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Muy buenas noches, amables amigos y hermanos presentes, y los que están a través del satélite Amazonas o de internet en diferentes naciones. También, Senador Espíndola, reciba mis saludos de todo corazón; y éxito en sus gestiones políticas.

Es para mí un privilegio grande estar con ustedes en esta ocasión, para compartir con ustedes unos momentos de compañerismo alrededor de la Palabra de Dios y Su Programa correspondiente a este tiempo final.

Para lo cual leemos en San Juan, capítulo 3, versos 1 en adelante, donde nos dice:

“Había un hombre de los fariseos que se llamaba Nicodemo, un principal entre los judíos.

Este vino a Jesús de noche, y le dijo: Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él.

Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.

Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer?

Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.

Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es.”

Que Dios bendiga nuestras almas con Su Palabra y nos permita entenderla.

“EL QUE NO NAZCA DE NUEVO, NO PUEDE VER EL REINO DE DIOS.” Dijo Jesucristo.

Ver el Reino de Dios es entender el Reino de Dios. Y toda persona, como para ver este reino terrenal en el cual vivimos, tuvo que nacer; para ver el Reino de Dios, que está en el campo espiritual, tiene que nacer de nuevo, del Espíritu de Dios.

Aquí Jesús habla de un nuevo nacimiento. Es que el ser humano al pecar en el Huerto del Edén perdió la vida eterna. Al perder la vida eterna solamente le quedó vida temporal, y eso es lo que han heredado los descendientes de Adán y Eva: vida temporal; y por consiguiente, el ser humano no puede vivir eternamente en esta condición física en cuerpos mortales; se requiere un nuevo nacimiento: nacer del Cielo, nacer del Espíritu de Dios; de lo cual también nos dice San Juan, capítulo 1, versos 12 al 13:

“Mas a todos los que le recibieron (o sea, los que recibieron a Cristo), a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios;

los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.”

Estas son las personas que reciben a Cristo como único y suficiente Salvador, son bautizados en agua en Su Nombre, y Cristo los bautiza con Espíritu Santo y Fuego, y produce en ellos el nuevo nacimiento; nacen del Cielo, entran en el Programa de vida eterna, obtienen la redención, y por consiguiente, comienzan una vida espiritual en el Reino de Dios; han sido trasladados del reino de las tinieblas al Reino de Cristo, que es el Reino de Dios, y por consiguiente tienen un espíritu de parte de Dios en sus vidas: el Espíritu Santo, que ha producido en ellos el nuevo nacimiento.

Es que todo ser humano desea vivir eternamente y desea saber cómo obtener la vida eterna. Ya Cristo dijo que es necesario nacer de nuevo para entrar en el Reino de Dios, así como para entrar a este reino terrenal que pertenece al reino de las tinieblas y pertenece al príncipe de las tinieblas, tuvimos que nacer a través de nuestros padres terrenales; y ahora para entrar al Reino de Dios, tenemos que tener un nuevo nacimiento que nos coloca en el Reino de Dios; y entonces, si alguno está en Cristo, nueva criatura es: ha nacido de nuevo, es una nueva criatura.

Las personas se preguntan: “¿Qué debo hacer para entrar al Reino de Dios, para vivir eternamente?”, porque todos queremos vivir eternamente. Si esta vida terrenal es tan buena, ¡cómo será vivir eternamente con Cristo en Su Reino! Por lo tanto, todos desde lo profundo de nuestra alma queremos vivir eternamente; y Cristo vino para darnos la oportunidad de vivir eternamente.

“Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.” El Hijo del Hombre, Cristo, vino por mí, para salvarme a mí. ¿Y a quién más? A cada uno de ustedes también.

La Venida del Señor Jesucristo, dos mil años atrás, y Su muerte en la Cruz del Calvario, fue la manifestación más grande del amor de Dios hacia cada uno de nosotros:

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.” San Juan, capítulo 3, verso 16.

Por lo tanto, la expresión más grande del amor de Dios hacia el ser humano, fue la Venida de Cristo y Su muerte en la Cruz del Calvario. Esa es la muestra más grande del amor de Dios hacia la raza humana. De esto habló San Pablo en Romanos, capítulo 5, versos 6 al 10, cuando dijo:

“Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos.

Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno.

Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.”

¿Ve? La muestra del amor de Dios para con nosotros fue la muerte de Cristo en la Cruz del Calvario.

“Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira.

Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida.”

Por lo tanto, la muerte de Cristo es la expresión más grande del amor de Dios hacia nosotros.

“Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación.”

Hemos sido reconciliados con Dios por medio de Cristo. Por eso el mismo Cristo dijo en San Juan, capítulo 14, verso 6: “Yo soy el camino, la verdad y la vida; y nadie viene al Padre sino por mí.” No hay otra forma de llegar a Dios. Cristo es el intermediario e intercesor entre el ser humano y Dios, y Dios y el ser humano. Él es el eslabón entre la raza humana y Dios.

Todos necesitamos a Cristo, toda persona que desea entrar al Reino de Dios necesita a Cristo. Es por medio de Cristo que somos hechos nuevas criaturas, es por medio de Cristo que obtenemos el nuevo nacimiento; por eso se predica el Evangelio conforme a la ordenanza de Cristo que dijo:

“Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura.

El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.”

San Marcos, capítulo 16, versos 15 al 16.

Tan sencillo como eso es el Programa Divino para la salvación de cada uno de nosotros, para nacer de nuevo, nacer en el Reino de Dios. Por lo tanto, está al alcance de todo ser humano la oportunidad de nacer de nuevo, de nacer en el Reino de Dios.

Nacer en el Reino de Dios significa que nace a la vida eterna con Cristo en Su Reino eterno, y así tiene asegurada la vida eterna y su futuro eterno. Ninguna otra persona nos puede asegurar nuestro futuro eterno, solamente hay uno, y Su Nombre es Señor Jesucristo.

Dios nos ha dado vida eterna. ¿Y cómo Él nos ha dado la vida eterna? ¿Y dónde está la vida eterna que Él nos ha dado? Vamos a ver lo que nos dice la Escritura con relación a la vida eterna que Dios nos ha dado. Primera de Juan, capítulo 5, verso 10 en adelante, dice:

“El que cree en el Hijo de Dios, tiene el testimonio en sí mismo; el que no cree a Dios, le ha hecho mentiroso, porque no ha creído en el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo.

Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo.

El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida.

Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios.”

Y ahora, la vida eterna Dios la ha dado al ser humano, y esa Vida está en Cristo; por eso es necesario recibir a Cristo como único y suficiente Salvador. El mismo Cristo dijo en San Juan, capítulo 10, versos 27 en adelante:

“Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen,

y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano.

Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre.

Yo y el Padre uno somos.”

Ahora, podemos ver para qué y por qué Cristo ordenó predicar el Evangelio a toda criatura. La predicación del Evangelio de Cristo es la Voz de Cristo, el Buen Pastor, llamando a Sus ovejas, como Él lo prometió en San Juan, capítulo 10, en donde nos dice claramente lo que Él iba a llevar a cabo. El capítulo 10 de San Juan, verso 14 en adelante, dice:

“Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen,

así como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; y pongo mi vida por las ovejas.

También tengo otras ovejas que no son de este redil (esos son los gentiles); aquéllas también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor.”

Oirán la Voz de Cristo, que es la predicación del Evangelio de Cristo por el Espíritu Santo a través de los diferentes predicadores, mensajeros de Dios. Por eso ordenó predicar el Evangelio, en el cual se da a conocer la Primera Venida de Cristo y Su Obra de Redención llevada a cabo en la Cruz del Calvario.

Vean, aquí en San Lucas, capítulo 24, dice, verso 46 en adelante (luego de resucitado):

“Y les dijo: Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día;

y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén.

Y vosotros sois testigos de estas cosas.

He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto.”

Él ordenó predicar el arrepentimiento y el perdón de pecados en Su Nombre. No hay otra forma ni otra persona a través de la cual usted pueda recibir el perdón de pecados; es por medio de Cristo nuestro Salvador.

Y no hay otra forma que usted pueda sentir el arrepentimiento por sus pecados, a menos que sea a través de la predicación del Evangelio de Cristo, con la cual el Espíritu Santo trae la convicción de que la persona es pecadora y necesita un Redentor: a Jesucristo nuestro Salvador, para que pueda Cristo producir el nuevo nacimiento en la persona y colocarlo en el Reino de Dios.

¿De qué le vale al hombre si ganare todo el mundo y perdiere su alma? El alma de la persona es lo más importante que existe en la persona y en esta Tierra. Los animales son importantes, pero no tienen alma; lo único que tiene alma es el ser humano, porque fue creado por Dios a Su imagen y semejanza. El alma del ser humano, en Dios equivale a: Dios el Padre.

Por lo tanto, es importante que el ser humano sepa que pertenece a la parte más importante de la Creación, a la parte de la creación del ser humano. La raza humana es lo más importante de la Creación, es la corona de la Creación, pues fue creada a imagen y semejanza de Dios; por lo tanto, el ser humano es alma, espíritu y cuerpo, como Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Por lo tanto, es importante ver cómo es Dios, y que el ser humano es a la imagen y semejanza de Dios.

La imagen de Dios es el Ángel del Pacto, el cuerpo angelical de Dios, cuerpo teofánico de Dios; que es el cuerpo angelical de Cristo nuestro Salvador, el Ángel del Pacto que le dio a Moisés la Ley para el pueblo hebreo en el Monte Sinaí. Por eso fue que Cristo en San Juan, capítulo 8, versos 56 al 58, dijo a los judíos:

“Abraham vuestro padre se gozó de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó.

Entonces le dijeron los judíos: Aún no tienes cincuenta años, ¿y has visto a Abraham?

Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy.”

¿Cómo era Jesucristo antes de Abraham? Era el Ángel del Pacto, era el Ángel de Jehová, el Ángel que le apareció a Moisés en el Sinaí. Ese Ángel es el cuerpo angelical de Dios, es la imagen del Dios viviente; y San Pablo nos enseña que Cristo es la imagen del Dios viviente. Libro de los Hebreos o la Epístola a los Hebreos, capítulo 1, verso 1 en adelante, dice:

“Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas,

en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo;

el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia (la imagen misma de la sustancia de Dios, es Cristo; Él es la imagen del Dios viviente), y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas.”

Ahí podemos ver que Jesucristo es la imagen de Dios. Jesucristo en Su cuerpo angelical, Su cuerpo teofánico, es la imagen de Dios; la imagen de Dios es el Ángel del Pacto, el cuerpo angelical de Dios, el cual vio Moisés de espalda, el cual le apareció a los profetas en diferentes ocasiones.

Vean, San Pablo también en Colosenses, capítulo 1, verso 15, hablando de Cristo dice:

“El es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación.”

El Ángel del Pacto es el Espíritu Santo. Un espíritu es un cuerpo de otra dimensión. Dios ha hecho a Sus ángeles espíritu, y a Sus ministros llama de fuego, dice San Pablo en Hebreos, capítulo 1, verso 5 al 7. Por lo tanto, es importante saber estas cosas para así comprender este misterio de Dios el Padre, y de Cristo.

Ahora, hemos visto que la imagen del Dios viviente es Cristo en Su cuerpo angelical, llamado el Ángel del Pacto y llamado también el Espíritu Santo. Por eso es que cuando Cristo habló que enviará el Espíritu Santo, dijo que el Padre lo enviaría en Su Nombre. El Espíritu Santo viene en el Nombre de Jesucristo.

Por eso cuando le apareció a Saulo de Tarso en el camino a Damasco, en el capítulo 9 y capítulo 22 del libro de los Hechos, y capítulo 26, le dice: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Saulo pregunta: “¿Quién eres, Señor?” Y Él le dice: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues.” El Ángel del Pacto, el Espíritu Santo, Cristo en Espíritu Santo, en cuerpo angelical, apareciéndole a San Pablo; y le apareció en diferentes ocasiones luego de esa primera ocasión.

Y la semejanza de Dios… porque Dios dijo allá en Génesis, cuando fue a crear al ser humano: “Hagamos al hombre conforme a nuestra imagen y semejanza.” La imagen es el cuerpo espiritual o espíritu de la persona, como es el Espíritu Santo la imagen de Dios, el cual es un cuerpo angelical; y luego, la semejanza física de Dios es Cristo en Su cuerpo físico, cuerpo que ya está glorificado; y por eso el ser humano tiene una semejanza física parecida o igual a la de Jesús, y por eso es que tiene la promesa también, que cada creyente en Cristo nacido de nuevo va a ser glorificado, va a ser transformado, y va a tener un cuerpo glorificado como el cuerpo glorificado de Jesucristo nuestro Salvador.

Y entonces tendrá la semejanza física igual a la semejanza física de Dios: cuerpo glorificado; y tendrá la imagen igual a la imagen de Dios: espíritu, cuerpo angelical.

Todo esto es para todos los que reciben a Cristo como único y suficiente Salvador; son los que tienen el derecho a esta bendición tan grande que los coloca en la vida eterna.

No hay otra forma en que el ser humano pueda recibir la vida eterna, no hay otra forma en que el ser humano pueda entrar al Reino de Dios, no hay otra forma en que el ser humano pueda nacer de nuevo; y si no hay otra forma, aceptamos la de Dios, y recibimos a Cristo como nuestro único y suficiente Salvador.

Y a la Final Trompeta los muertos en Cristo resucitarán en cuerpos glorificados, y los que vivimos seremos transformados. Primera de Corintios, capítulo 15, versos 49 al 58; y Primera de Tesalonicenses, capítulo 4, versos 11 al 18; y Filipenses, capítulo 3, versos 20 al 21.

Para eso es la Segunda Venida de Cristo: para la resurrección de los muertos creyentes en Él, en cuerpos glorificados, y la transformación de los que estemos vivos en ese momento. Esas son las promesas de parte de Dios por medio de Cristo para mí. ¿Y para quién más? Para cada uno de ustedes también.

Si hay alguna persona que todavía no ha recibido a Cristo como Su Salvador, lo puede hacer en estos momentos, y estaremos orando por usted para que Cristo le reciba en Su Reino, sea bautizado en agua en Su Nombre, y Cristo lo bautice con Espíritu Santo y Fuego, y produzca en usted el nuevo nacimiento; y así nazca en el Reino de Dios, pueda ver el Reino de Dios, pueda nacer en él, y pueda vivir eternamente con Cristo en Su Reino.

Cristo tiene muchas almas, muchas ovejas, aquí en la ciudad de Cali, en todo el Valle y en toda la República de Colombia; y los está llamando en este tiempo final.

“El que es de Dios, la voz de Dios oye, la voz de Cristo oye.” Cristo dijo: “Mis ovejas oyen mi voz, y me siguen.” Por lo tanto, si oyes hoy Su Voz, no endurezcas tu corazón; Él te está llamando, porque tu nombre está escrito en el Cielo, en el Libro de la Vida; eres una oveja del Señor, por eso estás escuchando la predicación del Evangelio de Cristo, la predicación que es para salvación y vida eterna, de todas las ovejas que el Padre le dio a Cristo para que las busque y les dé vida eterna. Es un asunto de vida eterna, recibir a Cristo como Su único y suficiente Salvador.

La reconciliación del ser humano con Dios, hemos visto que es realizada por el Señor Jesucristo: Él es nuestro Intercesor, Él es el Sumo Sacerdote del Templo celestial según el Orden de Melquisedec. Él es nuestro pariente redentor, Él es el Sumo Sacerdote del Templo Celestial, que hace intercesión con Su Sangre, por cada uno que lo recibe como único y suficiente Salvador.

Vamos a dar unos minutos mientras llegan los que vienen de camino, pues Dios tiene mucho pueblo en esta ciudad, y los está llamando para colocarlos en Su Reino, con vida eterna; recuerden que es un asunto de vida eterna.

Lo más grande, lo más precioso, es la vida eterna; no hay otra cosa más grande que usted pueda recibir, que la vida eterna; y está disponible para cada persona a través de Cristo nuestro Salvador.

Todavía continúan viniendo más personas a los Pies de Cristo, por eso estamos esperando unos minutos mientras llegan las personas a los Pies de Cristo.

Mientras tanto leemos este pasaje de la biblia de San Juan, capítulo 5, verso 21: “Porque como el Padre levanta a los muertos, y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida.”

¿Y a quienes quiere Cristo darles vida? A todos los que lo reciben como Su único y suficiente Salvador.

Vamos a estar puestos en pie para orar por las personas que están viniendo a los Pies de Cristo nuestro Salvador; en las demás naciones, y demás ciudades también, y demás lugares, pueden venir a los pies de Cristo nuestro Salvador.

Los niños de diez años en adelante, también pueden venir a los Pies de Cristo nuestro Salvador.

Con nuestras manos levantadas a Cristo al Cielo:

Padre nuestro que estás en los Cielos, en el Nombre del Señor Jesucristo vengo a Ti con todas estas personas que están recibiendo a Cristo como único y suficiente Salvador. Te ruego los recibas en Tu Reino, y les des vida eterna. En el Nombre del Señor Jesucristo te lo ruego.

 Y ahora repitan conmigo esta oración, los que han venido a los Pies de Cristo:

Señor Jesucristo, escuché la predicación de Tu Evangelio y nació Tu fe en mi corazón.

Creo en Ti con toda mi alma. Creo en Tu Primera Venida. Creo en Tu Nombre como el único Nombre bajo el Cielo, dado a los hombres, en que podemos ser salvos. Creo en Tu muerte en la Cruz del Calvario como el Sacrificio de Expiación por nuestros pecados.

Reconozco que soy pecador y necesito un Salvador. Doy testimonio público de mi fe en Ti y de Tu fe en mí, y te recibo como único y suficiente Salvador.

Te ruego perdones mis pecados y con Tu Sangre me limpies de todo pecado; y me bautices con Espíritu Santo y Fuego, luego que yo sea bautizado en agua en Tu Nombre; y produzcas en mí, el nuevo nacimiento. Quiero nacer en Tu Reino.

Señor, haz una realidad en mi vida, la salvación, que ganaste para mí en la Cruz del Calvario. Sálvame, Señor. Te lo ruego en Tu Nombre Eterno y glorioso, Señor Jesucristo. Amén y Amén.

Con nuestras manos levantadas a Cristo al Cielo, todos decimos: ¡LA SANGRE DEL SEÑOR JESUCRISTO ME LIMPIO DE TODO PECADO! ¡LA SANGRE DEL SEÑOR JESUCRISTO ME LIMPIO DE TODO PECADO! ¡LA SANGRE DEL SEÑOR JESUCRISTO ME LIMPIO DE TODO PECADO! AMÉN.

Cristo les ha recibido en Su Reino, ha perdonado vuestros pecados, y con Su Sangre les ha limpiado de todo pecado, porque ustedes le han recibido como vuestro único y suficiente Salvador.

Ustedes me dirán: “Él dijo: ‘Id por todo el mundo, y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.’ Yo he creído (me dirá usted), por lo tanto, yo quiero ser bautizado en el Nombre del Señor Jesucristo. ¿Cuándo me pueden bautizar?” Es la pregunta desde lo profundo de vuestro corazón.

Por cuanto ustedes han creído de todo corazón, bien pueden ser bautizados. El bautismo en agua no quita los pecados, es la Sangre de Cristo la que nos limpia de todo pecado; pero el bautismo en agua es un mandamiento del Señor Jesucristo.

El mismo Cristo fue bautizado por Juan el Bautista; y si Cristo fue bautizado, ¡cuánto más nosotros tenemos necesidad de ser bautizados! Porque en el bautismo en agua nos identificamos con Cristo en su muerte, sepultura y resurrección.

Cuando la persona recibe a Cristo como Salvador, muere al mundo; y cuando el ministro lo sumerge de las aguas bautismales, tipológicamente, simbólicamente está siendo sepultado; y cuando lo levanta de las aguas bautismales, está resucitando a una nueva vida: a la vida eterna con Cristo en Su Reino eterno.

Ahí tenemos el simbolismo, el significado, del bautismo en agua en el Nombre del Señor Jesucristo; y Cristo les bautizará con Espíritu Santo y Fuego, y producirá en ustedes el nuevo nacimiento.

La Escritura da testimonio de esto, en el libro de los Hechos, capítulo 2, el apóstol Pedro predicando, lleno del Espíritu Santo, el Día de Pentecostés; él nos dice, en el capítulo 2 del libro de los Hechos, dice, versos 37 en adelante:

“Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos?

Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.

Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare.”

Para todos los que el Señor llame, es la bendición del Espíritu Santo, y la oportunidad de ser bautizados en agua en el Nombre del Señor Jesucristo.

Por lo tanto, bien pueden ser bautizados; y que Cristo les bautice con Espíritu Santo y Fuego, y produzca en ustedes el nuevo nacimiento. Y nos continuaremos viendo por toda la eternidad, en el glorioso Reino de Jesucristo nuestro Salvador.

Continúen pasando una noche feliz, llena de las bendiciones de Cristo.

Dejo al ministro, reverendo Mauricio Vivas, para que les indique, cómo hacer para ser bautizados en agua, en el Nombre del Señor Jesucristo.

Que Dios les bendiga y les guarde a todos.

“EL QUE NO NAZCA DE NUEVO, NO PUEDE VER EL REINO DE DIOS.”

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