dios de entre los gentiles y se haya así completado el Cuerpo Místico de Cristo, o sea, la Iglesia del Señor Jesucristo, la cual ha estado siendo formada por gentiles desde los tiempos de San Pablo en adelante; aunque de vez en cuando entra al Cuerpo Místico de Cristo algún hebreo, pero la mayoría han sido gentiles; aunque comenzó con hebreos, después continuó con gentiles.

Y cuando haya entrado hasta el último de los escogidos de Dios, los primogénitos de Dios, al Cuerpo Místico de Cristo, o sea, a la Iglesia del Señor Jesucristo…, la cual fue representada en este diagrama que usó del reverendo William Branham.

Vean, esta partecita aquí pequeñita es el tiempo de los apóstoles. Y luego esta otra parte (donde dice “fe”) es la primera edad de la Iglesia entre los gentiles, donde San Pablo fue su mensajero; y el territorio donde se cumplió esa edad fue Asia Menor, y ahí Dios llamó y juntó a los escogidos para esa primera edad entre los gentiles.

Y luego continuó trabajando Dios en Su Obra, llamando y juntando a Sus hijos de etapa en etapa, de edad en edad; y así ha ido creciendo la Iglesia del Señor Jesucristo, la cual comenzó solamente con 120 personas en Jerusalén el Día de Pentecostés, donde nació la Iglesia de Jesucristo con el nuevo nacimiento de 120 personas que recibieron el Espíritu de Cristo el Día de Pentecostés.

De ahí en adelante han sido millones los seres humanos que han creído en Cristo como nuestro Salvador y han lavado sus pecados en la Sangre de Cristo y han recibido Su Espíritu Santo, y ahí —por consiguiente— han obtenido el nuevo nacimiento; pues Cristo dijo que era necesario nacer de nuevo. Así dijo Cristo a Nicodemo en el capítulo 3 [San Juan]; verso 1 en adelante dice:

“Había un hombre de los fariseos que se llamaba Nicodemo, un principal entre los judíos.

Éste vino a Jesús de noche, y le dijo: Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él.

Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios (o sea, no lo puede entender).

Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer?

Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.

Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es.

No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo”.

Y nosotros tampoco podemos maravillarnos de que Cristo ha dicho que es necesario nacer de nuevo para entrar al Reino de los Cielos.

¿Y cómo puede el ser humano nacer de nuevo para poder entrar al Reino de los Cielos? Pues creyendo en Cristo como nuestro Salvador, lavando nuestros pecados en la Sangre de Cristo y recibiendo Su Espíritu, y ahí ocurre el nuevo nacimiento en la persona; y así la persona obtiene un espíritu teofánico de la sexta dimensión, que es un cuerpo parecido a nuestro cuerpo pero de otra dimensión.

Y si la persona muere físicamente aquí en la Tierra cuando se le terminen sus días aquí en la Tierra, pues va a vivir al Paraíso en ese cuerpo teofánico de la sexta dimensión; y en el Día Postrero y para el Día Postrero obtendrá un cuerpo nuevo, joven y eterno que Cristo ha prometido en la resurrección de los muertos en Cristo.

Jesús dijo en San Juan, capítulo 6, verso 39 al 40:

“Y ésta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero (¿Para cuándo dice? El Día Postrero).

Y ésta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquél que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero”.

¿Cuándo dice Cristo que resucitará a los creyentes en Él que han partido? Dice que será en el Día Postrero.

Y ahora, vean ustedes, cuando la persona cree en Cristo como su Salvador y lava sus pecados en la Sangre de Cristo y recibe Su Espíritu Santo: ha recibido vida eterna; y aunque su cuerpo físico se muera, la persona sigue viviendo: vive en el cuerpo teofánico en el Paraíso, que es la sexta dimensión; y en el Día Postrero, que es el séptimo milenio, en algún año del Día Postrero (o sea, del séptimo milenio) Cristo resucitará a todas esas personas que están en el Paraíso en cuerpos teofánicos, les dará un cuerpo físico glorificado y eterno, y vendrán nuevamente a la Tierra en ese cuerpo eterno y jovencito que representará de 18 a 21 años de edad.

Y siendo que ese es un cuerpo eterno, estando en ese cuerpo, la muerte ya no podrá hacerle daño a la persona en el cuerpo que tendrá, ni tampoco la enfermedad ni ningún problema de los que atacan nuestro cuerpo físico en la actualidad. Y nosotros los que vivimos seremos transformados y tendremos también un cuerpo eterno.

Esa es la promesa para todos los que han creído en Cristo como su Salvador, han lavado sus pecados en la Sangre de Cristo y han recibido Su Espíritu Santo: han nacido de nuevo y tienen vida eterna.

No importa que el cuerpo físico no tenga vida eterna: tendremos un nuevo cuerpo con vida eterna también; pero ya cuando hemos recibido el Espíritu de Cristo hemos obtenido el nuevo nacimiento y ya tenemos un cuerpo teofánico de la sexta dimensión con vida eterna; y así es como comienza para los hijos e hijas de Dios en esta Tierra ese Programa de Redención, por lo cual Cristo vino a la Tierra como Cordero de Dios y murió en la Cruz del Calvario.

Ahora vean ustedes el por qué los sufrimientos de Cristo: era para redimir a cada hijo e hija de Dios, los cuales tienen sus nombres escritos en el Cielo, en el Libro de la Vida del Cordero.

Son llamados los primogénitos de Dios por San Pablo. En su carta a los Hebreos, capítulo 12, verso 22 al 23, dice:

“… sino que os habéis acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares de ángeles,

a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos”.

Los primogénitos son los hijos e hijas de Dios, los escogidos de Dios, de los cuales también Cristo habló; tienen sus nombres escritos (¿dónde?) en el Cielo, en el Libro de la Vida del Cordero. Y Cristo con Su Sacrificio en la Cruz del Calvario ha redimido a todos esos escogidos de Dios, primogénitos de Dios, elegidos de Dios. Tienen sus nombres escritos en el Libro de Dios, el Libro de la Vida del Cordero.

Y ahora vean ustedes cómo los sufrimientos de Cristo —incluyendo Su muerte— han sido para bendición de todos los escogidos de Dios, los primogénitos de Dios, los hijos e hijas de Dios.

Ahora, cuando la persona viene a esta Tierra nace en este planeta Tierra y su cuerpo físico y su espíritu que obtiene es en la permisiva voluntad de Dios; recibe un espíritu del mundo cuando nace y recibe un cuerpo mortal, corruptible y temporal. ¿Por qué? Porque aparecemos en esta Tierra luego de la caída del ser humano en el Huerto del Edén.

Para una persona aparecer en esta Tierra y aparecer como inmortal (que no pueda morir su cuerpo físico ni su espíritu), tiene que venir primero por la sexta dimensión; o sea, antes de venir a esta Tierra tiene que venir a la sexta dimensión y obtener su cuerpo teofánico de la sexta dimensión, que es un cuerpo parecido a nuestro cuerpo pero de la sexta dimensión, y luego venir a esta Tierra y obtener un cuerpo creado por Dios.

Y papá y mamá pues no han sabido darnos primero un cuerpo teofánico de la sexta dimensión y después crear un cuerpo físico, porque ellos no son creadores; ellos solamente nos han dado un cuerpo en la permisiva voluntad de Dios. Pero recuerden que todo eso está conforme al Programa Divino.

Le damos gracias a Dios por nuestros padres terrenales y los ayudamos en todo lo que podamos ayudarles, y lo hacemos con toda nuestra alma. Estamos muy agradecidos por nuestros padres terrenales y queremos que ellos también entren a la vida eterna.

Y estamos agradecidos a Dios por nuestros hijos también; porque Dios nos da hijos para que los guiemos en el Programa Divino y puedan vivir eternamente. Porque ¿quién no quiere que sus hijos vivan eternamente? Pues todos queremos que nuestros hijos vivan eternamente; y nosotros también queremos vivir eternamente.

Y vean, hay una forma para vivir eternamente. Cualquier persona puede decir: “Allá en el Génesis, en el Huerto del Edén, había un árbol llamado el Árbol de la Vida. Si yo viviera en ese tiempo, iría y comería de ese Árbol de la Vida y viviría eternamente”.

Ha habido muchos militares y muchas personas importantes que han deseado encontrar la fuente de la juventud. Pues miren, el Árbol de la Vida y la Fuente del Agua de la vida eterna, ¿saben quién es? ¡Nuestro amado Señor Jesucristo! Y por eso es que Cristo dice (en la lectura que tuvimos dice):

“Y ésta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquél que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero”. (San Juan, capítulo 6, verso 40).

Y San Juan, capítulo 5, verso 24, dice:

“De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida”.

Ahora vean lo sencillo que es todo el Programa Divino para la persona obtener vida eterna.

Ahora, les dije que hemos obtenido un cuerpo mortal, corruptible y temporal; por lo tanto este cuerpo no puede vivir por toda la eternidad; y hemos obtenido un espíritu del mundo cuando hemos nacido en esta Tierra. Y por eso es que Cristo dice que se requiere un nuevo nacimiento.

Nicodemo pensó en un nacimiento por medio de su madre, de nuevo; y él, siendo ya viejo…, porque dice: “¿Puede acaso un hombre siendo viejo…?”. Eso se refiere a él mismo, que él quería nacer de nuevo y quería entrar al Reino de Dios. Y Cristo entonces le explica que es por medio de nacer del Agua y del Espíritu; creyendo, pues, en nuestro amado Señor Jesucristo como nuestro Salvador, lavando nuestros pecados en la Sangre de Cristo y recibiendo Su Espíritu Santo.

Y así recibimos un espíritu del Cielo, de la sexta dimensión; ya no un espíritu del mundo, sino del Cielo; un cuerpo celestial, un cuerpo de otra dimensión, parecido a nuestro cuerpo pero de otra dimensión (o sea, de otro mundo, diríamos). Y esa es la clase de cuerpo que Jesús tenía y en el cual le apareció a Abraham, a Isaac y a muchos de los profetas del Antiguo Testamento.

¿Recuerdan ustedes en el capítulo 8 de San Juan, en donde Jesucristo está hablando acerca de Abraham? Miren lo que dice. Capítulo 8, verso 56 en adelante, dice:

“Abraham vuestro padre se gozó de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó.

Entonces le dijeron los judíos: Aún no tienes cincuenta años, ¿y has visto a Abraham?

Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy”.

Y eso sí que es grande. Entonces, ¿qué sucedió con los que lo estaban escuchando?

“Tomaron entonces piedras para arrojárselas; pero Jesús se escondió y salió del templo; y atravesando por en medio de ellos, se fue”.

En vez de decir: “Pues explícanos. Dinos cómo, entonces, hacer nosotros para vivir eternamente”.

Ahora estaban estas personas allí con uno que había visto a Abraham y que Abraham lo había visto; pero ahora Él les dice: “Antes que Abraham fuese, yo soy”. Aun antes que Abraham.

Él es el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el cual le apareció a Moisés y le dijo7: “Yo soy el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob”, y fue conocido como el Ángel de Jehová o Ángel del Pacto. Es el mismo Dios Todopoderoso con Su cuerpo teofánico, un cuerpo teofánico que es parecido a nuestro cuerpo pero de otra dimensión, o sea, de la sexta dimensión; llamado también el Verbo.

San Juan, capítulo 1, nos habla de este misterio y dice:

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.

Éste era en el principio con Dios.

Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.

En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.

La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella.

Hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan (o sea, Juan el Bautista).

Éste vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él.

No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz.

Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo.

En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció”.

¿Quién vendría a este mundo? El Verbo, que era con Dios y era Dios, el Creador de los Cielos y de la Tierra.

“A lo suyo vino (o sea, al pueblo hebreo), y los suyos no le recibieron.

Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios…”.

Porque los que creen en Él y creen en Su Nombre: lavan sus pecados en la Sangre de Cristo y reciben el Espíritu de Cristo; y así reciben vida eterna, y así nacen como hijos e hijas de Dios en el nuevo nacimiento.

“… los cuales (dice) no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios”.

Es una Obra de Creación la que se efectúa en la persona que ha creído en Cristo como su Salvador y ha lavado sus pecados en la Sangre de Cristo; y obtiene el Espíritu de Cristo y recibe así un cuerpo teofánico de la sexta dimensión, llamado también en la Escritura “el Ángel de Jehová, que acampa en derredor de los que le temen, y los defiende”8. Ese es el Ángel que menciona la Biblia.

Ese es el cuerpo teofánico que tienen todos los que han creído en Cristo como su Salvador y han lavado sus pecados en la Sangre de Cristo y han recibido el Espíritu de Cristo; y así comienza esa Creación, esa Nueva Creación, en la persona, para poder vivir eternamente.

Y ahora, continuemos viendo aquí; a continuación dice:

“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad”.

El Verbo se hizo carne, aquel Verbo se hizo carne.

“en el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios”. Era el mismo Dios en Su cuerpo teofánico. Ese cuerpo teofánico es llamado el Verbo de Dios, porque es el cuerpo de la Palabra.

Y, luego, Dios con ese cuerpo teofánico vino y creó en el vientre de María una célula de vida, la cual se multiplicó célula sobre célula; y fue así formado el cuerpo de Jesús, el cual nació luego a los nueve meses; y ese cuerpo de carne nacido de la virgen María, al cual se le puso por nombre Jesús, es el cuerpo físico de carne de Dios.

Por eso dice el profeta Isaías en el capítulo 7 de su libro, el verso 14:

“Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel”.

Emanuel significa: Dios con nosotros, Dios hecho carne, el Verbo hecho carne, el Verbo hecho hombre (como nosotros) aquí en la Tierra. Por eso vino como profeta, como Hijo del Hombre. Era nada menos que Dios manifestado en medio de la raza humana en carne humana.

De esto habló también el apóstol de Dios, San Pablo, en Primera de Timoteo, capítulo 3 y verso 16, diciendo:

“E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad:

Dios fue manifestado en carne,

Justificado en el Espíritu,

Visto de los ángeles,

Predicado a los gentiles,

Creído en el mundo,

Recibido arriba en gloria”.

Vean ustedes, el que estaba dentro de aquel velo de carne llamado Jesús, ¿quién era? Dios. El Creador de los Cielos y de la Tierra estaba dentro de ese velo de carne; ahí estaba, dentro, con Su cuerpo teofánico de la sexta dimensión.

Ahora, vean cómo Cristo, en el capítulo 14 de San Juan, está hablando acerca de la Casa de nuestro Padre celestial; dice:

“No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí.

En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros.

Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis”.

Su Segunda Venida es para llevarnos a la Casa de nuestro Padre celestial; pero tenemos que pasar por el proceso de creer en Él, de nacer de nuevo recibiendo Su Espíritu, y estar viviendo conforme al Programa Divino, para así ser llevados a la Casa de nuestro Padre celestial, a la Cena de las Bodas del Cordero, en el Día Postrero.

Los que partieron, no hay ningún problema: resucitarán en cuerpos eternos, y los que estamos vivos seremos transformados. Y todos estando en el nuevo cuerpo, en el cuerpo eterno, iremos con Cristo a la Cena de las Bodas del Cordero.

“Y sabéis a dónde voy, y sabéis el camino.

Le dijo Tomás: Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino?

Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí”.

O sea que ninguna persona puede ir a Dios para vivir eternamente, sino por medio de Jesucristo, el Cordero de Dios; no hay otra forma. Sigue diciendo:

“Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais; y desde ahora le conocéis, y le habéis visto.

Felipe le dijo: Señor, muéstranos el Padre, y nos basta.

Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre?

¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras.

Creedme que yo soy en el Padre, y el Padre en mí; de otra manera, creedme por las mismas obras”.

Las obras que estaba haciendo Jesús eran las obras del Padre, las cuales estaban prometidas para el Padre celestial, Dios, realizar en aquel tiempo; y estaban siendo vistas en Jesús, pero era el Padre —que estaba en Él— haciendo esas obras.

Y ahora, vean ustedes quién es nuestro amado Salvador Jesucristo: es el Dios Todopoderoso, que se hizo hombre para llevar a cabo la Obra de Redención en la Cruz del Calvario.

Por eso Él dijo9: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, él solo queda; pero si cae en tierra y muere, mucho fruto lleva”, o sea, muchos hijos e hijas de Dios iguales al Señor Jesucristo; porque en el Programa Divino está que todos seamos iguales a Jesucristo, con vida eterna.

Y veamos aquí lo que nos dice… Dice aquí la Escritura, cuando el… cuando iban a buscar la muerte de Jesús…, querían matar a Jesús siempre, en muchas ocasiones; esta es una de ellas en donde piensan en la muerte de Jesús. En San Juan, capítulo 11, verso 47 en adelante, dice:

“Entonces los principales sacerdotes y los fariseos reunieron el concilio, y dijeron: ¿Qué haremos? Porque este hombre (hablando de Jesús) hace muchas señales.

Si le dejamos así, todos creerán en él; y vendrán los romanos, y destruirán nuestro lugar santo (o sea, el templo) y nuestra nación.

Entonces Caifás (o sea, ese era el sumo sacerdote), uno de ellos, sumo sacerdote aquel año, les dijo: Vosotros no sabéis nada;

ni pensáis que nos conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación perezca.

Esto no lo dijo por sí mismo, sino que como era el sumo sacerdote aquel año, profetizó que Jesús había de morir por la nación;

y no solamente por la nación, sino también para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos.

Así que, desde aquel día acordaron matarle”.

Ahora vean el por qué Cristo tenía que morir: para congregar en uno a todos los hijos de Dios que estaban dispersos por el planeta Tierra, y que estarían en diferentes edades y generaciones apareciendo en cuerpos mortales.

Ahora, les hablé del cuerpo físico, que es en la permisiva voluntad de Dios, es temporal, por eso nace y después se muere. Pero cualquier persona que piensa bien no puede pensar que la vida para el ser humano es solamente el vivir estos diitas, que escasamente algunos pueden llegar hasta 100 años; casi nadie llega, y la mayor parte no quiere llegar tampoco; porque ¿quién le va a ayudar de los 100 años en adelante? Tienen que buscar un bastoncito o un carrito para sentarse (algunos, otros pues son fuertes); pero la mayoría muere antes de los 100 años.

Ahora, el Creador de los Cielos y de la Tierra, que es eterno, en Su Programa está que el ser humano sea eterno; pero por causa del pecado en el Huerto del Edén y por causa de que la paga del pecado es muerte10, la raza humana muere de ahí en adelante; pero hay una forma de vida eterna, y esa forma es por medio del Árbol de la Vida, que es Cristo nuestro Salvador. Y Él comienza ese Programa de restauración del ser humano a la vida eterna al creer en Él como nuestro Salvador y lavar nuestros pecados en la Sangre de Cristo; y ahí Él nos da Su Espíritu Santo, ese Espíritu Eterno, y así obtenemos primeramente el cuerpo eterno de la sexta dimensión; porque lo que se ve es hecho de lo que no se veía11.

Por lo tanto, la persona tiene que venir primero a un cuerpo que no se ve con los ojos humanos, pero que pertenece a otra dimensión: a la sexta dimensión, en el cual Cristo estuvo por miles o millones de años antes de venir en carne humana aquí, en el cual les apareció también a los profetas del Antiguo Testamento.

Y en muchos casos los profetas veían un hombre, un varón, un ángel, un varón de otra dimensión, cuando les aparecía el Ángel de Jehová; porque el Ángel de Jehová es un hombre de otra dimensión, llamado también el Verbo, el cual es el mismo Jesucristo en Su cuerpo teofánico; y por eso podía decir: “Antes que Abraham fuera, yo soy”.

Ahora, las personas, algunas veces cuando escuchan acerca de personas de otra dimensión (dicen “los extraterrestres”, y se asustan)…; pero miren, el ser humano, que fue colocado aquí en la Tierra… Adán es un extraterrestre: vino de otro mundo, de otra dimensión; y el ser humano de por sí es un extraterrestre.

No hay que tener miedo a los extraterrestres, el problema lo tenemos aquí, y tenemos que resolver nuestro problema; y ya Cristo lo resolvió; lo único, que hay que agarrar la solución de Cristo para vivir eternamente.

Y ahora, Cristo nos da un cuerpo teofánico de la sexta dimensión, y así venimos a ser como Cristo en el cuerpo teofánico; así nosotros tenemos un cuerpo como el que Cristo tenía antes de venir en carne humana a la Tierra. Un cuerpo eterno Él nos da; viene de Él, así como nuestro cuerpo terrenal vino de nuestros padres.

Y luego, en el Día Postrero (que es el séptimo milenio), nos dará un cuerpo físico inmortal, incorruptible, glorificado y eterno, igual al cuerpo del Señor Jesucristo, y así seremos a imagen y semejanza de nuestro amado Señor Jesucristo; y viviremos con Cristo como reyes y sacerdotes en Su glorioso Reino Milenial, y luego por toda la eternidad.

Así que valió la pena los sufrimientos del Mesías, de Cristo, porque era todo este Programa por el cual Él pasaría, de sufrimientos, para Él hacerse responsable y tomar nuestros pecados y pagar la deuda del pecado; porque la paga del pecado es muerte.

Cristo no podía morir, porque vino sin pecado; pero cuando tomó nuestros pecados, se hizo mortal. Y Él se hizo como nosotros, se hizo pecado por nosotros, para hacernos como Él.

Para Él hacernos como Él, con cuerpos eternos teofánicos y cuerpos físicos eternos, tuvo que tomar nuestros pecados; y vean, y para eso tuvo que hacerse hombre, hacerse un ser humano en esta Tierra.

Y ahora, hay algo muy importante que nosotros no podemos dejar pasar por alto, y es que el ser humano es cuerpo, espíritu y alma; y lo más importante del ser humano es el alma de la persona. Esa es la semilla o simiente de Dios, esa es la que viene de Dios o no viene de Dios.

El cuerpo físico es temporal, y el espíritu que recibimos del mundo es en la permisiva voluntad de Dios, al nacer en la Tierra; por eso se requiere el nuevo nacimiento.

Y el alma nuestra, cuando recibimos a Cristo como nuestro Salvador, recibe un cuerpo de la sexta dimensión, un espíritu de la sexta dimensión; y en el Día Postrero recibiremos un cuerpo físico y eterno y glorificado, y entonces ya tendremos —nuestra alma tendrá— cuerpo nuevo físico y cuerpo teofánico o espíritu teofánico nuevo también; porque lo que es en realidad el ser humano es alma, alma viviente.

El cuerpo es temporal; nos quitan el cuerpo pero seguimos viviendo, porque nuestra alma sigue viviendo en el otro cuerpo de otra dimensión.

Ahora, podemos ver que toda persona tiene la oportunidad de comer del Árbol de la Vida conforme al Programa de Dios, y así disfrutar de los beneficios de los sufrimientos de Cristo en Su Primera Venida y también ser participante de todas las glorias de Cristo que vendrán y que vendrían después de Sus sufrimientos.

Lo que Cristo ha estado haciendo después que murió, resucitó y ascendió al Cielo, ¿saben lo que es? Una nueva raza con vida eterna, la cual ha comenzado con la creación de un cuerpo teofánico de la sexta dimensión. Y para el Día Postrero nos dará, nos creará, un cuerpo físico glorificado y eterno, y que será interdimensional; o sea que con ese cuerpo podremos estar aquí en la Tierra, pero podremos ir a otras dimensiones y a otros lugares; pero eso está para el futuro, cuando ya tengamos ese cuerpo. No tendremos ningún problema porque ya estaremos iguales a como nuestro amado Señor Jesucristo.

¿Cristo necesitó algún un avión o cohete cuando se fue para el Cielo? No lo necesitó. Así será nuestro cuerpo también: interdimensional; podrá ir a la dimensión que tenga que ir.

Cuando Cristo, bajo la tempestad que estaba azotando a los discípulos, fue en ayuda de ellos, lo encontramos caminando sobre el mar. ¿Ven? Un cuerpo sin pecado, un cuerpo creado por Dios, vean, no tiene limitaciones; todo el poder divino está manifestado en esa persona.

Y así seremos todos nosotros cuando tengamos el nuevo cuerpo. No habrá limitaciones en cuanto a las cosas que podrán ser hechas por nosotros; y ni siquiera una gripe nos podrá afectar en nuestro cuerpo, porque será un cuerpo inmortal. Y la edad, no importa cuántos años le pasen por encima a ese cuerpo, permanecerá en apariencia de 18 a 21 años por toda la eternidad, porque ya estaremos en un cuerpo eterno con vida eterna.

Y ahora, Cristo ha estado haciendo una Obra muy importante en el Cielo como Sumo Sacerdote, intercediendo por todas las personas que tienen sus nombres escritos en el Libro de la Vida de Cordero. Él ha estado en el Cielo, en el Templo de Dios en el Cielo.

Por eso es que después que Cristo murió y resucitó, después, al tiempo, por el año 70 vino la destrucción de Jerusalén y del templo, porque ya no se necesita un templo terrenal aquí, porque ya Cristo como Sumo Sacerdote, como el Sumo Sacerdote Melquisedec, está ministrando en el Templo que está en el Cielo.

Así como hacía el sumo sacerdote de la religión hebrea en el templo: entraba el día 10 del mes séptimo de cada año con la sangre de la expiación del macho cabrío y la colocaba sobre el propiciatorio (que estaba sobre el arca del pacto, allí en el lugar santísimo); y al ofrecer esa sangre allí sobre el propiciatorio, la misericordia de Dios se extendía para el pueblo hebreo; y era reconciliado el pueblo hebreo con Dios y los pecados del pueblo hebreo eran cubiertos con la sangre del sacrificio, y Dios no veía los pecados del pueblo hebreo y enviaba la bendición sobre el pueblo hebreo.

Y ahora, no se requiere ni la sangre de un cordero literal ni de un macho cabrío, porque ya Cristo, el Cordero de Dios, ha efectuado Su Obra de Expiación. Él es tanto el Cordero Pascual como el Macho Cabrío, y Su Sangre nos limpia de todo pecado12.

La sangre de los animalitos del Antiguo Testamento solamente cubría el pecado, pero la Sangre de Cristo quita el pecado; y entonces Dios nos ve sin pecado y derrama Sus bendiciones sobre nosotros. Ahí está el secreto de aquellos animalitos y su sangre derramada: porque eran tipo y figura de nuestro amado Señor Jesucristo muriendo en la Cruz del Calvario.

Y como ya se efectuó un Sacrificio perfecto, ya no se necesitan esos sacrificios que el pueblo hebreo realizaba; y ya el templo fue quitado y ya no hay sacrificios; y ya Dios no desea que se hagan sacrificios, porque ya Cristo hizo el Sacrificio perfecto. Y si ya tenemos el Sacrificio perfecto, ¿para qué la persona va a buscar un sacrificio imperfecto?, que no le llevará a ningún lugar. Hay un solo Sacrificio.

Y ahora, Cristo ha estado haciendo intercesión en el Templo que está en el Cielo.

Vean, el Sacrificio del Cordero de Dios, de Cristo, que también es el Macho Cabrío de la Expiación para la reconciliación de los hijos e hijas de Dios con Dios, vean ustedes, Su Sangre no fue colocada en el lugar santísimo del templo terrenal que tenía el pueblo hebreo, sino que fue llevada al Lugar Santísimo del Templo celestial allá en el Cielo; y la llevó no el sumo sacerdote de la religión hebrea, sino el Sumo Sacerdote del Templo que está en el Cielo, que es Melquisedec, nuestro amado Señor Jesucristo.

Ahora vean cómo desde la ida de Cristo al Cielo Él ha estado ministrando en el Templo que está en el Cielo, como lo hacía el sumo sacerdote en el templo terrenal; porque Dios reflejó en el templo terrenal lo que hay en el Cielo en el Templo de Dios.

Por eso el sumo sacerdote que tenía el pueblo hebreo es tipo y figura del Sumo Sacerdote del Templo que está en el Cielo; pero en el Templo que está en el Cielo no podían ministrar los sumos sacerdotes de aquí de la Tierra, solamente Melquisedec, que es nuestro amado Señor Jesucristo; ese es el Sacerdote del Templo que está en el Cielo; y Él ha estado intercediendo con Su propia Sangre por todos los que tienen sus nombres escritos en el Libro de la Vida del Cordero para la reconciliación de esas personas con Dios y Dios con esas personas.

Y por eso encontramos que Cristo ha estado llamando y juntando a Sus hijos de edad en edad y de generación en generación. Él dijo que Él los llamaría, Él los buscaría, Él los juntaría. En San Juan, capítulo 10, verso 14 al 16, dice Jesucristo:

“Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen,

así como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; y pongo mi vida por las ovejas.

También tengo otras ovejas que no son de este redil (o sea, que no son del redil hebreo); aquéllas también debo traer (o sea, que son gentiles), y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor (oirán la Voz de Cristo, el Buen Pastor)”.

Las ovejas representan a los hijos e hijas de Dios, las personas que tienen sus nombres escritos (¿dónde?) en el Libro de la Vida del Cordero en el Cielo.

Esas personas vienen, ¿saben de dónde? Sus almas vienen de la séptima dimensión; y necesitan obtener un cuerpo de la sexta dimensión, el cual obtienen cuando nacen de nuevo; y necesitan obtener un cuerpo eterno, el cual recibirán cuando los muertos en Cristo resuciten en esos cuerpos eternos y nosotros los que vivimos seamos transformados.

Ahora, vean ustedes, es el alma la que viene predestinada de Dios. Esa alma es la que es hijo o hija de Dios; y viene a la Tierra en un cuerpo de carne con un espíritu del mundo (cuando nace por medio de nuestros padres terrenales), pero con la promesa de que recibirá un cuerpo teofánico de la sexta dimensión y un cuerpo físico y eterno, conforme al Programa Divino de la Redención, para el cual Cristo vino y sufrió; y por eso tenemos los sufrimientos de Cristo, pero también tenemos las victorias de Cristo.

Él obtuvo la victoria muriendo. La victoria la obtuvo para nosotros y para Él, para que nosotros podamos vivir por toda la eternidad con Él, porque somos Sus hijos, y nuestras almas vienen de la séptima dimensión, de la dimensión de Dios.

Por eso es que Cristo en una ocasión dijo a Sus discípulos, que vinieron muy contentos porque habían echado fuera demonios cuando Cristo los había enviado…, y vienen contándole a Jesús: “Mira, aun hasta los demonios se nos sujetan en Tu nombre”; o sea, que les obedecen cuando usaban el nombre de Jesús, y los echaban fuera de las personas. Jesús dice: “No os gocéis de esto, sino gozaos de que vuestros nombres están escritos en el Cielo”13.

Esa es la bendición grande: que nuestro nombre está escrito en el Cielo, en el Libro de la Vida del Cordero, porque eso nos identifica como hijos e hijas de Dios; y eso significa que los sufrimientos de Cristo, en nosotros producirán las bendiciones prometidas para la Venida y Sacrificio de Cristo en la Cruz del Calvario, o sea que nosotros somos los que recibimos el beneficio de Su Venida y de Sus sacrificios; y recibiremos también los beneficios de las glorias y victorias de nuestro amado Señor Jesucristo. ¿Por qué? Porque somos Sus hijos.

Y por cuanto somos Sus hijos, Él vino para llevar a cabo la redención nuestra, para colocarnos de nuevo en eternidad. O sea que Él vino con un propósito, sabiendo que venía a la Tierra para morir físicamente; o sea, el que murió fue el cuerpo. El espíritu y el alma de Cristo no murió, solamente Su cuerpo físico; ese era el que tenía que morir.

San Pedro en Primera de Pedro, capítulo 3, verso 18, dice:

“Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne (¿Cómo murió? En la carne), pero vivificado en espíritu (en espíritu no murió, sino fue vivificado);

en el cual también fue y predicó a los espíritus encarcelados…”.

¿Cómo fue y les predicó a los espíritus encarcelados? En espíritu, o sea, en Su cuerpo teofánico, que es un cuerpo parecido a nuestro cuerpo pero de otra dimensión.

“… en el cual también fue y predicó a los espíritus encarcelados,

los que en otro tiempo desobedecieron, cuando una vez esperaba la paciencia de Dios en los días de Noé, mientras se preparaba el arca, en la cual pocas personas, es decir, ocho, fueron salvadas por agua”.

Ahora, vean ustedes, cuando Cristo murió físicamente, Él bajó a la quinta dimensión, que es el infierno, y bajó en Su cuerpo teofánico (que es un cuerpo parecido al nuestro pero de otra dimensión), y fue y les predicó a esas personas que fueron desobedientes en el tiempo de Noé, las cuales estaban allá en sus cuerpos o espíritus; porque el espíritu es un cuerpo de otra dimensión, un cuerpo que se parece a nuestro cuerpo físico; y fue y les predicó a esas almas que estaban allá encarceladas, las cuales habían sido desobedientes en el tiempo de Noé. Dice:

“… y predicó a los espíritus encarcelados…”.

O sea, que a las personas que estaban allá en el infierno, que es la quinta dimensión, fue y les predicó.

Fue Cristo también el que tomó las llaves del infierno y de la muerte; y por eso en Apocalipsis, capítulo 1, nos dice que Él tiene las llaves del infierno y de la muerte, porque Él se las quitó al diablo; y por eso después resucitó victorioso.

Pasó también por la sexta dimensión, que es el Paraíso, donde estaban Abraham, Isaac, Jacob, y estaban todos los profetas del Antiguo Testamento que habían muerto, y también Juan el Bautista; y con Él resucitaron todos los santos del Antiguo Testamento.

¿Dónde está eso escrito? Vamos a ver si está escrito. En el capítulo 27 de San Mateo, dice, del verso 51 al 52:

“Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron (esto fue cuando Cristo murió);

y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron;

y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de él (o sea, salieron de los sepulcros, ¿cuándo?, después de la resurrección de Cristo), vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a (muchas personas)”.

Abraham, Isaac, Jacob y sus esposas, y todos estos santos del Antiguo Testamento, resucitaron y aparecieron a muchas personas en la ciudad de Jerusalén; y Jesucristo también apareció a Sus discípulos, y estuvo con ellos unos 40 días apareciéndoles en diferentes ocasiones (no menos de 8 veces apareció a Sus discípulos en un lapso de tiempo de 40 días), y estuvo hablándoles acerca del Reino de Dios y también haciendo señales y maravillas; pero con Sus discípulos, o sea, con los creyentes en Él, no con el resto del pueblo hebreo.

Y ahora, vean ustedes, después de la resurrección estuvo unos 40 días aquí, en Su cuerpo ya resucitado.

Cuando los muertos en Cristo resuciten y nosotros los que vivimos seamos transformados, vamos a estar aquí de unos 30 a 40 días también; y durante ese tiempo estarán sucediendo grandes cosas en el Programa de Dios.

Pero por ahora lo que necesitamos es estar listos para recibir el nuevo cuerpo. Eso es lo que nosotros necesitamos obtener: el nuevo cuerpo; porque después que tengamos el nuevo cuerpo, ya de ahí en adelante, siendo eternos, con un cuerpo eterno, ya las demás cosas ya uno las comprenderá y ya no tendremos más problemas; ya habrá terminado todo problema para los escogidos de Dios, porque todos seremos iguales a nuestro amado Señor Jesucristo.

Ahora estamos en el tiempo en que así como Dios, Cristo…, el cual dijo que Él tenía otras ovejas que no eran de ese redil, del redil hebreo, las cuales también debía traer (los cuales son los hijos e hijas de Dios que estarían entre los gentiles, los cuales tenían que ser traídos por Cristo a Su Cuerpo Místico de creyentes, o sea, a Su Iglesia): de edad en edad Cristo ha estado llamando y juntando a Sus escogidos; y Sus escogidos han estado escuchando la Voz del Buen Pastor, de edad en edad, por medio de la manifestación de Cristo a través del mensajero de cada edad.

Y vean ustedes, Asia Menor fue la primera edad, allá cumplida en Asia Menor; después en Francia, después en Francia y en Hungría, después en Escocia e Irlanda (esa fue la cuarta edad), y después en Alemania, y después en Inglaterra, después en Norteamérica.

¿Y ahora dónde Dios llama y junta a Sus escogidos? Pues en la América Latina y el Caribe. Ahí es donde Cristo hace el llamado de la Gran Voz de Trompeta del Evangelio del Reino para completar Su Iglesia, completar a Sus escogidos: en la Edad de la Piedra Angular; edad que se cumple en la América Latina y el Caribe, que es el occidente (o sea, el oeste) del planeta Tierra. “Y como el relámpago que sale del oriente y se muestra (¿dónde?) en el occidente (Cristo dijo), así será la Venida del Hijo del Hombre”14.

La bendición de Dios para el Día Postrero es para el occidente, y de ahí es que pasará al pueblo hebreo; y es para la parte latinoamericana y caribeña donde Cristo llama y junta a Sus escogidos, Sus ovejas, del Día Postrero, y las coloca en la Edad de la Piedra Angular, y nos prepara para ser transformados y raptados en este tiempo final.

Ahora vean la bendición tan grande que nos ha tocado en el Programa Divino. Estamos viviendo en el tiempo más grande y glorioso de todos los tiempos y el tiempo más importante para los latinoamericanos y caribeños. Este es el tiempo del llamado de Cristo para todas Sus ovejas latinoamericanas y caribeñas.

Algunos latinoamericanos y caribeños quizás pensaron que Dios se había olvidado de la América Latina y el Caribe, pero no se había olvidado, sino que le tenía la bendición más grande guardada para este Día Postrero.

Y ahora, nosotros recibimos los beneficios de las LUCHAS Y VICTORIAS DEL MESÍAS, de Jesucristo, y en este tiempo en que vivimos esperamos nuestra transformación; porque en este tiempo es que Él llama y junta a Sus últimos escogidos, a Sus últimas ovejas, para completar el Cuerpo Místico de creyentes, o sea, para completar el número de Su Iglesia; y cuando lo complete, ya Cristo saldrá del Trono de Intercesión en el Cielo y hace Su reclamo de todos los que Él ha redimido con Su Sangre, y resucitará a los muertos en Cristo y nos transformará a nosotros los que vivimos.

Ahora vean tantas bendiciones que hay en las LUCHAS Y VICTORIAS DEL MESÍAS, de nuestro amado Señor Jesucristo.

Todas las luchas de Cristo han sido para nuestro beneficio, y todas las victorias de Cristo han sido para nuestro beneficio también. Él es el que nos da la victoria a nosotros. De Él todos nosotros dependemos.

Ha sido para mí un privilegio muy grande estar con ustedes en esta ocasión dándoles testimonio de las LUCHAS Y VICTORIAS DEL MESÍAS, las cuales han sido —estas luchas y victorias— para nuestro beneficio, para nuestra bendición.

Y que las bendiciones de nuestro Señor Jesucristo, el Ángel del Pacto, sean sobre todos ustedes y sobre mí también, y pronto se complete el número de los escogidos de Dios; y pronto todos seamos transformados y llevados a la Casa de nuestro Padre celestial, al Cielo, a la Cena de las Bodas del Cordero. En el Nombre Eterno del Señor Jesucristo. Amén y amén.

Vamos a dejar por aquí nuevamente a José Benjamín Pérez para él finalizar nuestra parte. La parte que hace Miguel Bermúdez ahora le tocó a él; ya Miguel habló con él para que él se encargue de esa parte. ¿Ven? No hay edad.

La bendición de Dios no mira las edades. La bendición de Dios es para los adultos, para los jóvenes y para los niños también.

¿Ven? Primero era Bermúdez, ya una persona más adulta, más mayorcita, quien se encargaba de presentarme, y después… (al final también, de hablar algo), y ahora le tocó a un joven. Quién sabe si algún día le toque a algún niñito.

O sea que no hay edades; la bendición de Dios es para todos. Y por eso nosotros le damos gracias a nuestro amado Señor Jesucristo, porque por medio de Sus luchas y victorias Él nos ha bendecido con las bendiciones del Cielo.

Bueno, que Dios les continúe bendiciendo a todos, que Dios les guarde, y con nosotros José Benjamín Pérez. Dios les bendiga y buenas noches.

“LUCHAS Y VICTORIAS DEL MESÍAS”.

[Revisión julio 2019]

1 San Mateo 16:22-23

2 San Mateo 26:53-54

3 1 Corintios 5:7

4 San Juan 1:29, 1:36

5 San Mateo 15:14

6 San Mateo 26:62-66, 27:11; San Marcos 14:60-64, 15:2; San Lucas 22:66-71, 23:3; San Juan 18:19-24, 28-40

7 Éxodo 3:6

8 Salmo 34:7

9 San Juan 12:24

10 Romanos 6:23

11 Hebreos 11:3

12 1 Juan 1:7

13 San Lucas 10:17-20

14 San Mateo 24:27

Encuéntrenos

Carretera No.1 Km 54.5
Barrio Monte Llano
Cayey, Puerto Rico
00736

Twitter