ImprimirImprimir

Muy buenas noches, amados amigos y hermanos presentes y los que están en diferentes naciones conectados con esta transmisión o que escucharán en alguna otra ocasión.

Que las bendiciones de Jesucristo, el Ángel del Pacto, sean sobre todos ustedes y sobre mí también, y nos abra las Escrituras en esta ocasión, como se las abrió a los discípulos caminantes a Emaús. En el Nombre del Señor Jesucristo. Amén.

Leemos en San Marcos, capítulo 1, versos 14 al 15, donde nos dice, comenzando Jesús Su ministerio, dice:

“Después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios,

diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos,  y creed en el evangelio.”

“EL TIEMPO SE HA CUMPLIDO Y EL REINO DE LOS CIELOS SE HA ACERCADO.” Es nuestro tema para esta ocasión, tomado de las palabras de Cristo nuestro Salvador.

Que Dios nos abra el corazón y también las Escrituras para entender este tema en nuestro tiempo.

Para el tiempo en que Jesús apareció, las profecías correspondientes a la Venida del Mesías tenían que cumplirse, para lo cual también tenía que aparecer un profeta preparándole el camino al Señor, como lo dice Malaquías en el capítulo 3, versos 1 en adelante, lo cual leemos, dice:

“He aquí, yo envío mi mensajero, el cual preparará el camino delante de mí (ahí tenemos la promesa del mensajero precursor de la Primera Venida de Cristo); y vendrá súbitamente a su templo el Señor a quien vosotros buscáis, y el ángel del pacto, a quien deseáis vosotros. He aquí viene, ha dicho Jehová de los ejércitos.”

¿A quién le estaría preparando el camino? Al Ángel del Pacto, al Señor, Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. El Señor vendría a Su Templo.

Está el templo de piedra pero está el templo humano, que es el cuerpo del Mesías, al cual vendría Dios, el Señor, el Padre. Y cuando Juan el Bautista bautizó a Jesús, podemos ver que el Espíritu Santo vino y se posó sobre Jesús, y del Cielo vino la Voz de Dios, la Voz del Padre, diciendo: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia (o sea, en el que se complace morar Dios).”

En una ocasión Jesús, frente al templo allá en Jerusalén, en el capítulo 2 de San Juan, dice: “Destruyan este templo, y en tres días yo lo levantaré.” Y le dicen: “En cuarenta y seis años fue construido, levantado este templo, ¿y ahora Tú dices que en tres días Tú lo vas a levantar?” O sea, de tres días a cuarenta y seis años la distancia de tiempo era bastante grande. San Juan, capítulo 2, verso 18 en adelante.

Luego que Jesús murió y resucitó, dice... El verso 21, dice:

“Mas él hablaba del templo de su cuerpo.”

Al templo humano fue que vino Dios: “Y vendrá a Su templo el Señor:” Su templo humano; así como nosotros somos templo de Dios y Él ha venido a nosotros en Espíritu Santo y ha producido el nuevo nacimiento.

“El que no nazca de nuevo, no puede entrar al Reino de Dios,” dijo Cristo a Nicodemo, el que no nazca del Agua y del Espíritu. Así como para entrar a este reino terrenal en que vivimos, ¿qué tuvimos que hacer? Nacer. El que no nació, pues no está con nosotros en esta Tierra, ni estuvo tampoco en el pasado, porque no nació.

Así como se requiere el nacimiento natural para vivir en este reino terrenal, se requiere el nacimiento espiritual para entrar al Reino del Señor; por eso en Colosenses, San Pablo dice que Dios nos ha colocado en el Reino de Su amado Hijo. Dice capítulo 1 de Colosenses, versos 12 y 13:

“…Con gozo dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz;

el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo,

en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados.”

Por eso dice la Escritura, el mismo San Pablo dice, que Cristo nos ha colocado en lugares celestiales, Dios nos ha colocado en lugares celestiales, en el Reino del Señor, en el Reino de Jesucristo, porque Él es el heredero al Reino de Dios; y por consiguiente, como Hijo de Dios, siendo el heredero al Reino de Dios, del Reino de los Cielos, entonces ahí Él coloca a Sus hijos; y por eso es que Sus hijos son herederos de Dios y coherederos con Cristo Jesús Señor nuestro (Romanos, capítulo 8, versos 14 en adelante).

Esas son las personas que forman el Cuerpo Místico de Cristo nuestro Salvador. Esas son las personas que tienen la promesa de ir al Paraíso cuando mueren físicamente, y allá estar en los cuerpos angelicales, cuerpos teofánicos, que es el espíritu que tienen y en el que viven.

Recuerden cuando Pedro fue libertado de la cárcel por el Señor y tocó la puerta donde estaban orando por él, Rode fue abrir la puerta y cuando se acercó supo, se dio cuenta, que era San Pedro el que tocaba a la puerta, y de gozo no abrió la puerta; se regresa donde están las personas de la casa, y les dice: “Es Pedro el que está tocando la puerta.” Y le dicen a Rode: “Rode, estás loca, es su ángel.”

El ángel de cada persona es su cuerpo angelical, es el espíritu de la persona; por eso Cristo también, en una ocasión, dice de los creyentes en Él, que sus ángeles ven el rostro de nuestro Padre cada día.

Todos los creyentes en Cristo nacidos de nuevo, tienen su ángel: el Ángel del Señor que acampa en derredor de los que le temen; cada uno tiene su ángel. Por lo tanto, en ese cuerpo angelical es que viven los creyentes en Cristo que han muerto físicamente, los cuales regresarán a la Tierra en la Venida del Señor para resucitar en cuerpos eternos, inmortales, glorificados, igual al cuerpo glorificado de nuestro amado Señor Jesucristo, y jóvenes para toda la eternidad como el cuerpo de Cristo glorificado, que está tan joven como cuando subió al Cielo. Con razón no lo conocían cuando resucitó.

En la resurrección, cuando algún familiar suyo, creyente en Cristo, que haya partido y haya tenido 50, 60, 70 ó 100 años, cuando regrese y le aparezca un jovencito o una jovencita y le diga: “Hijo (o nieto), ¿cómo estás? ¡Me alegro verte!” Y usted diga: “Pero si eres más joven que yo, ¿cómo vas a ser mi papá o mi mamá o mi abuelo o mi abuela?” De seguro le va a decir: “¿Recuerdas en el Evangelio, que habla de la resurrección?” Resurrección en y a vida eterna, por lo tanto en cuerpos eternos, inmortales, glorificados, como el cuerpo glorificado de nuestro amado Señor Jesucristo; para nunca más morir. Y seremos transformados los que estemos vivos, porque “no todos moriremos (dice San Pablo), sino que todos seremos transformados.”

Desde los tiempos de los apóstoles han estado esperando ese momento de la resurrección, como también los santos del Antiguo Testamento estuvieron esperando el tiempo de la resurrección de los creyentes del Pacto Antiguo, del Antiguo Testamento o Antiguo Pacto; pero cada cosa tiene su tiempo en el Programa de Dios: Tiene que completarse el número de los que van a ser resucitados al final del Pacto Divino; cuando entre hasta el último, ahí entonces viene la etapa para la resurrección.

Transcurrieron diferentes etapas del Antiguo Testamento, y al final apareció el precursor de la Primera Venida de Cristo, Juan el Bautista, y luego aparecería Aquel al cual él le estaría preparando el camino, que sería el Mesías y sería Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros (Isaías, capítulo 7, verso 14); esa era la promesa. Y también en San Mateo nos habla de esa promesa divina, y tenía que Él nacer en esta Tierra conforme a la promesa divina. En San Mateo, capítulo 1, le habla el Ángel a José. Capítulo 1, verso 18 en adelante, dice:

“El nacimiento de Jesucristo fue así: Estando desposada María su madre con José, antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu Santo.

José su marido, como era justo, y no quería infamarla, quiso dejarla secretamente.

Y pensando él en esto, he aquí un ángel del Señor le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David (¿por qué le dice: Hijo de David? Porque José era un descendiente del rey David, como también la virgen María era descendiente del rey David. María era descendiente del rey David por la línea de Natán hijo de David, y José era descendiente del rey David por la línea de Salomón hijo de David)... José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es.

Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.”

Si iba a salvar a Su pueblo de sus pecados, tenía entonces que efectuar el Sacrificio de Expiación con Su propio cuerpo y derramar Su Sangre expiatoria. En Isaías, capítulo 53, nos habla de eso, de lo que el Mesías haría. Dice que pondrá Su vida por nosotros, capítulo 53, verso 10, dice:

“Con todo eso, Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento. Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado...”

Para poner Su vida en Expiación por el pecado, tenía que morir, derramar Su Sangre expiatoria y ser llevada allá, al Cielo, por Cristo; presentar Su Sangre en el Templo celestial, en el Lugar Santísimo, como lo hacía el sumo sacerdote en la Tierra, que llevaba la sangre de la expiación al lugar santísimo y la presentaba ante Dios y esparcía con su dedo siete veces sobre el propiciatorio para hacer expiación; lo que ha estado haciendo Cristo en el Cielo: presentando Su Sangre por toda persona que lo recibe como único y suficiente Salvador, para ser quitado el pecado y ser reconciliada la persona con Dios.

No hay otra forma para el pecado ser quitado de la persona y no hay otra forma para el ser humano ser reconciliado con Dios; por lo tanto, no hay otra forma para el ser humano acercarse a Dios, no hay otro camino.

Cristo dijo: “Yo soy el camino, la verdad, y la vida; y nadie viene al Padre, sino por mí.” San Juan, capítulo 14, verso 6.

Por lo tanto, no busque otro camino, ya el camino lo estableció Dios: es Jesucristo, el Mesías Príncipe, con Su Sacrificio en la Cruz del Calvario poniendo Su vida por nosotros, conforme a como dijo en el capítulo 10, versos 14 en adelante: “Yo pongo mi vida por las ovejas. Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida por las ovejas. Tengo poder para ponerla y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre.” O sea, que vino a la Tierra ya con una misión divina para ser cumplida en favor de todas las personas que tienen sus nombres escritos en el Cielo, en el Libro de la Vida del Cordero. Sigue diciendo [San Mateo]:

“Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta, cuando dijo:

He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo,

Y llamarás su nombre Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros.”

Emanuel significa: Dios con nosotros; por eso Jesucristo decía: “El Padre que mora en mí, Él hace las obras.” Era Dios con nosotros dentro de un velo de carne llamado Jesús, y ese velo de carne llamado Jesús es la semejanza física de Dios, es el cuerpo físico de Dios. Por eso Cristo decía: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.”

Es como cuando usted y yo nos miramos, usted me puede decir: “Me está viendo a mí.” Cuando yo estoy viendo el cuerpo suyo yo le puedo decir: “Usted me está viendo a mí.” Pero yo estoy dentro de ese cuerpo; sin embargo no me está viendo, lo que está viendo es la imagen, la semejanza física mía, y yo lo que estoy viendo es la semejanza física de usted.

Por eso es que, por ejemplo Jacob, cuando luchó con el Ángel y obtuvo que el Ángel de Dios le echara la bendición cambiándole el nombre… Es una bendición cuando el nombre de una persona es cambiado por Dios; si es necesario que se obtenga un cambio de nombre porque el nombre que tiene no conviene para la persona, y le es cambiado el nombre por uno que tenga el significado bueno, es una bendición para la persona.

Y luego Jacob le coloca el nombre al lugar, en el capítulo 32, le colocó por nombre al sitio: Peniel. Capítulo 32, verso 30, del Génesis. ¿Por qué le colocó por nombre Peniel? Dice:

“Y llamó Jacob el nombre de aquel lugar, Peniel; porque dijo: Vi a Dios cara a cara, y fue librada mi alma.”

Vio a Dios cara a cara; y lo que vio fue el Ángel de Dios, porque el Ángel de Dios, el Ángel del Pacto, es el cuerpo angelical de Dios, es el cuerpo teofánico de Dios en el cual le aparecía a Adán, a Abel y a todas esas personas; cuando veían ese Ángel, estaban viendo el cuerpo angelical de Dios, ese cuerpo teofánico; y ese es el Ángel del Pacto, el Espíritu Santo, porque un espíritu es un cuerpo de otra dimensión.

Luego encontramos también a Manoa, padre de Sansón, y su esposa (¿Cómo se llamaba la esposa de Manoa? La señora Manoa). Vieron al Ángel de Dios: un hombre de otra dimensión, un hombre con un cuerpo angelical, un cuerpo teofánico, un cuerpo espiritual, parecido al cuerpo humano pero de otra dimensión.

Y luego que les habla y Manoa le ofrece una comida, como Abraham le ofreció una comida a Elohim y a los Ángeles que estaban con Él, y Elohim aceptó ese almuerzo; ahora Manoa le está ofreciendo al Ángel una comida también, pero Él le dice: “No comeré tu comida, no comeré de tu pan; pero si tú quieres sacrificar, sacrifica a Dios.”

Y Manoa tomó un cabrito, lo preparó, preparó un guiso, y sobre una piedra lo ofreció a Dios en el fuego; y cuando subía el fuego, el Ángel subió por el fuego, y Manoa dijo: “Hemos visto a Dios.” Supo que era el Ángel de Dios. Y le dice a su esposa: “Hemos de morir porque hemos visto a Dios.” Su esposa le dice...

Es porque la Escritura dice, le dice Dios a Moisés: “Ninguno puede verme, ver mi rostro y vivir.” Y ahora Manoa está asustado, y su esposa lo consuela y le dice: “No vamos a morir, porque si fuéramos a morir no nos prometería que vamos a tener un niño.” Por la lógica se sabía que no iban a morir.

Ahora, Manoa dijo que habían visto a Dios; luego, cuando vamos a San Juan, capítulo 1, el verso 18, del 1 al 18 dice:

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.

Este era en el principio con Dios.

Todas las cosas por él fueron hechas...”

¿Y quién es el Verbo? ¿Quién es la Palabra? Cristo en Su cuerpo angelical es el Verbo, y por Él fueron hechas todas las cosas.

Hebreos, capítulo 1, verso 1 al 3, también nos dice:

“Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas,

en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo (creó todas las cosas).”

Dice que fueron creadas por Él y para Él. Esto está en Hebreos, capítulo 1, dice:

“...en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo (el heredero de toda la Creación), y por quien asimismo hizo el universo.”

Fue por medio de Cristo que Dios hizo el universo. Cristo es el Verbo, el Ángel del Pacto, la Palabra.

“El cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia.”

La imagen de Dios es Cristo en Su cuerpo angelical, llamado el Ángel del Pacto, el Ángel de Dios. Por eso Jesucristo en San Juan, capítulo 8, versos 56 al 58, podía decir: “Antes que Abraham fuese, yo soy.”

“Abraham vuestro padre se gozó de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó.

Entonces le dijeron los judíos: Aún no tienes cincuenta años, ¿y has visto a Abraham?

Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy.”

Antes que Abraham, y aun antes que Adán también, antes que todas las cosas. ¿Que antes que todas las cosas también? Vamos a ver al conocedor más grande del Programa Divino. En Colosenses, donde leímos hace unos momentos, nos dice acerca de Cristo: Colosenses, capítulo 1, nos dice San Pablo… Capítulo 1, verso 15 en adelante, dice:

“El es la imagen del Dios invisible (o sea, el cuerpo angelical de Dios, el cuerpo teofánico de Dios, el cuerpo espiritual de Dios, el Espíritu Santo), el primogénito de toda creación.

Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él.”

¿Por medio de quién, Dios creó los Cielos y la Tierra, el universo completo? Por medio de Cristo. O sea, Dios dentro de Su cuerpo angelical, que es Cristo, el Ángel del Pacto, habló a existencia todas las cosas. La ciencia está buscando el origen de la Creación. El origen de la Creación es Cristo.

“Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten;

y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia (la cabeza de la Iglesia es Cristo), él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia;

por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud.”

Dios habitó, habita y habitará eternamente en Cristo en toda Su plenitud; por lo tanto, Jesucristo es la persona más importante, no solamente de esta Tierra, sino del universo entero; por eso está sentado en el Trono de Dios, a la diestra de Dios; como Él lo dijo, así se ha cumplido; y por eso pudo decir en San Mateo, capítulo 28, versos 16 en adelante: “Todo poder me es dado en el Cielo y en la Tierra,” porque el que está sentado en el Trono es el que tiene el poder: ese es nuestro amado Señor Jesucristo.

Cuando Él vino a la Tierra fue en el tiempo correspondiente, en donde ya estaba en la Tierra Juan el Bautista; tenían una diferencia de unos seis meses en edad, y eran de la misma familia, eran primos, o sea, que vino en la familia. Recuerden, María y Elisabet eran parientes.

Y ahora, habían transcurrido diferentes etapas de creyentes en el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, pero tenían la promesa de que vendría el Mesías y que para prepararle el camino vendría el precursor, conforme a como está preparado o establecido en la Escritura.

Juan el Bautista fue el precursor de la Primera Venida de Cristo, y algunos pensaban que él era el Mesías, pero él dijo: “Yo no soy, Él viene después de mí. Después de mí viene uno mayor que yo, más poderoso que yo, del cual yo no soy digno de desatar la correa de su calzado.” Y en otra ocasión dijo: “Entre vosotros está uno mayor que yo, al cual ustedes no conocen.”

Y cuando vio al Espíritu Santo descender sobre Jesús cuando lo bautizó, dice: “Este es el que vendría después de mí. He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Yo no lo conocía, pero el que me mandó a bautizar me dijo: ‘Sobre el cual tú veas al Espíritu Santo descender en forma de *paloma sobre Él, ese es.’ Y yo lo vi,” dice Juan el Bautista. Quizás las demás personas no lo vieron, pero Juan sí lo vio.

Por lo tanto, ese era el tiempo para la Venida del Mesías. El precursor estaba allí anunciando, preparando al pueblo para la Venida del Mesías: era el Elías que había de venir como precursor de la Primera Venida de Cristo.

Y está prometido también, que Elías vendría nuevamente, vendría por cuarta ocasión. Eso es otro hombre en el cual el Espíritu Santo estaría operando el ministerio de Elías para preparar al pueblo, al cristianismo, para la Segunda Venida de Cristo. Ya vino, dio su Mensaje y se fue.

Así como Juan con su Mensaje, con su voz, señaló al Mesías y anunció que vendría, y señaló que ya estaba entre ellos, el Mensaje del precursor de la Segunda Venida de Cristo introducirá al mundo la Segunda Venida de Cristo. Por lo tanto, será conforme a como ha sido prometido por el Espíritu de Dios a través del ministerio del cuarto Elías, precursor de la Segunda Venida de Cristo, que fue el reverendo William Branham.

Estamos en el tiempo más glorioso de todos los tiempos, tiempo paralelo al tiempo de Jesucristo y al tiempo de Noé también y al tiempo de Lot, de Abraham. Eso Cristo lo dijo, que la Venida del Hijo del Hombre será como en los días de Noé y que será como en los días de Lot, tiempos paralelos.

Por eso el mundo se ha estado moviendo a una situación, en todos los aspectos de la vida de las naciones, como en los días de Noé y como en los días de Sodoma y Gomorra; y nadie puede parar esa carrera que lleva el mundo rumbo a los días de Noé y a los días de Lot, a los días de Sodoma y Gomorra.

Ahí está la explicación para los problemas que tiene la humanidad, que tienen todas las naciones; pero la cosa importante para los creyentes en Cristo es que este es el tiempo para la Venida del Señor.

¿Y qué Él va a hacer en Su Venida? Allá en Su Primera Venida llevó a cabo la Obra de Redención para la adopción espiritual de los hijos e hijas de Dios; pero nos falta la adopción física, que es la glorificación, la redención del cuerpo; lo cual será para los muertos en Cristo: la resurrección en cuerpos eternos, glorificados y jóvenes, y para los creyentes que estén vivos: la transformación.

De esto es que nos habló San Pablo en Filipenses, capítulo 3. Es importante saber para qué estamos esperando la Venida del Señor: Capítulo 3, verso 20 al 21, dice:

“Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo;

el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas.”

Él tiene el poder para producir la resurrección de los muertos en Cristo —como lo hizo con Lázaro— y para transformar a los que estén vivos. Transformó el agua en vino, transforma el corazón del pecador a un creyente, a un santo; y así transforma todo lo que Él tenga que transformar. Y transformará a los vivos creyentes que estén en el tiempo de Su Venida, y vean y crean en Su Venida, la cual ya ha sido precursada por el reverendo William Branham que fue el precursor de la Segunda Venida de Cristo; y como él dijo que será, así va a ser.

Ese es el misterio contenido en el Séptimo Sello de Apocalipsis, capítulo 8, verso 1: “Cuando abrió el Séptimo Sello hubo silencio en el Cielo como por media hora.” Es el misterio de la Segunda Venida de Cristo, del cual Cristo también dijo en San Mateo 24, que ni los ángeles sabían cuándo será el tiempo, el tiempo de la Venida del Hijo del Hombre; y también en una ocasión Él dijo que ni aun el Hijo sabía.

O sea, que Jesús antes de Su resurrección no sabía cuándo sería el tiempo para la Segunda Venida de la cual Él habló en muchas ocasiones; por eso la Biblia habla más de la Segunda Venida de Cristo que de la Primera Venida de Cristo.

Lo importante es saber cuál es el tiempo profético, edad y dispensación; porque para ese tiempo será que Él va a resucitar a los muertos creyentes en Él. Y si va a resucitar a los muertos creyentes en Él, y Él ha establecido un tiempo, hay que buscar en la Biblia cuál es ese tiempo. San Juan, capítulo 6, versos 39 al 40, dice:

“Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero.

Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero.”

Dos lugares ya tenemos que dice que la resurrección será en el Día Postrero. Y San Juan, capítulo 11, verso 21 en adelante, nos dice allí cuando fue a resucitar a Lázaro, Cristo aquí nos habla, cuando le habla a Marta: Capítulo 11 de San Juan, verso 21 en adelante:

“Y Marta dijo a Jesús: Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto.

Mas también sé ahora que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará.

Jesús le dijo: Tu hermano resucitará.

Marta le dijo: Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día postrero (tres Escrituras que nos hablan que la resurrección será en el Día Postrero).

Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.

Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?

Le dijo: Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo.”

Ahora, Segunda de Pedro, capítulo 3, verso 8, nos dice: “Un día delante del Señor es como mil años, y mil años como un día.” Un Día delante del Señor, para los seres humanos es mil años.

Por eso cuando nos dice [Hebreos 1:1-2]: “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo.”

Desde los días de Jesús la humanidad ha estado viviendo en los días postreros delante de Dios, que son los milenios postreros: quinto milenio, sexto milenio y séptimo milenio. Ya han transcurrido dos Días delante de Dios, que son dos milenios de Cristo hacia acá, dos mil años de Cristo hacia acá; y ya estamos dentro del tercer milenio, de Cristo hacia acá, delante de Dios; el tercer Día delante de Dios de los días postreros, de los milenios postreros. Y el Día Postrero es el más importante porque es el Día para la Venida del Señor y para la resurrección de los muertos en Cristo y la transformación de los vivos.

Ya llevamos, conforme al calendario gregoriano, más de 25 años dentro del Día Postrero (si sacamos la fecha con 360 días al año). Por lo tanto, ya estamos dentro del Día Postrero delante de Dios, el milenio postrero, el séptimo milenio de Adán hacia acá o tercer milenio de Cristo hacia acá.

Este es el tiempo en que tiene que cumplirse todo lo relacionado a la Venida del Mesías, a la resurrección de los muertos en Cristo, a la transformación de los creyentes que estén vivos, a un lapso de tiempo de unos 30 a 40 días, ya transformados, como Cristo luego de resucitado y los muertos creyentes del Antiguo Testamento que se levantaron con Él, conforme a San Mateo, capítulo 27, verso 51 en adelante; porque resucitaron: cuando Cristo se levantó de los muertos, se levantaron con Él también, y aparecieron a muchos en la ciudad de Jerusalén; y cuando subió al Cielo, subieron con Él. Esos son los santos del Antiguo Testamento, del Antiguo Pacto.

Y los santos del Nuevo Pacto van a resucitar en un día prometido en la Escritura, que es llamado el Día Postrero delante de Dios, que será el milenio postrero o séptimo milenio (así como el séptimo día de la semana, el sábado, es el día postrero de la semana).

Por lo tanto, el tiempo se ha cumplido: Ha llegado el Día Postrero, y en algún día del Día Postrero ocurrirá la resurrección.

La Venida del Señor, la resurrección de los muertos y la transformación de los vivos, y el rapto, se ha estado esperando desde los días de los apóstoles; pero no ocurrió en aquellos tiempos. ¿Por qué? Porque no era para aquel tiempo. Es para el Día Postrero, para el tiempo final. Y ahora, a nosotros nos ha tocado vivir en el tiempo final, en el Día Postrero.

Allá en la Primera Venida de Cristo se estaba viviendo en la etapa de oro, la etapa mesiánica, la etapa de la Venida del Mesías, la etapa de la Venida de la Piedra no cortada de manos, que es Cristo, el Mesías, la Piedra del Ángulo, la Piedra Angular; y la Piedra Angular forma la Edad de Piedra Angular para la Primera Venida; y para la Segunda Venida formará también la Edad de la Piedra Angular.

Por lo tanto, será en una Edad de Piedra Angular, una Edad de Oro, la Edad de Oro de la Iglesia; porque la Edad de Oro de la Iglesia es para el llamado final de Cristo para completar Su Iglesia, prepararnos, y venir: salir del Trono de Intercesión en el Cielo, y venir para reclamar todo lo que Él ha redimido con Su Sangre, resucitar a los muertos creyentes en Él en cuerpos glorificados, y a los que estemos vivos transformarnos, para llevarnos con Él ¿a dónde? A la Cena de las Bodas del Cordero.

Él no va a dejar a los creyentes Suyos aquí en la Tierra para que pasen por la gran tribulación; la gran tribulación es para las vírgenes insensatas, para los ciento cuarenta y cuatro mil hebreos, doce mil de cada tribu, y para toda la humanidad; pero para los creyentes en Cristo: la transformación y el rapto.

“Bienaventurados los que son convidados a la Cena de las Bodas del Cordero,” dice Dios en Apocalipsis, capítulo 19, versos 9 al 10. Yo he sido convidado, acepté la invitación, y estoy esperando ser llevado con Cristo a la Cena de las Bodas del Cordero en Su Venida. ¿Y quién más? Pues cada uno de ustedes también, porque para eso será Su Venida en el tiempo final.

Por lo tanto, mientras se cumple todo lo que está prometido para irnos: nos preparamos para ser transformados y llevados con Cristo a la Cena de las Bodas del Cordero.

Recuerden la parábola de las diez vírgenes: las que estaban preparadas entraron con Él a las bodas, y se cerró la puerta; por lo tanto, hay una preparación. A la Final Trompeta: “Porque será tocada la trompeta y los muertos en Cristo resucitarán primero, incorruptibles (en cuerpos glorificados), y los que vivimos seremos (¿qué?) transformados.” Primera de Corintios, capítulo 15, versos 49 al 58; y Primera de Tesalonicenses, capítulo 4, versos 11 al 18; y Filipenses, capítulo 3, versos 20 al 21. Y hay otras Escrituras como Romanos, capítulo 8, verso 14 en adelante, que nos habla de la adopción, la redención del cuerpo, la glorificación, la transformación.

Y ahora, el reverendo William Branham nos habla de una Edad de Piedra Angular; la Iglesia ha ido subiendo de etapa en etapa, y tiene que llegar a una Edad de Piedra Angular; subirá a una Edad de Piedra Angular, una Edad de Oro, una Edad paralela a la del tiempo de Jesús nuestro Salvador.

Es la etapa más gloriosa de la Iglesia del Señor Jesucristo, donde Cristo nos dará la fe para ser transformados y llevados con Cristo a la Cena de las Bodas del Cordero, donde nos dará la revelación del Séptimo Sello que se requiere, la revelación de la Segunda Venida de Cristo; y eso nos preparará para ir con Él a la Cena de las Bodas del Cordero.

Es importante entender el tiempo en que estamos viviendo y saber que tenemos que estar preparados para Su Venida, para nuestra transformación, antes que se cierre la puerta; porque las que estaban preparadas, las vírgenes prudentes, entraron con Él a las Bodas y se cerró la puerta; después nadie más puede entrar. Por lo tanto, estemos preparados todos, para ese evento profético tan importante que está prometido en la Escritura.

Y si hay alguna persona que todavía no ha recibido a Cristo como Su Salvador, lo puede hacer en estos momentos, y estaremos orando por usted para que Cristo le reciba en Su Reino; para lo cual, puede pasar al frente y estaremos orando por usted para que Cristo le reciba en Su Reino.

Los que están en otras naciones también pueden venir a los Pies de Cristo, si todavía no lo han hecho, para que Cristo les reciba en Su Reino, les perdone, con Su Sangre les limpie de todo pecado, sean bautizados en agua en Su Nombre, y los bautice Cristo con Espíritu Santo y Fuego, y produzca en usted el nuevo nacimiento; y así entre al Reino de Cristo y esté asegurado para la Venida del Señor, la transformación de su cuerpo físico, y rapto o arrebatamiento para ir a la Cena de las Bodas del Cordero.

Cristo tiene mucho pueblo aquí en la ciudad de Cali y en toda la República de Colombia; y los está llamando en este tiempo final para prepararlos para la Venida del Señor y para su transformación y arrebatamiento o rapto, para ir con Cristo a la Cena de las Bodas del Cordero.

No hay otra esperanza para el ser humano en este tiempo. Solamente hay una, y es: la Segunda Venida de Cristo.

Es una bendición grande recibir a Cristo como único y suficiente Salvador, es lo único que nos da la seguridad de que viviremos eternamente con Cristo en Su Reino. Las naciones no le pueden asegurar la vida a las personas, y mucho menos la vida eterna; el único que puede asegurarle la vida eterna de una persona es Jesucristo.

Cristo dice en San Juan, capítulo 10, versos 27 al 30: “Mis ovejas oyen mi voz y me siguen, y yo las conozco y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás. Mi Padre que me las dio es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre. El Padre y yo, mi Padre y yo, una cosa somos.”

Es Jesucristo el único que puede dar vida eterna al ser humano: “En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres,” dice San Juan, capítulo 1.

Y Primera de Juan, capítulo 5, verso 10 al 13, nos dice:

“Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo (o sea, en Jesucristo).

El que tiene al Hijo, tiene la vida (tiene la vida eterna); el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida (o sea, no tiene la vida eterna).”

Lo que tiene es una vida temporal que se le va a terminar y no sabe cuándo se le va a terminar, porque no hay una fecha determinada para todo ser humano morir; unos pueden morir al mismo día de nacer o al otro día, al mes, al año, o a los 10 años, o a los 20 años, o a los 50 años, o a los 100 años; pero nadie sabe cuál es el número de años que va a vivir.

Y eso está bien, para que así la persona esté preparada con Cristo para partir en el momento que Dios lo llame, y consciente que va a resucitar cuando Cristo en Su Segunda Venida venga con todos los creyentes que murieron, los traiga para darles un cuerpo nuevo, eterno, inmortal, incorruptible y glorificado.

Esa esperanza no la puede tener usted en otra persona, sino en Jesucristo. Por eso la buena noticia es: Dios nos ha dado vida eterna.

“No hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.” Libro de los Hechos, capítulo 4, verso 12. Y si no hay otro Nombre, entonces solamente podemos buscar a Cristo para recibir la vida eterna.

Vamos a estar puestos en pie para orar por las personas que han venido a los Pies de Cristo en esta ocasión. Y los que están en otras naciones también pueden venir a los Pies de Cristo, si falta por venir alguno.

Los niños también pueden venir a los Pies de Cristo, de diez años en adelante, y así recibir a Cristo como Salvador. Recuerden que Cristo dijo: “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de los cielos.” [San Mateo 19:14]

Vamos ya a orar por las personas que han venido a los Pies de Cristo nuestro Salvador. Levantemos nuestras manos al Cielo:

Padre celestial, en el Nombre del Señor Jesucristo vengo a Ti con todas estas personas que han estado recibiendo a Cristo como único y suficiente Salvador. Recíbeles en Tu Reino. Te lo ruego en el Nombre del Señor Jesucristo.

Ahora repitan conmigo esta oración:

Señor Jesucristo, escuché la predicación de Tu Evangelio y nació Tu fe en mi corazón.

Creo en Ti con toda mi alma. Creo en Tu Primera Venida. Creo en Tu Nombre como el único Nombre bajo el Cielo, dado a los hombres, en que podemos ser salvos. Creo en Tu muerte en la Cruz del Calvario como el Sacrificio de Expiación por nuestros pecados.

Reconozco que soy pecador y necesito un Salvador. Doy testimonio público de mi fe en Ti y te recibo como mi único y suficiente Salvador.

Te ruego perdones mis pecados y con Tu Sangre me limpies de todo pecado, y me bautices con Espíritu Santo y Fuego luego que yo sea bautizado en agua en Tu Nombre. Te lo ruego en Tu Nombre Eterno y glorioso, Señor Jesucristo. Amén y amén.

Cristo les ha recibido en Su Reino. Cristo con Su Sangre nos ha limpiado de todo pecado a todos.

Ahora ustedes me dirán: “Quiero ser bautizado en agua en el Nombre del Señor Jesucristo,” porque Él dijo [San Marcos 16:15-16]:

“Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.

El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.”

Ustedes me dirán: “Yo he creído al escuchar el Evangelio de Cristo siendo predicado; por lo tanto, quiero ser bautizado en agua en el Nombre del Señor Jesucristo lo más pronto posible. ¿Cuándo me pueden bautizar?” Es la pregunta desde lo profundo de vuestro corazón.

Por cuanto ustedes han creído en Cristo de todo corazón, bien pueden ser bautizados.

El bautismo en agua es tipológico: El agua no quita los pecados, es la Sangre de Cristo la que nos limpia de todo pecado; pero el bautismo en agua es un mandamiento de Cristo. El mismo Cristo fue bautizado por Juan el Bautista, y dijo que todo el que creyere y fuere bautizado, será salvo; porque en el bautismo en agua nos identificamos con Cristo en Su muerte, sepultura y resurrección.

Es importante saber la tipología, el simbolismo del bautismo en agua; es que nosotros estábamos en Cristo eternamente, por eso nos identificamos con la muerte, sepultura y resurrección de Cristo. Y que Cristo les bautice con Espíritu Santo y Fuego, como Dios el Padre bautizó a Cristo luego que Él fue bautizado en agua por Juan el Bautista; y produzca en cada uno de ustedes el nuevo nacimiento; y nos continuaremos viendo eternamente en el Reino de Cristo, disfrutando la vida eterna en cuerpos eternos, cuerpos glorificados.

Dejo al ministro, reverendo Mauricio Vivas, para que les indique cómo hacer para ser bautizados en agua en el Nombre del Señor; y en cada nación, en cada país y en cada Iglesia, dejo al ministro correspondiente para que les indique cómo hacer para ser bautizados en agua en el Nombre de Señor Jesucristo.

Continúen pasando todos, una noche feliz, llena de las bendiciones de Cristo nuestro Salvador. Con ustedes el reverendo Mauricio.

“EL TIEMPO SE HA CUMPLIDO Y EL REINO DE LOS CIELOS SE HA ACERCADO.”

Encuéntrenos

Carretera No.1 Km 54.5
Barrio Monte Llano
Cayey, Puerto Rico
00736

Twitter