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Muy buenas noches, amables amigos y hermanos presentes, y los que están en otras naciones; que las bendiciones de Cristo, el Ángel del Pacto, sean sobre todos ustedes y sobre mí también, y nos abra el entendimiento, nos abra la Escrituras, y nos enseñe Su Palabra por medio de Su Espíritu Santo. En el Nombre del Señor Jesucristo. Amén.

Es una bendición grande estar con ustedes en esta noche para compartir con ustedes este tema que corresponde a esta ocasión:

“EL PODER DE LA REVELACIÓN.”

Para lo cual leemos en San Mateo, capítulo 16, versos 13 en adelante, donde nos dice:

“Viniendo Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos, diciendo: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?

Ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas.

Él les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.

Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.

Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.

Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos.

Entonces mandó a sus discípulos que a nadie dijesen que él era Jesús el Cristo.”

Dios bendiga nuestras almas con Su Palabra y nos permita entenderla.

“EL PODER DE LA REVELACIÓN.”

Lo más importante que una persona puede obtener en cuanto al conocimiento de Dios, de Jesucristo y Su Programa, es la revelación que viene del Padre celestial a la persona; la cual le abre las Escrituras y le abre el entendimiento a las personas para comprender las Escrituras.

El poder de la revelación le da al ser humano el poder sobre el enemigo de Dios, el diablo, para vencerlo en todas la ocasiones; como en las ocasiones que tentó a Jesús y Jesús le decía: “Escrito está.”

Ahora veamos lo que nos dice San Lucas, capítulo 24, versos 43 en adelante... Ya había resucitado, ya estaba glorificado, y le estaba apareciendo en diferentes ocasiones a Sus discípulos; y aquí en esta ocasión, veamos, verso 39 en adelante dice:

“Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo (aquí nos da una revelación muy grande: nos da a conocer que un espíritu no tiene carne y hueso, porque no es de esta dimensión terrenal, es de otra dimensión; un cuerpo parecido a nuestro cuerpo pero de otra dimensión).

Y diciendo esto, les mostró las manos y los pies.

Y como todavía ellos, de gozo, no lo creían, y estaban maravillados, les dijo: ¿Tenéis aquí algo de comer? (Lo que muestra que en el cuerpo glorificado se puede comer).

Entonces le dieron parte de un pez asado, y un panal de miel.

Y él lo tomó, y comió delante de ellos.”

Por esa causa es que los que están en el Paraíso, creyentes en Cristo que ya partieron de esta Tierra y de estos cuerpos terrenales, y están en cuerpos espirituales, cuerpos angelicales parecidos a nuestros cuerpos, pero jóvenes, representado de 18 a 21 años; le dijeron al reverendo William Branham cuando los visitó: “Aquí ni dormimos ni comemos, pero cuando regresemos a la Tierra comeremos,” para que sepamos que los podemos invitar a comer.

Como Jesús, le preguntó a Sus discípulos: “¿Tienen ustedes algo de comer?” Y comió delante de ellos. Pero un espíritu no come, ni tiene carne ni huesos como tenemos nosotros.

Pero aquí Jesús mostró que estando ellos encerrados, a puertas cerradas por miedo a los judíos, Él entró donde ellos estaban, mostrando que el cuerpo glorificado no tiene limitaciones; puede entrar a un lugar que esté cerrado, porque lo que hace es pasar de una dimensión a otra, y luego salir, desaparecer, pasa de nuevo a otra dimensión; es un cuerpo glorificado, el cual es un cuerpo interdimensional.

Y ese es el cuerpo que yo voy a recibir. ¿Y quién más? Cada uno de ustedes también. Esa es la clase de cuerpo que está prometido que van a tener todos los creyentes en Cristo; y es un cuerpo joven para toda la eternidad, que representará de 18 a 21 años de edad.

Esa es la clase de cuerpo que yo necesito. ¿Y quién más lo necesita? Pues cada uno de ustedes también; porque si no, de aquí a 80 ó 100 años ya usted no estará aquí en la Tierra con el cuerpo físico que tiene actualmente. Termina su tiempo en la Tierra porque es un cuerpo temporal, para que usted y yo aprovechemos el tiempo que nos toca vivir en la Tierra y seamos rociados con la Sangre de Cristo, recibiéndolo como nuestro como único y suficiente Salvador.

Por eso la Escritura dice: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.” [San Juan 3:16]

Para eso fue que Cristo vino a la Tierra y murió en la Cruz del Calvario tomando nuestros pecados, y así haciéndose mortal; porque “la paga del pecado es muerte.” Por lo tanto, esa fue la única forma en que Jesús podía hacerse mortal y quitar el pecado del mundo.

Como dijo Juan el Bautista cuando lo vio, en el capítulo 1 de San Juan, versos 29 al 36, dijo: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.”

Y para quitarlo, tenía que tomarlo y morir por nuestros pecados, para que nosotros podamos obtener la reconciliación con Dios y vivir eternamente.

“Si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.” [Segunda de Corintios 5:17]

La persona es hecha una nueva criatura; como le dijo Cristo a Nicodemo cuando le dice en el capítulo 3 de San Juan, versos 1 al 6: “De cierto, de cierto te digo, que el que no nazca de nuevo, no puede ver el Reino de Dios.” Así como para ver este reino terrenal de mortales, tuvimos que nacer; y para ver el Reino de Dios tenemos que nacer de nuevo.

Y le dice Nicodemo a Jesús: “¿Cómo puede hacerse esto?, ¿puede acaso el hombre ya siendo viejo, entrar en el vientre de su madre y nacer?” Cristo le dice: “De cierto, de cierto te digo, que el que no nazca del agua (que es el Evangelio), y del Espíritu (o sea, del Espíritu Santo), no puede entrar al Reino de Dios.”

Ese era el requisito divino: nacer de nuevo; como para entrar nosotros a esta dimensión terrenal tuvimos que nacer, de otra forma no estaríamos aquí en la Tierra. Y de otra forma no se entra al Reino de Dios, a menos que sea naciendo del Agua y del Espíritu: del Evangelio de Cristo y del Espíritu Santo; y todos queremos entrar al Reino de Dios, todos queremos vivir eternamente, porque el Reino de Dios es eterno.

Todos tenemos la misma oportunidad de obtener la vida eterna; para lo cual usted no escogió venir a la Tierra a vivir, fue Dios; para que tenga usted, y yo, la oportunidad de ser rociados con la Sangre de Cristo y limpiados de todo pecado, y ser reconciliados con Dios; y así obtener la vida eterna.

Es importante comprender el motivo por el cual vivimos en esta Tierra; porque si la persona no lo llega a comprender, perdió tan hermoso tiempo de vida aquí en la Tierra, en la cual tuvo la oportunidad de obtener la vida eterna. Se conformó con una vida terrenal de no sabe ni cuántos años; porque usted no sabe cuándo terminan sus días aquí en la Tierra; por lo tanto, hay que estar bien asegurado: asegurado con Cristo en Su Reino eterno para tener la esperanza y la fe de vivir eternamente en el Reino de Cristo.

Porque Cristo dice: “¿De qué le vale al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?” San Mateo, capítulo 16, versos 26 al 28. “Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de Su Padre con Sus Ángeles.”

Lo mismo que fue mostrado en el Monte de la Transfiguración: la Segunda Venida de Cristo, Cristo y Moisés y Elías, uno a cada lado. Esos son los Ángeles con los cuales Él viene, los Dos Olivos.

Y: “¿De qué le vale al hombre si ganare todo el mundo?” Porque algunos creen que han venido a este planeta Tierra para estar trabajando y trabajando, y no darle importancia a la parte espiritual para obtener la vida eterna.

El que no comprende eso, pierde la oportunidad de vivir eternamente. Y por consiguiente, fue mezquino con su alma; que solamente le dio cosas materiales y se olvidó. Como el hombre rico que un día tenía que partir de esta Tierra e ir a otra dimensión, la dimensión de los espíritus; y hay dos lugares donde las personas van en espíritu cuando terminan sus días en la Tierra: una es el Paraíso (en la sexta dimensión), y la otra es donde nadie quisiera ir, llamada el infierno, donde fue el hombre rico.

Pero ¿puede usted evitar ir a ese lugar donde fue el hombre rico? Recibiendo a Cristo como único y suficiente Salvador; para que Él le imparta vida eterna. Por eso Cristo dijo: “Mis ovejas oyen mi voz, y me siguen, y yo las conozco, y les doy vida eterna.”

Ninguna otra persona puede darle vida eterna al ser humano, solamente hay uno, y es Jesucristo; porque la exclusividad de la vida eterna la tiene Jesucristo.

Dios el Padre, le ha dado a Cristo el que le dé vida eterna a los seres humanos: a todos aquellos que lo reciben como único y suficiente Salvador, reconociendo que la muerte de Cristo en la Cruz del Calvario es el Sacrificio de Expiación por nuestros pecados.

Eso es la revelación de la Primera Venida de Cristo y Su muerte en la Cruz del Calvario: saber para qué vino Jesucristo a la Tierra y el beneficio que trajo para todos nosotros.

Y cuando la persona recibe por revelación divina quién es Jesucristo...; porque algunos piensan que es una persona común y corriente, que nació y vivió allá en la tierra de Israel; otros piensan negativamente: que era un loco, que era un fanático, que por el dedo de Beelzebú echaba fuera los demonios.

Pero cuando Jesús le pregunta a San Pedro: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?” Ellos comenzaron a decir la opinión de muchas personas: “Unos piensan que Tú eres Juan el Bautista, otros piensan que eres Elías, otros piensan que eres Jeremías, y otros piensan que eres alguno de los profetas; que eres un profeta, pero no saben quién es, qué profeta es.”

Pero no basta saber que Jesucristo era un profeta; porque la Venida del Señor tiene que ser en carne humana, en un profeta, tiene que aparecer como profeta; y eso estaba prometido: “He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel (que traducido es: Dios con nosotros).” Isaías, capítulo 7, verso 14.

Por lo tanto, Cristo quiere es que los discípulos de Él sepan quién es Él; porque esa es una revelación para las ovejas que el Padre le dio, para que las busque y les dé vida eterna. “Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar (¿qué?) lo que se había perdido,” las ovejas del Padre; y se requiere que esas ovejas del Padre sepan quién es Jesucristo.

Y ahora les pregunta: “Y ustedes, ¿quién dicen ustedes que soy yo?” Pedro le dice: “Tú. Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.” Jesús le dice: “Bienaventurado eres Simón hijo de Jonás, que no te lo reveló carne…” O sea, “que no te enseñó alguien, ni lo estudiaste ni lo aprendiste en un seminario; tampoco te lo enseñó un rabino. Te lo ha revelado mi Padre celestial.” Por eso: “No te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los Cielos.” La revelación por medio del Espíritu Santo vino a San Pedro para darle a conocer quién era Jesucristo.

Y cuando la persona recibe esa revelación, tiene esa revelación, da testimonio quién es Jesucristo: el Hijo de Dios.

Y ahora, recuerden también a Marta la hermana de Lázaro, en el capítulo 11 de San Juan, en donde Cristo le dice: “Tu hermano resucitará.” Ella le dice: “Yo sé que resucitará en la resurrección en el Día Postrero.”

Es que en el capítulo 6 de San Juan ya Cristo había dicho que para todos los creyentes en Él, Él los resucitaría en el Día Postrero. (Capítulo 6, versos 39 al 58). Y ya esa enseñanza Marta la tenía; por eso le da una explicación clara a Jesús: “Yo sé que resucitará en la resurrección, en el Día Postrero.”

Cristo le dice: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.

Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?”

Y ella le dice: “Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios.” [San Juan 11:17-27]

Ella también tenía la revelación de quién era Jesucristo: No era cualquier persona que apareció por casualidad; era nada menos que el Hijo de Dios, era nada menos que el Verbo hecho carne, era nada menos que el Espíritu Santo vestido de carne humana. Ahí está el misterio de Dios el Padre, y de Cristo.

Dios el Padre, con el cuerpo angelical (que es el Ángel del Pacto, llamado el Espíritu Santo también), y con ese cuerpo físico de carne llamado Jesús. Tan sencillo como eso. Ahí tenemos a Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Ahí tenemos el misterio de Dios.

Recuerden que en Cristo moró la plenitud de la Divinidad; por eso Cristo decía: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.” “¿Cómo dices tú: Muéstranos al Padre y nos basta? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí?”

Y también le dice: “Las obras que yo hago no las hago de mí mismo; el Padre que mora en mí, Él hace las obras.” O sea, que Cristo de Su parte no - dice que no hacía nada de Sí mismo, era el Padre que moraba en Él el que hacía las cosas. Es un misterio, pero sencillo de comprender.

Y para los seres humanos es sencillo de comprender, porque el ser humano fue creado a imagen y semejanza de Dios. Alma, que equivale al Padre; Espíritu, que equivale al Espíritu Santo; y cuerpo de carne, que equivale a Jesús, al cuerpo de carne, Jesús.

El ser humano es trino también: alma (que es lo que es en realidad la persona), y espíritu (un cuerpo angelical), y carne: un cuerpo de carne que todos tenemos, el cual va a ser transformado para los creyentes en Cristo que estén vivos en Su Venida; y si murió su cuerpo físico, no se preocupe: Cristo lo va a resucitar en un cuerpo eterno, inmortal, glorificado, igual al cuerpo glorificado que Cristo tiene. Y eso es para mí, ¿y para quién más? Para cada uno de ustedes también.

Todos los que van a ser transformados tendrán la revelación del Cielo, como la tuvo San Pedro; tendrán la revelación de Jesucristo para el tiempo que les toca vivir.

Y así son los vencedores en el tiempo que les toca vivir. Recuerden que las promesas son para los vencedores.

“Al que venciere…” dice Cristo en Apocalipsis, capítulo 2 y capítulo 3. Capítulo 2, verso 7, dice:

“El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias (recuerden que es Cristo en Espíritu Santo hablándole a Su Iglesia). Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios.”

Y en el mismo capítulo 2, verso 11, dice:

“El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. El que venciere, no sufrirá daño de la segunda muerte.”

El vencedor no sufrirá daño de la segunda muerte, que es el lago de fuego; porque el que vence vivirá eternamente con Cristo en Su Reino. Cristo le da la vida eterna, por lo tanto lo hace eterno.

Por eso aunque su cuerpo físico muera, sigue viviendo en el cuerpo angelical en el Paraíso; y después regresará con Cristo para recibir el cuerpo físico glorificado igual al cuerpo físico glorificado de Jesucristo nuestro Salvador.

Y ahora, el mismo capítulo 2, verso 17 dice, de Apocalipsis:

“El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al que venciere, daré a comer del maná escondido, y le daré una piedrecita blanca, y en la piedrecita escrito un nombre nuevo, el cual ninguno conoce sino aquel que lo recibe.”

Y luego en el mismo capítulo 2, versos 26 al 29, dice:

“Al que venciere y guardare mis obras hasta el fin, yo le daré autoridad sobre las naciones...”

Es que Cristo nos ha limpiado con Su Sangre preciosa, y nos ha hecho reyes; por lo tanto, los creyentes en Cristo tendrán autoridad sobre las naciones en el Reino Milenial de Cristo.

“...y las regirá (o sea, las gobernará) con vara de hierro, y serán quebradas como vaso de alfarero; como yo también la he recibido de mi Padre...”

En la misma forma que Cristo recibió todo poder, toda autoridad, en el Cielo y en la Tierra… Recuerden que Él nos dijo en San Mateo, capítulo 28, verso 16 en adelante, cuando nos dice: “Todo poder me es dado en el Cielo y en la Tierra,” porque el poder está y lo recibe el que está en un trono en un reino; y Él se sentó con el Padre en el Trono celestial.

“...y le daré la estrella de la mañana.

El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.”

Cristo hablando por el Espíritu Santo, en Espíritu, a las Iglesias. Le dará la Estrella de la Mañana. No es que le va a dar a Venus, la estrella. La Estrella de la Mañana, vamos a ver cuál es: En Apocalipsis 22, versos 16 al 17, dice:

“Yo Jesús he enviado mi ángel para daros testimonio de estas cosas en las iglesias. Yo soy la raíz y el linaje de David, la estrella resplandeciente de la mañana.”

¿Qué le va a dar al vencedor? La Estrella resplandeciente de la Mañana, que está tipificada en Venus. O sea, que le va a dar el Espíritu Santo, que es la Estrella resplandeciente de la Mañana, que es el Ángel del Pacto, Cristo en Espíritu Santo, la Columna de Fuego.

“Y el Espíritu y la Esposa (o sea, Cristo en Espíritu Santo y la Esposa, Su Iglesia) dicen: Ven…”

“Ven,” porque la Iglesia tiene el Mensaje de Cristo; y Cristo habla en Su Iglesia y a través de Su Iglesia a la humanidad.

“Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven (un llamado de venir a Cristo).”

Por eso se predica el Evangelio de Cristo y se llama a las personas, se les extiende la invitación para venir a los Pies de Cristo. Lo mismo que dice el Espíritu Santo, lo dice Su Iglesia. Por eso en la Iglesia del Señor Jesucristo es que se hace el llamamiento para recibir a Cristo; no es en otras religiones. Es en la Iglesia del Señor Jesucristo, el cristianismo, que se les da la oportunidad a las personas, que vengan a los Pies de Cristo.

“Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente.”

Para recibir el Evangelio de Cristo, creer, y ser bautizado en agua en Su Nombre, y recibir el Espíritu Santo: está recibiendo el Agua de vida eterna, el Espíritu Santo.

Recuerden que en San Juan, capítulo 7, versos 37 en adelante, Cristo habló del Espíritu Santo que daría Él a los creyentes en Él. Dice capítulo 7, versos 37 al 39 de San Juan:

“En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba.

El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva.

Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado.”

Está hablando del Agua del Espíritu Santo, representando al Espíritu Santo en Agua de Vida. Por eso a la mujer samaritana también le dijo que Él le daría Agua que salta para vida eterna. En San Juan, capítulo 4, verso 10 y verso 14, nos dice… Capítulo 4, verso 10, dice:

“Respondió Jesús y le dijo (esto es hablando con la mujer samaritana): Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva.”

Y en el verso 14 de este mismo capítulo 4 de San Juan, dice Cristo a la mujer samaritana:

“...Mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.”

Está hablando del Espíritu Santo que Él le dará a los que creen en Él, a los que lo reciben como Salvador. Por eso dice Apocalipsis, capítulo 22, verso 17: “Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente.” Esto es recibir el Espíritu Santo y así obtener la vida eterna.

Tener la revelación de Cristo y Su Programa, es tener la bendición más grande, la bienaventuranza más grande; como le dijo a Pedro: “Bienaventurado eres Simón (Pedro) hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los Cielos.”

Tener la revelación de Jesucristo, quién es Jesucristo y Su Obra Redentora, convierte a la persona en un individuo bienaventurado; porque la persona obtiene la salvación y vida eterna, la redención de su alma, que es lo que en realidad es la persona.

Por eso es que Cristo hablando dice: “¿De qué le vale al hombre si ganare todo el mundo y pierde su alma?” Porque el alma es lo que en realidad es la persona. El espíritu de la persona es un cuerpo de otra dimensión, y el cuerpo físico es un cuerpo de esta dimensión; pero el alma ha venido de Dios y es lo que en realidad es la persona: alma, alma viviente.

Y ahora, para los creyentes en Cristo hay grandes bendiciones: son los bienaventurados que pasan por esta Tierra, y reconocen y creen en Cristo, obtienen la revelación de Cristo, y lo reciben como Salvador; y obtienen la vida eterna para su alma. Y aunque mueran físicamente no tienen ningún problema: van al Paraíso a vivir en cuerpos espirituales, en espíritu, y luego regresarán a la Tierra con Jesucristo en Su Segunda Venida, para obtener, recibir, el cuerpo nuevo, eterno, inmortal e incorruptible, que Cristo les dará. Y a los que estemos vivos nos transformará.

Vean lo que hace el poder de la revelación. Sin la revelación manifestada en todo su poder, la persona ni siquiera sabe quién es Jesucristo, ni para qué vino a la Tierra, ni qué hacer, ni cuáles son los beneficios, las bendiciones que Cristo tiene para el alma de todo ser humano: la salvación y vida eterna; pues todos queremos vivir el máximo de tiempo y en las mejores condiciones, mejores condiciones físicas y mejores condiciones económicas también.

En el cuerpo nuevo y eterno, inmortal, incorruptible y glorificado, como el de Jesucristo, no habrá ningún tipo de problemas. Nos pasarán cientos, miles y millones de años, y permaneceremos tan jóvenes como cuando hayamos recibido el cuerpo glorificado.

Por lo tanto, le agradecemos a Dios que nos ha permitido tener este cuerpo mortal para hacer contacto con Cristo, para recibirlo como Salvador y obtener la vida eterna.

“Mis ovejas oyen mi voz, y me siguen, y yo las conozco, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás. Mi Padre que me las dio es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre (no se pueden perder).” San Juan, capítulo 10, versos 27 al 30. Esa es la garantía de Cristo.

Cristo vino a la Tierra con una misión especial: dar Su vida por nosotros, por esas ovejas que el Padre le dio para que las busque y les dé vida eterna. Y Él nos amó tanto que dio Su vida por nosotros.

“Nadie tiene mayor amor que aquel que pone su vida por sus amigos.” Por eso Él dijo: “Vosotros sois mis amigos.” [San Juan 15:13-14]

Es importante comprender la magnitud de lo que es Cristo, de quién es Cristo y el propósito de Su Venida; y la oportunidad que todos tenemos para obtener la vida eterna que tanto anhelamos.

Cuando Cristo termine Su Obra de Intercesión en el Cielo saldrá del Trono de Intercesión, donde está como Sumo Sacerdote y Cordero, y se convertirá en el León de la tribu de Judá, Rey de reyes y Señor de señores, y Juez de toda la Tierra; y entonces hará Su Obra de Reclamo, reclamará todo lo que Él ha redimido con Su Sangre. Y ahí es donde resucitará a los muertos creyentes en Él en cuerpos glorificados, y a nosotros los que vivimos nos transformará, si permanecemos vivos hasta ese momento; si no, pues nos resucitará juntamente con las demás personas que están en el Paraíso.

Es importante tener asegurado nuestro futuro eterno, y el único que nos asegura el futuro es Cristo nuestro Salvador.

A la hora de terminar nuestros días en la Tierra, la persona, si no tiene a Cristo, no sabe qué será cuando terminen sus días en la Tierra, no sabe hacia dónde va; pero no deseamos que a las personas les suceda lo que al hombre rico: que se despreocupó de su vida espiritual y le puso más importancia e interés a los bienes materiales; y cuando terminó su vida terrenal, no tenía dinero ni para comprar un vaso de agua, ni había agua allá donde él estaba, y nadie podía ir allá para llevarle agua.

Así que las riquezas terrenales, las personas las tienen mientras está en esta Tierra; cuando termina sus días en la Tierra, lo que tiene se queda aquí, y va a otra dimensión.

Y todos queremos ir a una buen dimensión: al Paraíso de Dios; para lo cual todos necesitamos recibir a Cristo como único y suficiente Salvador, para lo cual necesitamos tener la revelación de Jesucristo para nuestro tiempo; el poder de la revelación para salvación de todo aquel que recibe a Cristo como único y suficiente Salvador; porque ha recibido el poder de la revelación, ha recibido la revelación del Cielo, del Padre celestial, para saber quién es Cristo y Su Obra de Redención llevada a cabo en la Cruz del Calvario; y así tener el conocimiento de la oportunidad tan gloriosa que tiene para recibir la vida eterna y vivir en el Reino eterno de Cristo por toda la eternidad.

Yo estaré con Él en Su Reino, eternamente. ¿Y quién más? Cada uno de ustedes también, porque han tenido el poder de la revelación de Cristo, la revelación del Cielo, del Padre celestial, para recibir a Cristo y Su Obra que llevó a cabo en la Cruz del Calvario por todos nosotros.

Si hay alguna persona que todavía no ha recibido a Cristo como Salvador, lo puede hacer en estos momentos, y estaremos orando por usted para que Cristo le reciba en Su Reino, le perdone, y con Su Sangre le limpie de todo pecado, y pueda ser bautizado en agua en el Nombre del Señor Jesucristo; y Cristo lo bautice con Espíritu Santo y Fuego, y produzca en usted el nuevo nacimiento. Para lo cual puede pasar al frente y estaremos orando por usted, para que Cristo lo reciba en Su Reino.

Y los que están en otras naciones también pueden pasar al frente en el lugar donde ustedes se encuentran, para que reciban a Cristo como Salvador, para que queden incluidos en la oración que estaremos haciendo por todos los que están recibiendo a Cristo como único y suficiente Salvador.

En la vida todos tenemos que hacer decisiones, algunas difíciles; pero solamente hay una decisión que lo coloca en la vida eterna, y es: recibir a Cristo como único y suficiente Salvador.

Ninguna otra decisión le coloca a usted en la vida eterna con Cristo; por lo tanto, esa es la decisión más importante en la vida de un ser humano. Y la puede hacer, esa decisión, mientras vive en el cuerpo físico, mortal, corruptible; y no puede dejar pasar la oportunidad de recibir a Cristo como único y suficiente Salvador.

Dios tiene mucho pueblo, muchos hijos, aquí en Cali y en toda Colombia; y los está llamando para darles vida eterna. Es vida eterna lo que Cristo dice que les dará a las ovejas que el Padre le dio para que las busque y les dé vida eterna.

“Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y salvar lo que se había perdido.” O sea que vino a buscarme a mí, ¿y a quién más? A cada uno de ustedes, para colocarnos en el Reino de Dios.

Los niños también, de 10 años en adelante, pueden venir a los Pies de Cristo para que Cristo les reciba en Su Reino. Recuerden que Cristo dijo en una ocasión: “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de los cielos.” [San Mateo 19:14]

Lo más importante es la vida eterna. No hay nada más importante que la vida eterna; y ya sabemos —por revelación divina— quién tiene la exclusividad de la vida eterna para otorgarla al ser humano, y es el Señor Jesucristo, el cual y al cual el Padre le dio autoridad para que dé vida a los que Él quiera; y a los que Él quiere darle vida es a todos los que lo reciben como Salvador.

“Mis ovejas oyen mi voz, y me siguen, y yo las conozco, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre.” San Juan, capítulo 10, versos 27 al 30.

También Él dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida; y nadie viene al Padre sino por mí.” Todos queremos acercarnos a Dios, y hay una forma, hay un camino, y es Jesucristo. Todos queremos vivir eternamente, y hay una vida eterna, y es Jesucristo. Hay una verdad; todos queremos conocer la verdad, y hay una verdad: Jesucristo, el cual dijo: “Yo soy la verdad.”

Nadie le puede prometer, nadie le puede ofrecer vida eterna a una persona, excepto Jesucristo; porque Él es el que tiene la exclusividad de la vida eterna para darla a los seres humanos. Primera de Juan, capítulo 5, versos 10 al 13, donde nos dice:

“El que cree en el Hijo de Dios, tiene el testimonio en sí mismo; el que no cree a Dios, le ha hecho mentiroso, porque no ha creído en el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo.

Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo.”

La vida eterna que Dios nos ha dado está en Jesucristo, por eso Dios a través de Jesucristo nos da la vida eterna; porque no hay otro Salvador, es Jesucristo el único Salvador.

“El que tiene al Hijo, tiene la vida (o sea, el que tiene a Cristo tiene ¿qué?, la vida eterna); el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida.”

No tiene la vida eterna, lo que tiene es una vida temporal, y se le va a terminar en algún momento, y no sabe cuándo se le va a terminar. Por lo tanto no hay eso de que la persona diga: “Yo todavía estoy muy joven, me quedan muchos años de vida.” Mueren niños, mueren jóvenes, mueren personas de mediana edad y mueren ancianos también; porque nadie sabe cuándo le toca partir de esta Tierra.

Por eso tenemos que tener asegurado nuestro futuro eterno con Cristo en Su Reino eterno; porque después que termina los días aquí en la Tierra, la persona no tiene ya oportunidad de recibir a Cristo si no lo recibió cuando estuvo viviendo en esta Tierra.

“Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios.”

La buena noticia para los creyentes en Cristo es que tenemos vida eterna, y que esta Vida nos la ha otorgado Jesucristo; por lo tanto, la buena noticia es que tenemos vida eterna, y, para que sepamos, para que creamos en el Nombre del Hijo de Dios: en Jesucristo.

Vamos a estar puestos en pie, para orar por las personas que han venido a los Pies de Cristo, para que Cristo les reciba en Su Reino.

Con nuestras manos levantadas a Cristo, al Cielo, y con nuestros ojos cerrados:

Padre celestial, en el Nombre del Señor Jesucristo vengo a Ti, trayendo ante Tu presencia estas personas que han recibido a Cristo como único y suficiente Salvador. Recíbelos en Tu Reino. Te lo ruego en el Nombre del Señor Jesucristo. Amén.

Y ahora repitan conmigo esta oración, los que han venido a los Pies de Cristo:

Señor Jesucristo, escuché la predicación de Tu Evangelio y nació Tu fe en mi corazón, en mi alma.

Creo en Ti con toda mi alma. Creo en Tu Primera Venida. Creo en Tu Nombre como el único Nombre bajo el Cielo, dado a los hombres, en que podemos ser salvos. Creo en Tu muerte en la Cruz del Calvario como el Sacrificio de Expiación por nuestros pecados.

Reconozco que soy pecador y necesito un Salvador, un Redentor. Doy testimonio público de mi fe en Ti y de Tu fe en mí, y Te recibo como mi único y suficiente Salvador.

Te ruego perdones mis pecados y con Tu Sangre me limpies de todo pecado, y me bautices con Espíritu Santo y Fuego luego que yo sea bautizado en agua en Tu Nombre; y produzcas en mí el nuevo nacimiento.

Haz una realidad en mi vida la Salvación que ganaste para mí en la Cruz del Calvario. Te lo ruego, en Tu Nombre Eterno y glorioso, Señor Jesucristo. Amén y amén.

Y con nuestras manos levantadas a Cristo, al Cielo, todos decimos: ¡LA SANGRE DEL SEÑOR JESUCRISTO ME LIMPIÓ DE TODO PECADO!, ¡LA SANGRE DEL SEÑOR JESUCRISTO ME LIMPIÓ DE TODO PECADO!, ¡LA SANGRE DEL SEÑOR JESUCRISTO ME LIMPIÓ DE TODO PECADO! AMÉN Y AMÉN.

Ustedes me dirán: “Quiero ser bautizado en agua en el Nombre del Señor Jesucristo, porque Cristo dijo: ‘Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado será salvo; mas el que no creyere será condenado. (San Marcos, capítulo 16, versos 15 al 16).”

Usted me dirá: “Yo escuché la predicación del Evangelio de Cristo, he creído y lo he recibido como mi Salvador. ¿Cuándo me pueden bautizar?” Es la pregunta desde lo profundo de vuestro corazón.

El bautismo en agua es un mandamiento del Señor Jesucristo el cual Él dijo: “El que creyere y fuere bautizado, será salvo.” El mismo Cristo fue bautizado por Juan el Bautista para cumplir toda justicia. Y si Cristo fue bautizado para cumplir toda justicia, ¡cuánto más nosotros tenemos necesidad de ser bautizados!

Desde los tiempos de los apóstoles hacia acá, encontramos que los creyentes en Cristo han sido bautizados en agua en el Nombre del Señor Jesucristo; y así continúa siendo en nuestro tiempo.

El bautismo en agua no quita los pecados, es la Sangre de Cristo la que nos limpia de todo pecado; pero el bautismo en agua es un mandamiento de Cristo en el cual nos identificamos con Cristo en Su muerte, sepultura y resurrección.

Cuando la persona recibe a Cristo como Salvador, muere al mundo; y cuando el ministro lo sumerge en las aguas bautismales, tipológicamente está siendo sepultado; y cuando lo levanta de las aguas bautismales, está resucitando a una nueva vida: a la vida eterna con Cristo en Su Reino eterno.

Así de sencillo es la tipología, el simbolismo del bautismo en agua en el Nombre del Señor Jesucristo, en el cual nos identificamos con Cristo en Su muerte, sepultura y resurrección.

Por lo tanto, bien pueden ser bautizados; y que Cristo les bautice con Espíritu Santo y Fuego, y produzca en ustedes el nuevo nacimiento. En el Nombre del Señor Jesucristo. Amén. Y nos continuaremos viendo eternamente en el Reino de Cristo nuestro Salvador.

Continúen pasando una noche feliz, llena de las bendiciones de Cristo nuestro Salvador.

Dejo con ustedes al reverendo Mauricio Vivas, para que les indique cómo hacer para ser bautizados en agua en el Nombre del Señor Jesucristo. Y en cada país dejo al ministro correspondiente para que haga en la misma forma.

Continúen pasando todos una noche feliz, llena de las bendiciones de Cristo nuestro Salvador.

“EL PODER DE LA REVELACIÓN.”

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