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Muy buenas tardes, amados amigos y hermanos presentes, y los que están en otras naciones: Ministros, congregaciones, misioneros, siervos de Cristo en el Evangelio.

Que las bendiciones de Cristo, el Ángel del Pacto, sean sobre todos ustedes y sobre mí también, y nos bendiga grandemente en esta ocasión, nos abra las Escrituras y nos abra el entendimiento para entender. Que venga la revelación divina sobre nuestras almas en estos momentos. En el Nombre del Señor Jesucristo. Amén.

Para esta ocasión leemos en Primera de Tesalonicenses, capítulo 5, versos 1 en adelante. Y nos dice de la siguiente manera:

Pero acerca de los tiempos y de las ocasiones, no tenéis necesidad, hermanos, de que yo os escriba.

Porque vosotros sabéis perfectamente que el día del Señor vendrá así como ladrón en la noche;

que cuando digan: Paz y seguridad, entonces vendrá sobre ellos destrucción repentina, como los dolores a la mujer encinta, y no escaparán.

Mas vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas, para que aquel día os sorprenda como ladrón.

Porque todos vosotros sois hijos de luz e hijos del día; no somos de la noche ni de las tinieblas.

Por tanto, no durmamos como los demás, sino velemos y seamos sobrios.

Pues los que duermen, de noche duermen, y los que se embriagan, de noche se embriagan.

Pero nosotros, que somos del día, seamos sobrios, habiéndonos vestido con la coraza de fe y de amor, y con la esperanza de salvación como yelmo.

Porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo,

quien murió por nosotros para que ya sea que velemos, o que durmamos, vivamos juntamente con él.

Por lo cual, animaos unos a otros, y edificaos unos a otros, así como lo hacéis.

Os rogamos, hermanos, que reconozcáis a los que trabajan entre vosotros, y os presiden en el Señor, y os amonestan;

y que los tengáis en mucha estima y amor por causa de su obra. Tened paz entre vosotros.

También os rogamos, hermanos, que amonestéis a los ociosos, que alentéis a los de poco ánimo, que sostengáis a los débiles, que seáis pacientes para con todos.

Mirad que ninguno pague a otro mal por mal; antes seguid siempre lo bueno unos para con otros, y para con todos.

Estad siempre gozosos.

Orad sin cesar.

Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús.

No apaguéis al Espíritu.

No menospreciéis las profecías.

Examinadlo todo; retened lo bueno.

Absteneos de toda especie de mal.

Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo.

Fiel es el que os llama, el cual también lo hará.”

Que Dios bendiga nuestras almas con Su Palabra y nos permita entenderla.

Esta carta del apóstol Pablo, hablándonos de lo que acontecerá en el tiempo final, en el Día del Señor, en el Día para la Venida del Señor, nos señala que este tiempo es para estar preparados para la Venida del Señor. Y ya con las señales que mencionó Jesús que se estarían viendo en la Tierra, las cuales estarían anunciando que hemos llegado al tiempo para la Venida del Señor, Él dijo en San Lucas, capítulo 21, versos 25 en adelante:

“Entonces habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, confundidas a causa del bramido del mar y de las olas;

desfalleciendo los hombres por el temor y la expectación de las cosas que sobrevendrán en la tierra; porque las potencias de los cielos serán conmovidas.

Entonces verán al Hijo del Hombre, que vendrá en una nube con poder y gran gloria.

Cuando estas cosas comiencen a suceder, erguíos y levantad vuestra cabeza, porque vuestra redención está cerca.”

Todas las señales las hemos estado viendo, y la Escritura da testimonio de que las cosas que estemos viendo en este tiempo fueron profetizadas por Jesús; y también los profetas antes de Jesús habían hablado de las cosas que sucederían en el tiempo final.

Por lo cual, conscientes del tiempo que nos ha tocado vivir, despiertos; como dice San Lucas: “con nuestras cabezas levantadas al cielo”; como dice también San Lucas 21, versos 34 al 36:

“Mirad también por vosotros mismos, que vuestros corazones no se carguen de glotonería y embriaguez y de los afanes de esta vida, y venga de repente sobre vosotros aquel día.

Porque como un lazo vendrá sobre todos los que habitan sobre la faz de toda la tierra.

Velad, pues, en todo tiempo orando que seáis tenidos por dignos de escapar de todas estas cosas que vendrán, y de estar en pie delante del Hijo del Hombre.”

O sea, que es un tiempo para estar en oración, cada persona como individuo y también la familia unirse en oración y consagración a Dios, preparándonos para la Venida del Señor.

“TIEMPO DE ESTAR PREPARADOS PARA LA VENIDA DEL SEÑOR.” Pues a los que estarán preparados será que Cristo transformará y los llevará con Él a la Cena de las Bodas del Cordero.

Para lo cual tenemos un pasaje muy importante en San Mateo, capítulo 25, versos 10… un poquito antes: en la parábola de las diez vírgenes. Comencemos desde el principio. Dice Jesús, capítulo 25, verso 1 en adelante:

“Entonces el reino de los cielos será semejante a diez vírgenes que tomando sus lámparas, salieron a recibir al esposo.

Cinco de ellas eran prudentes y cinco insensatas.

Las insensatas, tomando sus lámparas, no tomaron consigo aceite;

mas las prudentes tomaron aceite en sus vasijas, juntamente con sus lámparas.

Y tardándose el esposo, cabecearon todas y se durmieron.

Y a la medianoche se oyó un clamor: ¡Aquí viene el esposo; salid a recibirle!

Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron, y arreglaron sus lámparas.

Y las insensatas dijeron a las prudentes: Dadnos de vuestro aceite; porque nuestras lámparas se apagan.

Mas las prudentes respondieron diciendo: Para que no nos falte a nosotras y a vosotras, id más bien a los que venden, y comprad para vosotras mismas.

Pero mientras ellas iban a comprar, vino el esposo; y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas; y se cerró la puerta (las que estaban preparadas entraron con Él a las Bodas, a las Bodas del Cordero, y se cerró la puerta).

Después vinieron también las otras vírgenes, diciendo: ¡Señor, señor, ábrenos!

Mas él, respondiendo, dijo: De cierto os digo, que no os conozco.

Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora en que el Hijo del Hombre ha de venir.”

O sea, que las personas tienen que estar preparadas esperando al Señor en Su Venida para el Día Postrero, para el Día del Señor. No es prepararse en el momento que Él venga, sino prepararse para el momento que Él ha de venir.

Ahí en esa parábola vimos que la puerta fue cerrada y las que quedaron fuera, cuando regresaron ya no había oportunidad, porque ellas no se habían preparado para la Venida del Señor.

Tenemos que recordar también que en el tiempo de Moisés, Moisés preparó al pueblo, como también lo hicieron otras personas en otras ocasiones, siervos de Dios. Moisés preparó al pueblo para recibir a Dios en el Monte Sinaí, y Moisés también fue preparado. Y en diferentes ocasiones podemos ver que el pueblo tenía que estar preparado porque la presencia de Dios estaba con ellos.

Ahora vean, en San Lucas, capítulo 13, verso 23 en adelante, hasta el 30 dice… Verso 22:

“Pasaba Jesús por ciudades y aldeas, enseñando, y encaminándose a Jerusalén.

Y alguien le dijo: Señor, ¿son pocos los que se salvan? Y él les dijo:

Esforzaos a entrar por la puerta angosta; porque os digo que muchos procurarán entrar, y no podrán.

Después que el padre de familia…”

Y ese Padre de Familia ¿es quién? Cristo.

Él es el Padre de la Familia de Dios, Él es el Ángel del Pacto, Él es el segundo Adán que vino a la Tierra, murió, resucitó y ascendió al Cielo; y luego envió Su Espíritu el Día de Pentecostés, y allí nació la Iglesia del Señor Jesucristo, que es la segunda Eva, a través de la cual Cristo por medio de Su Espíritu ha estado reproduciéndose en muchos hijos e hijas de Dios.

Él es el Padre de esa Familia, de esos descendientes de Dios, hijos e hijas de Dios que forman la Iglesia del Señor Jesucristo. Y es en medio de Su Iglesia que Cristo ha estado manifestándose y ha estado ungiendo diferentes mensajeros, embajadores, predicadores, para predicar el Evangelio de Cristo ungidos con el Espíritu Santo; para así llamar y juntar (sobre todo de entre los gentiles) un pueblo para Su Nombre; unos de una ciudad, otros de otra ciudad, y algunos también de Israel; porque es un pueblo formado por personas de todas las familias del planeta Tierra.

Esa es una nueva raza, descendientes de Dios, hijos e hijas de Dios; los cuales han sido transformados, y por consiguiente adoptados en su interior, en su alma y espíritu; y por consiguiente, la redención del alma y espíritu ha ocurrido en sus vidas con el nuevo nacimiento, después de haber escuchado y creído en Cristo por medio de la predicación del Evangelio de Cristo, y haber sido bautizados en agua en el Nombre del Señor, y Cristo bautizarlos con Espíritu Santo y Fuego, y haber obtenido por consiguiente, el nuevo nacimiento.

El Señor Jesucristo en San Juan, capítulo 3, le dice a Nicodemo: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.”

Nacer del Agua es nacer del Evangelio de Cristo, y nacer del Espíritu es nacer del Espíritu Santo. Por lo tanto, ese es el requisito para nacer de nuevo.

¿Y nacer dónde? En el Reino de Dios, el Reino de Cristo, porque hemos nacido a través de nuestros padres terrenales en el reino de este mundo, y por consiguiente, un mundo que está gobernado por el príncipe de las tinieblas y príncipe de los aires, conforme a como nos dice la Escritura; y por consiguiente, un mundo que está gobernado por el espíritu de las tinieblas y príncipe de los aires, conforme a como nos dice la Escritura; y por consiguiente, al nacer en esta Tierra en el reino de las tinieblas, del enemigo de Dios, por medio de creer en Cristo y recibirlo como Salvador: hemos sido trasladados del reino de las tinieblas al Reino de Cristo; como fue libertado y trasladado Israel desde el reino de Faraón a la tierra prometida, donde se estableció el Reino de Dios, y aún Dios estaba reinando a través del profeta Moisés, y luego a través de Josué, y luego a través de los diferentes jueces; era Dios reinando sobre Israel, eso era la teocracia.

Ahora vean aquí cómo San Pablo nos dice en el capítulo 1, versos 12 al 14 de Colosenses:

“…Con gozo dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz;

el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas (o sea, nos ha librado del poder de las tinieblas, del poder del reino de las tinieblas, del reino del maligno, del reino del enemigo de Dios: el diablo)

el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo (hemos sido trasladados al Reino de Jesucristo)...”

Por eso las Leyes del Reino de Cristo son dadas a conocer y son escritas en tablas del corazón del individuo; quedan grabadas ahí. Y cada persona, por cuanto tiene libre albedrío, les dice: “Amén.” Las cree y las pone por obra. Ya no necesita las tablas de piedra literal sino las tablas del corazón suyo, tiene escritas las Leyes Divinas de Cristo bajo el Nuevo Pacto.

“…en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados.

Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación.

Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él.

Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten;

y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia (Cristo es la cabeza de Su Iglesia, formada por todos los creyentes en Él nacidos de nuevo)

y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia;

por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud,

y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz.

Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado

en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él;

si en verdad permanecéis fundados y firmes en la fe, y sin moveros de la esperanza del evangelio que habéis oído, el cual se predica en toda la creación que está debajo del cielo; del cual yo Pablo fui hecho ministro.”

Aquí tenemos un cuadro claro de quién es Cristo. Dice que es antes de todas las cosas; y que Él fue el que creó, por medio de Él fueron creadas todas las cosas, y para Él.

Era nada menos que Dios vestido de un cuerpo de carne humana llamado Jesús, que visitó en carne humana el planeta Tierra y estaba en ese cuerpo llamado Jesús, en toda Su plenitud, Dios en carne humana, Emanuel, Dios con nosotros.

San Pablo dice en Primera de Timoteo, capítulo 3:

“E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad:  Dios fue manifestado en carne,

Justificado en el Espíritu,

Visto de los ángeles,

Predicado a los gentiles,

Creído en el mundo,

Recibido arriba en gloria.”

Ese es Jesucristo el Redentor del ser humano. No hay otra forma de redención. Es por medio de Cristo el Redentor, que se efectúa la redención del alma, del espíritu y del cuerpo del ser humano.

Ahora estamos esperando la Venida del Señor en el Día Postrero, para lo cual Él dijo en San Juan, capítulo 6 y capítulo 5. Capítulo 5, verso 24, dice:

“De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida.

De cierto, de cierto os digo: Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán.

Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo;

y también le dio autoridad de hacer juicio, por cuanto es el Hijo del Hombre.

No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz;

y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación.”

Unos para vida eterna, en la primera resurrección. Luego, después de mil años, habrá una resurrección general para juicio y para condenación de los que hicieron lo malo, y de los que fueron borrados del Libro de la Vida.

Tenemos que estar preparados porque para este tiempo hay grandes promesas de parte de Dios.

Vea en esta: Capítulo 6, versos 39 al 40, de San Juan, donde dice:

“Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero.”

Para el Día Postrero es la Venida del Señor y la resurrección de los muertos en Cristo, lo cual va a ser llevado a cabo por Jesucristo. Él traerá con Él a los que murieron, los resucitará en cuerpos eternos, cuerpos glorificados como el que Él tiene, y jóvenes; y los veremos, y nosotros seremos transformados; y tendremos entonces, cuerpos eternos, cuerpos glorificados, como el que tiene el Señor Jesucristo.

Ese es el Programa Divino para esta nueva creación por medio del segundo Adán, Jesucristo, que Dios está llevando a cabo. Sigue diciendo el verso 40:

“Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero.”

Esas son promesas para los creyentes en Cristo exclusivamente.

Tenemos también el capítulo 11, versos 22 en adelante, de San Juan. Dice: “Mas también…” Le dice Marta a Jesús. Verso 21:

“Y Marta dijo a Jesús: Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto (su hermano Lázaro).

Mas también sé ahora que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará.

Jesús le dijo: Tu hermano resucitará.

Marta le dijo: Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día postrero.”

Por lo tanto, ella estaba consolada en que Lázaro iba a resucitar en el Día Postrero. Ella sabía que Lázaro era un creyente fiel en Dios, creía en Jesús como el Mesías, como el Hijo de Dios que había venido al mundo.

“Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.

Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?

Le dijo (Marta): Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo.”

Vean todo el conocimiento que Marta tenía acerca de Jesús. Y ese conocimiento lo tenía Lázaro y lo tenía María también. Era una familia de creyentes y de personas que colaboraban en el ministerio de Jesucristo.

Jesús, cuando pasaba por ese lugar, entraba allá a la casa de sus amigos en Betania, muy cerca de Jerusalén; ahí le preparaban comida para Él y Sus discípulos y también dormían allá, le arreglaban la ropa si tenían que arreglar la ropa, lavarla, o prepararla en la forma que la preparaban en esos lugares; y así por el estilo.

Eran verdaderos creyentes, pero creyentes activos en la Obra del Señor Jesucristo. No eran pasivos. Eran activos creyentes, trabajando en la Obra del Señor siempre; porque hay mucho trabajo siempre en la Obra del Señor.

En una ocasión, dice Jesús a Sus discípulos: “Oren al Padre de la mies para que envíe más obreros; porque la mies es mucha y los obreros son pocos.” O sea que hay siempre lugar para trabajar en la Obra del Señor.

Veo que ustedes están trabajando en la Obra de la construcción, del proyecto, de la Gran Carpa-Catedral: un trabajo muy importante en el Programa Divino.

Siempre que se trabaja en la construcción de un templo para la predicación del Evangelio de Cristo, se está trabajando en un Proyecto Divino; por lo tanto, hay que hacerlo siempre de todo corazón, para que el Señor se agrade de lo que la persona hace. No puede hacerlo sintiéndose que está presionado, que está obligado, sino de todo corazón: “Y ahora, ¿qué más hay para hacer?, quiero hacer más.”

Y así pues queda registrado en el Cielo; y en el día que Dios quiera recompensarlo lo va a recompensar en el Cielo, y también lo bendice aquí en la Tierra, son recompensas también terrenales; pero está almacenando tesoros en el cielo la persona, con todo lo que hace en la Obra del Señor, con el respaldo que le da, con sus oraciones o económicamente, o trabajando personalmente.

Es importante saber estas cosas para poder comprender por qué Moisés le dio al pueblo libertad, la oportunidad para que colaborara para la construcción del tabernáculo que Dios le dijo a Moisés que hiciera allá en el desierto. Y colaboraron tanto que hubo que decirles: “Ya basta.” Algún día, esperamos que Dios no nos diga que basta, sino que nos diga: “Todavía pueden hacer más.”

Cuando se le quita la oportunidad a una persona de hacer algo en la Obra de Dios, se le ha quitado la oportunidad de hacer tesoros en el Cielo. Nunca dejen que le quiten la oportunidad de hacer tesoros en el Cielo, los cuales se hacen trabajando.

Vean, Dios le dio por medio de Cristo talentos o minas (ambas cosas era dinero) a Sus siervos; porque Él tenía que irse al Cielo para hacer la Obra de Intercesión en el Cielo por todos los que tienen sus nombres escritos en el Cielo, en el Libro de la Vida del Cordero.

Tenían que ser llamados, tenían que ser limpiados con la Sangre de Cristo y tenían que ser colocados en el Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia del Señor Jesucristo. Y Él les repartió talentos, dinero, a sus siervos, allá a los apóstoles, a todos los creyentes en Él de aquel tiempo; y por consiguiente, eso sigue para todos los tiempos de la Iglesia del Señor; para que trabajaran, les dio talentos para trabajar; y luego Él les iba a pedir cuenta en Su Venida.

A unos les dio una cantidad, de acuerdo a su capacidad. Todos trabajaron con los talentos que Él les dio, los multiplicaron, excepto uno: El que tenía un talento lo escondió y se ocupó él de sus propios trabajos, y el talento de Dios lo guardó, lo escondió.

Y cuando viene el Señor a pedir cuentas, cada uno dio su cuenta de acuerdo a los talentos, lo que ganó con esos talentos; los trae al Señor, y el Señor le dice: “Buen siervo y fiel: entra al Reino.” Le da también − le deja los talentos, le deja todo lo que ganó en las minas. Dice: “Gobierna tú sobre tantas ciudades.”

O sea, que el Reino de Cristo va a tener una forma administrativa porque será un Reino teocrático fusionado ahí con la monarquía también; en donde, los que han recibido a Cristo como Salvador forman parte de la Iglesia del Señor Jesucristo, los cuales tienen sus nombres escritos en el Cielo, en el Libro de la Vida del Cordero, van (con Cristo) a ser administradores del Reino; por eso son reyes, son sacerdotes y son jueces también. Esos tres poderes los tendrá Cristo y Su Iglesia.

Por eso dice la Escritura, San Pablo dice: “¿No sabéis que los santos juzgarán al mundo y aun a los ángeles?” Y si van a juzgar al mundo y aun a los ángeles, entonces el poder judicial pertenece a Cristo y a Sus ángeles.

La Escritura dice en el libro de los Hechos también, que Dios ha colocado a Jesús como Juez de los vivos y de los muertos. Él es el Juez Supremo; y los creyentes en Él, pertenecen a ese poder judicial como jueces. Es el capítulo 6 de Primera de Corintios. Dice:

“¿Osa alguno de vosotros, cuando tiene algo contra otro, ir a juicio delante de los injustos, y no delante de los santos?

¿O no sabéis que los santos han de juzgar al mundo? Y si el mundo ha de ser juzgado por vosotros, ¿sois indignos de juzgar cosas muy pequeñas?

¿O no sabéis que hemos de juzgar a los ángeles? ¿Cuánto más las cosas de esta vida?”

Aun a los ángeles que pecaron contra Dios, dice Pablo que van a ser juzgados por los creyentes en Cristo que forman la Iglesia del Señor; porque ellos pertenecen, como jueces también, al poder judicial del Reino del Mesías, del Reino de Cristo; y Cristo es el Juez Supremo.

Y dice también la Escritura que Cristo con Su Sangre “nos ha limpiado de todo pecado, y nos ha hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos con Él.” Apocalipsis, capítulo 1, Apocalipsis, capítulo 20. Apocalipsis, capítulo 5, también nos habla de que nos ha hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes.

Y también San Pedro en Primera de Pedro, capítulo 2, versos 4 en adelante, nos dice algo muy importante… Leyendo el verso 9 nada más, 9 y 10, dice:

“Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio (del sacerdocio de Melquisedec, del cual Cristo es el Sumo Sacerdote), nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable;

vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia.”

Esa es la Iglesia del Señor Jesucristo, pueblo de Dios, escogidos de Dios, descendientes de Dios, hijos e hijas de Dios.

San Pablo también, en Efesios, capítulo 2, nos dice, verso 11 en adelante:

“Por tanto, acordaos de que en otro tiempo vosotros, los gentiles en cuanto a la carne, erais llamados incircuncisión por la llamada circuncisión hecha con mano en la carne.

En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo.”

Es importante ver esto que dice que en otro tiempo los gentiles estaban sin Dios y sin esperanza, y tenían muchas religiones; pero era creer en el Dios de Abraham, el único Dios verdadero. Los otros eran dioses paganos inventados allá en Babilonia por el padre de Nimrod: Cus, y Nimrod; y de ahí es que vienen los muchos dioses con diferentes nombres, pero son unos cinco dioses que les van cambiando los nombres de acuerdo al territorio, a la nación a donde los llevan; eso es… y por eso todo eso cae en el conglomerado de la religión babilónica. Y por consiguiente, dice San Pablo: “Estabais sin Dios y sin esperanza en el mundo.” Esperanza de vida eterna: ninguna.

Cristo dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida; y nadie viene al Padre, sino por mí.” Él es la Vida Eterna, para lo cual se requiere recibirlo para que Él nos otorgue la vida eterna. San Juan, capítulo 14, verso 6. Y San Juan, capítulo 10, verso 27 al 30 dice:

“Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen,

y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano.

Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre.

Yo y el Padre uno somos.”

Es que el Padre estaba en Él: en Él estaba la plenitud de la Divinidad. En otro lugar dice: “El Padre que mora en mí, Él hace las obras.”

Continuamos aquí en Efesios. Dice:

“Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo.

Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación (por eso tenemos paz para con Dios: por medio de Jesucristo),

aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz,

y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades.

Y vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos, y a los que estaban cerca;

porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre.

Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios (y la Familia de Dios lleva el Nombre de Dios),

edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo,

en quien todo el edificio (el cual es la Iglesia, el Templo espiritual del Señor Jesucristo)

en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor;

en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu.”

Y en la misma forma en que es edificada la Iglesia del Señor Jesucristo, en que está siendo construida: piedra sobre piedra, creyente más creyente, formando así la Iglesia del Señor Jesucristo; así es como va creciendo, como una construcción va creciendo, a medida que le van colocando bloques o le van colocando concreto o madera. No hay otra forma para crecer, tiene que ser añadiéndole algo, alguna cosa.

Y la persona creyente le va siendo añadida bendición sobre bendición, le van siendo añadidos todos los materiales que necesita para él ser edificado como un Templo espiritual para morada de Dios en Espíritu Santo en la persona.

Y así nos vamos preparando también para la Venida del Señor, que no nos tome con las lámparas apagadas, que no nos tome sin aceite en las lámparas, no nos tome sin el Espíritu Santo en nosotros. Porque ya vemos la historia de la parábola, de lo que les sucedió a los que no tenían aceite en sus lámparas: Vino el Esposo, las que estaban preparadas entraron con Él a las Bodas, y se cerró la puerta; y Cristo es la Puerta. Después vinieron las otras y ya era tarde para recibir a Cristo en Su Venida: se quedaron para la gran tribulación. Y las que tenían aceite entraron con Él a las Bodas, cerró la puerta, y fueron a la Cena de las Bodas del Cordero al Cielo.

Hebreos también nos dice: Capítulo 3, verso 5 al 6:

“Y Moisés a la verdad fue fiel en toda la casa de Dios, como siervo, para testimonio de lo que se iba a decir;

pero Cristo como hijo sobre su casa, la cual casa somos nosotros, si retenemos firme hasta el fin la confianza y el gloriarnos en la esperanza.”

La Casa de Dios es la Iglesia del Señor Jesucristo, donde somos colocados y donde está la señal de la Sangre de Cristo, de la Sangre del Cordero, en la puerta; y la puerta es el mismo Cristo: “Yo soy la puerta. El que por mí entrare, será salvo.” San Juan, capítulo 10, verso 9.

Y ahora, viendo esta bendición tan grande que hay para los que forman la Iglesia del Señor Jesucristo, los creyentes en Cristo, la recomendación de Cristo es (y de San Pablo) que estemos preparados para la Venida del Señor, porque viene para llevar a cabo lo que Él prometió.

“Voy, pues, a preparar lugar para vosotros.

Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis.”

[San Juan 14:2-3]

Su promesa es para la resurrección de los muertos creyentes en Cristo y la transformación de los vivos, y el arrebatamiento o rapto de todos los creyentes.

Filipenses, capítulo 3, verso 20 al 21, dice:

“Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo;

el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas.”

Para eso es Su Venida: para transformarnos, y así darnos un cuerpo como Su cuerpo glorificado, y joven para toda la eternidad.

No se sabe si cuando estemos transformados tendremos algunas cosas que en la actualidad tenemos. Ninguna enfermedad, porque en el cuerpo nuevo, en el cuerpo glorificado, no hay enfermedades.

Tampoco habrá unión matrimonial para tener hijos, no habrá glándulas de sexo; se acabaron los problemas también de ese tipo para los que hayan tenido problemas en esta Tierra. Solucionado el problema que tuvo Adán y Eva allá en el Huerto, y los problemas que ha tenido toda la descendencia de Adán.

Color de cabello: cada cual tendrá el color que Dios le dé, no van a ser todos del mismo color. Si vamos a tener a tener barba o no vamos a tener, lo vamos a ver cuando tengamos el cuerpo nuevo. Así que despreocúpense en esa parte. Lo que sí vamos a ser todos: jóvenes, representando de 18 a 21 años de edad. Y eso está más cerca de lo que nos podemos imaginar.

Mire lo que dice San Pablo aquí en Efesios, capítulo 4. Nos dice para qué fue dado el Espíritu Santo: para producir - para la redención, la adopción. Ya la primera parte la obtuvimos al recibir Su Espíritu, y hemos sido sellados con el Espíritu Santo de la promesa, para el día de la redención física, que será nuestra transformación. Y ese es el Día del Señor, el Día de y para la Venida del Señor. Capítulo 4, verso 30 de Efesios, dice:

“Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención.”

Y también el capítulo 1, verso 13 al 14, nos dice:

“En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa,

que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria.”

Aquí podemos ver para qué ha sido dado el Espíritu de Cristo.

Y ahora, en Primera de Tesalonicenses nos dice, capítulo 5:

“Pero acerca de los tiempos y de las ocasiones, no tenéis necesidad, hermanos, de que yo os escriba.

Porque vosotros sabéis perfectamente que el día del Señor vendrá así como ladrón en la noche...”

Por lo tanto, hay que estar despierto. El mundo está de noche, en oscuridad, en tinieblas, en tinieblas espirituales; no sabe, no entiende todas estas cosas prometidas para este tiempo final. Dice:

“…que cuando digan: Paz y seguridad (esa es la paz temporal que están buscando), entonces vendrá sobre ellos destrucción repentina, como los dolores a la mujer encinta, y no escaparán.”

Dice: “Sobre ellos”: sobre los que no forman la Iglesia del Señor Jesucristo, por cuanto no han nacido de nuevo.

“Mas vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas, para que aquel día os sorprenda como ladrón.

Porque todos vosotros sois hijos de luz e hijos del día; no somos de la noche ni de las tinieblas.”

O sea, porque Cristo nos sacó del reino de las tinieblas, del reino del maligno, del reino de noche, del reino de la noche; porque si es de las tinieblas, es de noche, del reino de las tinieblas; y por consiguiente, no somos hijos de noche, del reino de noche, de la noche, del reino de las tinieblas; sino del Reino de Luz, del Reino de Cristo, que es la Luz del mundo.

Y de edad en edad Cristo resplandece en medio de Su Iglesia en el cumplimiento de Su Palabra prometida para cada etapa de Su Iglesia, manifestándose de etapa en etapa en el mensajero correspondiente para cada etapa, a través del cual trae el Mensaje de Luz para Su Iglesia. Y eso es Cristo, la Luz del mundo, resplandeciendo y alumbrando a Su Iglesia en el camino de Luz y vida eterna.

Por eso es importante conocer la historia de la Iglesia del Señor Jesucristo, de la cual estaremos hablando más adelante, en otros mensajes.

“Por tanto, no durmamos como los demás…”

Por eso dice en el capítulo 5, verso 14, de Efesios:

“Por lo cual dice:

Despiértate, tú que duermes,

Y levántate de los muertos,

Y te alumbrará Cristo.

Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios,

aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos.

Por tanto, no seáis insensatos, sino entendidos de cuál sea la voluntad del Señor.

No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu,

hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones;

dando siempre gracias por todo al Dios y Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo.”

¿Ve? Nos habla el apóstol Pablo de cómo estar preparados para la Venida del Señor.

El deseo, la sed que la humanidad tiene de las cosas del mundo y de licor y cosas así, mire, San Pablo dice: “No os embriaguéis de vino, en lo cual hay disolución. Sino sed llenos del Espíritu Santo.” Es que en la persona, en su alma hay un clamor de ser lleno en toda la plenitud, del Espíritu Santo; y debe buscarlo en la forma bíblica, y no buscar llenar ese vacío en otra forma que es incorrecta y desagradable delante de Dios, y que produce muchos problemas en el hogar, en la comunidad, en el país; y él mismo se llena más de problemas, y gasta el dinero también, que debe ser para la familia, lo gasta en cosas dañinas; y así es con el asunto de las drogas y de todas las demás cosas que son vicios.

Y el fumar, ustedes pueden ver que el premio es el cáncer. La persona estuvo comprando un cáncer por mucho tiempo, y luego recibe lo que compró, por lo cual él pagó; así que no se lo dieron de gratis, a los que obtienen el cáncer por fumar. A otros por herencia, y así por el estilo. Y otros por algún problema.

“Despiértate, tú que duermes; y te alumbrará Cristo.” Despertamos con el llamado de la Trompeta del Evangelio de Cristo, despertamos del reino de la noche, donde están dormidos espiritualmente las personas que viven en este planeta Tierra; despertamos, recibimos a Cristo que es la Luz, y Él nos pasó a Su Reino de Luz. Por eso Pablo dice: “Ustedes son hijos del día, no son hijos de las tinieblas; ustedes son hijos de luz.”

Y ahora, capítulo 14 de Primera de Corintios, verso 8, dice:

“Y si la trompeta diere sonido incierto, ¿quién se preparará para la batalla?”

De edad en edad, dio sonido cierto la Trompeta del Evangelio; de edad en edad, con la presencia del Espíritu Santo en el mensajero de cada edad, de cada etapa, para ser llamado el grupo de escogidos de Dios que formarían esa parte de esa edad de la Iglesia del Señor Jesucristo, los cuales tienen sus nombres escritos en el Cielo, en el Libro de la Vida del Cordero.

Y ahora, para el Día Postrero hay una Gran Trompeta que estará sonando y estará dando sonido cierto; la cual, todos los que van a ser transformados y llevados con Cristo, la van a estar escuchando. Primera de Corintios, capítulo 15, versos 51 en adelante, dice:

“He aquí, os digo un misterio…”

Vamos a leer desde el verso 49:

“Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial.

Pero esto digo, hermanos: que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción.

He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos…”

O sea, no todos vamos a morir; va a quedar en la Tierra un grupo de creyentes en Cristo, vivos, en el tiempo de la Venida del Señor, y van a estar despiertos espiritualmente y escuchando esa Trompeta prometida para este tiempo; esa Trompeta, ese Mensaje Final de Dios.

“…pero todos seremos transformados,

en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados.”

Vamos a recibir una transformación en nuestros átomos; una transformación, para esto mortal ser convertido en inmortal; un cuerpo glorificado y eterno, en donde todo el poder que está en Cristo también va a estar en el cuerpo glorificado. Así seremos iguales a Jesucristo, porque Él es la cabeza del cuerpo, que es la Iglesia, Él es la cabeza de la Iglesia, Él es el Padre de esa familia de ese segundo Adán.

“Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad (o sea que vamos a ser vestidos de un cuerpo inmortal).

Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria.”

Ahí ya no habrá más muerte para los creyentes en Cristo porque hemos sido vestidos, seremos vestidos de inmortalidad: un cuerpo inmortal.

No podemos fallar en escuchar esa Gran Voz de Trompeta que estará dando sonido cierto, estará dando un Mensaje cierto.

También lo dice en Primera de Tesalonicenses, capítulo 4, verso 13 en adelante:

“Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen (o sea, de los que partieron, de los que murieron físicamente), para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza.

Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él.

Por lo cual os decimos esto en palabra del Señor: que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron.

Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero.

Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor.

Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras.”

Son palabras de aliento para todos los creyentes en Cristo.

La vida eterna que Dios nos ha dado, la muerte física no nos la puede quitar. Si un creyente muere, va al Paraíso en alma y espíritu. El espíritu es un cuerpo parecido al que tiene en la Tierra la persona, pero joven; y va a esa dimensión de descanso; no de descanso durmiendo, sino que reposa de todas las labores, de todos los trabajos y sufrimientos y pruebas que se tienen acá en la Tierra. Lo único: que no puede hacer nada para acá, solamente mirar lo que estamos haciendo, lo que se hace de edad en edad, de etapa en etapa; pero si pudieran ellos unirse a nosotros son millones los que hay en el Paraíso; pero ya ellos terminaron su tiempo de trabajo, fueron a descansar, y ahora nos ha tocado a nosotros, y nos ha tocado el tiempo más importante, el tiempo para la cosecha, que es el tiempo más importante, en donde la Escritura nos habla de la alegría de la cosecha.

En las demás etapas se sufre mucho: en la siembra, en el mantener lo que fue sembrado para que no se dañe lo que fue sembrado, pero en la cosecha es el regocijo para todos los que trabajaron en esa labor; por eso en muchos países se hace “la fiesta de la cosecha,” y se hace fiesta también para diferentes temporadas de diferentes frutos que tienen en diferentes meses; y también se hace la fiesta total, una fiesta grande de la cosecha. Por ejemplo, “la fiesta del trigo” se hace en cierto tiempo, y eso es tipo y figura de la fiesta del recogimiento de los hijos de Dios, representados en el trigo. Y la Fiesta va a ser en el Cielo, en la Cena de las Bodas del Cordero.

Por lo tanto, es tiempo de estar preparados para la Venida del Señor. Miren aquí:

“Por lo cual os decimos esto en palabra del Señor: que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron.

Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero.

Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor.

Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras.”

Por lo tanto, el tiempo, los años, no nos quitan la alegría de haber recibido a Cristo como Salvador, haber sido bautizados en agua en Su Nombre, haber recibido Su Espíritu y haber obtenido el nuevo nacimiento; y haber sido sacados del reino de las tinieblas, del reino del maligno (como fue sacado Israel de Egipto) y colocados en la Tierra Prometida del Reino de Cristo. Y ahora esperando la parte física, que será la adopción física, la redención del cuerpo, nuestra transformación.

“TIEMPO DE ESTAR PREPARADOS PARA LA VENIDA DEL SEÑOR.”

El Señor mismo dijo que cuando veamos suceder todas estas señales que ya estamos viendo, entendamos que nuestra redención, la redención del cuerpo, está cerca; y está más cerca de lo que nosotros nos imaginamos.

Dios nos dará, a medida que escuchemos la Palabra de las promesas correspondientes a este tiempo y obtengamos el conocimiento de las que ya han sido cumplidas y de las que están en proceso para ser cumplidas, vamos a estar recibiendo la fe para ser transformados y llevados con Cristo a la Cena de las Bodas del Cordero.

Creo que aquí no lograremos terminar todos los estudios bíblicos correspondientes a todas las promesas para el Día Postrero, pero las continuaremos allá, en la Gran Carpa-Catedral, cuando sea levantada y dedicada al Señor.

“TIEMPO DE ESTAR PREPARADOS PARA LA VENIDA DEL SEÑOR.”

Si hay alguna persona que todavía no esté preparado, si hay alguna persona que todavía no ha recibido a Cristo, sea adulto o sea anciano o sea joven, o sea niño de 10 años en adelante, puede recibirlo en estos momentos, puede pasar al frente; ya sea que se encuentre aquí o en otro país. En otro país puede pasar al frente, donde se encuentre, para recibir a Cristo como Salvador; y estaremos orando por usted. Para lo cual, puede pasar al frente para recibir a Cristo como único y suficiente Salvador.

Vamos a dar unos minutos mientras los diferentes países pasan al frente para recibir a Cristo como único y suficiente Salvador.

“Orad que seáis tenidos por dignos de evitar todas estas cosas que vendrán (los juicios divinos, los juicios de la gran tribulación, las plagas); y de estar en pie delante del Hijo del Hombre.”

Estar preparados dentro del Pacto Divino, el Nuevo Pacto, con nuestras vestiduras limpias con la Sangre de Cristo, buscando siempre a Cristo en oración, y obedeciendo Su Palabra, y sirviéndole de todo corazón a Cristo todos los días de nuestra vida.

Cuando estemos transformados, si nos lamentaremos de algo es de todas las cosas que hicimos mal y de las que no hicimos buenas, que podíamos hacer; pero espero que hayamos aprovechado al máximo todas las cosas buenas que podemos hacer en la Obra del Señor y como individuos; y que las cosas que no debimos hacer, estén lavadas con la Sangre de Cristo y olvidadas delante de Dios; lo cual está representado en el lavatorio de pies: ahí recordamos que en cada ocasión que confesamos a Cristo cualquier falta, error o pecado, arrepentidos de nuestras faltas, errores y pecados, y le pedimos perdón a Cristo: Cristo nos perdona y con Su Sangre nos limpia de todo pecado, y así nos mantiene limpios de todo pecado delante de Dios.

Por eso fue que le dijo a Pedro que él decía… Pedro en la última cena había comido el pan y había tomado el vino; y luego, cuando Cristo va a lavarle los pies, le dice: “Tú no me lavarás a mí los pies jamás.” Es que lavarle los pies a las personas, correspondía a un oficio de lavador de pies, que muchas veces eran esclavos los que lo hacían, en las casas de los ricos, o algún siervo, fuera esclavo o fuera de los judíos pobres, alquilados; y ese era el oficio más bajo que tenían entre ellos. Y Cristo descendió a ese grado de humildad, de lavarle los pies a Sus discípulos.

Y Pedro no quería que Jesús se humillara a tal grado; pero Cristo le dice: “Si no te lavare los pies, no tendrás parte conmigo.” Entonces la cosa cambió: “No solamente los pies sino la cabeza también.” El que está limpio no tiene necesidad sino que le laven solamente los pies; porque las personas iban caminando y se les ensuciaban los pies, y más con sandalias, mucho más; entonces se lavaban los pies y ya estaban listos para cenar. Y eso tipifica lo que Cristo hace: que nos mantiene limpios delante del Padre, delante de Dios, todos los días, porque todos los días cualquier falla que usted tenga: confiésela a Cristo, y Él le limpiará con Su Sangre; y quedará otra vez como si nunca en la vida hubiera cometido una falta, un error o un pecado.

Si no lo hace, ahí se le queda. Y cada día la vestidura estará ¿cómo? Más sucia; y la vestidura tiene que estar limpia. Son con vestiduras limpias y resplandecientes que iremos a la Cena de las Bodas del Cordero.

Vamos a estar puestos en pie para orar por las personas que han venido a los Pies de Cristo en estos momentos. Con nuestras manos levantadas a Cristo, al Cielo, nuestros ojos cerrados:

Padre celestial, vengo a Ti con todas las personas que en estos momentos han recibido a Jesucristo como único y suficiente Salvador. Señor, los traigo a Ti en el Nombre del Señor Jesucristo para que Tú los coloques en Tu Reino. En el Nombre del Señor Jesucristo te lo ruego, para quien sea la gloria y la honra por los siglos de los siglos. Amén.

Y ahora repitan conmigo esta oración, los que han venido a los Pies de Cristo en estos momentos:

Señor Jesucristo, escuché la predicación de Tu Evangelio y nació tu fe en mi corazón.

Creo en Ti con toda mi alma. Creo en Tu Nombre como el único Nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podemos ser salvos. Creo en Tu muerte en la Cruz del Calvario como el Sacrificio de Expiación por nuestros pecados.

Reconozco que soy pecador y necesito un Redentor, un Salvador. Doy testimonio público de mi fe en Ti y de Tu fe en mí, y te recibo como mi único y suficiente Salvador.

Te ruego me perdones toda falta, todo error y pecado que he cometido, y te ruego que con Tu Sangre me limpies de todo pecado y me bautices con Espíritu Santo y Fuego luego que yo sea bautizado en agua en Tu Nombre, y produzcas en mí el nuevo nacimiento. Quiero nacer en Tu Reino, quiero vivir eternamente en Tu Reino.

Sálvame, Señor. Haz una realidad la Salvación que ganaste en la Cruz del Calvario para mí y para todos los que están escritos en el Cielo, en el Libro de la Vida del Cordero. Hazla una realidad, Tu Salvación que ganaste en la Cruz del Calvario para mí, hazla una realidad en mi vida, en mí. Te lo ruego en Tu Nombre Eterno y glorioso, Señor Jesucristo. Amén y amén.

Con nuestras manos levantadas a Cristo, al Cielo, todos decimos: ¡LA SANGRE DEL SEÑOR JESUCRISTO ME LIMPIÓ DE TODO PECADO! ¡LA SANGRE DEL SEÑOR JESUCRISTO ME LIMPIÓ DE TODO PECADO! ¡LA SANGRE DEL SEÑOR JESUCRISTO ME LIMPIÓ DE TODO PECADO! AMÉN.

Cristo les ha recibido y con Su Sangre les ha limpiado de todo pecado. Los que han recibido a Cristo en estos momentos, me dirán: “Quiero ser bautizado en agua en el Nombre del Señor, porque Él dijo: ‘El que creyere y fuere bautizado será salvo.”

El bautismo en agua es tipológico, no quita los pecados; es un mandamiento de Cristo. Aun el mismo Cristo fue bautizado por Juan el Bautista, y dio el mandamiento de ir por todo el mundo y predicar el Evangelio a toda criatura: “el que creyere y fuere bautizado, será salvo; el que no creyere, será condenado.”

Tan simple como eso: Salvación para el que cree y es bautizado, y condenación para el que no cree.

Por lo tanto, en el bautismo en agua, la persona se identifica con Cristo en Su muerte, sepultura y resurrección. Por lo cual, bien pueden ser bautizados e identificarse con Cristo en Su muerte, sepultura y resurrección.

Cuando la persona recibe a Cristo, muere al mundo; y cuando el ministro lo bautiza, lo sumerge en las aguas bautismales, tipológicamente está siendo sepultado; y cuando lo levanta de las aguas bautismales está resucitando a la vida eterna en el Reino de Cristo.

Por lo tanto, bien pueden ser bautizados y que Cristo los bautice con Espíritu Santo y Fuego, y produzca en ustedes el nuevo nacimiento. Y que Dios los bendiga grandemente a todos. Y nos continuaremos viendo en el Reino glorioso de Cristo nuestro Salvador.

Que Dios les bendiga y les guarde, y continúen pasando una tarde feliz, llena de las bendiciones de Cristo nuestro Salvador.

Dejo con ustedes al reverendo José Benjamín Pérez para que les indique qué hacer y concluya la actividad de esta ocasión.

Que Dios les bendiga y les guarde, y pasen todos muy buenas tardes.

TIEMPO DE ESTAR PREPARADOS PARA LA VENIDA DEL SEÑOR.”

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