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Muy buenas noches, amables amigos y hermanos presentes, y todos los que están a través del satélite Amazonas o de internet en diferentes naciones; y a todos los ministros en todas las naciones.

Para esta ocasión leemos en San Lucas, capítulo 17, versos 24 en adelante, y nos dice de la siguiente manera:

“Porque como el relámpago que al fulgurar resplandece desde un extremo del cielo hasta el otro, así también será el Hijo del Hombre en su día.

Pero primero es necesario que padezca mucho, y sea desechado por esta generación.

Como fue en los días de Noé, así también será en los días del Hijo del Hombre.

Comían, bebían, se casaban y se daban en casamiento, hasta el día en que entró Noé en el arca, y vino el diluvio y los destruyó a todos.

Asimismo como sucedió en los días de Lot; comían, bebían, compraban, vendían, plantaban, edificaban;

mas el día en que Lot salió de Sodoma, llovió del cielo fuego y azufre, y los destruyó a todos.

Así será el día en que el Hijo del Hombre se manifieste.”

Que Dios bendiga nuestras almas con Su Palabra y nos permita entenderla.

Nuestro tema es: “TIEMPO DE ESCAPE.” O sea: TIEMPO DE ESCAPAR.

A través de la historia bíblica encontramos diferentes tiempos, donde personas, individuos o un individuo, o muchos individuos, o un pueblo tenía que escapar. Y encontramos que los que han sido servidores de Dios, Dios ha estado con ellos para ayudarlos, Abraham fue uno de los que escapó; pero antes miren ustedes a Noé, venía un diluvio sobre la Tierra, porque la Tierra estaba en una condición muy terrible, estaba llena de violencia la Tierra, por consiguiente estaba llena de hombres violentos y Dios decidió destruir al ser humano, destruir a aquella generación antediluviana que la intención de su corazón era de continuo al mal.

Pero hubo un hombre llamado Noé, el cual servía a Dios, el cual ofrecía a Dios sacrificios, holocaustos por él y por su familia; y por cuanto esos sacrificios tipificaban el Sacrificio del Mesías que sería hecho más adelante, por consiguiente siendo el tipo y figura que Dios les había dado para ofrecerlos a Dios, por eso funcionaban delante de Dios, no es que la sangre de un animalito tenga algún poder; es lo que significaba delante de Dios cada uno de esos sacrificios: tipificaba el sacrificio del Mesías que haría más adelante por el ser humano.

Esa revelación divina le fue dada a Adán primero, Abel la tuvo, Set la tuvo; y encontramos que toda esa línea, esa descendencia de Adán tuvo esa revelación divina, y por eso encontramos a través de la historia bíblica todos esos hombres haciendo sacrificios de animalitos; y Dios miraba al ser humano a través de la sangre de esos sacrificios y no veía sus pecados.

Y ahora, encontramos que en el tiempo de Noé, Noé tenía esa revelación que iba pasando a través de la familia, de uno a otro y el líder de la familia, o sea, el primogénito de la familia, el que quedaba a cargo de la tribu era no solamente el gobernante sino también el sacerdote que ofrecía esos sacrificios pos su tribu, su pueblo; era un rey, un líder, el patriarca y también el sacerdote o sumo sacerdote de su tribu.

Noé ofrecía a Dios el sacrificio por el pecado, y por esa causa cuando Dios iba a destruir al mundo antidiluviano, por cuando Dios no destruye al justo con el injusto, al mirar a todos los hombres vio a un hombre justo y halló gracia delante de Dios y Dios tuvo que darle a él la revelación de cómo escapar del juicio, del diluvio que vendría; le dijo que iba a destruir al ser humano con un diluvio, todos iban a morir, pero Noé, por cuanto no halló pecado en él, no que no pecaba, sino que tenía el sacrificio que ofrecía a Dios y sus pecados eran cubiertos y los de su familia también, no era quitados porque la sangre de un animalito no tiene poder para quitar el pecado.

Y por cuanto el espíritu del animalito no puede venir sobre el hombre, el adorador, el que ofrece el sacrificio, porque los animales no tienen alma, solamente el ser humano tiene alma; y por esa causa para quitar el pecado de la raza humana tiene que venir un hombre, un ser humano, una persona nacida en la Tierra pero que venga sin pecado y eso solamente podía ocurrir en el Mesías príncipe que sería el Ángel del Pacto haciéndose hombre, haciéndose carne en esta Tierra, el Verbo hacerse carne, hacerse hombre para Su cuerpo ofrecerlo en Sacrificio por el pecado, lo cual ocurrió en la persona de Jesucristo nuestro amado Salvador.

Y ahora, vean ustedes, Noé escapó, Dios le dijo como hacer para escapar, le dijo que construyera un arca y luego entrara en el arca él y su familia y también colocara dentro también animales y aves, y reptiles; y así lo hizo y fueron los que escaparon del juicio del diluvio.

En el tiempo también de Abraham, el cual vivía en un sitio seguro, pero Lot su sobrino, se fue a vivir a Sodoma un territorio que tenía el riego del río y que era bueno para tener ovejas y sembrar, sitio fértil, pero sus pobladores no eran buenos y cada cierto tiempo se va acumulando delante de Dios más y más el pecado del ser humano; y como decimos nosotros la copa se va llenando y cuando se llena (son esos términos también usados en la Biblia)... y cuando se llena entonces viene el juicio divino sobre la raza humana.

La misericordia de Dios está en la Tierra por causa de los que temen a Dios y sirven a Dios, y tienen el Sacrificio de Expiación por sus pecados; así fue en el tiempo de Noé y también en el tiempo de Abraham y de Lot.

Lot dice que era un hombre justo, ese hombre conocía los sacrificios que tenía que efectuar, porque los había aprendido de Abraham; y por consiguiente Dios no veía los pecados de él, los cuales él confesaba a Dios y por eso dice la Biblia que era un hombre justo; y por cuanto Dios no puede destruir al justo con el injusto, Abraham, el cual quedó con Dios, o Dios quedó con él mientras sus Arcángeles iban a Sodoma para destruir a Sodoma y a Gomorra; Abraham habla con Dios sabiendo lo que Dios ya iba a hacer, porque se lo da a conocer y le dice Abraham a Dios: “El Juez de toda la Tierra, ¿destruirá al justo con el injusto? No haga así el Juez de toda la Tierra.”

Y comienza a hablar con Dios y le dice: “Si en Sodoma hay cincuenta justos, ¿destruirás esa ciudad?” Dios le dice: “No la destruiré por amor a los cincuenta justos.”

– “¿Y si hay cuarenta y cinco? Quizás no están los cincuenta.”

– “No la destruiré por amor a esos cuarenta y cinco.”

– “Pero, ¿si solamente hay cuarenta?”

– “Pues no la destruiré por amor a esos cuarenta.”

– “Pero, ¿si solamente hay treinta?”

– “Pues no la destruiré por amor a esos treinta.”

Ustedes lo pueden leer allá en el capítulo 18 del Génesis, y ya en el capítulo 19, Lot está saliendo de Sodoma, está escapando.

Y le dice Abraham: “Quizás no están los treinta, quizás solamente hay veinte, ¿destruirás la ciudad porque no hay los treinta, solamente hay veinte?” Dice Dios a Abraham: “No la destruiré por amor a esos veinte justos.”

Y entonces Abraham dice: “Hablaré, ya que comencé a hablar con mi Señor, no se enoje mi Señor, hablaré (o sea, preguntaré una vez más, o sea, una vez más y)...” porque no podía bajar de diez, porque con ocho en el tiempo de Noé, ocho justos (Noé y su familia) Dios destruyó al mundo antidiluviano. Por lo tanto, no podía bajar de diez justos y Abraham esperaba que Lot allá en Sodoma, ya su familia fuera más grande, tuviera más de diez personas, pero solamente estaban él, su esposa y sus dos hijas, solamente cuatro personas; no llegó al número ni siquiera de Noé y su familia.

Ahora, Abraham le dice a Dios: “Pero no se enoje mi Señor, preguntaré una sola vez, una vez más; así que no se enoje mi Señor. ¿Si hay diez justos allá en Sodoma, si solamente hay diez justos? (Abraham está pensando en su sobrino).”

– “No la destruiré por amor a esos diez justos.” Y ahí terminó la conversación, no podía preguntar más.

Luego, allá en Sodoma Lot se encuentra con los ángeles, los encuentra en la plaza se da cuenta que son extranjeros y quiere llevárselos a su casa para que coman, cenen y duerman; ya habían almorzado con Abraham, ahora les tocaba la cena en la tarde o en la noche y ellos no querían, ellos querían pasar la noche en la plaza, ellos tenían un misión divina: destruir la ciudad; y no llevaban aparentemente equipos, pero el ejército celestial está en el mundo invisible, ellos se habían hecho visibles.

Y tanto estuvo insistiendo Lot, que se fueron con Lot, y allá cenaron con Lot, o sea, que almorzaron con Abraham y cenaron con Lot; y le dicen a Lot y su familia: “Hemos venido para destruir la ciudad.” Esa es una noticia muy importante, esos ángeles Gabriel y Miguel cuando aparecen en algún lugar, aparecen o vienen con una misión divina, o para bendición o para juicio.

Gabriel, recuerden que también apareció al sacerdote Zacarías para bendición, pero por cuanto no creyó lo que le dijo entonces tuvo problemas y quedó mudo por unos nueve meses, o un poquito más.

Luego a la virgen María le apareció el Ángel Gabriel para bendición, le da la noticia de que va a tener un bebé ella, y que le llame “por nombre Jesús y que será llamado Hijo de Dios y Dios le dará el Trono de David su Padre, y reinará sobre Israel para siempre.” Esa es una noticia muy grande: que a través de ella iba a nacer el Mesías príncipe, el deseado de todas las naciones, el que todas las jóvenes esperaban ser madres de ese bebé: del Mesías príncipe; pero ya Dios la había elegido desde antes de la fundación del mundo; y aún en el Génesis cuando dice que de la simiente de la mujer, cuando habla de la simiente de la mujer, vean, se refiere al Mesías príncipe que iba a nacer a través de una mujer. Eso está en Génesis, capítulo 3, verso 15; y también en Isaías, capítulo 7, verso 14, dice: “He aquí la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, un niño y se llamará su nombre Emanuel, que traducido es Dios con nosotros.”

Dios iba a visitar al pueblo hebreo, iba a visitarlo a través del Mesías príncipe, iba a estar el Mesías príncipe, iba a estar en ese cuerpo que iba a nacer a través de la virgen María; y esa era la promesa de Malaquías, capítulo 3, en donde dice: “He aquí yo envío mi mensajero delante de mí, el cual me preparará el camino.” Y luego dice: “Y vendrá a su templo el Señor (o sea, el Padre celestial), y el Ángel del Pacto.” O sea, el Ángel que le apareció a Moisés, y le dice Moisés, Moisés le pregunta cuál es su nombre. Y él le da el nombre a Moisés, y le dice: “YO SOY EL QUE SOY. Y dirás al pueblo: YO SOY me envió a vosotros.” (Éxodo, capítulo 3, versos 13 al 16).

Y también ese es el mismo Ángel que le apareció a Jacob en el capítulo 32, versos 24 al 32, del cual Jacob se agarró bien y no lo soltaba; y el Ángel le decía: “Suéltame que raya el alba.” Ya iba a amanecer, y Jacob le dice: “No te soltaré, hasta que me bendigas.”

Vean, así es como la persona tiene que agarrase de Dios hasta recibir la bendición de Dios, bien agarrados con las manos de la fe; y no lo soltó hasta que recibió la bendición del ángel. El ángel le dice: “¿Cuál es tu nombre?” Y Jacob le dice: “Jacob.” El ángel sabía cuál era el nombre, pero hay cosas que la persona tiene que hablar, tiene que hacer.

Y el ángel le dice: “No se dirá mas tu nombre Jacob, sino Israel; porque has luchado, has peleado con Dios y con los hombres y has vencido.” Y lo bendijo allí.

Y Jacob le pregunta: “¿Cuál es tu nombre?” Quería saber el nombre de aquél que lo estaba bendiciendo, sabía que era el Ángel de Dios, el mismo que le aparecía a Abraham, a Isaac, y le aparece a Jacob también, el mismo que le apareció a Jacob cuando iba hacia Aram, la tierra de su tío, el territorio donde encontraría a su amada y en donde se volvería rico; y cuando regresa, se encuentra nuevamente con él en esa ocasión, y después más adelante se encuentra también con él; en el capítulo 28, fue que se encontró cuando iba rumbo a Aram; y cuando regresa se encuentra con él en el capítulo 32, versos 24 al 32; y en el capítulo 35 del Génesis, se encuentra nuevamente con el mismo Señor, el mismo Dios manifestado a través del Ángel del Pacto, y le dice: “Yo soy el Dios de Bet-el.”

Ahora, aquí, cuando le pregunta: “¿Cuál es tu nombre?” El ángel le pregunta: “¿Por qué preguntas por mi nombre?” Y no le da a conocer cuál es su nombre. Era el cuerpo angelical de Dios, ese Ángel del Pacto, el cual es Cristo en Su cuerpo angelical. Ahí estamos viendo quién es nuestro amado Señor Jesucristo, el cual dijo en una ocasión allá en el capítulo 8, versos 56 al 58 de San Juan: “Antes que Abraham fuese, yo soy.”

Y cualquier persona podía pensar que estaba loco; porque si usted le dice a otra persona: “Yo soy antes que Abraham.” Cualquier persona le dice a usted: “Tú estás loco, tú naciste en tal lugar y no tienes todavía cien años, o si eres joven, no tienes cincuenta años y dices que eres antes que Abraham y que has visto a Abraham.” Eso estaba pasando allí.

Dicen: “Todavía tú no tienes cincuenta años, ¿y dices que has visto a Abraham?” – “Antes que Abraham fuese, yo soy.” ¿Ve?

¿Y cómo era Cristo antes de Abraham? Era nada menos que el Ángel del Pacto, el Ángel de Dios, el cuerpo angelical en el cual Dios se manifestaba; y por esa causa es que Dios dice que su Nombre, el Nombre de Dios, está en Su Ángel. Eso lo dice en el Éxodo, capítulo 23, versos 20 al 23, le dice a Moisés y al pueblo, para que Moisés le diga al pueblo.

“He aquí yo envío mi Ángel delante de ti para que te guarde en el camino, y te introduzca en el lugar que yo he preparado.

Guárdate delante de él, y oye su voz; no le seas rebelde; porque él no perdonará vuestra rebelión, porque mi nombre está en él.

Pero si en verdad oyeres su voz e hicieres todo lo que yo te dijere, seré enemigo de tus enemigos, y afligiré a los que te afligieren.

Porque mi Ángel irá delante de ti.”

Y ahora, vean ustedes, ¿dónde encontramos el Nombre de Dios? En el Ángel de Dios que es un hombre de otra dimensión y que es nada menos que Cristo en Su cuerpo angelical. Por eso Él podía decir:

“Nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre, que está en el cielo.” [San Juan 3:13].

Y por eso Él podía decir: “Salí de Dios y vuelvo a Dios, salí del Padre y vuelvo al Padre.” Todos esos términos que usaba, ahora los podemos comprender, y saber que antes de Cristo tener Su cuerpo físico de carne estaba en Su cuerpo angelical; por eso es que la Escritura nos dice que muchas personas del Antiguo Testamento vieron a Dios. Jacob dijo: “He visto a Dios cara a cara y fue librada mi alma.” Eso está en el capítulo 32 del Génesis, versos 24 al 32; y por eso le puso por nombre al lugar Peniel, porque dijo: “Vi a Dios cara a cara y fue librada mi alma.”

Y también en el capítulo 13 del libro de los Jueces, el Ángel, el mismo Ángel del Pacto, el Ángel de Dios le apareció a Manoa y a la señora Manoa y le habló acerca de un hijo que ellos iban a tener, que Dios les iba a dar, ese hijo sería Sansón. Así que venía con el equipo completo, era un niño dado por Dios, el hombre más fuerte que aparece en la historia bíblica.

Y ahora, cuando Manoa luego ve que la ofrenda que presentó a Dios, el Ángel la tocó con su vara, su callado, y estaba encendida en fuego la ofrenda, y la tocó y subió por la llama de fuego, y cuando ve eso le dice a su esposa: “Hemos de morir, hemos visto a Dios cara a cara.” Y como Dios le había dicho a Moisés: “No me verá hombre y vivirá.”

Ahora, Manoa tiene miedo y su esposa le dice: “No hemos de morir, porque de otra forma Dios no nos diría que vamos a tener un hijo; así que no vamos a morir.” Por la lógica, cualquier persona sabe que si le prometen que van a tener un hijo, entonces no van a morir, hasta después que hayan tenido el niño y no se sabe cuántos años más vivan en la Tierra.

Luego, otras personas también vieron a el Ángel del Pacto, como el rey David y otras personas; y luego en el capítulo 1 de San Juan, versos 18, dice: “A Dios nadie le vio jamás.” ¿Y cómo es eso? Si unos dicen que lo vieron, y ahora el Evangelio según San Juan dice que a Dios nadie le vio jamás, dice: “A Dios nadie le vio jamás, el unigénito Hijo que está en el seno del Padre, Él le declaró,” o sea, le ha dado a conocer. A través de Jesucristo el Hijo de Dios, el Ángel del Pacto que es Cristo, es que Dios se declaró, se reveló, se dio a conocer a todas esas personas del Antiguo Testamento: a Adán, a Abel, a Set, a Enoc, a Noé, a todas esas personas, a Moisés también.

Todos ellos vieron a Dios en el cuerpo en el que Él estaba, pero no vieron a Dios, lo que vieron fue el cuerpo angelical de Dios, que es la imagen del Dios viviente, y la imagen del Dios viviente es Cristo en Su cuerpo angelical. De eso es que nos habla San Pablo en Hebreos, capítulo 1, versos 1 al 3, donde nos muestra que Cristo es la imagen de Dios.

Vean, vamos a leerlo aquí para que lo tengan claro. Hebreos, capítulo 1, versos 1 al 3, dice:

“Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas,

en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo (miren, el heredero de toda la creación es Cristo; y por medio de Cristo Dios realizó, llevó a cabo toda la creación);

el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia (¿quién es la imagen de la sustancia Divina? El Ángel del Pacto, Cristo en Su cuerpo angelical), y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas.”

Y ahora, Cristo está sentado a la diestra de Dios en el Cielo. Él llevó a cabo por medio de Su cuerpo físico el Sacrificio de Expiación por todos nosotros para que todos tengamos un Sacrificio de Expiación por nuestros pecados, para que podamos escapar del infierno y de la muerte; para que podamos escapar de todas esas cosas y vivir eternamente con Cristo en Su Reino. Bien dijo San Pablo en Romanos, capítulo 6, verso 23... dice 22 al 23 del capítulo 6.

“Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna.

Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.”

Es por medio de Cristo que obtenemos la Vida eterna.

Y ahora, en San Juan, capítulo 5, Cristo dice en el verso 24:

“De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida.”

Y ahora, hemos pasado de muerte a Vida al ser creyentes en Cristo nuestro Salvador, hemos pasado a Vida eterna; los otros versos que siguen a continuación nos dice:

“De cierto, de cierto os digo: Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán.”

Ahora, están los muertos físicos, o sea, que han muerto su cuerpo físico y están los muertos que murieron a la Vida eterna cuando Adán pecó. Cuando Adán pecó, perdió la Vida eterna, murió a la Vida eterna él y Eva, y lo único que le han dejado de herencia a sus descendientes es una vida temporera.

Por lo tanto, al nacer como descendiente de Adán y Eva, estamos muertos a la Vida eterna, pero vivos a una vida temporera que se nos acaba en cierto tiempo, es la razón porqué nacemos y luego tenemos que morir.

Pero el segundo Adán, que es Cristo, vino para darnos Vida eterna, para restaurarnos a la Vida eterna, y se predica el Evangelio de Cristo a toda criatura, se predica el Evangelio de Cristo en todo el mundo.

“Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.

El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.” (San Marcos, capítulo 16, versos 15 al 16).

Se está predicando el Evangelio a los muertos, muertos a la Vida eterna, pero vivos a una vida temporera. Para que puedan resucitar a la Vida eterna, ¿qué es lo que hace Cristo? Cuando la persona lo recibe como único y suficiente Salvador, es bautizado en agua en Su Nombre y Cristo lo bautiza con Espíritu Santo y Fuego, y produce en la persona el nuevo nacimiento, nace a la Vida eterna, resucita a la Vida eterna. Tan simple como eso.

Y ahora, ha estado llevándose a cabo una resurrección a la Vida eterna en miles de seres humanos que han venido a la Tierra para vivir una vida temporera pero que han aprovechado bien esa oportunidad para hacer contacto con la Vida eterna, recibiendo a Cristo como único y suficiente Salvador para escapar de la segunda muerte.

Escaparon de la segunda muerte todos los que han recibido Vida eterna; porque todos aquellos que no aprovechan esta oportunidad Cristo dice: “Mas el que no creyere, será condenado.” También en San Juan, capítulo 3, nos dice, versos 14 en adelante:

“Nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre, que está en el cielo.

Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado (será levantado, ¿cómo? En la Cruz donde fue levantada),

para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna (es Vida eterna lo que la persona que recibe a Cristo obtiene).

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.

Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.

El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.

Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas (y Cristo es la luz del mundo).

Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas.

Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios.”

Y ahora, en este mismo pasaje del capítulo 3 del Evangelio según San Juan, dice del verso 34 al 36.

“Porque el que Dios envió, las palabras de Dios habla; pues Dios no da el Espíritu por medida.

El Padre ama al Hijo, y todas las cosas ha entregado en su mano.”

Todas las cosas Dios la ha entregado en Su mano; por eso Jesucristo tiene la exclusividad de la Vida eterna; Dios le ha dado el que dé Vida eterna a los que Él quiera, ¿y a quiénes Él quiere darles Vida eterna? A todos los que lo reciben como su único y suficiente Salvador.

“El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él.”

Tan simple como eso es para el que cree la bendición de la Vida eterna y para el que no cree, la ira de Dios, el juicio de Dios. Es importante que todo el mundo, toda persona sepa lo que será su futuro y solamente por medio de la Escritura, la sagrada Biblia, es que podemos comprender hacia dónde vamos luego de terminar nuestra vida en esta Tierra.

La Escritura nos dice que va a llevarse a cabo un juicio llamado el juicio final, en donde van a estar todas las personas que han vivido en este planeta Tierra, pero los creyentes en Cristo van a estar como jueces juntamente con Cristo; porque ellos ya han pasado de muerte a Vida, ya no serán juzgados; porque todo el juicio que tenía que ser efectuado sobre esas personas, fue llevado a cabo en el Señor Jesucristo y Él pagó por nosotros, tomando nuestros pecados y muriendo en la Cruz del Calvario.

Ahora, ¿qué será con las demás personas que no creen en Cristo? Aquí está en el libro del Apocalipsis, y también lo que será de los que han creído en Cristo, capítulo 20, versos 4 en adelante, dice:

“Y vi tronos, y se sentaron sobre ellos los que recibieron facultad de juzgar; y vi las almas de los decapitados por causa del testimonio de Jesús y por la palabra de Dios, los que no habían adorado a la bestia ni a su imagen, y que no recibieron la marca en sus frentes ni en sus manos; y vivieron y reinaron con Cristo mil años.”

Vean, para los creyentes en Cristo hay un Reino milenial después por toda la eternidad, continuaremos viviendo con Cristo.

“Pero los otros muertos no volvieron a vivir hasta que se cumplieron mil años. Esta es la primera resurrección.

Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene potestad sobre éstos, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él mil años.”

Esa es la promesa para los creyentes en Cristo. Pero ahora continuemos aquí en el verso 11 hasta el 15 de este mismo capítulo 20 del Apocalipsis, donde nos presenta el juicio final, dice:

“Y vi un gran trono blanco y al que estaba sentado en él, de delante del cual huyeron la tierra y el cielo, y ningún lugar se encontró para ellos.

Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios; y los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras.

Y el mar entregó los muertos que había en él; y la muerte y el Hades entregaron los muertos que había en ellos; y fueron juzgados cada uno según sus obras.

Y la muerte y el Hades fueron lanzados al lago de fuego. Esta es la muerte segunda.

Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego.”

Todos los que serán lanzados al lago de fuego serán quemados, dejarán de existir, pero los creyentes en Cristo vivirán con Cristo por toda la eternidad en el Reino de Cristo, y ahí ya estaremos con cuerpos eternos, inmortales, jóvenes, glorificados, iguales al cuerpo glorificado de nuestro amado Señor Jesucristo; porque la promesa es que Él va a resucitar a los creyentes en Él que murieron, y eso será en cuerpos incorruptibles, cuerpos jóvenes, para vivir con Él en Su Reino por toda la eternidad; y todos queremos esa bendición.

Mire aquí esta bendición: San Juan, capítulo 6, versos 39 al 40, dice Cristo:

“Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero.

Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero.”

Esa es la bendición para todos los creyentes en Cristo, serán resucitados en el Día Postrero los que hayan muerto físicamente, y los que estén vivos serán transformados. También en San Juan, capítulo 11, versos 21 al 27, cuando Cristo fue a resucitar a Lázaro, Su amigo que había muerto, vivía allá en Betania; dice que cuando llegó a Betania y ya tenía cuatro días de haber muerto y ya estaba sepultado, se encontró con Marta y dice:

“Entonces Marta, cuando oyó que Jesús venía, salió a encontrarle; pero María se quedó en casa.

Y Marta dijo a Jesús: Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto.

Mas también sé ahora que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará.

Jesús le dijo: Tu hermano resucitará.

Marta le dijo: Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día postrero (Marta sabía que vendría una resurrección y sería en el Día Postrero; porque ya Cristo lo había enseñado).

Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.

Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?

Le dijo: Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo.”

Y nosotros, ¿qué podemos decir? Sí Señor, también nosotros lo creemos. Por lo tanto, siendo creyentes en Cristo tenemos nuestro futuro asegurado con Cristo en Su Reino.

Si hay alguna persona que todavía no ha recibido a Cristo como Salvador, puede recibirlo y escapará del lago de fuego, escapará de la segunda muerte; porque nadie quiere que lo echen en el lago del fuego, todos queremos escapar del lago de fuego; y queremos vivir en el Reino de Dios con Cristo, hay un Programa Divino para que todos tengan la misma oportunidad de escapar del juicio divino y del lago de fuego y vivir eternamente con Cristo en Su Reino, y esto es recibiéndole como único y suficiente Salvador; para lo cual cada uno de los que todavía no lo han recibido, puede recibirlo y estaremos orando por usted; y los que están en otras naciones también pueden recibirlo como Su Salvador y estaremos orando por usted; para lo cual pueden pasa acá al frente y oraremos por usted para que Cristo le reciba en Su Reino, pues todos queremos vivir eternamente.

Lo más importante es la vida, sin la vida las demás cosas pierden su valor; y si la vida que tenemos que es pasajera, temporera, es importante, cuánto más la Vida eterna. La Vida eterna es lo más importante para todo ser humano, pues es la que nos permitirá vivir con Cristo en Su Reino por toda la eternidad; y la única forma de obtener la Vida eterna es por medio de Cristo nuestro Salvador. No hay otra forma que el ser humano pueda obtener la Vida eterna, Dios nos ha dado Vida eterna y esta Vida está en Su Hijo, en Jesucristo.

 Por eso Él nos dice: “Yo soy el camino la verdad y la vida, y nadie viene al Padre sino por mí.” (San Juan, capítulo 14, verso 6). No hay otra forma de llegar a Dios, de acercanos a Dios, no hay otra forma ni siquiera de orar a Dios. Cristo dijo: “Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre yo lo haré.” También dice: “El Padre lo hará.”

Todas las peticiones son hechas en el Nombre del Señor Jesucristo a Dios el Padre; por eso Cristo lo dijo, y dijo: “Ustedes todavía no han pedido nada en mi Nombre, pero la hora viene, cuando venga el momento, ustedes todo lo que pidan al Padre en mi Nombre será concedido, yo lo haré.”

Por lo tanto, creyendo lo que Cristo dijo, oramos a Dios en el Nombre del Señor Jesucristo, y la Escritura dice: “Y todo lo que hagáis ya sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el Nombre del Señor Jesucristo. Esa es la forma establecida en el nuevo Pacto, en el Nuevo Testamento.

Y ahora, entramos al nuevo Pacto, al Nuevo Testamento por medio de Cristo. Él es el Ángel del Pacto y vino para establecer un nuevo Pacto con Su pueblo; por eso en la última Cena, Él dice tomando el pan y dando gracias al Padre, lo da a Sus discípulos, y dice: “Comed, este es mi cuerpo que por muchos es partido, este es mi cuerpo.” O sea, está tipificando Su cuerpo en el pan, y luego toma la copa y da las gracias al Padre y dice a Sus discípulos: “Tomad de ella todos, porque esta es la Sangre del nuevo Pacto que por muchos... esta es mi Sangre del nuevo Pacto que por muchos es derramada para remisión de los pecados;” es la Sangre de Cristo la que nos limpia de todo pecado.

Por lo tanto, todos necesitamos a Cristo para que Él con Su Sangre nos limpie de todo pecado.

Vean, aquí, mientras están viniendo las personas para recibir a Cristo, y en las demás naciones también, les leo este pasaje de Apocalipsis, capítulo 1, versos 5 al 6, que dice:

“Y de Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre.

y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén.”

Vean, Él nos lavó de nuestros pecados, ¿con qué? Con Su sangre y nos ha hecho para nuestro Dios Reyes y Sacerdotes. Luego en el capítulo 5 del Apocalipsis, también dice, comenzando en el verso 9, donde encontramos un cántico que hay aquí en el Cielo, dice:

“Y cantaban un nuevo cántico, diciendo: Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación;

y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra.”

Vean, aquí nos muestra que Él nos ha redimido con Su Sangre, no hay otra cosa para redimir al ser humano. Y también en el capítulo 20 del Apocalipsis, nos dice que nos ha hecho para nuestro Dios Reyes y Sacerdotes, y dice que vamos a vivir sobre la Tierra mil años en el Reino del Mesías, y después vamos a estar con Él en el juicio final, no para ser juzgados, sino para juzgar con Él; porque los santos juzgarán al mundo, y Cristo juzgará al mundo.

Por lo tanto, los creyentes en Cristo serán los miembros de la corte celestial, del poder judicial para el juicio final.

Así que, podemos ver que Cristo tiene un gabinete para Su Reino, para la parte política, para la parte religiosa y para la parte judicial también.

Por lo tanto, el poder político ahí, el poder ejecutivo, también tendrá el poder judicial, y un poder que algunas veces han ignorado, el poder religioso. También nos dice que Él dijo a los apóstoles: “Ustedes se sentarán en doce tronos y juzgarán a las doce tribus de Israel.” (San Mateo, capítulo 19, versos 26 al 28; y San Lucas, capítulo 22, versos 28 al 30).

Así que vean, hay un orden divino para el glorioso Reino del Mesías; y ahí vamos a estar como Reyes y Sacerdotes, porque hemos sido lavados y limpiados con la Sangre de Cristo, y nos ha limpiado de todo pecado. Es algo grande y glorioso lo que Él ha hecho por todos nosotros.

Vamos a estar puestos en pie para orar por las personas que han venido a los Pies de Cristo nuestro Salvador; los que están en otras naciones también puestos en pie para orar por las personas que han venido a los Pies de Cristo.

Si falta alguno por venir, puede venir. Recuerde que es un asunto de Vida eterna recibir a Cristo como nuestro único y suficiente salvador. Recuerden que Cristo dijo: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen; y yo les doy Vida eterna.” Es para recibir la Vida eterna que recibimos a Cristo como único y suficiente Salvador (eso está ahí en San Juan, capítulo 10, verso 27 al 30).

Con nuestras manos levantadas al Cielo, a Cristo, y nuestros ojos cerrados... Si hay algún niño o niña de diez años en adelante, también puede pasar al frente para recibir a Cristo; no los podemos dejar afuera, pues Cristo dijo: “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis porque de los tales es el Reino de los Cielos.”

Y ahora, con nuestras manos en alto, a Cristo, nuestros ojos cerrados repitan conmigo esta oración:

Señor Jesucristo, escuché la predicación de Tu Palabra, de Tu Evangelio y nació Tu fe en mi corazón. Creo en Tu primera Venida, creo en Ti de todo corazón, creo en Tu Nombre como el único Nombre bajo el Cielo dado a los hombres en que podemos ser salvos; creo en Tu muerte en la Cruz del Calvario como el Sacrificio de Expiación por nuestros pecados; reconozco que soy pecador y necesito un Salvador. Doy testimonio público de mi fe en Ti y Te recibo como mi único y suficiente Salvador, Te ruego perdones mis pecados y con Tu Sangre me limpies de todo pecado y me bautices con Espíritu Santo y Fuego, luego que yo sea bautizado en agua en Tu Nombre y sea producido en mí el nuevo nacimiento. Quiero nacer en Tu Reino, quiero vivir eternamente Contigo en Tu Reino.

Sálvame, Señor, creo en Tu Sacrificio, creo que Tú ganaste mi salvación en la Cruz del Calvario, acepto con toda mi alma la salvación y Vida eterna que Tú ganaste para mí en la Cruz del Calvario.

Sálvame, Señor. Te lo ruego en Tu Nombre eterno y glorioso, Señor Jesucristo. Amén.

Y con nuestras manos levantadas al Cielo, a Cristo, todos decimos: ¡La Sangre del Señor Jesucristo me limpió de todo pecado! ¡La Sangre del Señor Jesucristo me limpió de todo pecado! ¡La Sangre del Señor Jesucristo me limpió de todo pecado! Amén.

Cristo les ha recibido en Su Reino, ha perdonado vuestros pecados y con Su Sangre les ha limpiado de todo pecado. Ahora ustedes me dirán: “Quiero ser bautizado en agua en el Nombre del Señor Jesucristo, pues Él dijo: “El que creyere y fuere bautizado, será salvo, mas el que no creyere, será condenado.”

El bautismo en agua es tipológico: el agua no quita los pecados, es la Sangre de Cristo la que nos limpia de todo pecado, pero el bautismo en agua es un mandamiento del Señor Jesucristo. Aun el mismo Cristo fue al río Jordán cuando Juan el Bautista estaba bautizando, entró a las aguas del Jordán para que Juan lo bautizara. Juan cuando lo ve dice: “Yo tengo necesidad de ser bautizado por Ti, ¿y Tú vienes a mí para que yo te bautice?”

Cristo le dice: “Nos conviene cumplir toda justicia,” y entonces Juan bautizó a Jesús. Si para cumplir toda justicia Jesucristo tuvo que ser bautizado, cuánto más nosotros. Él mandó, ordenó a que fueran bautizados todos los que escucharían el Evangelio de Cristo predicado y creerían, aún los apóstoles fueron bautizados por Juan el Bautista; y luego cuando Cristo predicaba todos los que creían eran bautizados por los apóstoles, y bautizaban más gente que Juan el Bautista, aunque Jesús no bautizaba, sino los discípulos del Señor Jesucristo, los apóstoles.

Luego el Día de Pentecostés Pedro predicó y como tres mil personas creyeron y fueron bautizadas en agua en el Nombre del Señor Jesucristo, y así ha continuado en el Cristianismo llevándose a cabo el bautismo en agua en el Nombre del Señor Jesucristo. La meta es que todos nazcan de nuevo, que todos reciban el Espíritu de Cristo y entren al Reino de Dios y así obtengan la Vida eterna. La meta es la Vida eterna.

Por lo tanto, bien pueden ser bautizados en el Nombre del Señor Jesucristo. Les dije que el bautismo en agua es tipológico: cuando la persona recibe a Cristo como Salvador muere al mundo; y cuando el ministro lo sumerge en las aguas bautismales, tipológicamente está siendo sepultado; y cuando lo levanta de las aguas bautismales, está resucitando a una nueva vida, se está levantando a una nueva vida, a la Vida eterna con Cristo en Su Reino eterno. Tan simple como eso es el simbolismo del bautismo en agua.

En el bautismo en agua nos identificamos con Cristo en Su muerte, sepultura y resurrección... muerte, sepultura y resurrección, nos identificamos así con Cristo, y por consiguiente damos testimonio de lo que ocurrió en nuestra alma, al recibir a Cristo como nuestro único y suficiente Salvador.

Ha sido para mí un privilegio grande estar entre ustedes en esta ocasión, dándoles testimonio de: “EL TIEMPO DE ESCAPE.”

Así es como escapamos de la muerte y del infierno, de la muerte eterna, de la muerte en el lago de fuego, que es la segunda muerte, y entramos al Reino de Dios para vivir con Cristo eternamente; aunque nuestro cuerpo físico muera continuamos viviendo, somos almas vivientes, continuamos viviendo en cuerpos angelicales, parecidos a nuestro cuerpo, pero de otra dimensión; y en la resurrección de los muertos en Cristo, nos dará Cristo un cuerpo eterno y glorificado, y joven para toda la eternidad, para los que resuciten y para los que estén vivos los transformará y todos entonces seremos jóvenes para toda la eternidad, con Vida eterna física, que es lo que tanto hemos deseado.

Ahora dejo al reverendo José Robles Rodríguez, para que les indique cómo hacer para ser bautizados en agua en el Nombre del Señor Jesucristo. Y a cada ministro en cada nación que está conectado con esta transmisión. Y nos continuaremos viendo por toda la eternidad en el glorioso Reino de nuestro amado Señor Jesucristo.

Continúen pasando todos una noche feliz, llena de las bendiciones de Cristo nuestro Salvador.

“TIEMPO DE ESCAPE.”

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