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Muy buenos días, amables amigos y hermanos presentes, y los que están en diferentes naciones. Que las bendiciones de Cristo, el Ángel del Pacto, sean sobre todos ustedes y sobre mí también. En el Nombre del Señor Jesucristo. Amén.

Es una bendición grande estar con ustedes en esta ocasión para compartir con ustedes unos momentos de compañerismo alrededor de la Palabra de Dios y Su Programa correspondiente a este tiempo final; para lo cual, leemos la Escritura en Colosenses, capítulo 2, versos 2 al 3, y capítulo 13 de Hebreos, verso 8, y Apocalipsis, capítulo 1. Son tres Escrituras que vamos a tener para esta ocasión.

Colosenses, capítulo 2, versos 1 al 3, dice:

“Porque quiero que sepáis cuán gran lucha sostengo por vosotros, y por los que están en Laodicea, y por todos los que nunca han visto mi rostro;

para que sean consolados sus corazones, unidos en amor, hasta alcanzar todas las riquezas de pleno entendimiento, a fin de conocer el misterio de Dios el Padre, y de Cristo,

en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento.”

Y Apocalipsis, capítulo 1, verso 8, que nos dice, Cristo hablando aquí nos dice:

“Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin, dice el Señor, el que es y que era y que ha de venir.”

Y ahora, Hebreos, capítulo 13, verso 8:

“Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos (o sea, siempre).”

“JESUCRISTO ES EL MISMO AYER, HOY Y POR LOS SIGLOS.” Es nuestro tema para esta ocasión.

El Señor Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos; o sea, el mismo siempre, porque Él es eterno. Ese es el misterio de Dios y el Padre, y de Cristo, de Colosenses, capítulo 2, versos 2 al 3.

¿Cómo es posible que Jesucristo sea el mismo ayer, hoy y siempre?

Para tener más información sobre este tema, leemos del capítulo 8 de San Juan, versos 56 al 58, donde dice, dice Cristo a los judíos:

“Abraham vuestro padre se gozó de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó.

Entonces le dijeron los judíos: Aún no tienes cincuenta años, ¿y has visto a Abraham?

Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy.”

Ahora, Cristo aquí nos dice que Él es antes que Abraham; y por consiguiente, si es antes que Abraham, es eterno.

En el capítulo 17 de San Juan, nos dice: Capítulo 17, verso 1 en adelante, Cristo orando al Padre, dice:

“Estas cosas habló Jesús, y levantando los ojos al cielo, dijo: Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti;

como le has dado potestad sobre toda carne, para que dé vida eterna a todos los que le diste.

Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.

Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese.

Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.”

“Con aquella gloria que tuve Contigo antes que el mundo fuese.”

Ahora, Cristo aquí nos muestra que antes que existiera el mundo, la Creación, Cristo estaba con el Padre, a Su lado; por lo tanto, Jesucristo es eterno. El misterio de Dios el Padre, y de Cristo, es sencillo; dice el mismo Cristo que el Padre estaba en Él y Él estaba en el Padre.

Nos enseña el Génesis que Dios creó al hombre a Su imagen y semejanza. La Escritura nos enseña que la imagen de Dios es Cristo; Hebreos, capítulo 1, verso 1 al 3, donde nos dice:

“Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas,

en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo (ahora vean, nos muestra que por medio de Cristo Dios hizo el universo, nos enseña San Pablo),

el cual (o sea, Cristo), siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia (¿quién es la imagen de la sustancia Divina? Jesucristo), y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas…”

Ahora, aquí San Pablo nos enseña que Cristo es la imagen del Dios viviente; y esto lo enseñó también en Colosenses, capítulo 1, versos 12 en adelante, donde dice:

“…Con gozo dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz;

el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo,

en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados.

Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación.”

Aquí nuevamente San Pablo muestra que Jesucristo es la imagen del Dios invisible, o sea, que el Dios invisible tiene una imagen la cual sería vista. La imagen del Dios invisible es el Ángel del Pacto, llamado también el Espíritu Santo; porque un espíritu es un cuerpo de otra dimensión. Esa es la imagen del Dios invisible: el Espíritu Santo, el Ángel del Pacto, el cuerpo angelical de Dios, que es Cristo en Su cuerpo angelical.

En ese cuerpo angelical es del cual Cristo dice: “Antes que Abraham fuese, yo soy.” En ese cuerpo angelical Jesucristo era antes que Abraham; y también, siendo que ese cuerpo angelical es la imagen del Dios invisible: era antes de toda la Creación, era antes del mundo. Por eso nos sigue diciendo el apóstol Pablo, en el capítulo 1 de Colosenses, donde estamos leyendo, continuamos en el verso 16:

“Porque en él (o sea, en Cristo, en esa imagen de Dios) fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él.”

Y ahora, por medio de Él, Jesucristo en Su cuerpo angelical, llamado el Espíritu Santo y también llamado “el Verbo que era con Dios, y el Verbo era Dios”… “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (entre los seres humanos)” San Juan, capítulo 1, verso 14; y San Juan, capítulo 1, versos del 1 al 18.

En el verso 18 de ese mismo capítulo 1 de San Juan, dice: “A Dios nadie le vio jamás.” Por lo tanto, todos los que dijeron que habían visto a Dios, aparentemente quedan como que nunca vieron a Dios; pero la Escritura no se contradice. Todos los que dijeron que vieron a Dios estaban correctos.

Aun dice la Escritura que Adán veía a Dios y hablaba Dios con Adán y Adán hablaba con Dios. Dios visitaba a Adán viniendo en Su cuerpo angelical, que es el cuerpo angelical teofánico de Cristo; porque ese cuerpo angelical, llamado también el Espíritu Santo, es la imagen de Dios, es Cristo el Ángel del Pacto.

Por eso cuando aparecía el Ángel del Pacto, el Ángel de Dios, a los diferentes profetas como Moisés, como Manoa, como también le apareció a Jacob y a otros hombres de Dios… a Abraham también, y le dijo: “Yo soy el Dios Todopoderoso.”

También, encontramos que Jacob quiso conocer el Nombre del Ángel que le apareció y lo bendijo, pero el Ángel no se lo dio a conocer; pero Jacob luego, en ese mismo capítulo 32 del Génesis, versos 24 al 32, le puso por nombre (a ese lugar donde tuvo esa experiencia): Peniel.

¿Y por qué le puso ese nombre? Le puso ese nombre… Vamos a leer este pasaje: Capítulo 32, versos 26 en adelante, del Génesis, dice; le dice el Ángel con el cual estaba luchando Jacob; aun desde el verso 24, dice:

“Así se quedó Jacob solo; y luchó con él un varón hasta que rayaba el alba (eso es tipo y figura de lo que va a suceder en este tiempo final).”

“Así se quedó Jacob solo.” Había enviado a su familia delante de él, los cuales se iban a encontrar obligatoriamente en el camino con Esaú, hermano de Jacob.

“Y cuando el varón vio que no podía con él (o sea, con Jacob), tocó en el sitio del encaje de su muslo, y se descoyuntó el muslo de Jacob mientras con él luchaba.

Y dijo: Déjame, porque raya el alba. Y Jacob le respondió: No te dejaré, si no me bendices.”

También el cristianismo, la Iglesia del Señor Jesucristo, ha estado agarrada de Cristo por la bendición que quiere de parte de Cristo, el Ángel del Pacto, que es la bendición de la vida eterna; y ha conocido el Nombre de Cristo, el Ángel del Pacto, el Nombre para redención, para salvación: El Señor Jesucristo; y ha deseado conocer el Nombre Nuevo del Señor Jesucristo, del cual Él habla en Apocalipsis, capítulo 3, verso 12; y capítulo 2, verso 17 del Apocalipsis.

Todos los que han leído esa Escritura, saben —porque lo creen— saben que Él tiene un Nombre Nuevo; y como Jacob deseó conocer el Nombre del Ángel que le apareció, así también lo ha deseado conocer cada creyente en Cristo.

Capítulo 3, verso 12, dice, de Apocalipsis:

“Al que venciere, yo lo haré columna en el templo de mi Dios, y nunca más saldrá de allí; y escribiré sobre él el nombre de mi Dios, y el nombre de la ciudad de mi Dios, la nueva Jerusalén, la cual desciende del cielo, de mi Dios, y mi nombre nuevo.”

Es Cristo el que dice que Él tiene un Nombre Nuevo. Ese misterio será revelado en el Día Postrero a la Iglesia del Señor Jesucristo.

Y ahora, continuamos con Génesis. Les leí capítulo 3 del Apocalipsis, verso 12, y ahora continuamos leyendo en Génesis, verso 27:

“Y el varón le dijo: ¿Cuál es tu nombre? Y él respondió: Jacob.

Y el varón le dijo: No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel; porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido.

Entonces Jacob le preguntó, y dijo: Declárame ahora tu nombre. Y el varón respondió: ¿Por qué me preguntas por mi nombre? Y lo bendijo allí.

Y llamó Jacob el nombre de aquel lugar, Peniel; porque dijo: Vi a Dios cara a cara, y fue librada mi alma.”

Dijo que vio a Dios cara a cara, y había visto al Ángel de Dios. Es que en el Ángel, en aquel cuerpo angelical, estaba Dios; porque ese es el cuerpo angelical de Dios llamado el Ángel del Pacto, es el cuerpo teofánico de Dios, es Jesucristo en Su cuerpo angelical; por eso es que Jesucristo podía decir: “Antes que Abraham fuese, yo soy.” Y San Pablo dice que Él es antes que el mundo fuese.

“Y llamó Jacob el nombre de aquel lugar, Peniel; porque dijo: Vi a Dios cara a cara, y fue librada mi alma.”

Y Peniel lo que significa es: “el rostro de Dios.” Vio a Dios cara a cara.

Y ahora, San Juan, capítulo 1, verso 18, dice: “A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo que está en el seno del Padre, él le declaró.” Lo que Jacob vio fue a Jesucristo en Su cuerpo angelical, en el cual estaba Dios.

Aun cuando Cristo estaba en Su cuerpo de carne, que nació a través de la virgen María, dijo a Sus discípulos en el capítulo 14 y también en el capítulo 10 de San Juan, verso 30: “El Padre y yo una cosa somos.” San Juan, capítulo 10, verso 30.

Y San Juan, capítulo 14, Cristo dice:

“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí (San Juan, capítulo 14, verso 6 en adelante).

Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais; y desde ahora le conocéis, y le habéis visto.”

Está diciendo que están viendo al Padre: “...y desde ahora le conocéis, y le habéis visto.” Está diciendo a ellos: que conocen al Padre y que están viendo al Padre.

“Felipe le dijo: Señor, muéstranos el Padre, y nos basta.

Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre?

¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras.

Creedme que yo soy en el Padre, y el Padre en mí; de otra manera, creedme por las mismas obras.”

O sea, creer a Jesucristo y creer que el Padre estaba en Él, creer por las mismas obras; porque las obras que Jesucristo hacía no eran obras de un hombre sino eran las Obras de Dios, era Dios haciendo esas obras por medio de Cristo nuestro Salvador; y por lo tanto, Dios estaba en Cristo haciendo esas obras, morando en Jesucristo, el cual es la imagen en Su cuerpo angelical, y Su semejanza física en Su cuerpo de carne.

Por lo tanto, Jesucristo es la persona más importante que ha pisado este planeta Tierra. Es nada menos que el Verbo hecho carne, es nada menos que Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros.

El cuerpo angelical de Cristo es la imagen de Dios, el cuerpo angelical de Dios; y el cuerpo físico de Jesucristo es la semejanza física de Dios; por eso el que ha visto a Cristo ha visto a Dios, por eso los profetas del Antiguo Testamento cuando se encontraban con el Ángel del Pacto decían que habían visto a Dios; y en el Nuevo Testamento, los que vieron a Jesús estaban viendo a Dios vestido de un velo de carne llamado Jesús. Ese es el misterio de Dios el Padre, y de Cristo, del cual habla San Pablo en Colosenses, capítulo 2, versos 2 al 3.

Por eso el que le apareció a Abraham en el Génesis, capítulo 17, verso 1, miren cómo le dice Dios a Abraham: Capítulo 17, verso 1 del Génesis:

“Era Abram de edad de noventa y nueve años, cuando le apareció Jehová y le dijo: Yo soy el Dios Todopoderoso; anda delante de mí y sé perfecto.”

Dios le aparece en Su Ángel, el Ángel del Pacto, y le dice a Abraham: “Yo soy el Dios Todopoderoso.” Y leímos en Apocalipsis, capítulo 1, verso 8, donde Jesucristo dice:

“Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin, dice el Señor, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso.”

Y ahora Jesucristo está diciendo que Él es el Todopoderoso. Es que Jesucristo es, en Su cuerpo de carne, la semejanza física de Dios, el cuerpo físico de Dios; y en Su cuerpo angelical Él es la imagen de Dios, el cuerpo angelical de Dios, la imagen angelical de Dios.

Por esa causa, cuando aparecía el Ángel del Pacto a los profetas, se decía que vieron a Dios cara a cara; por ejemplo, cuando Moisés se encontró con Dios en el capítulo 3 del Éxodo, dice la Escritura que le apareció el Ángel del Pacto, el Ángel de Dios, en una zarza que ardía y no se consumía; y Moisés se acercó para ver esa visión y el porqué ese árbol no se consumía, no se quemaba; y cuando se acercó, desde esa Luz, desde esa llama de fuego, escucha las palabras que le dicen a Moisés: Capítulo 3 del Éxodo:

“Apacentando Moisés las ovejas de Jetro su suegro, sacerdote de Madián, llevó las ovejas a través del desierto, y llegó hasta Horeb, monte de Dios.

Y se le apareció el Ángel de Jehová en una llama de fuego en medio de una zarza; y él miró, y vio que la zarza ardía en fuego, y la zarza no se consumía.

Entonces Moisés dijo: Iré yo ahora y veré esta grande visión, por qué causa la zarza no se quema.

Viendo Jehová que él iba a ver, lo llamó Dios de en medio de la zarza, y dijo: ¡Moisés, Moisés! Y él respondió: Heme aquí.

Y dijo: No te acerques; quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es.

Y dijo: Yo soy el Dios de tu padre (el Dios del padre de Moisés; el padre de Moisés era Amram), Dios de Abraham, Dios de Isaac, y Dios de Jacob. Entonces Moisés cubrió su rostro, porque tuvo miedo de mirar a Dios.”

Y ahora, Moisés tuvo miedo de mirar a Dios, consciente de que había tenido o estaba teniendo un encuentro con el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, y Dios de su padre Amram.

Encontramos que en una ocasión que Moisés quiso ver la gloria de Dios, Dios le dijo: “No me podrá ver hombre y vivir.” Y le dijo: “Te colocaré en la hendidura de la peña y pasaré delante de ti, y cuando haya pasado entonces verás mis espaldas.” O sea, estaría viendo el cuerpo angelical de Dios, de espalda; en Palabras más claras: estaría viendo el cuerpo angelical de Jesucristo.

Dios es un misterio y por consiguiente también Jesucristo es un misterio, el Ángel del Pacto; y Jesucristo en Su cuerpo de carne es un misterio también. Es el misterio de Dios el Padre, y de Cristo, el cual se hizo carne en forma de hombre, forma humana, para visitar la raza humana, visitar Su pueblo Israel y llevar a cabo la Obra de Redención en la Cruz del Calvario.

Por esa causa es que aunque Israel rechazó a Cristo, Cristo dijo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” Todo eso tenía que suceder, por esa causa es que Cristo pide perdón para Su pueblo Israel.

Ahora, hemos visto que Jesucristo es el mismo ayer. Él es el Ángel del Pacto, el Ángel de Dios, en el cual estaba Dios morando; y cuando aparecía, estaba apareciendo Dios vestido de ese cuerpo angelical, de ese cuerpo teofánico.

En el libro de los Jueces, capítulo 13, nos dice que la esposa de Manoa se encontró con el Ángel de Dios y le dijo que ella iba a tener un niño, y ella fue y se lo dijo a su esposo Manoa; ella era estéril. Y Manoa oró a Dios y le pidió a Dios que enviara nuevamente ese Ángel que le había aparecido a su esposa; y nuevamente Dios envía al Ángel, le aparece a la esposa de Manoa, y va y se lo dice a su esposo; y viene Manoa y su esposa delante del Ángel, y Manoa le pregunta: “¿Eres tú el varón, el Ángel, el varón que le apareciste a mi esposa el otro día?” Y Él le dice: “Sí, yo soy.”

Y Manoa le pregunta qué y cómo debe ser criado el niño; el niño del cual le habló a su esposa, la señora Manoa. Y el Ángel le dice: “Como le fue dicho a ella, como le dije a ella, así debe ser criado,” y le explica lo que le había dicho a ella.

Y entonces Manoa le ofrece una comida, un cabrito, y el Ángel le dice: “Yo no comeré de tu pan, pero si tú quieres sacrificar, sacrifícalo a Dios.” Y así hizo Manoa, hizo la ofrenda para Dios con el cabrito y lo colocó sobre la roca; y el Ángel subió por el fuego de ese sacrificio, de esa ofrenda que Manoa estaba ofreciendo a Dios.

Y cuando subió por el fuego de ese sacrificio, entonces Manoa se asustó más, y entonces entendió que ese era el Ángel de Dios, el Ángel del Pacto; en palabras más claras, entendió que ese era el cuerpo teofánico angelical de Dios, Dios lo estaba visitando vestido de un cuerpo angelical llamado el Ángel del Pacto; y tuvo tanto miedo, se asustó tanto, que le dice a su esposa: “Hemos de morir porque hemos visto a Dios cara a cara.”

Como Dios le había dicho a Moisés: “No me verá hombre y vivirá,” ahora Manoa está asustado. Y es lo que le pasa a muchas personas que quieren ver ángeles, ver a Dios y así por el estilo; pero cuando llegan a tener esa experiencia se asustan mucho. Manoa fue una de esas personas, y también el padre de Juan el Bautista, y también la virgen María.

Ahora, no podemos decir nada en contra de esas personas porque lo mismo nos pasaría a nosotros al tener una experiencia como esa.

Pero, ahora, cuando se hizo carne el Verbo, el Ángel del Pacto, en la persona de Jesús, que es el velo de carne, el cuerpo de carne donde el Ángel del Pacto estaba morando, y por consiguiente donde estaba Dios morando; porque Dios morando en el Ángel del Pacto, el cuerpo angelical, entró a morar en el cuerpo de carne; y por eso Cristo decía: “El Padre que mora en mí, Él hace las obras.” Era Emanuel: Dios con nosotros, haciendo todas esas maravillas que la Escritura nos cuenta de Cristo.

Él también decía que no hablaba nada sino lo que escuchaba hablar al Padre, y no hacía nada sino lo que veía al Padre hacer. En palabras más claras, Él escuchaba la Voz del Padre hablándole, y eso era lo que Él le hablaba al pueblo, y también veía a Dios en visión haciendo milagros, los milagros, y eso mismo era lo que Él buscaba; si veía a Dios en visión haciendo un milagro de un ciego, Él miraba bien en la visión y buscaba ese ciego acá en medio del público; y entonces lo mismo que Dios hacía y le mostraba en visión, era lo que Jesús venía y hacía con la persona; y era Dios a través de Jesús haciendo esos milagros.

Así era con los profetas del Antiguo Testamento, así era también con los apóstoles, así era también con el reverendo William Branham; y así va a ser cuando tengamos el cumplimiento de la Visión de la Carpa y esté la Tercera Etapa operando, esté en acción.

Será Jesucristo hablando por medio de Su Espíritu, será Jesucristo manifestándose, será Jesucristo haciendo todas las cosas que Él ha prometido hacer para este tiempo final en el cumplimiento de la Visión de la Carpa, que le fue mostrada al reverendo William Branham.

¿Por qué será así? Porque Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre.

Jesucristo es el Ángel del Pacto, Él es el Señor, Él es el Espíritu Santo en Su cuerpo angelical, y Él es la semejanza física de Dios en Su cuerpo de carne; cuerpo que ya está glorificado, que no puede volver a morir.

Y esa es la clase de cuerpo que toda persona desea tener, y esa es la clase de cuerpo que Él le va a dar a todos los creyentes en Él, de todas las edades pasadas que han partido, y a mí, ¿y a quién más? A cada uno de ustedes, a los que estamos vivos y permanezcamos vivos hasta la Venida del Señor con los santos que murieron físicamente, con los cuales Él vendrá para resucitarlos en cuerpo físicos, glorificados, eternos, inmortales y jóvenes para toda la eternidad.

Por eso yo estoy 73 años más cerca de esa promesa, 73 años más cerca del nuevo cuerpo eterno, inmortal, incorruptible y glorificado que Él me va a dar conforme a como Él lo ha prometido. ¿Y quién más? Cada uno de ustedes está, la cantidad de años que usted tiene, más cerca de ese nuevo cuerpo. Es para mí y es para usted esa promesa, como creyentes en Cristo.

Por eso los creyentes en Cristo de todas las Edades, durante estos dos mil años han estado esperando la Venida del Señor con los santos que han partido, para resucitarlos y transformar a todos los creyentes en Cristo nacidos de nuevo, que estén vivos en la Tierra. Él lo ha prometido y Él lo hará, porque Él es el Señor Todopoderoso y no hay ninguna cosa imposible para Él.

Filipenses, capítulo 3, dice que Su Venida será para transformarnos. Capítulo 3, versos 20 al 21, dice:

“Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo;

el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra…”

¿Ve? Él vendrá para transformar nuestros cuerpos físicos, transformarlos a cuerpos inmortales, cuerpos eternos, glorificados, como el cuerpo que Él tiene.

“…el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra…”

Porque siendo reyes y sacerdotes y jueces, del Reino de Cristo, hemos venido a la Tierra en estos cuerpos mortales en los cuales estamos viviendo en una etapa de humillación, en donde siendo ricos en el Reino de Dios estamos pasando por una edad en donde la mayor parte de los creyentes en Cristo no tienen las riquezas terrenales que deben tener; pero las tendrán cuando tengan el cuerpo glorificado y eterno, y las tendrán en el Reino de Cristo nuestro Salvador; y ahí es donde Él dijo: “Haced tesoros (¿dónde?) en los cielos,” en ese Reino de los Cielos, que va a ser restaurado y establecido en la Tierra, llamado también el Reino de David, que será restaurado conforme a las promesas divinas.

“…el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya...”

O sea, para que sea semejante al cuerpo glorificado que Cristo tiene, el cual está tan joven como cuando subió al Cielo, el cual es inmortal y el cual está sentado a la diestra de Dios como Sumo Sacerdote haciendo Intercesión por cada uno de los que están escritos en el Cielo, en el Libro de la Vida del Cordero.

Esa clase de cuerpo que Él tiene, es el que yo voy a tener; y es un cuerpo joven para toda la eternidad. ¿Y quién más? Cada uno de ustedes también. No seré yo solamente sino ustedes también.

Por eso es que estamos esperando la Venida del Señor con todos los santos que murieron físicamente, los cuales Él resucitará en cuerpos glorificados y eternos y jóvenes; y cuando los veamos seremos transformados.

Por lo tanto, nos mantenemos con la fe viva en las promesas de Cristo, sabiendo que el que prometió es poderoso y fiel para cumplir Su promesa; porque Él es el mismo ayer, hoy y por los siglos.

Él es el Dios Todopoderoso, manifestado en Su cuerpo angelical y Su cuerpo de carne que está glorificado; o sea, manifestado en el cuerpo de Cristo teofánico, angelical, y en Su cuerpo físico que ya está glorificado.

Tenemos, por consiguiente, una visión o una vista clara de Dios en Cristo en toda Su plenitud, para reconciliar al mundo Consigo mismo. Para llevar a cabo esa Obra de Redención, para reconciliar al ser humano con Dios, fue que Dios vino manifestado en toda Su plenitud en Jesucristo nuestro Salvador; y por eso fue que Jesucristo tenía que morir: para llevar a cabo esa Obra de Redención, para la reconciliación del ser humano con Dios.

San Pablo dice: “Si a Cristo conocimos según la carne, ya no.” ¿Por qué? Porque ya Él no tiene el cuerpo mortal en el cual podía morir para llevar a cabo la Obra de Redención; ya Su cuerpo glorificado, ahora conocemos a Cristo glorificado, Cristo en cuerpo glorificado, en el cual está la plenitud de Dios.

Todos los creyentes en Cristo que están escritos en el Cielo, en el Libro de la Vida del Cordero, serían los que formarían la Iglesia del Señor Jesucristo, son las ovejas que el Padre le dio para que las buscara y les diera vida eterna; son las personas que lo recibirían como Salvador, y son las personas que lo verían como el mismo ayer, hoy y por los siglos.

El Señor Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos; por eso, lo que Dios hacía estando en Su cuerpo angelical en el Antiguo Testamento, luego estando en Su cuerpo de carne también hacía esas obras; y luego, las cosas que Jesucristo hacía, Él dijo: “Las obras que yo hago, también él las hará: el creyente, los creyentes.”

Por eso es que la Iglesia del Señor Jesucristo la encontramos desde el Día de Pentecostés haciendo las mismas obras que Cristo hacía. Y eso es Jesucristo el mismo ayer, hoy y por los siglos, obrando en y a través de Su Iglesia, y levantando instrumentos en y a través de los cuales Él estaría manifestándose y haciendo las mismas obras que Cristo hacía cuando estaba en Su cuerpo de carne.

Ahora el cuerpo de carne de Jesucristo fue glorificado, y ahora el cuerpo de carne que Él tiene para obrar es Su Iglesia. Su Iglesia es Su Cuerpo Místico de creyentes, y por eso las obras que han sido vistas manifestadas en la Iglesia del Señor Jesucristo durante estos dos mil años, del Día de Pentecostés hacia acá, son las obras de Cristo, el cual es el mismo ayer, hoy y por los siglos; y todavía tiene más cosas, más obras para llevar a cabo.

No perdamos de vista lo que Él ha prometido, porque Él lo cumplirá. Y vamos a ver a Cristo haciendo esas obras que Él ha prometido, realizándolas, cumpliéndolas en este tiempo final, como ha cumplido las obras que Él prometió para cada etapa de Su Iglesia.

Dios estaba en Cristo en toda Su plenitud, y ahora Cristo ha estado en Su Iglesia obrando de etapa en etapa. Él dijo: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.” San Mateo, capítulo 28, verso 20.

Y en San Mateo, capítulo 18, verso 20, dice: “Donde estén dos o tres reunidos en mi Nombre, allí yo estaré.” ¿Y cómo estaría? En Espíritu Santo.

Por lo tanto, le damos gracias a Dios por todo lo que Él nos ha mostrado a través de la Biblia, de la Escritura, a través de las palabras de Jesús y de Sus apóstoles, del apóstol San Pablo que nos dice: “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos.”

Y que las bendiciones de Cristo, el Ángel del Pacto, sean sobre cada uno de ustedes y sobre mí; y que el Señor siga añadiendo a Su Iglesia los que faltan para que se complete pronto el grupo de creyentes en Cristo, el Redil de las ovejas de Cristo, pronto se complete la Iglesia del Señor Jesucristo.

Si hay alguna persona que todavía no ha recibido a Cristo como su Salvador, y nació la fe de Cristo mientras escuchaba la predicación del Evangelio de Cristo, puede recibirlo como su Salvador personal en estos momentos, y estaremos orando por usted; para lo cual, puede pasar acá al frente y estaremos orando por usted.

Y los que están en otras naciones y todavía no han recibido a Cristo, lo pueden hacer en estos momentos: pueden pasar al frente en donde se encuentran en otras naciones, en iglesias o en auditorios, o en el lugar donde se encuentren, para que queden incluidos en la oración que estaremos haciendo dentro de algunos minutos.

Y los niños de diez años en adelante, también pueden venir a los Pies de Cristo nuestro Salvador; recuerden que Cristo dijo: “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de los cielos.” [San Mateo 19:14]

Lo más importante para el ser humano es la vida eterna. Si esta vida terrenal es tan importante, ¡cuánto más la vida eterna! Le damos gracias a Dios por esta vida terrenal, aunque es temporal, porque nos da la oportunidad de recibir a Cristo como Salvador y obtener la vida eterna.

Cristo dijo: “Mis ovejas oyen mi voz y me siguen, y yo las conozco, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre.” San Juan, capítulo 10, versos 27 al 30.

El ser humano puede obtener la vida eterna por medio de Jesucristo nuestro Salvador; mientras está vivo el individuo, la persona, puede obtener la vida eterna por medio de Cristo nuestro Salvador. Si deja pasar esa oportunidad, luego no la encontrará jamás.

El escuchar la predicación del Evangelio de Cristo y nacer la fe de Cristo en el alma de la persona y recibirlo como Salvador, es un asunto de vida eterna, es la oportunidad que Dios le da a la persona para obtener la vida eterna y vivir eternamente con Cristo en Su Reino.

“Cristo es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación,” dice San Pablo en Efesios, capítulo 2, versos 11 en adelante.

Dios tiene mucho pueblo aquí en Villahermosa, República Mexicana, y en toda la República Mexicana; y los está llamando en este tiempo final. Y también tiene mucho pueblo en toda la América Latina y el Caribe; y los está llamando en este tiempo final. Y tiene mucho pueblo en Norteamérica, en Europa, en el África y en todas las naciones; y los está llamando en este tiempo final.

Y va a completar Su Iglesia de un momento a otro; y entonces vendrá con los creyentes que murieron físicamente, los resucitará, y a los que vivimos nos transformará; ese es el Programa de Dios para el tiempo final, para el Día Postrero, el cual ya comenzó; el Día Postrero ya comenzó, conforme al calendario gregoriano.

Pero no sabemos en qué año del Día Postrero, del milenio postrero, va a ocurrir la Venida y resurrección de los muertos en Cristo, y la transformación de los que vivimos, no sabemos en qué año va a ser, ni en qué mes va a ocurrir, ni en qué día va a ocurrir; pero que va a ocurrir: va a ocurrir, porque está prometido en la Palabra de Dios, y el mismo Cristo lo prometió; y los apóstoles dieron testimonio, ungidos por el Espíritu Santo, de que Él va a regresar en el Día Postrero con los santos que murieron, resucitándolos; y a los vivos creyentes en Él, los va a transformar.

Por lo tanto, el Espíritu Santo dio testimonio a través de los apóstoles de lo que va Dios a hacer en este tiempo final.

Vamos a estar puestos en pie para orar por las personas que han venido a los Pies de Cristo. Pueden continuar viniendo a los Pies de Cristo en las demás naciones también, para que queden incluidos en la oración que estaremos haciendo por todos los que están recibiendo a Cristo como único y suficiente Salvador.

Todavía vienen más personas, por eso estamos esperando unos minutos o segundos en lo que llegan, para que queden incluidos en la oración que estaremos haciendo por todos ustedes.

Con nuestras manos levantadas a Cristo, al Cielo:

Padre celestial, en el Nombre del Señor Jesucristo vengo a Ti con todas estas personas que están recibiendo a Cristo como único y suficiente Salvador, aquí presentes y en diferentes países en estos momentos. Padre, recíbelos, oh Dios, recíbelos en Tu Reino. En el Nombre del Señor Jesucristo Te lo ruego.

Y ahora, todos repitan conmigo esta oración que estaremos haciendo:

Señor Jesucristo escuché la predicación de Tu Evangelio y nació Tu fe en mi corazón.

Creo en Ti con toda mi alma, creo en Tu Primera Venida y creo en Tu muerte en la Cruz del Calvario como el Sacrificio de Expiación por nuestros pecados; y creo en Tu Nombre como el único Nombre bajo el Cielo, dado a los hombres, en que podemos ser salvos.

Reconozco que soy pecador y necesito un Salvador, un Redentor. Doy testimonio público de mi fe en Ti y de Tu fe en mí, y Te recibo como mi único y suficiente Salvador.

Te ruego perdones mis pecados y con Tu Sangre me limpies de todo pecado, y me bautices con Espíritu Santo y Fuego, y produzcas en mí el nuevo nacimiento.

Quiero nacer en Tu Reino, quiero vivir eternamente contigo en Tu Reino. Haz en mi vida una realidad la Salvación que ganaste para mí en la Cruz del Calvario.

Te lo ruego, en Tu Nombre Eterno y glorioso, Señor Jesucristo. Amén y amén.

Con nuestras manos levantadas a Cristo al Cielo, todos decimos: ¡LA SANGRE DEL SEÑOR JESUCRISTO ME LIMPIÓ DE TODO PECADO!, ¡LA SANGRE DEL SEÑOR JESUCRISTO ME LIMPIÓ DE TODO PECADO!, ¡LA SANGRE DEL SEÑOR JESUCRISTO ME LIMPIÓ DE TODO PECADO! AMÉN.

Ustedes me dirán: “Quiero ser bautizado en agua en el Nombre del Señor Jesucristo,” porque Él dijo:

“Id por todo el mundo y predicad el evangelio.

El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.”

San Marcos, capítulo 16, versos 15 al 16.

Usted me dirá: “Escuché la predicación del Evangelio de Cristo, nació la fe de Cristo en mi alma, creí, y lo he recibido como mi Salvador; y ahora deseo ser bautizado en agua en Su Nombre, en el Nombre del Señor. ¿Cuándo me pueden bautizar?” Es vuestra pregunta.

Por cuanto ustedes han creído de todo corazón, bien pueden ser bautizados; aun el mismo Jesucristo fue bautizado por Juan el Bautista. Y si Jesucristo tuvo necesidad de ser bautizado para cumplir toda justicia, y Él dice que los que creamos en Él seamos bautizados, entonces podemos ser bautizados; pueden ser bautizados en agua, en el Nombre del Señor Jesucristo.

El bautismo en agua no quita los pecados, es la Sangre de Cristo la que nos limpia de todo pecado. El bautismo en agua es tipológico, simbólico: en el bautismo en agua nos identificamos con Cristo en Su muerte, sepultura y resurrección.

Cuando la persona recibe a Cristo como Salvador, muere al mundo; y cuando la persona es sumergida en las aguas bautismales, tipológicamente está siendo sepultada; y cuando es levantada de las aguas bautismales, está resucitando a una nueva vida, a la vida eterna con Cristo en Su Reino eterno. Tan sencillo como eso es el simbolismo, la tipología del bautismo en agua en el Nombre del Señor Jesucristo, donde nos identificamos con Cristo en Su muerte, sepultura y resurrección.

Por lo tanto, bien pueden ser bautizados ustedes que están presentes y los que están en otras naciones, que han recibido a Cristo como Salvador en estos momentos; y que Cristo les bautice con Espíritu Santo y Fuego y produzca en ustedes el nuevo nacimiento.

Y nos continuaremos viendo eternamente en el Reino de Cristo nuestro Salvador, y con cuerpos eternos cuando seamos transformados. Mientras tanto continuaremos teniendo compañerismo los unos con los otros y reuniéndonos para alabar a Dios, cada uno en la congregación, en la Iglesia, donde Dios lo ha colocado.

Por lo tanto, adelante en el Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia del Señor Jesucristo, perseverando hasta que seamos transformados.

Que las bendiciones de Cristo el Ángel del Pacto, sean sobre todos ustedes y sobre mí también; y continúen pasando todos una tarde feliz, llena de las bendiciones de Cristo nuestro Salvador.

Dejo con ustedes al reverendo Andrés Cruz Gallegos, para que les indique cómo hacer para ser bautizados en agua en el Nombre del Señor Jesucristo, los que han recibido a Cristo como Salvador en esta ocasión. Y en cada país dejo al ministro correspondiente para que haga en la misma forma.

Que Dios les continúe bendiciendo a todos.

“JESUCRISTO ES EL MISMO AYER, HOY Y POR LOS SIGLOS.”

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