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Muy buenos días, amables amigos y hermanos presentes, y todos los que están en diferentes países. Que las bendiciones de Cristo, el Ángel del Pacto, sean sobre todos ustedes y sobre mí también. En el Nombre del Señor Jesucristo. Amén.

Mis saludos a la senadora Blanca Fonseca del Paraguay, y también al Lic. William Paras del Paraguay.

Reitero también mis condolencias a la Lcda. Ruth Flórez por la partida de su madre, la señora Gladys, que partió en estos días y está en el Paraíso.

Leemos en la Escritura, en Efesios, capítulo 1, versos 3 en adelante, palabras de San Pablo donde dice:

“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo,

según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él,

en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad,

para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado,

en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia,

que hizo sobreabundar para con nosotros en toda sabiduría e inteligencia,

dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo,

de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra.

En él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad,

a fin de que seamos para alabanza de su gloria, nosotros los que primeramente esperábamos en Cristo.

En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa,

que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria.”

“LA SÉPTIMA DISPENSACIÓN: LA DISPENSACIÓN DEL REINO.”

El Programa Divino que Dios ha estado llevando a cabo en este planeta Tierra tiene diferentes etapas; y cada etapa corresponde a la dispensación que le pertenece. Por ejemplo, en el tiempo de Adán se estaba viviendo en la primera dispensación. Son siete dispensaciones en las cuales Dios trata con el ser humano; y el ser humano tiene que ajustarse a la dispensación que le toca vivir en el tiempo en que aparece en esta Tierra. Les dije que son siete dispensaciones de trato de Dios con el ser humano.

La primera dispensación es la Dispensación de la Inocencia en el tiempo de Adán. Adán fue el mensajero de esa dispensación.

Luego de la caída del ser humano en el Huerto del Edén, vino más adelante la segunda dispensación: la Dispensación de la Conciencia, en donde su mensajero fue Set.

Luego, la tercera dispensación vino más adelante, en donde encontramos a Noé. La tercera dispensación es la Dispensación del Gobierno Humano.

Luego más adelante viene la cuarta dispensación: la Dispensación de la Promesa; y su mensajero dispensacional fue el Padre de la Fe: Abraham.

Luego más adelante viene la quinta dispensación: la Dispensación de la Ley; y su mensajero dispensacional fue el profeta Moisés.

Cada mensajero dispensacional es el padre de esa dispensación, es el guardián de esa dispensación, a través del cual el Espíritu de Dios se vela en él y se revela a través de él, y le revela a él el Programa Divino para esa dispensación; y él lo habla, y entran a esa dispensación las personas correspondientes a ese tiempo. Y se requiere que el pueblo se ajuste a la Palabra Divina, a las Leyes Divinas correspondientes a esa dispensación.

Luego de la Dispensación de la Ley a través de Moisés, vino la Dispensación de la Gracia.

En la Dispensación de la Ley se reflejó todo lo que iba pasar en la Dispensación de la Gracia. Por ejemplo, en la Dispensación de la Ley tenían los sacrificios de animalitos para la Pascua, el sacrificio del cordero pascual, el cual comenzó allá en Egipto para la preservación de la vida de los primogénitos de Dios del pueblo hebreo, para que no murieran; ese cordero pascual de la Dispensación de la Ley tipifica al Cordero de Dios, a Jesucristo, que moriría para la preservación de la vida de los escogidos de Dios, de los hijos e hijas de Dios.

Por eso cuando Juan el Bautista vio a Jesús, que fue a la actividad que Juan tenía junto al Jordán, donde bautizaba; cuando lo ve, dice: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.” [San Juan 1:29] Ya para la preservación de la vida eterna de los hijos de Dios se requería más que un animalito: al Hijo de Dios como el Cordero de Dios que quitaría el pecado del mundo; pero fue reflejado, tipificado, en el cordero pascual que el pueblo hebreo sacrificó allá en Egipto.

Y ahora, el Antiguo Testamento, la Ley, tiene el tipo y figura, la sombra de lo que vendría en la sexta dispensación, que es la Dispensación de la Gracia; en donde su mensajero es el Señor Jesucristo, el Ángel del Pacto. Y el Ángel del Pacto es Cristo en Su cuerpo angelical, el cual se hizo carne y habitó en medio del pueblo hebreo.

Por eso es que Jesucristo decía en San Juan, capítulo 8, versos 56 al 58: “Abraham vuestro padre deseó ver mi día; lo vio, y se gozó.” Le dicen los judíos: “Aún no tienes cincuenta años, ¿y dices que has visto a Abraham?” Jesús les dice: “Antes que Abraham fuese, yo soy.”

Ahora, alguna persona puede decir: “Sabemos que Él nació en Belén de Judea. ¿Cómo puede ser que Él diga que era antes que Abraham?” En Su cuerpo físico nació en Belén de Judea, Su cuerpo físico; pero Su Espíritu, Su cuerpo angelical, que es el Ángel del Pacto, el Ángel de Jehová, es antes que Abraham, es antes que Adán también y es antes que todas las cosas.

En San Juan, capítulo 1, verso 1 en adelante, dice: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Por Él fueron hechas todas las cosas, y sin Él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.”

O sea, que antes de todas las cosas, Jesucristo en Su cuerpo angelical estaba; y por medio de Jesucristo en Su cuerpo angelical fue que Dios creó todas las cosas. Dice el capítulo 1 también de San Juan, verso 14: Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros...”

El Verbo, el Ángel del Pacto, el cuerpo angelical de Dios, fue hecho carne y habitó en medio de la raza humana; y fue conocido por el nombre de Jesús. Ese es nuestro Salvador antes de toda la Creación. Y por Él fueron hechas todas las cosas.

La ciencia está buscando el origen de la Creación; y vean, el origen de la Creación es Cristo: “En Él fueron hechas todas las cosas y a través de Él fueron creadas todas las cosas.” Eso es lo que nos enseña el apóstol San Pablo en Colosenses, capítulo 1, y nos habla acerca de Él... Dice, capítulo 1, verso 12 en adelante, de Colosenses, dice:

“…Con gozo dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz (los santos en luz o los hijos de Dios tienen una herencia; son herederos de Dios y coherederos con Cristo);

el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo…”

O sea, que así como libertó al pueblo hebreo de la esclavitud en Egipto, ha libertado a todos los hijos e hijas de Dios; los ha sacado del reino de las tinieblas y los ha colocado en el Reino de Dios, que es el Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia del Señor Jesucristo.

“…en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados.”

La redención es por la Sangre de Cristo y el perdón de pecados por Cristo, el cual nos limpia con Su Sangre de todo pecado. Todo esto corresponde a la dispensación sexta: la Dispensación de la Gracia, la dispensación en donde Cristo está como Hijo de Dios manifestado en Espíritu Santo en medio de Su Iglesia.

Recuerden que Él dijo: “Donde estén dos o tres reunidos en mi Nombre, allí yo estaré.” San Juan, capítulo 18… San Mateo, capítulo 18, verso 20. Y San Mateo capítulo 28, verso 20, dice: “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.” ¿Cómo? En Espíritu Santo. Él estaría en medio de Su Iglesia todo el tiempo, o sea, en Su cuerpo angelical.

Recuerde que un espíritu es un cuerpo de otra dimensión, parecido a nuestro cuerpo físico pero de otra dimensión. El cuerpo teofánico o cuerpo angelical de Cristo es un cuerpo de la dimensión de los ángeles; por eso se le llama el Ángel del Pacto.

Sigue diciendo:

“El es la imagen del Dios invisible…”

¿Quién es la imagen del Dios invisible? Jesucristo en Su cuerpo angelical. Recuerden que Dios creó al ser humano a Su imagen y a Su semejanza; o sea, que lo creó cuerpo espiritual primero, y después le dio el cuerpo físico del polvo de la tierra. Por eso la imagen de Dios es Cristo en Su cuerpo angelical, y la semejanza de Dios es el cuerpo físico de Jesucristo.

“...(Él es) el primogénito de toda creación.”

“El primogénito de toda creación.” O sea, que no hay nada antes de Cristo creado.

“Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él.”

O sea, que el dueño de todo es Cristo. “Todas las cosas fueron creadas por medio de Él y para Él.” ¿Y de dónde salieron? “En Él estaban todas las cosas. En Él fueron creadas todas las cosas.” ¿Y cómo se entiende eso?

Aparece un árbol de mango, de aguacate o de naranja o de lo que sea, ¿y de dónde salió? En la semilla está creado ese árbol con todos los frutos que va a llevar, pero usted no lo ve; tiene que pasar por el proceso de la siembra, crecimiento y que produzca el fruto, para usted ver que en aquella semillita estaba creado un árbol con todos los frutos y todas las hojas que iba a tener. Tan sencillo como eso.

Cristo es la Semilla, la Simiente de Dios, en el cual todas las cosas que Dios crearía estaban en Él, en Cristo. Por eso de Él surgieron todas las cosas, toda la Creación. Por eso dice:

“...en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él.

Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten;

y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia;

por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud.”

¿Y dónde estábamos nosotros? En Él. Estábamos en Él y por eso es que escuchamos el Evangelio de Cristo, nace la fe de Cristo en nuestra alma, creemos, lo recibimos como Salvador, obtenemos el perdón y limpieza de nuestros pecados, y somos bautizados en agua en Su Nombre; y Él nos bautiza con Su Espíritu, y produce en nosotros el nuevo nacimiento; nacemos como nace una plantita, nacemos de Cristo en el Reino de Dios.

Porque el nacimiento que hemos tenido aquí en la Tierra ha sido en el reino de este mundo, y por eso se requiere nacer de nuevo, como le dijo Cristo a Nicodemo: “De cierto, de cierto te digo, que el que no nazca de nuevo, no puede ver el Reino de Dios.” Nicodemo pensó que le estaba hablando de nacer físicamente; y Cristo le dice: “El que no nazca del Agua (o sea, del Evangelio) y del Espíritu (del Espíritu Santo), no puede entrar al Reino de Dios.” [San Juan 3:3-5]

O sea, que para entrar al Reino de Dios, los requisitos en la sexta dispensación, la Dispensación de la Gracia, es nacer de nuevo, para poder entrar al Reino de Dios y venir a formar parte de la Iglesia del Señor Jesucristo, que es el Cuerpo Místico de Cristo.

Así como Adán tuvo a su compañera Eva, su ayuda idónea; el segundo Adán, que es Cristo, tiene a la segunda Eva, que es Su Iglesia, para reproducirse en muchos hijos e hijas de Dios por medio del nuevo nacimiento que produce en las personas. Y recuerden que el Reino de Dios está en la esfera espiritual y es la Iglesia del Señor Jesucristo.

Entramos por la puerta al Reino de Dios, y la puerta es Cristo, el cual dijo: “Yo soy la Puerta; el que por mí entrare, será salvo; y entrará, y hallará pastos.” San Juan, capítulo 10, verso 9.

En la sexta dispensación —en la cual todavía estamos viviendo y estamos ya al final de la sexta dispensación— están establecidas las normas para entrar al Reino de Dios y confirmar nuestro lugar en la vida eterna con Cristo en Su Reino eterno.

La dispensación sexta es la dispensación en donde la misericordia de Dios es extendida hacia los seres humanos; es donde hay una amnistía, en donde no se le toma en cuenta los pecados a la persona que recibe a Cristo como Salvador; porque Cristo llevó nuestros pecados, y somos identificados con Cristo al recibirlo como Salvador. Por lo tanto, somos limpios de todo pecado y colocados en el Reino de Dios.

Cuando termine la Dispensación de la Gracia ya no habrá más oportunidad para los seres humanos, para recibir a Cristo como Salvador y obtener el perdón y limpieza de sus pecados, porque ya Cristo habrá terminado Su labor de Intercesor en el Cielo, en donde está como Sumo Sacerdote según el Orden de Melquisedec, intercediendo por todos aquellos que lo reciben como su Salvador.

Luego que Él termine Su labor de Intercesor, saldrá, en Apocalipsis, capítulo 5, versos 1 en adelante, saldrá del Trono del Padre, donde está sentado a la diestra de Dios como Intercesor, intercediendo con Su Sangre por el pecador. Cuando Él termine Su labor de Intercesor, saldrá; y ya no será Cordero ni Sacerdote, sino León, Rey, para traer el mundo a juicio; y a todos los que no le recibieron como Salvador, colocarlos en la gran tribulación; o sea, pasarán por la gran tribulación. Los que han servido a Dios serán llevados con Cristo en el arrebatamiento de la Iglesia, para la Cena de las Bodas del Cordero, en cuerpos glorificados, cuerpos eternos y jóvenes para toda la eternidad.

Los que murieron en Cristo, creyentes en Cristo, serán resucitados en cuerpos eternos, cuerpos glorificados y jóvenes para toda la eternidad; y así todos serán llevados con Cristo a la Cena de las Bodas del Cordero, a la Casa de nuestro Padre celestial en el Cielo.

Y los que queden en la Tierra pasarán por una etapa muy difícil, por la cual el planeta Tierra estará pasando durante un lapso de tiempo de tres años y medio, llamado el tiempo de la apretura de Jacob o gran tribulación, que corresponde a la segunda parte de la semana número setenta de la profecía de Daniel, capítulo 9. O sea, que para cada dispensación hay cosas que tienen que suceder.

Ahora, siendo que hoy tenemos el tema: “LA SÉPTIMA DISPENSACIÓN: LA DISPENSACIÓN DEL REINO,” esa Dispensación del Reino es en la cual el Señor establecerá o restaurará el Reino de David.

Recuerden que en los días de Jesús, le preguntaron, ahí en el libro de los Hechos, capítulo 1, versos… capítulo 1, versos 4 en adelante, del libro de los Hechos, dice:

“Y estando juntos, les mandó (Jesús) que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí.

Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días.

Entonces los que se habían reunido le preguntaron, diciendo: Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo?”

Querían saber si en esos días Cristo, siendo el Rey de los judíos, iba a restaurar el Reino a Israel, ya Cristo estando resucitado y teniendo todo el poder para hacerlo; pero Él les dice:

“No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad.”

O sea, que a ellos en aquel tiempo no les tocaba saber eso. Es que iban a venir diferentes etapas del cristianismo, de la Iglesia; en donde el Evangelio sería predicado, en donde millones de seres humanos recibirían a Cristo como Salvador, y obtendrían la salvación y vida eterna.

Ese era el Programa para la sexta dispensación, en donde se le extendía a la raza humana la misericordia de Dios, para que cada cual —usando de su libre albedrío— recibiera a Cristo o lo rechazara. Porque el ser humano tiene libre albedrío y Dios no se lo ha quitado ni se lo quitará; porque así como Dios tiene libre albedrío y creó al ser humano a Su imagen y semejanza, también le dio libre albedrío. Por lo tanto, la responsabilidad corresponde a la persona.

Por eso en San Marcos, capítulo 16, versos 15 al 16, dice: “Id y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.” Tan simple como eso.

Es un asunto de creer o de dudar. De creer, para vida eterna; o de dudar, para condenación. O sea, que es un asunto de creer en Cristo o no creer en Cristo.

Él dijo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida (San Juan, capítulo 14, verso 6); y nadie viene al Padre, sino por mí.” O sea, que no hay otra forma de llegar a Dios, solamente a través de Jesucristo nuestro Salvador; porque solamente hay un solo Salvador, y Su Nombre es: Señor Jesucristo.

En los días del ministerio de Jesús muchas personas esperaban que el Reino de Dios fuera establecido en esos días en Israel. Pero ellos no comprendían que en la Dispensación de la Gracia, la sexta dispensación, tenía que llevarse a cabo todo el Programa de esa dispensación, en donde millones de personas, a través de los siglos, irían recibiendo la salvación y vida eterna; y cuando partían de esta Tierra irían al Paraíso, la dimensión de los ángeles, a esperar hasta la resurrección.

Allá se encuentran en sus cuerpos angelicales, cuerpos jóvenes; no tienen que comer, no tienen que dormir, no tienen que trabajar, porque están descansando de sus trabajos; porque allá no tienen los problemas que tenemos acá en la Tierra. Allá tampoco hay noche ni se cansan tampoco de estar allá; pero están esperando regresar a la Tierra, porque Jesucristo cuando termine Su labor de Intercesión en el Cielo pasará por el Paraíso; saldrá de la séptima dimensión, la dimensión del Padre, saldrá de allá de donde está el Trono del Padre, e irá a la sexta dimensión, donde están los santos que han dormido, que han muerto físicamente; y allá estará con ellos, y de allí los traerá a la Tierra de nuevo, y les dará cuerpos eternos, los resucitará en cuerpos eternos, y nos aparecerán a nosotros los que vivimos, como sucedió en la resurrección de Cristo; y entonces nosotros también seremos transformados. Tan sencillo como eso.

Eso es lo que está prometido, y está prometido que será para la Final Trompeta; o sea, para el Mensaje Final de Dios a los seres humanos.

Ahora, en los días de Jesús algunos pensaban que el Reino de Dios iba a ser restaurado. Y recuerden que el Reino de Dios en la Tierra es el Reino de David; y el Trono de Dios en la Tierra es el Trono de David.

Para así poder comprender estas promesas, veamos lo que nos dice Primera de Crónicas, capítulo 28, verso 5, dice el rey David cuando está presentando a su hijo Salomón para que se siente como rey en su trono, dice:

“Y de entre todos mis hijos (porque Jehová me ha dado muchos hijos), eligió a mi hijo Salomón para que se siente en el trono del reino de Jehová sobre Israel.”

El Trono del Reino de Dios sobre Israel es el Trono de David.

Y luego también encontramos en este mismo libro, que nos dice en el capítulo 29 de Primera de Crónicas, verso 22 en adelante:

“Y comieron y bebieron delante de Jehová aquel día con gran gozo; y dieron por segunda vez la investidura del reino a Salomón hijo de David, y ante Jehová le ungieron por príncipe, y a Sadoc por sacerdote.

Y se sentó Salomón por rey en el trono de Jehová en lugar de David su padre…”

¿En qué trono se sentó, dice? En el Trono de Jehová, en el Trono de Dios; porque el Trono de Dios en la Tierra es el Trono de David, y el Reino de Dios en la Tierra es el Reino de David; y será restaurado algún día, porque el heredero a ese Reino y a ese Trono, dice el Ángel Gabriel a la virgen María, que será el niño que ella va a tener. En San Lucas, capítulo 1, verso 28 en adelante, dice:

“Y entrando el ángel en donde ella estaba, dijo: ¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres.

Mas ella, cuando le vio, se turbó por sus palabras, y pensaba qué salutación sería esta.

Entonces el ángel le dijo: María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios.

Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús.

Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre;

y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.”

Ahí tenemos la promesa del Trono de David y Reino de David, que será dado a Jesucristo, descendiente del rey David. Tan sencillo como eso.

Y será para este tiempo final, en la Dispensación del Reino, la séptima dispensación, donde se sentará sobre el Trono de David y gobernará sobre el mundo entero el Mesías-Príncipe, y traerá la paz; porque Él es Príncipe de Paz; y la paz se extenderá por todas las naciones.

Esa es la paz permanente que la humanidad desea, la cual el único que la puede traer es Jesucristo, el Mesías-Príncipe, en la séptima dispensación.

Podemos ver lo importante que es la séptima dispensación del Reino, la cual tiene grandes bendiciones para la humanidad: bendiciones de paz, bendiciones de amor, de justicia, de felicidad.

Nos dice que las armas de guerras serán tornadas en arados, en herramientas de trabajo; por lo tanto, no se ensayará más para la guerra sino para el trabajo, para la paz, para la felicidad de los seres humanos. Y veremos a Cristo, al Mesías, al Ungido, sentado sobre el Trono de David, reinando en la restauración del Reino de David.

El Reino de David es el Reino de Dios en la Tierra, y el Trono de David es el Trono de Dios en la Tierra. Por lo tanto, grandes bendiciones hay para la familia humana en la séptima dispensación del Reino; en donde yo he de estar. ¿Y quién más? Cada uno de ustedes también. Esas son las bendiciones grandes que hay para la raza humana en la Dispensación del Reino.

Pero mientras estamos en la Dispensación de la Gracia tenemos un Intercesor, un Sumo Sacerdote en el Cielo, según el Orden de Melquisedec, que es Cristo intercediendo por nosotros ante el Padre; para que así cada persona que escucha el Evangelio de Cristo y nace la fe de Cristo en su alma y lo recibe como Salvador, pueda acercarse a Cristo y obtener la salvación y vida eterna.

Para lo cual, si hay alguna persona que no ha recibido a Cristo como Salvador, lo puede hacer en estos momentos, y estaremos orando por usted para que Cristo le reciba en Su Reino; puede pasar al frente y oraremos por usted.

Así también en cada país puede hacerlo en la misma forma, para que quede incluido en la oración que estaremos haciendo por todos los que estarán recibiendo a Cristo como su único y suficiente Salvador.

Hay un Salvador el cual llevó nuestros pecados, el cual quitó nuestros pecados, el cual nació a través de la virgen María, la única mujer que ha concebido del Espíritu Santo y ha traído al Mesías a la Tierra.

Vamos a estar puestos en pie para orar por las personas que han venido a los Pies de Cristo en diferentes naciones. Con nuestros rostros inclinados:

Padre nuestro que estás en los Cielos, santificado sea Tu Nombre. Venga Tu Reino. Hágase Tu voluntad, como en Cielo también en la Tierra; y el pan nuestro de cada día, dánoslo hoy; y perdona nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal; porque Tuyo es el Reino, el poder y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Padre, vengo a Ti con todas estas personas que han recibido a Cristo como Salvador en diferentes países en estos momentos. Recíbeles en Tu Reino. Te lo ruego en el Nombre del Señor Jesucristo. Amén.

Y ahora repitan conmigo esta oración, los que han venido a los Pies de Cristo en estos momentos:

Señor Jesucristo, escuché la predicación de Tu Evangelio y nació Tu fe en mi corazón.

Creo en Ti con toda mi alma. Creo en Tu Primera Venida y creo en Tu muerte en la Cruz del Calvario como el Sacrificio de Expiación por nuestros pecados. Creo en Tu Nombre como el único Nombre bajo el Cielo, dado a los hombres, en que podemos ser salvos.

Reconozco que soy pecador y necesito un Salvador. Doy testimonio público de mi fe en Ti y de Tu fe en mí, y te recibo como mi único y suficiente Salvador. Te ruego perdones mis pecados y con Tu Sangre me limpies de todo pecado, y me bautices con Espíritu Santo y Fuego, y produzcas en mí el nuevo nacimiento.

Quiero nacer en Tu Reino, quiero nacer en y a la vida eterna, quiero vivir eternamente Contigo en Tu Reino.

Haz una realidad la salvación que ganaste para mí en la Cruz del Calvario. Te lo ruego en Tu Nombre Eterno y glorioso, Señor Jesucristo. Amén y amén.

Y ahora, los que han venido a los Pies de Cristo en diferentes naciones en estos momentos, bien pueden ser bautizados; y que Cristo les bautice con Espíritu Santo y Fuego, y produzca en ustedes el nuevo nacimiento. Y así nazcan en el Reino de Cristo nuestro Salvador.

Dejo con ustedes al reverendo José Benjamín Pérez para continuar y finalizar; y en cada país dejo al ministro correspondiente, para que les indique cómo hacer a las personas para ser bautizadas, los que han venido a los Pies de Cristo en esta ocasión.

Que las bendiciones de Cristo, el Ángel del Pacto, sean sobre todos ustedes, les cuide, les proteja, les acompañe todos los días de vuestra vida. En el Nombre del Señor Jesucristo. Amén.

Con ustedes el reverendo José Benjamín Pérez.

“LA SÉPTIMA DISPENSACIÓN: LA DISPENSACIÓN DEL REINO.”

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