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Muy buenos días, amables amigos y hermanos presentes, y los que están a través del satélite Amazonas o de internet en diferentes naciones.

Y también un saludo muy especial al Senador Edgar Espíndola, muy amigo mío; esperamos que Dios le permita continuar como Senador para beneficio de la República de Colombia.

Y también un saludo muy especial para el ex Gobernador y candidato a la Presidencia, Ignacio Eduardo Verano de la Rosa, muy amigo mío también; que Dios lo bendiga y le permita una posición muy alta en la política de Colombia, para beneficio de todo Colombia; éxito en sus gestiones políticas.

Y oren mucho por estas personas que tienen en su corazón traer un beneficio grande para toda Colombia; personas así es que cada país necesita en esas posiciones políticas, para que ayuden realmente al país.

Para esta ocasión... Recuerden que Dios ayuda a los políticos para ayudar al pueblo a través de los políticos.

Leemos en el libro del Éxodo, capítulo 23, versos 20 en adelante, donde nos dice:

“He aquí yo envío mi Ángel delante de ti para que te guarde en el camino, y te introduzca en el lugar que yo he preparado.

Guárdate delante de él, y oye su voz; no le seas rebelde;  porque él no perdonará vuestra rebelión, porque mi nombre está  en él.

Pero si en verdad oyeres su voz e hicieres todo lo que yo te dijere, seré enemigo de tus enemigos, y afligiré a los que te afligieren.

Porque mi ángel irá delante de ti, y te llevará a la tierra del amorreo, del heteo, del ferezeo, del cananeo, del heveo y del jebuseo, a los cuales yo haré destruir.”

Dios bendiga nuestras almas con Su Palabra y nos permita entenderla. Nuestro tema es:

“ATENTOS A LA VOZ DEL ÁNGEL QUE NOS INTRODUCIRÁ A LA TIERRA PROMETIDA.”

Para poder comprender este tema, necesitamos saber quién es ese Ángel de Dios. Este Ángel de Dios, el cual en el Éxodo, capítulo 3, le aparece al profeta Moisés y se identifica con Moisés en una forma muy especial, vean cómo se identifica con Moisés, dice el Éxodo, capítulo 3, verso 1 en adelante:

“Apacentando Moisés las ovejas de Jetro su suegro, sacerdote de Madián, llevó las ovejas a través del desierto, y llegó hasta Horeb (o sea el monte Sinaí, monte de Dios).

Y se le apareció el Angel de Jehová en una llama de fuego en medio de una zarza; y él miró, y vio que la zarza ardía en fuego, y la zarza no se consumía (es que era un fuego sagrado).

Entonces Moisés dijo: Iré yo ahora y veré esta grande visión, por qué causa la zarza no se quema.

Viendo Jehová que él iba a ver, lo llamó Dios de en medio de la zarza, y dijo: ¡Moisés, Moisés! Y él respondió: Heme aquí.

Y dijo: No te acerques; quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es.

Y dijo: Yo soy el Dios de tu padre (se identifica como Dios), Dios de Abraham, Dios de Isaac, y Dios de Jacob. Entonces Moisés cubrió su rostro, porque tuvo miedo de mirar a Dios.”

Y ahora el Ángel de Dios, el Ángel de Jehová, cuando le habla a Moisés, le dice: “Yo soy el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob.”

¿Cómo puede ser, el Ángel, Dios? Es que el Ángel es el cuerpo angelical de Dios, es el cuerpo teofánico, el cuerpo de Dios, que es la imagen de Dios.

Un cuerpo angelical es un cuerpo espiritual, un espíritu es un cuerpo de otra dimensión. Así como el ser humano es alma, espíritu y cuerpo; el espíritu de la persona es otro cuerpo, un cuerpo pero de otra dimensión; por eso cuando muere la persona, sigue viviendo en ese otro cuerpo espiritual, que pertenece a la dimensión de los espíritus.

Por eso en algunos países, cuando una persona aparece y desaparece delante de la gente, dicen, la gente dice: “Fulano de tal murió,” porque está apareciendo y desapareciendo; es su espíritu.

Tenemos un caso en la Biblia cuando el apóstol Pedro estuvo preso; ya habían matado a uno de los apóstoles, a Santiago, y ya el próximo que iban a matar era San Pedro; y lo tenían en la cárcel para el otro día matarlo. Y el Ángel de Dios le apareció en la cárcel en una Luz, y lo libertó, lo sacó de la cárcel: las puertas se abrieron, y Pedro pensaba que era una visión, y siguió caminando detrás del Ángel que lo guiaba, pasó las diferentes puertas que se abrieron, y cuando ya estaba en la calle se dio cuenta que era una realidad. Fue el Ángel de Dios, el mismo Ángel que le había aparecido a Moisés, el mismo Ángel que cuida al pueblo hebreo.

Y ahora, encontramos que ese mismo Ángel le apareció también a Saulo de Tarso, que estaba persiguiendo a los cristianos en aquel tiempo, pues no era un creyente en Cristo. Y le aparece en una Luz más potente que el sol, cae de su caballo, y desde esa Luz sale una voz de Dios que le dice: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Dura cosa te es dar coces contra el aguijón.”

Y Saulo sabía que esa era la misma Voz que le había hablado al profeta Moisés; era la Columna de Fuego, era Dios en forma de luz, la misma Luz que había libertado al pueblo hebreo.

Y ahora, Saulo de Tarso le pregunta: “Señor (lo reconoce como el Señor, como el Dios Todopoderoso)… Señor, ¿quién eres?” Porque Pablo a quien estaba persiguiendo era a los cristianos, y ahora Dios le dice: “¿Por qué me persigues?” Desde esa Luz sale la Voz que le dice: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues.”

Y ahora ¿cómo es posible que aquel Dios Todopoderoso que estaba en aquella Luz que le apareció a Moisés y le dice: “Yo soy el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob,” ahora le aparece a Saulo de Tarso y le dice: “Yo soy Jesús”? Recuerden que Jesús dijo: “Yo he venido en Nombre de mi Padre.”

Ahora, ¿cuál es el misterio de esa Luz que en el Antiguo Testamento le dice a Moisés: “Yo soy el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob,” y a Saulo le dice: “Yo soy Jesús”?

Es que ese es el Ángel del Pacto; y el Ángel del Pacto es Jesucristo, el cual vino a la Tierra para establecer un Nuevo Pacto. Por eso, cuando está tomando la Santa Cena o la última Cena con Sus discípulos, parte el pan y da a Sus discípulos, y les dice: “Comed, esto es mi cuerpo”; luego toma la copa de vino, da gracias al Padre y da a Sus discípulos, y dice: “Tomad de ella todos, porque esta es mi Sangre del Nuevo Pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados.”

¿Ven? Es el Ángel del Pacto que viene para establecer el Nuevo Pacto que Él había prometido en Jeremías, capítulo 31, versos 31 en adelante. Es el mismo que le había dado el Pacto al pueblo hebreo a través de Moisés en el monte Sinaí, el mismo que le dio los mandamientos allá, aquellas tablas de la Ley.

Y ahora, ¿cuál es el misterio de ese Ángel del Pacto en el Antiguo Testamento, y ahora en el Nuevo Testamento conocido como Jesucristo? Es que allá estaba en Su cuerpo angelical, cuerpo teofánico. Por eso encontramos que Moisés, en una ocasión que quiso verlo, él vio las espaldas del Ángel del Pacto como las espaldas de un hombre.

Muchos de los profetas del Antiguo Testamento se encontraron con ese Ángel, el cual les apareció y les habló; era un hombre de otra dimensión. Los estudiosos de extraterrestres dirían: un extraterrestre; y algunas veces tienen miedo cuando se mencionan los extraterrestres; pero el ser humano es extraterrestre, porque el alma no es terrenal, y el espíritu de la persona tampoco es terrenal, es de otra dimensión; el cuerpo físico es lo que es terrenal.

Por lo tanto, todos somos extraterrestres, somos de otra dimensión que hemos venido a esta dimensión para vivir una temporada, para hacer contacto con el Programa Divino y obtener la vida eterna por medio de Jesucristo.

Ahora, les dije que Jesucristo es el Ángel del Pacto. Vimos, en lo que les dije en relación a la última Cena de Jesús, que Él dice que Él vino para establecer para un Nuevo Pacto: “Esta es mi Sangre del Nuevo Pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados.”

Ahora, muchas personas se preguntan: “Pero si Jesús nació en Belén de Judea y a los 33 años murió en la Cruz del Calvario, ¿cómo puede ser que sea el Ángel del Pacto? ¿Cómo puede ser?” En San Juan, capítulo 8, tenemos la respuesta a esta pregunta. San Juan, capítulo 8, versos 56 al 59, dice Jesús hablándoles a los judíos:

“Abraham vuestro padre se gozó de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó.

Entonces le dijeron los judíos: Aún no tienes cincuenta años, ¿y has visto a Abraham?

Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy.”

Aquí Jesús está diciendo que Él era antes que Abraham. Él les había dicho: “Abraham deseó ver mi día; lo vio, y se gozó.” Eso fue cuando Jesucristo en Su cuerpo angelical se materializó, y también los Arcángeles Gabriel y Miguel; y le aparecieron a Abraham, el cual ya tenía unos 99 años de edad y Sara 89 años de edad. Vino para confirmarles la promesa de que tendrían un hijo, y que sería el próximo año que tendrían el hijo prometido.

Abraham le preparó una ternera, un becerro tierno, también mantequilla, panes, y le hizo un almuerzo a un invitado muy especial, que vino acompañado con dos personajes muy especiales: con los Arcángeles Gabriel y Miguel.

Cuando aparecen estos Arcángeles en la Tierra, algo grande va a suceder conforme al Programa Divino. Para Abraham era una bendición. Para Sodoma y Gomorra era el juicio divino que vendría y que quemaría a Sodoma y Gomorra y ciudades cercanas, con todos sus habitantes, por causa del pecado. Ellos no tenían el Pacto, no guardaban las ordenanzas divinas, y por consiguiente estaban como enemigos de Dios.

Y ahora, toda persona que no esté en el Pacto Divino, está fuera de la voluntad de Dios, el Pacto Divino correspondiente al tiempo en que está viviendo; y por consiguiente, aparece como enemigo de Dios, no está reconciliado con Dios, sus pecados no están quitados, no están borrados, y por consiguiente está como enemigo de Dios. San Pablo nos habla en esos términos, y nos da a conocer la posición de cada ser humano delante de Dios.

Ahora, hemos visto que Jesucristo era antes que Abraham. Es que Jesucristo es ese Ángel del Pacto. Jesucristo en Su cuerpo angelical, cuerpo teofánico, es el Ángel del Pacto, es la imagen del Dios viviente, conforme a como lo enseña el apóstol San Pablo en Hebreos, capítulo 1, verso 1 al 3.

Algunas personas, cuando escuchan acerca de la predicación del Evangelio de Cristo y que reciban a Jesucristo como Salvador… que es una oportunidad única que recibe el ser humano, recibirlo como Salvador, para que sean borrados sus pecados con la Sangre de Cristo y la persona reciba la vida eterna. Porque la persona no recibe la vida eterna o entra a vivir eternamente porque sea bueno, sino porque ha recibido a Cristo como Salvador, y Cristo con Su Sangre lo ha limpiado de todo pecado.

Recuerden que Él dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida; y nadie viene al Padre sino por mí.” Nadie puede llegar a Dios porque piense que es bueno, sino porque ha recibido a Cristo como único y suficiente Salvador. Él es el intermediario, el Intercesor entre Dios y los hombres. Él es el Sumo Sacerdote del Templo celestial, que con Su propia Sangre intercede por cada persona que lo recibe como Salvador; y por los que ya lo recibieron: cuando cometen algún error, falta o pecado, y lo confiesan a Cristo, Cristo los limpia de ese pecado con Su Sangre, y así mantiene limpia a la persona, la mantiene limpia con Su Sangre.

Y ahora, veamos lo que dice San Pablo en Hebreos, capítulo 1, verso 1 en adelante:

“Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas...”

¿Cómo Dios ha hablado? Por medio de los profetas.

“...en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo (o sea, por Jesucristo), a quien constituyó heredero de todo (el heredero de toda la Creación es Jesucristo), y por quien asimismo hizo el universo (todas las cosas).”

Fue por medio de Cristo en Su cuerpo angelical que Dios habló a existencia toda la Creación; porque Jesucristo en Su cuerpo angelical es la imagen del Dios Todopoderoso, es el cuerpo angelical de Dios.

Por esa causa es que cuando diferentes hombres de Dios, profetas de Dios, mensajeros de Dios, jueces y reyes se encontraban con ese Ángel, como se encontró Jacob en el capítulo 32, versos 24 al 32 del Génesis, y luchó con ese Ángel, y no lo soltó hasta que lo bendijo; él se agarró bien de ese Ángel para recibir la bendición de Dios. Él es el que trae la bendición de Dios para el ser humano. Y Jacob le puso por nombre “Peniel” al lugar donde tuvo esa experiencia, porque dijo: “Vi a Dios cara a cara, y fue librada mi alma.” Peniel significa: “el rostro de Dios,” por lo tanto, él vio a Dios cara a cara.

También Manoa (en el capítulo 13 del libro de Jueces) y su esposa, la señora Manoa, vieron a este Ángel del Pacto, el cual les dijo que iban a tener un hijo, el cual fue Sansón. Y cuando subió por la llama de fuego del sacrificio que Manoa había hecho y había encendido con fuego para que llegara ante Dios, ese Ángel subió por esa llama, y entonces Manoa supo que era el Ángel de Dios.

Era nada menos que Dios en Su cuerpo angelical; por eso le dice a su esposa: “Hemos de morir, porque hemos visto a Dios,” y la Escritura dice que nadie puede ver a Dios, porque el que ve a Dios morirá; no puede ver a Dios y continuar viviendo. Otras personas también lo vieron, y no murieron.

Y luego en San Juan, capítulo 1, verso 18, dice: “A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, Él le declaró (o sea, le ha dado a conocer).”

No hay contradicción en lo que dice San Juan, capítulo 1, verso 18, a lo que dijeron estos profetas de Dios, que dijeron que habían visto a Dios.

Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Las personas vieron a Dios en Su cuerpo angelical, cuerpo teofánico, que es la imagen de Dios; pero a Dios, como alma, no lo vieron, sino a Dios en Su cuerpo angelical.

Es lo mismo que ustedes y yo. Yo les puedo decir: “Yo no los veo a ustedes, y ustedes no me están viendo.” Y ustedes me dirán: “Yo sí lo estoy viendo a usted.” Pues, no me está viendo, porque yo soy alma viviente; y yo no los estoy viendo a ustedes, porque ustedes son alma viviente. Pero los estoy viendo y ustedes me están viendo, porque yo estoy viendo el cuerpo físico que ustedes tienen, y ustedes están viendo el cuerpo físico que yo tengo. Estamos viéndonos los unos a los otros en el cuerpo físico que tenemos, y sabemos que adentro de ese cuerpo es que estamos nosotros. ¿Ven? Tan sencillo como eso.

Así es en cuanto a Dios. No podía ser visto Dios. “No me verá hombre y vivirá,” le dice Dios a Moisés cuando Moisés quiso ver la Gloria de Dios. Y ahora, nos vemos el uno al otro, los cuerpos físicos, y decimos: “Estoy viendo a Fulano de tal.” Así era con los profetas, con estas personas que vieron al Ángel del Pacto: estaban viendo a Dios en Su cuerpo angelical, el cuerpo angelical de Dios, cuerpo teofánico, un cuerpo igual al cuerpo de los ángeles.

Ustedes también tienen cuerpos espirituales, cuerpos angelicales. Por eso cuando el creyente muere, sigue viviendo; lo que murió fue su cuerpo físico; y si era un creyente, va al Paraíso; si no era un creyente, no va al Paraíso. El Paraíso es el lugar de espera, es otra dimensión, otro mundo, diríamos otro cielo.

Y ese primer Cielo es un lugar donde hay personas en cuerpos espirituales, cuerpos teofánicos, que no pueden morir; el cuerpo mortal es el terrenal. Siguen viviendo ahí, no tienen que trabajar, no tienen que madrugar para ir al trabajo y tomar el tráfico tan difícil que tienen todas las ciudades; no tienen necesidad de comer, no tienen necesidad de dormir, allí tampoco hay noche; o sea que es un lugar de reposo, un Paraíso.

Ese lugar es donde van los creyentes en Cristo, y esperan allí; tienen sus actividades de acuerdo a lo que corresponda a ese lugar, y esperan allí, que Cristo termine Su Obra de Intercesión en el Cielo en la séptima dimensión, allá en el Templo celestial, en el Trono de Dios.

Y cuando complete Su Iglesia, entonces Cristo habrá terminado Su Obra de Intercesión, habrá limpiado con Su Sangre preciosa a toda persona que está escrita en el Cielo, en el Libro de la Vida del Cordero; y saldrá del Trono de Intercesión, y se convertirá en León de la tribu de Judá, en Rey de reyes y Señor de señores, y Juez de toda la Tierra; tomará el Título de Propiedad, el Título de Propiedad de la vida eterna, donde están escritos los nombres de todos los que serían limpiados con la Sangre de Cristo, los que serían redimidos; toma ese Libro, llamado el Libro sellado con siete sellos, que aparece en Apocalipsis, capítulo 5; y luego lo abre en el Cielo, y hace Su Obra de Reclamo: reclama todo lo que Él con Su Sangre ha redimido; y pasará por el Paraíso, y traerá con Él a todos creyentes en Él que murieron físicamente, y les dará cuerpos físicos eternos, inmortales, glorificados, igual al cuerpo glorificado que tiene Jesucristo; y a los que estemos vivos nos transformará.

De eso nos habla... Es importante saber, conocer cuáles son las promesas divinas, para saber la herencia que nos ha tocado en el Programa Divino. Miren lo que nos dice acerca de la Venida del Señor, que el cristianismo ha estado esperando por unos dos mil años. Filipenses, capítulo 3, versos 20 al 21, dice el apóstol Pablo:

“Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo;

el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas.”

Para eso es la Segunda Venida de Cristo: para transformar nuestros cuerpos, de cuerpos mortales a cuerpos inmortales, a cuerpos glorificados, iguales al cuerpo glorificado que tiene Jesucristo en el cual está tan joven como cuando subió al Cielo. Recuerden que estaba tan joven en el cuerpo glorificado al resucitar glorificado, que ni Sus propios discípulos lo conocían.

Y a los creyentes que han partido de esta vida terrenal, si tenían 50, o 70, u 80 años, o 90 años, cuando regresen no los van a conocer las personas que los conocieron cuando eran ancianos. Y si le dice a usted: “Yo soy Fulano de tal,” o “hija (o nieta), ¿cómo estás?”

—“¿Cómo me dices nieta o nieto, si eres más joven que yo?”

—“Es que ahora estoy en el cuerpo glorificado, el cuerpo eterno que Jesucristo me ha dado en la resurrección como Él lo prometió,” como lo hemos leído aquí.

Y esto es lo que predicaba Jesús y lo que predicaba San Pablo y demás apóstoles; por lo tanto, esto es lo que sucederá en el Día Postrero conforme a las palabras de Jesús. Vean, San Juan, capítulo 6, versos 39 al 40, dice Jesús:

“Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero.”

¿Cuándo Jesucristo va a resucitar a los creyentes en Él que han muerto físicamente? En el Día Postrero. Un día delante del Señor es como mil años, y mil años como un día. Un día: el Día Postrero delante de Dios, para los seres humanos es el milenio postrero. Y así como la semana tiene siete días y el día postrero de la semana es el sábado; el séptimo día en el Programa de Dios, el Día Postrero, es el séptimo milenio, para los seres humanos: séptimo milenio.

Y cuando se habla de los días postreros, ya se refiere a más de uno delante de Dios, que para los seres humanos es más de un milenio; son tres milenios, los tres milenios postreros, que son: el quinto milenio, sexto milenio y séptimo milenio. Por eso el apóstol Pablo dice: “En estos postreros días, Dios nos ha hablado por Su Hijo (por Jesucristo).” Allá en los días de Jesús ya habían comenzado los días postreros delante de Dios, que son los milenios postreros para los seres humanos. Tan sencillo como eso.

Ahora, tenemos más promesas que identifican las cosas que van a estar sucediendo en este tiempo final. Primera de Tesalonicenses, capítulo 4, verso 13 en adelante dice, esto fue (por lo que se ve) en una ocasión en que había partido o muerto algún creyente importante, y San Pablo está escribiendo sus palabras de condolencia a la iglesia y a la familia de la persona que partió:

“Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen (o sea, dormir es morir el cuerpo físico) para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza.

Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él (los que durmieron en Él, o sea, los que murieron siendo creyentes en Cristo).

Por lo cual os decimos esto en palabra del Señor: que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron.

Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero.

Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor.

Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras.”

Son palabras de aliento para todos los creyentes en Cristo, porque nos muestra que nuestros familiares creyentes en Cristo que han muerto físicamente, están en otra dimensión, allá en el Paraíso, y van a regresar en la resurrección, con Cristo van a regresar, con cuerpos eternos, inmortales y glorificados; y luego nosotros vamos a ser transformados, cuando los veamos a ellos.

Primera de Corintios también nos da más información acerca de este tema, Primera de Corintios, capítulo 15, versos 49 en adelante, nos dice:

“Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial.

Pero esto digo, hermanos: que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción.”

O sea, que no podemos vivir eternamente con estos cuerpos mortales, porque estos cuerpos mortales no heredan la incorrupción; tienen que ser transformados para poder heredar la inmortalidad, heredar la incorrupción; ser cambiados, transformados estos cuerpos en nuestros átomos.

“He aquí, os digo un misterio (es un misterio muy grande lo que va a abrir aquí San Pablo): No todos dormiremos...”

O sea que no todos vamos a morir: habrá un grupo de creyentes en Cristo para el tiempo de la Venida del Señor, que no tendrán que ver muerte, no tendrán que morir, sino que van a ser transformados cuando los creyentes en Cristo que murieron sean resucitados. Dice:

“...pero todos seremos transformados,

en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta...”

“A la Final Trompeta.” Cuando se habla de una trompeta, se está hablando de un mensaje: al Mensaje final, a la final Trompeta.

“...porque se tocará la trompeta...”

Y cuando se toca la trompeta se convoca al pueblo a reunión, a una reunión.

La Escritura nos habla también en San Mateo, capítulo 24, verso 31, donde nos dice: “Y enviará sus ángeles con gran voz de trompeta…”

No es que es una trompeta literal, sino un mensaje como una trompeta: un Mensaje que convoca al pueblo, como en las naciones; por ejemplo, al ejército lo convocan sonando una trompeta en ciertos horarios, si es para una guerra el sonido de la trompeta es diferente al sonido que es para una fiesta o para alguna otra cosa.

“...y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados.

Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad.”

Va a surgir un cambio en nuestros cuerpos físicos, de tal forma que todos nuestros cuerpos, todo el cuerpo nuestro va a ser transformado y va a ser joven, inmortal, igual al cuerpo glorificado que tiene Jesucristo, el cual está tan joven como cuando subió al Cielo. Así será, esa es la promesa para todos los creyentes en Cristo.

Cristo es el Ángel del Pacto, es la persona más importante que ha pisado este planeta Tierra; y está en el Cielo sentado a la diestra de Dios, la persona más importante en el Cielo también. Y Dios está en El.

El Señor Jesucristo en San Mateo, capítulo 28, versos 16 al 20, nos dijo: “Todo poder me es dado en el Cielo y en la Tierra.” Es que el que está en el Trono es el que tiene el poder, y Él dijo que se sentaría a la diestra de Dios en el Cielo; y así sucedió.

Por eso todo el poder divino para la administración de toda la Creación, la lleva a cabo Dios a través de Jesucristo; a través de Jesucristo el cual está en Su cuerpo glorificado allá en el Trono, como Sumo Sacerdote, haciendo intercesión por todos los que lo reciben como Salvador.

Él es el Rey, el Juez y el Sumo Sacerdote, la persona más importante, no solamente de la Tierra sino del Cielo también. La Escritura nos dice que Él está sobre toda potestad, sobre todo poder, sobre todo señorío, sobre todo principado.

Recuerden que en otras dimensiones, como en la sexta dimensión, hay principados también, hay formas de gobierno, pero Jesucristo está sobre todas esas formas de gobiernos; o sea, que todo está sujeto a Él.

Por supuesto, sabemos que hay un príncipe que se rebeló en contra de Dios, y es el que ha estado haciendo la guerra al Reino de Dios; ha sido llamado diablo, Satanás o Lucifer (como le quieran llamar), pero ése es el que ha estado trayendo tantos problemas a toda la Creación; no solamente a esta dimensión sino a otra dimensión; porque la guerra, esa rebelión, comenzó en el Cielo, en otra dimensión.

Y ahora, eso terminará por completo cuando sea atado y echado en el abismo por mil años, y se dará el Reino del Mesías por mil años, luego el diablo será suelto por un corto tiempo, y volverá a rebelarse. No escarmentará, no escarmienta con mil años preso, y volverá a hacer lo mismo: volverá a engañar a las naciones para dar un golpe de Estado al Mesías, a Cristo, que estará en el Trono gobernando en esta Tierra; pero descenderá fuego del Cielo y los quemará. Apocalipsis, capítulo 20, versos 1 en adelante, ahí está toda la historia, por anticipado, de lo que va a suceder.

Por lo tanto, tenemos que asegurar nuestro futuro eterno ¿con quién? Con Cristo en Su Reino eterno. No hay otra forma provista por Dios para vivir eternamente.

Es importante entender estas cosas para saber cuál es el Programa Divino para nuestro tiempo; y que todos tenemos la oportunidad de obtener la vida eterna por medio de Cristo, en el Programa que Él ha establecido.

No es solamente decir: “Yo sé que Jesucristo es el Salvador.” No es solamente decir: “Yo creo que Jesucristo murió en la Cruz del Calvario para salvación.” Es creerlo de corazón y recibirlo como nuestro único y suficiente Salvador. De otra forma, no funciona.

La salvación está disponible para toda persona: ya Cristo pagó el precio de nuestra redención en la Cruz del Calvario, y le toca a la persona recibirlo como Salvador, para poder obtener la vida eterna. Por eso se predica el Evangelio de Cristo en todas las naciones, ordenado por Cristo mismo; y Él dijo:

“Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura.

El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.”

San Marcos, capítulo 16, versos 15 al 16.

Es un asunto de salvación y vida eterna la predicación del Evangelio de Cristo y recibirlo como único y suficiente Salvador.

Él dijo también en San Juan, capítulo 10, versos 27 al 30: “Mis ovejas oyen mi voz y me siguen, y yo las conozco.” ¿Desde cuándo nos conoce? Desde antes de la fundación del mundo, porque nuestros nombres están escritos en el Libro de la Vida.

“Y yo las conozco, y yo les doy vida eterna.” ¿Qué nos da? Vida eterna. “Mis ovejas oyen mi voz (la predicación del Evangelio de Cristo), y me siguen (no es cosa de oír solamente, sino oír y seguir a Cristo), y yo les doy vida eterna.”

Es un asunto de vida eterna recibir a Cristo como único y suficiente Salvador; por eso la predicación del Evangelio de Cristo es por motivo de que Dios, bajo el Nuevo Pacto que Él dijo que establecería, ha abierto la puerta a todo ser humano, la puerta del Reino de Dios, para que la persona pueda entrar al Reino de Dios y obtener vida eterna.

Si esta vida terrenal es tan buena y luchamos para no perderla, porque enseguida que nos sentimos enfermos vamos al médico, y eso es lo correcto para cuidar esta vida terrenal, no debemos descuidarnos. Si esta vida terrenal es tan buena, ¿cómo será la vida en un cuerpo joven, eterno, glorificado, inmortal, igual al cuerpo glorificado de Jesucristo? Y eso es lo que Cristo tiene para mí, ¿y para quién más? Pues para cada uno de ustedes también.

Y usted no puede comprar la vida eterna, ya Cristo pagó el precio de nuestra salvación para darnos vida eterna. No hay otro Salvador, no hay otro Redentor; solamente hay uno, y Su Nombre es: Señor Jesucristo.

En Primera de Juan, capítulo 5, versos 10 al 13, nos dice: “Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en Su Hijo (o sea en Jesucristo). El que tiene al Hijo, tiene la vida (o sea tiene la vida eterna).”

Porque el ser humano al nacer a través de sus padres terrenales, obtuvo vida, pero es vida temporal, vida mortal; y para obtener la vida eterna tiene que nacer de nuevo, como le dijo Cristo a Nicodemo en San Juan, capítulo 3: “De cierto, de cierto te digo, que el que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios.”

Nicodemo pensó que tenía que entrar en el vientre de su madre y nacer de nuevo, y le dice: “¿Cómo puede hacerse esto? ¿Puede el hombre entrar en el vientre de su madre y nacer de nuevo?”

Jesús le dijo: “De cierto, de cierto te digo, que el que no nazca del agua y del Espíritu no puede entrar al Reino de Dios.”

Y el Reino de Dios es el Reino eterno, el Reino de Cristo; y todos queremos entrar al Reino de Dios para vivir eternamente con Cristo en ese Reino glorioso.

“Nacer del agua” es nacer del Evangelio de Cristo, y “nacer del espíritu” es nacer del Espíritu Santo, recibir el Espíritu Santo.

Por lo tanto, todos tenemos delante de nosotros la vida y la muerte. “Escoge la vida (dice Dios) para que vivas tú; y por consiguiente puedas hacer algo por tu familia también, para que ellos vivan también, guiarlos en el camino de Dios.” La única oportunidad que tenemos para obtener la vida eterna es por medio de Cristo mientras vivimos en esta Tierra.

Cuando la persona muere, ya no tiene oportunidad de pedir la vida eterna. Si la recibió cuando estaba vivo, la tiene; si no la recibió cuando estaba vivo en la Tierra, ya es tarde para pedir oportunidad.

Tenemos el caso de Lázaro el mendigo, y el hombre rico. Ya Cristo dijo que es cuando estamos viviendo en la Tierra que tenemos la oportunidad de obtener la vida eterna. Cuando la persona ya muere, ya su oportunidad terminó.

Toda persona debe comprender que el propósito de estar viviendo en esta Tierra es que todos tengamos la oportunidad de obtener la vida eterna, que todos tengamos la oportunidad de oír la predicación del Evangelio de Cristo, recibirlo como nuestro Salvador y ser rociados con la Sangre de Cristo y limpiados de todo pecado. Primera de Pedro, capítulo 1, verso 2, nos dice:

“...Elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo...”

Para eso es que estamos en esta Tierra: para ser rociados con la Sangre de Cristo y ser limpiados de todo pecado. Y tenemos que aprovechar esa oportunidad mientras vivimos en esta Tierra.

Algunas personas dicen: “Cuando yo tenga más edad, yo lo recibo.” Usted no sabe cuántos días tiene asignado para vivir en esta Tierra; porque mueren niños, jovencitos, adultos y ancianos; y usted no sabe si le toca morir cuando esté ancianito, o cuando esté usted en edad media, o cuando esté como joven o cuando sea un niño; por eso también a los niños los presentamos delante del Señor para que Cristo los coloque en Su Reino; porque queremos asegurar nuestra vida futura con Cristo en Su Reino. Es el único Reino y la única vida que existirá: la vida eterna con Cristo en Su Reino; y todos queremos entrar a esa eternidad con Cristo en Su Reino.

El Ángel de Dios es Jesucristo, el Ángel del Pacto. Estar atentos a la Voz del Ángel, como en el tiempo de Moisés era estar escuchando lo que Dios le comunicaba a Moisés, y Moisés le comunicaba al pueblo; y luego eso mismo, a través del tiempo, los profetas lo hablaban al pueblo, Dios les hablaba y aumentaba la profecía, dándoles más con relación a los mismos temas que le había dado a Moisés.

Luego… eso fue bajo el Pacto, el Antiguo Pacto. Y luego bajo el Nuevo Pacto encontramos que bajo la predicación del Evangelio de Cristo se ha estado dando a conocer la voluntad de Dios, la voluntad de Cristo. Y a través de Cristo manifestado en medio de Su pueblo, que es el Ángel del Pacto, ha estado hablándole a Su Iglesia; y a través de Su Iglesia a toda la humanidad; para que todos busquen a Dios y todos escuchen la Voz del Ángel del Pacto, la Voz de Cristo, y obtengan la bendición del Cielo, la bendición de la vida eterna, que es la bendición más grande que una persona puede obtener.

Por eso el alma de cada persona clama por la vida eterna, porque sabe que existe la vida eterna y quiere vivir eternamente el alma de cada persona. Si muere el cuerpo físico, recibirá un nuevo cuerpo eterno, inmortal y glorificado.

Nadie quiere dejar de existir. Estamos conscientes que existimos, que somos personas creadas por Dios, a imagen y semejanza de Dios. Así como Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo, el ser humano es alma, espíritu y cuerpo: es la única creación a imagen y semejanza de Dios, por eso el ser humano es la corona de la Creación.

Y por eso cuando Dios se hizo carne para habitar en medio de la raza humana, Su forma física era humana, porque esa es la semejanza divina; y la imagen: pues el cuerpo espiritual o angelical; y así creo Dios también al ser humano, y le dio libre albedrío. Por eso nadie le puede echar la culpa a ninguna persona si no recibe la salvación y vida eterna; cada persona es responsable por sí misma: tiene libre albedrío para escoger entre la vida eterna o la muerte. El que no escoge la vida eterna automáticamente escogió la muerte, y su final será en el lago de fuego. Y esto es importante que lo sepa toda persona, porque es mejor enfrentarse a la Escritura, a lo que dice la Escritura mientras vivimos, que tenerse que enfrentar después y decir: “Yo no sabía que las cosas eran así.”

Es así porque así está prometido, profetizado, revelado en la Palabra de Dios. Y por consiguiente, usted y yo nos tenemos que enfrentar a la oferta, oportunidad que Dios nos da, para que escojamos la vida eterna recibiendo a Cristo como nuestro único y suficiente Salvador.

Recuerden: “Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo (en Jesucristo). El que tiene al Hijo (a Cristo, porque lo ha recibido como Salvador), tiene la vida (¿tiene qué? La vida eterna); el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida (puede decir: ‘Yo tengo vida,’ pero es una vida temporal, que se le va a terminar, y no sabe cuándo se le va a acabar).”

Por lo tanto, tenemos que aprovechar nuestra oportunidad de obtener la vida eterna por medio de Jesucristo nuestro Salvador. Yo ya lo he recibido como Salvador, y por consiguiente he recibido la vida eterna, ya en mi alma tengo vida eterna; me falta obtener la vida eterna física, que eso viene en la transformación de nuestros cuerpos. Es importante estar conscientes de estas cosas.

Por cuanto tenemos libre albedrío, Dios ha colocado, como en el Huerto del Edén colocó el Árbol de la Vida, que es Cristo, y colocó el árbol de la ciencia del bien y del mal; y le recomendó al ser humano que no tomara del árbol de la ciencia del bien y del mal. Por lo tanto, así como Adán tenía libre albedrío, también nosotros tenemos libre albedrío: es responsabilidad nuestra escoger entre la vida y la muerte. Yo escogí la vida, la vida eterna con Cristo en Su Reino eterno al recibirlo como mi Salvador. ¿Y quién más? Les felicito, nos veremos eternamente en el Reino de Jesucristo.

Si hay alguna persona que todavía no ha escogido la vida eterna con Cristo en Su Reino eterno, lo puede hacer en estos momentos y estaremos orando por usted; para lo cual, puede pasar al frente y oraremos por usted.

Pueden pasar al frente, y los que están en otras naciones también pueden venir a los Pies de Cristo para que oremos por usted, los que todavía no han recibido a Cristo como su único y suficiente Salvador.

Sólo a través de Jesucristo podemos obtener la vida eterna, no hay otro Salvador. Cuando la persona ha recibido la vida eterna a través de Cristo, la angustia existencial desaparece: sabe de dónde vino, sabe porqué está aquí en la Tierra, y sabe hacia dónde va cuando terminen sus días en la Tierra en estos cuerpos terrenales.

O sea, cuando muera su cuerpo físico, la persona sabe que va al Paraíso de Dios para estar donde están todos los creyentes en Cristo, donde están los apóstoles, y donde están todas estas personas que han recibido a Cristo como único y suficiente Salvador en diferentes tiempos en los cuales han vivido las personas.

Dios tiene mucho pueblo aquí en Cartagena y en todo el departamento, y en toda la República de Colombia; y los está llamando en este tiempo final para colocarlos en Su Reino con vida eterna. Es que vuestros nombres están escritos en el Cielo, en el Libro de la Vida.

En el Libro de Dios, el Libro de la Vida, está nuestro nombre, por eso es que Él dijo que Sus ovejas escucharían Su Voz, y que Él las llamaría por su nombre (San Juan, capítulo 10).

Por eso Él dijo también en San Juan, capítulo 8, verso 47 en adelante: “El que es de Dios, la voz de Dios oye.” Y la Voz de Dios es la Voz del Ángel del Pacto, es el Evangelio de Cristo.

Él dijo: “También tengo otras ovejas que no son de este redil (o sea, son los gentiles); aquellas también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor.”

Su Voz es el Evangelio; el rebaño es la Iglesia del Señor Jesucristo; ¿y las ovejas?, pues, somos nosotros; ¿y el pastor? El Señor Jesucristo.

Y las palabras del salmista, que dice: “Jehová es mi Pastor, nada me faltará,” en el Nuevo Testamento lo podemos llamar por Su Nombre: El Señor Jesucristo es mi Pastor. Él mismo lo dijo: “Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas.”

Hemos visto quién es Jesucristo: es el Ángel del Pacto, es la persona más importante, no solamente de la Tierra sino del Cielo también. Es donde estuvo, está y estará eternamente la plenitud de Dios, la plenitud de la Divinidad. Por eso podía decir: “El Padre y yo una cosa somos,” y podía decir también: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre,” porque el cuerpo físico de Jesús es el cuerpo físico de Dios, dónde moró, mora y morará eternamente Dios; y está glorificado y joven para toda la eternidad. Cuando nos encontremos con Él, lo vamos a ver así. Y es que también vamos a ser jóvenes en el cuerpo nuevo, representando de 18 a 21 años de edad.

Vamos a orar por las personas que han venido a los Pies de Cristo en esta ocasión, los que están presentes y los que están en otras naciones también. Con nuestras manos levantadas a Cristo al Cielo, nuestros ojos cerrados:

Padre celestial, en el Nombre del Señor Jesucristo vengo a Ti, trayendo a Ti todas estas personas que están recibiendo a Cristo como único y suficiente Salvador. Te ruego los recibas en Tu Reino, y les des vida eterna. En el Nombre del Señor Jesucristo te lo ruego, oh Padre. Amén.

Y ahora repitan conmigo esta oración que estaremos haciendo, los que han venido a los Pies de Cristo:

Señor Jesucristo, escuché la predicación de Tu Evangelio, y nació Tu fe en mi corazón.

Creo en Ti con toda mi alma. Creo en Tu Primera Venida, y creo en Tu Nombre como el único Nombre bajo el Cielo, dado a los hombres, en que podemos ser salvos. Creo en Tu muerte en la Cruz del Calvario como el Sacrificio de Expiación por nuestros pecados.

Reconozco que soy un pecador y necesito un Salvador. Doy testimonio público de mi fe en Ti, y te recibo como mi único y suficiente Salvador. Te ruego perdones mis pecados, y con Tu Sangre me limpies de todo pecado, y me bautices con Espíritu Santo y Fuego, luego que yo sea bautizado en agua en Tu Nombre.

Señor, haz una realidad en mi vida Tu salvación que ganaste para mí en la Cruz del Calvario. Te lo ruego en Tu Nombre Eterno y glorioso, Señor Jesucristo. Amén y amén.

Y con nuestras manos levantadas a Cristo, todos decimos: ¡LA SANGRE DEL SEÑOR JESUCRISTO ME LIMPIÓ DE TODO PECADO! ¡LA SANGRE DEL SEÑOR JESUCRISTO ME LIMPIÓ DE TODO PECADO! ¡LA SANGRE DEL SEÑOR JESUCRISTO ME LIMPIÓ DE TODO PECADO! AMÉN.

Ahora ustedes me dirán: “Escuché la predicación del Evangelio de Cristo, nació la fe de Cristo en mi alma, y lo he recibido como mi Salvador.” Él dijo: “Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.”

Usted me dirá: “Escuché la predicación del Evangelio de Cristo, creí en mi corazón, y lo he recibido como mi Salvador; y quiero ser bautizado en agua en el Nombre del Señor Jesucristo lo más pronto posible. ¿Cuando me pueden bautizar?” Es la pregunta desde lo profundo de vuestro corazón.

Por cuanto ustedes han creído, bien pueden ser bautizados; recordando que el bautismo en agua es tipológico. El agua no quita los pecados, es la Sangre de Cristo la que nos limpia de todo pecado; pero el bautismo en agua es un mandamiento del Señor Jesucristo. Aun el mismo Cristo fue bautizado por Juan el Bautista; Juan no lo quería bautizar, y Jesús le dice: “Nos conviene cumplir toda justicia,” y entonces lo bautizó.

Es que cuando la persona recibe a Cristo como Salvador, muere al mundo; y cuando es sumergido en las aguas bautismales, tipológicamente está siendo sepultado; y cuando es levantado de las aguas bautismales, está resucitando a una nueva vida: a la vida eterna con Cristo en Su Reino eterno. Esa es la tipología, el simbolismo del bautismo en agua.

Por eso en el bautismo en agua la persona se identifica con Cristo en Su muerte, sepultura y resurrección; por eso es tan importante el bautismo en agua en el Nombre del Señor, y por eso Cristo dio la orden de bautizar a cada persona que lo recibe como único y suficiente Salvador; así ha sido desde el tiempo de los apóstoles, y continúa siendo en la misma forma.

Por lo tanto, bien pueden ser bautizados, y que Cristo les bautice con Espíritu Santo y Fuego, y produzca en ustedes el nuevo nacimiento; y así entren al Reino de Dios con vida eterna.

Ha sido para mí un privilegio grande estar con ustedes en esta ocasión, dándoles testimonio de: “LA VOZ DEL ÁNGEL QUE NOS INTRODUCIRÁ A LA TIERRA PROMETIDA DE LA VIDA ETERNA.”

Dejo con ustedes al reverendo Ceballos, para que les indique cómo hacer para ser bautizados en agua en el Nombre del Señor Jesucristo; y que Cristo les bautice con Espíritu Santo y Fuego, y produzca en ustedes el nuevo nacimiento; y nos continuaremos viendo por toda la eternidad en el Reino glorioso de Jesucristo nuestro Salvador.

Continúen pasando una tarde feliz, llena de las bendiciones de Cristo.

“ATENTOS A LA VOZ DEL ÁNGEL QUE NOS INTRODUCIRÁ A LA TIERRA PROMETIDA.”

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