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Muy buenos días, amados amigos y hermanos presents, y los que están en otras naciones. Que las bendiciones de Cristo, el Ángel del Pacto, sean con cada uno de ustedes y también conmigo. En el Nombre del Señor Jesucristo. Y que nos abra las Escrituras y el entendimiento para comprender la Palabra de Dios en esta ocasión. En el Nombre del Señor Jesucristo. Amén.

Es para mí una bendición y privilegio grande estar con ustedes en esta ocasión, para compartir con ustedes unos momentos de compañerismo alrededor de la Palabra de Dios y Su Programa correspondiente a este tiempo final.

Agradezco al pastor Jorge Hernández Martínez por la invitación que me hizo para estar aquí con ustedes en esta actividad. Y agradezco también a todos los ministros presentes y a cada uno de ustedes que están aquí, por reunirse para esta ocasión, domingo, día que siempre —una vez en semana— conmemora aquel Domingo de Resurrección de Jesucristo.

Para esta ocasión buscamos la Escritura en San Lucas, capítulo 19… Es el pasaje de la historia del encuentro de Zaqueo con Jesús. Y dice:

“Habiendo entrado Jesús en Jericó, iba pasando por la ciudad.

Y sucedió que un varón llamado Zaqueo, que era jefe de los publicanos, y rico,

procuraba ver quién era Jesús; pero no podía a causa de la multitud, pues era pequeño de estatura.

Y corriendo delante, subió a un árbol sicómoro para verle; porque había de pasar por allí.

Cuando Jesús llegó a aquel lugar, mirando hacia arriba, le vio, y le dijo: Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa.

Entonces él descendió aprisa, y le recibió gozoso.

Al ver esto, todos murmuraban, diciendo que había entrado a posar con un hombre pecador.

Entonces Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado.

Jesús le dijo: Hoy ha venido la salvación a esta casa; por cuanto él también es hijo de Abraham.

Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.”

“LA SALVACIÓN DE LO QUE SE HABÍA PERDIDO.”  Es nuestro tema para esta ocasión.

“Lo que se había perdido” son los hijos e hijas de Dios.

Con la caída del ser humano en el Huerto del Edén, cuando pecó Eva y luego Adán, ahí todo lo perdió Adán. Dios le había advertido que si comía del árbol de la ciencia del bien y del mal, ese día moriría, perdería el derecho a continuar viviendo eternamente.

Y murió a la vida eterna; y continuó viviendo físicamente, pero ya como un mortal al cual se le acabarían los días de vida en la Tierra. Y vivió, por todo, 930 años. Una buena edad; pero no importa cuántos años viva la persona, por más que viva se le acaban los días de vida en este cuerpo terrenal que tenemos.

Y al perder la vida eterna, Adán perdió también el Título de Propiedad, el Título de Propiedad de la vida eterna y de toda la Creación que le había sido otorgado; perdió el derecho de ser rey sobre el planeta Tierra, perdió la herencia que Dios le dio: el planeta Tierra con todo lo que tenía y tendría más adelante, si él permanecía fiel a Dios.

Pero el Título de Propiedad lo tomó Dios, y ha permanecido en la diestra de Dios por miles de años, esperando que otro hombre lo tome —que vendría a ser un segundo Adán—, para tomarlo, abrirlo en el Cielo y reclamar todo lo que contiene ese Título de Propiedad.

El segundo Adán es el Señor Jesucristo; por eso Él dijo que “el Hijo del Hombre ha venido para buscar y salvar lo que se había perdido.” [San Lucas 19:10] Al ser humano. A las personas escritas en el Cielo, en el Libro de la Vida del Cordero.

Recuerden que Él dijo en una ocasión: “No os gocéis que los espíritus se os sujeten en mi nombre, gozaos de que vuestros nombres están escritos en los Cielos.” [San Lucas 10:20]

En los Cielos está el registro de todos los que vivirán eternamente. Esos son los que estaban en la mente de Dios como hijos de Dios, para ser manifestados en esta Tierra y vivir eternamente; pero con la caída del ser humano los hijos e hijas de Dios que hubieran venido desde el tiempo de Adán y Eva, han tenido que esperar; y es en la Dispensación de la Gracia, de Cristo hacia acá, que han estado viniendo esas personas a la Tierra, naciendo en este planeta Tierra y escuchando la predicación del Evangelio de Cristo, recibiéndolo como Salvador, siendo bautizados en agua en Su Nombre y Cristo bautizándolos con Espíritu Santo y Fuego, y produciendo en ellos el nuevo nacimiento.

Primero tenían que nacer en la dimensión de la teofanía, en la dimensión de los espíritus, de la cual sería el espíritu o cuerpo angelical que recibirían; como el mismo Cristo, que antes de aparecer en la Tierra en carne humana como un hombre, y como el eslabón entre Dios y el ser humano, antes Él tenía Su cuerpo angelical, el cual es llamado el Ángel del Pacto o Ángel de Jehová, en el cual Dios aparecía a los profetas que Él enviaba, aparecía en diferentes ocasiones para hablar a través de ese cuerpo angelical, de ese cuerpo teofánico. Algunas veces aparecía en la forma de luz, una Columna de Fuego, y otras veces se dejaba ver en la forma de un hombre de otra dimensión.

Esa es la trayectoria que todo hijo de Dios tenía que tomar para venir a esta Tierra con vida eterna, pero hubo una interrupción en el tiempo de Adán y Eva, y ahora sin pasar por esa dimensión de la teofanía, de los cuerpos angelicales, hemos venido a esta Tierra, y por consiguiente cada persona ha recibido un espíritu del mundo; no de la sexta dimensión, no de la dimensión de la cual es el Espíritu de Cristo, de la cual es el Ángel del Pacto, sino del mundo; y por eso han estado sujetos a este mundo y los sistemas de este mundo, los seres humanos que han nacido de la caída de Adán y Eva hacia acá; y por eso no han tenido vida eterna para continuar viviendo en esta Tierra.

De Cristo hacia acá les ha tocado venir a la Tierra a los que la Biblia menciona como hijos e hijas de Dios; y han estado viniendo a la Tierra con cuerpos físicos mortales o en cuerpos físicos mortales, y con un espíritu o cuerpo espiritual del mundo, no de la dimensión del Ángel del Pacto, no de la dimensión de la teofanía. Y por esa causa han habido tantos problemas en esta Tierra, desde la caída de Adán y Eva allá en el Huerto del Edén. Todos esos problemas son la consecuencia de la caída del ser humano en el Huerto del Edén.

Nosotros teníamos que venir a la Tierra con vida eterna, con el cuerpo que Dios diseñó desde antes de la fundación del mundo para mí y para cada uno de ustedes,  y con el espíritu o cuerpo espiritual, angelical, que Dios diseñó para mí y para cada uno de ustedes desde antes de la fundación del mundo; pero hubo esos problemas, y ahora Jesucristo, el Hombre perfecto en el cual moraba Dios cuando todavía era un cuerpo angelical, todavía no tenía el cuerpo de carne…

Recuerden que Cristo dice: “Antes que Abraham fuese, yo soy.” [San Juan 8:58] ¿Cómo era Jesucristo antes de Adán? Era el Ángel del Pacto, era un hombre pero de otra dimensión, por eso Él dice: “Del Cielo he descendido, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del Padre.” [San Juan 6:38]

Y muchas personas podían decir: “¿Cómo que descendiste del Cielo, si naciste en Belén de Judea, si conocemos a tus padres José y María, y a tus hermanos? ¿Cómo, pues, dices que descendiste del Cielo?”

Descendió del Cielo en Su cuerpo angelical, para llevar a cabo la Obra de Redención, de Salvación de todo lo que se había perdido. Él es nuestro Pariente redentor, el que nos redime, el que nos regresa a la Casa de nuestro Padre celestial, nos regresa a la familia de Dios como hijos e hijas de Dios, como descendientes de Dios.

Por esa causa fue que Dios vino en medio de la raza humana en un cuerpo físico llamado Jesús, y por eso fue que Jesucristo podía decir: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (San Juan, capítulo 14); y podía decir: “El Padre y yo una cosa somos.” (San Juan, capítulo 10, verso 30).

Es que el cuerpo angelical de Dios es el Ángel del Pacto, que es Cristo en Su cuerpo angelical, llamado también el Espíritu Santo, porque un espíritu es un cuerpo de otra dimensión. Y Cristo en Su cuerpo de carne, el Ángel del Pacto en Su cuerpo de carne, es Jesús. Y Dios el Padre, estando en Jesús, y el Espíritu Santo estando en Jesús, es la plenitud de Dios manifestada en carne humana para llevar a cabo la Obra de Redención, para buscar y salvar lo que se había perdido.

Él vino para buscarme a mí, ¿y a quién más? A cada uno de ustedes también. Por eso Él dijo: “También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquéllas también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor.” [San Juan 10:15]

La Voz de Cristo el Buen Pastor, es el Evangelio de Cristo; y las ovejas son los que escuchan la Voz de Cristo y lo reciben como Salvador; y el Redil es la Iglesia del Señor Jesucristo, ahí es donde Él coloca esas ovejas, es donde nacen las ovejas del Señor, que son las personas que escuchan la predicación del Evangelio de Cristo, nace la fe de Cristo en su alma, y lo reciben como su único y suficiente Salvador, y son bautizados en agua en Su Nombre, y Él los bautiza con Espíritu Santo y Fuego, y produce en las personas el nuevo nacimiento.

Así como tuvimos que nacer en esta Tierra a través de nuestros padres terrenales para entrar a este reino terrenal de mortales; nacemos de nuevo, nacemos en el Reino de Dios, del Agua (o sea, del Evangelio de Cristo) y del Espíritu Santo, y así es como nacemos en el Reino de Dios como hijos e hijas de Dios.

Y esas son las personas que forman la Iglesia del Señor Jesucristo, que es la Casa de Dios, la familia de Dios; y por consiguiente, el Padre de familia, que es Dios por medio de Cristo, nos da el alimento cada día. El alimento espiritual, que es el más importante, lo tenemos disponible todos los días de nuestra vida para alimentar nuestra alma; “porque no solamente de pan vivirá el hombre sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios.” Por eso Pedro dijo… y Jesús dijo: “Mis palabras son espíritu y son vida.” [San Juan 6:63] Y dijo: “No solamente de pan vivirá el hombre, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios.” [San Mateo 4:4]

Esa Palabra es el alimento para el alma del ser humano, así como el alimento físico es el alimento para el cuerpo; y el que no come el alimento para el cuerpo, se va enflaqueciendo, debilitando; se enferma y se muere.

¿Y qué del que no come el alimento espiritual de la Palabra de Dios correspondiente al tiempo que le toca vivir? Se debilita espiritualmente; su fe se debilita, y crece la incredulidad; y por consiguiente, muere espiritualmente, su alma está muerta; y quien único lo puede resucitar es Jesucristo:

“Despiértate, tú que duermes,

Y levántate de entre los muertos,

Y te alumbrará Cristo.”

(Efesios, capítulo 5, verso 14)

Una resurrección espiritual, una resurrección para el alma de la persona. La muerte espiritual es más terrible que la muerte física, porque la muerte física lo único que mata es el cuerpo físico, pero la persona sigue viviendo en su cuerpo espiritual, ya sea su cuerpo espiritual del mundo o del Paraíso, de la sexta dimensión.

La muerte segunda, la muerte para el alma, es la más triste que una persona puede sufrir; porque deja de existir para siempre su alma, su espíritu y su cuerpo.

Recordemos que el ser humano es alma viviente, viviendo en un cuerpo espiritual dentro de un cuerpo de carne; y por consiguiente, lo más importante de la persona es su alma; por eso es que dice la Escritura que el alma que pecare esa morirá.

En San Mateo, capítulo 16, dice Cristo… Capítulo 16 de San Mateo, versos 24 al 28, dice:

“Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame.

Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará.

Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?”

¿Ven? Lo que más valor tiene es el alma, porque eso es lo que en realidad es la persona: alma viviente. Alma, espíritu y cuerpo, cuando la persona está manifestada en esta Tierra. Cuando muere es alma y espíritu; o sea, el alma dentro del cuerpo espiritual.

Y para todos los creyentes en Cristo nacidos de nuevo: cuando mueren físicamente, lo que muere es su cuerpo físico, pero él va a otra dimensión: la dimensión de los redimidos, el Paraíso (como es conocido), donde están todos los creyentes en Cristo de edades pasadas, que han muerto físicamente con la promesa de que en la Venida de Cristo en el Día Postrero Él los traerá, pasará por el Paraíso y los traerá, y los resucitará en cuerpos eternos, cuerpos inmortales y cuerpos jóvenes iguales al cuerpo glorificado que tiene Jesucristo, que está tan joven como cuando Él resucitó y subió al Cielo.

Esa es la promesa para todos los creyentes en Cristo que han partido. Y para los que estén vivos en el Día Postrero, que forman la Iglesia del Señor Jesucristo, la promesa es que cuando los veamos seremos transformados y llevados con Cristo luego, a la Cena de las Bodas del Cordero.

Así como Cristo subió al Cielo, y subieron con Él los santos del Antiguo Testamento que resucitaron con Cristo cuando Cristo resucitó; así también, como fue en la Primera Venida de Cristo, sucederá en Su Segunda Venida, en donde será reclamado por Cristo nuestro derecho a vivir físicamente por toda la eternidad; y a vivir en un cuerpo perfecto, cuerpo inmortal, cuerpo joven, que representará de 18 a 21 años de edad. Tan sencillo como eso.

¿Y cómo nos vamos a ir de aquí de la Tierra? Despreocúpese de eso. Los carros de Dios se cuentan por millares.

Recuerden que el profeta Elías fue llevado por un carro de fuego, lo cual es un platillo volador o un ovni, como le llaman. Cristo fue levantado al Cielo también, y una nube le ocultó; y así por el estilo tenemos el testimonio bíblico de que hay carros de Dios, carros de fuego, como los que protegían al profeta Eliseo. Los montes estaban llenos de carros de fuego, que son ángeles de Dios, y estaban protegiendo al segundo Elías como protegieron al primer Elías.

Recuerden que hasta el Ángel de Dios le preparó una comida al profeta Elías, una tortilla de harina, y le trajo agua también, cuidando a Su profeta, el cual estaba muy preocupado y estaba huyendo de Jezabel. Y Elías iba rumbo al Monte Horeb, o sea, al Sinaí, al Monte de Dios; y Dios le dio esa comida, Dios manifestado en Su Ángel, el Ángel del Pacto; o en palabras más claras, Dios a través de Cristo (Cristo en Su cuerpo angelical, que es la imagen del Dios viviente), le preparó la comida al profeta Elías y le trajo también agua.

¿No dio, acaso, panes y peces también para los que estaban en su actividad, y ya era tarde y no había comida suficiente para ellos, en medio de ellos y en ciudades cercanas? En más de una ocasión lo hizo.

¿No transformó, convirtió las aguas - el agua en vino en las bodas de Caná? Pues Él también, así como nos da el Pan espiritual, al profeta Elías le preparó comida.

Recuerden que el mismo que le dio maná del Cielo al pueblo hebreo y carne también, ahora le está preparando la comida al profeta Elías; y lo pone a tomar una siesta. Y después lo despierta; y cuando Elías mira, ve otra torta de harina y también agua. Elías come de nuevo y se fortaleció, y caminó por cuarenta días sin comer más ni beber, hasta que llegó al Monte Sinaí, y allí se metió a dormir en una cueva.

El Señor proveerá. Siempre ha provisto el alimento espiritual y el físico también para el ser humano. Todo alimento que produce la Tierra es por bendición de Dios. Él fue el que sembró, creó y sembró las semillas en la Tierra; o sea, que Dios ha estado alimentando a la humanidad, y la humanidad no se ha dado cuenta quién es el Padre de familia que alimenta a la familia humana; es Dios. Y Él es el que nos alimenta nuestra alma con Su Palabra para nuestro tiempo.

Es importante que el ser humano sea alimentado —el ser humano integral— sea alimentado físicamente, sea alimentado su cuerpo, por consiguiente sea alimentada su alma y sea alimentando su espíritu también. El ser humano integral es alma, espíritu y cuerpo, y necesita alimento espiritual para el alma, para el espíritu y para el cuerpo también.

Es importante que el ser humano sepa lo que es él; y así podrá saber también quién es Dios, quién es Dios revelado en y a través de Jesucristo. Porque es a través de Jesucristo que Dios se ha dado a conocer a la raza humana, y es por medio de Jesucristo que Dios creó los Cielos y la Tierra. San Juan, capítulo 1, verso 1 al 20. Y Hebreos, capítulo 1, verso 1 al 3: “Por Él fueron hechas todas las cosas.” Y también Colosenses, capítulo 1, versos 12 al 25.

Y ahora, Cristo descendió a la Tierra, el Ángel del Pacto, y creó Su cuerpo de carne en el vientre de la virgen María, la cual concibió del Espíritu Santo; y luego cuando nació, fue nada menos que el cuerpo físico de Dios; por eso Cristo decía: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.”

Ese cuerpo físico viene conforme a lo que fue tipificado a través de los profetas. Dios se veló y se reveló temporalmente a través de los profetas, y luego se revela a través del cuerpo de carne llamado Jesús, el cual fue creado por Dios con el propósito de que redimiera a todos los que se habían perdido, y los restaurara a la vida eterna, les diera salvación y vida eterna.

Sin Cristo el ser humano no tiene esperanza; y si piensa que tiene, eso es un pensamiento, una idea en su imaginación.

Cristo dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí.” (San Juan, capítulo 14, verso 6).

Por lo tanto, no hay muchos caminos: un solo Camino, el cual es Cristo; y Él es nuestra Paz, el cual nos ha reconciliado con Dios y nos ha puesto en paz con Dios.

Es importante saber lo que es el ser humano, para entonces saber quién es Dios a través de Cristo nuestro Salvador, el cual vino para buscar y salvar lo que se había perdido, colocarlos, restaurarlos a la eternidad, con vida eterna y restaurarlos al Reino de Dios, y restaurarlos a la herencia que les corresponde, porque son herederos de Dios (como lo son los hijos de un padre de familia) y son coherederos con Jesucristo el Hijo de Dios.

A todo lo que Cristo es heredero son también coherederos con Él todos los creyentes en Cristo; y para que tengamos una idea clara de esa bendición que tienen todos los creyentes en Cristo, leemos en Apocalipsis, capítulo 1, verso 4 al 6, donde dice:

“Juan, a las siete iglesias que están en Asia: Gracia y paz a vosotros, del que es y que era y que ha de venir, y de los siete espíritus que están delante de su trono;

y de Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre,

y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén.”

¿Nos ha hecho qué? Reyes y sacerdotes para Dios. Ahí tenemos el Orden Sacerdotal celestial, el Orden Sacerdotal del Reino de Dios.

Y Apocalipsis, capítulo 5, versos 8 al 10, nos dice:

“Y cuando hubo tomado el libro (o sea, el Libro sellado con siete sellos), los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron delante del Cordero; todos tenían arpas, y copas de oro llenas de incienso, que son las oraciones de los santos; y cantaban un nuevo cántico, diciendo: Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación;

y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra.”

Y en el capítulo 20 del Apocalipsis, verso 4 también, cuando nos habla del Reino Milenial del Mesías, nos dice:

“Y vi tronos, y se sentaron sobre ellos los que recibieron facultad de juzgar; y vi las almas de los decapitados por causa del testimonio de Jesús y por la palabra de Dios, los que no habían adorado a la bestia ni a su imagen, y que no recibieron la marca en sus frentes ni en sus manos; y vivieron y reinaron con Cristo mil años (mil años para comenzar, y luego por toda la eternidad).

Pero los otros muertos no volvieron a vivir hasta que se cumplieron mil años…”

O sea, que el resto de los muertos no serán resucitados para entrar al Reino Milenial, sino después del Milenio, para ir al Juicio Final; pero los creyentes en Cristo son resucitados antes de comenzar el Milenio, y aun antes de comenzar la gran tribulación.

La resurrección de los creyentes en Cristo es la primera resurrección, pertenecen a la primera resurrección que es la resurrección a vida eterna con cuerpos eternos, cuerpos glorificados y jóvenes para toda la eternidad.

“Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección…”

Es ser una persona bienaventurada la que tiene parte en la primera resurrección, en la resurrección que Cristo llevará a cabo en Su Venida en el Día Postrero, cuando resucite a los muertos creyentes en Él en cuerpos glorificados y jóvenes, y a los que estén vivos los transformará; y entonces todos seremos jóvenes representando de 18 a 21 años de edad.

Los ancianos volverán a ser jóvenes, pero jóvenes no en el mismo cuerpo que tenían porque se les pondría viejo otra vez; en cuerpo eterno, inmortal y glorificado. Y los niños: al ser transformados serán jóvenes también.

“Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene potestad sobre éstos…”

La muerte del alma y del espíritu no puede ocurrir para ellos; la muerte del lago de fuego no tiene potestad sobre ellos, no morirán la segunda muerte. La primera muerte, que es la muerte de la carne, para algunos sí ocurre: los que murieron en los tiempos de los apóstoles, y de ahí para acá, y los que mueren en nuestro tiempo, pero serán resucitados en cuerpos eternos y nunca más morirán.

Y los que sean transformados en este tiempo final, serán restaurados a la vida eterna sin ver la muerte física; una transformación vendrá para los creyentes en Cristo que estarán viviendo en este tiempo final y estarán escuchando la Gran Voz de Trompeta o Trompeta Final de Primera de Corintios, capítulo 15, versos 49 al 58, y Primera de Corintios, capítulo 14, versos 7 al 10; y Primera de Tesalonicenses, capítulo 4, versos 12 al 18.

Y también la promesa de Filipenses, capítulo 3, que nos habla de esa transformación; y nos dice Filipenses, capítulo 3, versos 20 al 21:

“Mas nuestra ciudadanía está en los cielos…”

Ahora, cualquier persona podrá decir: “No, mi ciudadanía está en el país donde yo nací.” Esa es la ciudadanía que usted tiene terrenal, donde nació su cuerpo de carne, mortal, corruptible y temporal; pero el que nace de nuevo del Agua y del Espíritu, que son los que escuchan el Evangelio de Cristo, nace la fe de Cristo en su alma, lo reciben como Salvador, son bautizados en agua en Su Nombre, y Él los bautiza con Espíritu Santo y Fuego, y produce el nuevo nacimiento en ellos; ese nuevo nacimiento no es terrenal, ese nuevo nacimiento no viene por medio de nuestros padres terrenales.

Eso fue lo que le dijo Cristo a Nicodemo: “De cierto, de cierto te digo, que el que no nace de nuevo, el que no nazca del Agua y el Espíritu no puede entrar al Reino de Dios.” [San Juan 3:3]

Él pensaba que era entrar, que era nacer a través de su madre nuevamente; pero no, el nuevo nacimiento —que es del Cielo— es de parte de Dios, es celestial: nacer del Agua y del Espíritu, que es nacer del Evangelio de Cristo y del Espíritu Santo.

Y así la persona tiene una ciudadanía celestial, es un ciudadano celestial, y por consiguiente, es un hijo del Padre celestial, un hijo o hija de Dios; esos son los hijos e hijas de Dios que forman la Iglesia del Señor Jesucristo, esa es la familia de Dios.

“Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo…”

¿De dónde lo esperamos? Del Cielo, de donde es nuestra ciudadanía celestial. Vamos a ver para qué lo estamos esperando. Y queremos que venga pronto. Antes de que terminemos nuestros días en la Tierra, queremos que Él regrese para que haga lo que está prometido aquí, porque Él tiene el poder para cumplir lo que Él prometió; Él no puede prometer algo y luego olvidarse de lo que Él prometió, Él tiene que cumplir lo que Él promete en el tiempo para el cual está prometido su cumplimiento.

“…el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra…”

O sea, transformará estos cuerpos físicos, que son el cuerpo de la humillación nuestra. Teníamos que venir en cuerpos eternos, inmortales y glorificados, y jóvenes para toda la eternidad, y hemos tenido que venir en estos cuerpos temporales a causa del problema que hubo en el Huerto del Edén.

Y siendo hijos e hijas de Dios, del Rey de los Cielos y de la Tierra, somos príncipes y princesas del Reino de Dios; y al vivir en esta Tierra físicamente, humanamente, los hijos de Dios han estado viniendo y viviendo como pobres, siendo ricos en el Reino de Dios; viviendo una vida de lucha en la Tierra para poder sobrevivir, y vivir la temporada o años de vida que nos corresponde vivir en esta etapa que es temporal.

Pero recuerde, esta es una etapa de prueba, y Él dirá luego: “En lo poco has sido fiel, en lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu Señor.” [San Mateo 25:21]

Como usted haga, estando en estos cuerpos terrenales que tenemos, es como usted haría si tuviera un cuerpo eterno; por eso: en lo poco eres fiel, en lo mucho Dios te pondrá.

“…el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya (para que nuestro cuerpo sea como el cuerpo del Señor: joven, inmortal, eterno, glorificado).”

Y estando en ese cuerpo es que la herencia del Reino, literalmente, y todos los derechos del Reino en el campo literal, serán restaurados para los hijos e hijas de Dios.

Dice la Escritura que reinaremos con Él, seremos reyes y sacerdotes con Él; porque a todo lo que Cristo es heredero, lo son también los creyentes en Cristo. Él es el Rey de reyes y Señor de señores, y nosotros somos reyes con Él. A todo lo que Él es heredero, somos también coherederos con Él. Romanos, capítulo 8, verso 14 al 39.

Él tiene un cuerpo glorificado y joven; también nosotros somos coherederos con Él, y por consiguiente vamos a tener un cuerpo eterno, inmortal, incorruptible y glorificado y joven para toda la eternidad. Así que no se preocupe si el temporal – cuerpo temporal, se va poniendo viejo, no se preocupe; cada vez que cumpla un año en su vida, diga: “Un año más cerca de mi cuerpo nuevo, eterno, inmortal, glorificado y joven para toda la eternidad.” Esa es la forma de celebrar los cumpleaños.

Otros, que no tienen el conocimiento del Programa Divino, dicen: “Un año más viejo o mas vieja”; pero el creyente dice: “¡Un año más cerca de mi transformación! ¡Un año más cerca de mi juventud eterna!”

No es que nos estamos poniendo viejos; es que nos estamos acercando a la juventud eterna.

“…el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya (¿y cómo lo va a hacer?), por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas.”

Él y a Él están sujetas toda las cosas, porque el Rey es el que está sentado en el Trono, y Cristo está sentado en el Trono de Dios, a la diestra de Dios; por eso Cristo dijo en San Mateo, capítulo 28, verso 16 al 20: “Todo poder me es dado en el Cielo y en la Tierra.” Es que Él dijo que Él se sentaría a la diestra de Dios en el Cielo. Y el que se sienta en el trono es el rey, es el heredero, es el que gobierna. Y con él: los príncipes y princesas, reyes y sacerdotes y jueces; ahí tenemos el poder político como reyes, el poder religioso como sacerdotes, y el poder judicial como jueces.

San Pablo dice en el capítulo 2* de Primera de Corintios, que los santos juzgarán al mundo, y aun a los ángeles. ¿Que los ángeles van a ser juzgados? Eso dice San Pablo; los ángeles que se rebelaron en contra de Dios.

Cualquiera podría decir: “Me dejan a mí uno solo: al diablo, para juzgarlo.” Dejemos que Cristo lo juzgue. Cristo sabe lo que tiene que hacer con él.

Así que conociendo lo que viene, sabiendo cuál es el futuro de los creyentes en Cristo, estamos gozosos y agradecidos a Cristo por la parte que nos ha tocado en el Programa Divino. Capítulo 6 (*corrijo), de Primera de Corintios, era, donde dice:

“¿O no sabéis que los santos han de juzgar al mundo? Y si el mundo ha de ser juzgado por vosotros, ¿sois indignos de juzgar cosas muy pequeñas?

¿O no sabéis que hemos de juzgar a los ángeles? ¿Cuánto más las cosas de esta vida?”

Es que el Poder Judicial del Reino de Dios está compuesto por el Señor Jesucristo como el Juez Supremo; porque Dios ha colocado a Cristo como Juez de los vivos y de los muertos, y a nosotros nos ha colocado como jueces de ese Poder Judicial de Cristo.

Todo eso está en la herencia de Dios para los herederos, que son los hijos e hijas de Dios. Son los herederos los que tienen derecho a la herencia de su Padre, y Cristo hace el reclamo de esa herencia; porque el Título de Propiedad es el Libro sellado con siete sellos de Apocalipsis, capítulo 5, verso 1 en adelante, y Apocalipsis, capítulo 6 y capítulo 7, y capítulo 8, verso 1; y capítulo 10, donde Él viene ya con el Librito abierto en Su mano, con el Título de Propiedad abierto para reclamar todo lo que Él ha redimido con Su Sangre preciosa.

Y ahí nos reclama a nosotros, reclama todo lo que nos corresponde como hijos de Dios y coherederos con Cristo; reclama el cuerpo que nos corresponde como hijos de Dios. ¿Cuál? El cuerpo glorificado y eterno y joven, que nos corresponde como hijos de Dios; y todas las demás cosas de la herencia divina que nos corresponde.

Todo eso ocurrirá en el Día Postrero, que es el séptimo milenio de Adán hacia acá. Y ya hemos entrado a ese Día Postrero, pero no sabemos en qué año, mes y día se cumplirá esta promesa; pero se cumplirá en ese séptimo milenio, que es el Día Postrero delante de Dios. “Porque un día delante de Dios es como mil años para los seres humanos,” nos dice Segunda de Pedro, capítulo 3, verso 8; y también en otros lugares de los Salmos, como el Salmo 90, verso 4, que nos habla de un día delante de Dios.

Por lo tanto, estamos tranquilos; y aunque mundialmente la situación no le da mucha esperanza a la humanidad, para los creyentes en Cristo, viendo las condiciones en que estamos viviendo y que concuerdan con las profecías correspondientes para el tiempo final, tiempo en el cual la Venida de Cristo se hará una realidad a la Iglesia del Señor Jesucristo; eso levanta nuestro ánimo, nuestra esperanza y nuestra fe en nuestro amado Señor Jesucristo; y nos agarramos de Cristo como se agarró Jacob del Ángel de Dios, del Ángel del Pacto, que es Cristo en Su cuerpo angelical, en el capítulo 32, verso 24 al 32, del Génesis. Aquel Ángel era Cristo en Su cuerpo angelical, el Ángel del Pacto, del cual se agarró y no lo soltó hasta que lo bendijo.

Así es y será para todos los creyentes en Cristo de este tiempo final. Estaremos bien agarrados de Cristo para recibir la bendición de nuestra transformación. Y si alguno parte, pues la resurrección en cuerpos glorificados. Así que no le preocupa a los creyentes en Cristo si tiene que partir, pues estarán mirando desde el Cielo, desde la sexta dimensión, desde el Paraíso, estarán mirando hacia acá todo lo que Cristo estará llevando a cabo en este tiempo final.

Pero es mejor estar acá y no allá; y allá es bueno, pero acá es donde se trabaja; allá están descansando, reposando de sus trabajos, ya hicieron su trabajo, y ahora nos toca a nosotros; ellos están como espectadores, mirando desde el Cielo; nosotros estamos acá como personas que trabajamos en el Programa Divino, personas proactivas en el Programa de Dios; no con los brazos cruzados como observadores, sino como actores, actores en el Programa Divino, en la parte de la pieza musical del Programa Divino correspondiente a nuestro tiempo.

Estamos en el tiempo en que de un momento a otro se completará el número de los escogidos de Dios en el Cuerpo Místico del Señor Jesucristo; esto es: muy pronto se completará la Iglesia del Señor Jesucristo, que son los hijos e hijas de Dios por medio del segundo Adán, de Cristo y Su ayuda idónea, que es la Iglesia del Señor Jesucristo. Esa es la Casa de Dios, la familia de Dios, donde nacen los hijos e hijas de Dios.

Si hay todavía alguna persona que no ha recibido Cristo como Salvador, y nació la fe de Cristo mientras escuchaba la predicación del Evangelio de Cristo, puede pasar al frente y estaremos orando por usted, para que Cristo le reciba en Su Reino.

Y los niños de 10 años en adelante también pueden venir a los Pies de Cristo nuestro Salvador. Recuerden que Él dijo: “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el Reino de los Cielos.” [San Mateo 19:14]

Dios tiene mucho pueblo aquí en la República Mexicana, y los está llamando en este tiempo final; y tiene muchos hijos en toda la América Latina, y los está llamando en este tiempo final; y tiene muchos hijos en el Caribe, y los está llamando en este tiempo final; y tienen muchos hijos en Norteamérica y en todos los países, y los está llamando en este tiempo final, para completar Su Iglesia, completar Su familia, la familia de Dios, del cual Cristo es el Padre de familia y Su Iglesia la madre de la familia, y los creyentes: los hijos de la familia.

Todos tenemos el anhelo de vivir eternamente. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que nuestra alma viene de Dios, y por consiguiente, viene de la eternidad. Estábamos en Dios eternamente, y ahora lo reconocemos cuando recibimos a Cristo como nuestro único y suficiente Salvador. De ustedes era que hablaba San Pablo cuando hablaba de los elegidos, los predestinados, los escogidos; y Cristo también hablaba de los escogidos de Dios.

Por lo tanto, nuestra alma, que viene de Dios, de la eternidad, así como Cristo decía: “Descendí del Cielo, vine de Dios,” así también usted y yo hemos venido de Dios, del Cielo; nuestra alma es de Dios, del Reino de Dios.

No entendemos quizás mucho sobre ese misterio, pero cuando escuchamos la Palabra de Dios, la Voz de Dios llega acá al corazón; y recordamos las palabras de Cristo que dijo: “El que es de Dios, la Voz de Dios oye.” (San Juan, capítulo 8, verso 47).

Y también Él dijo: “Mis ovejas oyen mi voz, y me siguen, y yo las conozco, y yo les doy vida eterna (nos da vida eterna, nos restaura a la vida eterna); y no perecerán jamás (o sea, que no dejarán de existir jamás, vivirán eternamente)… y no perecerán jamás. Mi Padre que me las dio es mayor que todos (esas ovejas son personas que Dios el Padre da a Cristo para que las busque y les dé vida eterna). El Padre y yo una cosa somos.” Recuerden que Él decía: “El Padre que mora en mí, Él hace las obras.” San Juan, capítulo 10, versos 27 al 30.

“Despiértate, tú que duermes, 

Y levántate de entre los muertos,

Y te alumbrará Cristo”

(Efesios, capítulo 5, verso 14).

Recuerden que la humanidad murió allá en el Huerto del Edén: cuando Adán y Eva pecaron, murieron o murió a la vida eterna; y ahora, cuando recibimos a Cristo como nuestro Salvador, despertamos a la vida eterna. Así como despertamos en las mañanas a la vida terrenal, despertamos a la vida eterna en el Reino de Dios, cuando recibimos a Cristo como nuestro único y suficiente Salvador.

Vamos a estar puestos en pie para orar por las personas que han venido a los Pies de Cristo nuestro Salvador. Los que están en otros países también pueden venir a los Pies de Cristo nuestro Salvador, para que Cristo les restaure al Reino de Dios, y por consiguiente, a la vida eterna.

Sin Cristo el ser humano no tiene futuro, sin Cristo no hay esperanza para el ser humano, solamente comer, dormir, trabajar y vivir una temporada corta y después... todo se acabó.

Pero con Cristo hay esperanza de una vida eterna en el Reino de Dios, y eso es lo importante: la vida eterna. No hay cosa más importante que la vida eterna, y solamente la podemos conseguir en el que tiene la exclusividad de la vida eterna, que es Jesucristo nuestro Salvador.

Cuando usted quiere algo, tiene que ir donde usted sabe que está; y la vida eterna está en Cristo para otorgarla a los que lo reciben como Salvador; por eso se predica el Evangelio, y se da a conocer la forma de recibir a Cristo, para recibir la vida eterna.

Cristo dijo: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.” [San Marcos 16:15-16] Tan sencillo como eso.

La incredulidad condena a la persona; la fe trae la salvación a la persona, la fe en Cristo trae la salvación al ser humano.

Vamos a estar con nuestros rostros inclinados y nuestros ojos cerrados, los que están aquí presentes y los que están en otros países y en otras ciudades, para ir ante la presencia de Dios en oración.

Padre nuestro que estás en los Cielos, santificado sea Tu Nombre. Venga Tu Reino y hágase Tu voluntad, como en el Cielo también en la Tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy; perdona nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en tentacion, mas libranos del mal; porque tuyo es el Reino, el poder y la gloria, por los siglos de los siglos. Amén.

Padre celestial, vengo a Ti en el Nombre del Señor Jesucristo con todas estas personas que han venido a los Pies de Cristo, recibiéndole como único y suficiente Salvador. Recíbeles en Tu Reino. En Tus manos los encomiendo, en el Nombre del Señor Jesucristo. Amén.

Y ahora repitan conmigo esta oración, los que han venido a los Pies de Cristo en esta ocasión:

Señor Jesucristo, escuché la predicación de Tu Evangelio y nació Tu fe en mi corazón. Creo en Ti con toda mi alma, creo en Tu Primera Venida. Creo en Tu Nombre como el único Nombre dado a los hombres, bajo el Cielo, en que podamos ser salvos. Creo en Tu muerte en la Cruz del Calvario como el Sacrificio de Expiación por nuestros pecados.

Reconozco que soy pecador, y necesito un Salvador, un Redentor. Doy testimonio público de Tu fe en mí y de mi fe en Ti, y te recibo como mi único y suficiente Salvador.

Te ruego perdones mis pecados y con Tu Sangre me limpies de todo pecado, y me bautices con Espíritu Santo y Fuego luego que yo sea bautizado en agua en Tu Nombre, y produzcas en mí el nuevo nacimiento.

Quiero nacer en Tu Reino, quiero vivir eternamente en Tu Reino. Haz una realidad en mí la salvación que ganaste para mí en la Cruz del Calvario. Te lo ruego en Tu Nombre Eterno y glorioso, Señor Jesucristo. Amén.

Ahora, me preguntarán las personas que han venido a los pies de Cristo: “¿Cuándo me pueden bautizar? Porque Cristo dijo: ‘El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.” (San Marcos, capítulo 16, versos 15 al 16) 

Por cuanto ustedes han creído de todo corazón, bien pueden ser bautizados; y que Cristo les bautice con Espíritu Santo y Fuego, y produzca en ustedes el nuevo nacimiento.

El agua en el bautismo no quita los pecados, es la Sangre de Cristo la que nos limpia de todo pecado; pero el bautismo en agua es un mandamiento del Señor Jesucristo.

“El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.” 

El mismo Señor Jesucristo, cuando Juan predicaba allá en el Jordán, y fue Jesús donde Juan estaba predicando y bautizando a los que recibían su Mensaje, Jesús también llegó; se colocó en la fila, y cuando le tocó el turno para Jesús ser bautizado por Juan, Juan cuando lo ve le dice: “Yo tengo necesidad de ser bautizado por Ti, ¿y Tú vienes a mí para que yo te bautice?” Jesús le dice: “Nos conviene cumplir toda justicia.” Y entonces lo bautizó.

Y cuando subió de las aguas bautismales, el Espíritu Santo descendió en forma de paloma sobre Jesús; y esa era la señal también, que Dios le había dado a Juan, de que sobre el cual viera el Espíritu Santo descender en forma de paloma sobre él, ése era el Mesías.

Y cuando vio la señal del Espíritu Santo descendiendo en forma de paloma sobre Jesús, reconoció que Jesús…, al cual conocían como el primo de Juan el Bautista, porque era hijo de María según estaba dado a conocer, nació a través de la virgen María, y Juan el Bautista nació a través de la prima de María; eran parientes.

Y Juan estaba muy contento, y reconocía y decía: “El que viene después de mí, es mayor que yo, es más poderoso que yo; Él les bautizará con Espíritu Santo y Fuego. Yo no soy digno de desatar la correa de Su calzado. Él es mayor que yo. El que viene después de mí era primero que yo.”

¿Y cómo puede ser que el que viene después es primero? Porque Jesucristo es el Ángel del Pacto, el que le dio la Ley al pueblo hebreo en el Monte Sinaí a través del profeta Moisés. Jesucristo en Su cuerpo angelical fue el Ángel del Pacto que le apareció a Moisés. Tan sencillo como eso.

Por eso la Escritura dice en Hebreos 2 y el libro de los Hechos, capítulo 7, que la Ley fue dada por comisión de Ángeles. Fue el Ángel del Pacto, Cristo, el que le dio la Ley al pueblo hebreo; porque Cristo es el Ángel del Pacto.

Y ahora cuando vino en carne humana vino para darle al pueblo el Nuevo Pacto. El único, el Ángel del Pacto es el único que puede dar al pueblo el Nuevo Pacto, al cual entran todos los que reciben a Cristo como único y suficiente Salvador.

El bautismo en agua y en el bautismo en agua nos identificamos con Cristo en Su muerte, sepultura y resurrección. Tan sencillo como eso.

Por lo tanto, bien pueden ser bautizados; y que Cristo les bautice con Espíritu Santo y Fuego, y produzca en ustedes el nuevo nacimiento; y haya cánticos en la gloria; porque dice que en el Cielo hay gozo, hay alegría, hay cánticos en el Cielo cuando un pecador se arrepiente.

Hubo cánticos cuando Cristo nació; y cuando una persona nace en el Reino de Dios hay cánticos en el Cielo, hay gozo en el Cielo, dice Jesucristo.

Por lo tanto, en el Cielo en estos momentos hay gozo, gozo en el Cielo de los ángeles, de las criaturas celestiales y de los santos que ya han partido y ven que ya se está llegando el momento de completarse el número de los creyentes en Cristo que nacerían en el Reino de Dios.

Por lo tanto, bien pueden ser bautizados; y que Cristo les bautice con Espíritu Santo y Fuego, y produzca en ustedes el nuevo nacimiento. Y nos continuaremos viendo eternamente en el Reino de Cristo nuestro Salvador.

Continúen pasando una tarde feliz, llena de las bendiciones de Cristo. Y a los que están en Villahermosa y ciudades cercanas, estaré con ustedes allá el próximo domingo y el sábado también... próximo sábado y domingo estaré en Villahermosa. Y también mañana, pero a eso del mediodía estaré en Veracruz.

Que Dios les continúe bendiciendo a todos, y nos continuaremos viendo por la eternidad. Y mañana… (¿en este mismo lugar?...) En Santa Marta. ¿Cuántos saben - conocen el lugar, el auditorio de Santa Marta? Ahí estaré también en la actividad o actividades que allí se estarán llevando a cabo. Entonces, Veracruz el martes... Corrijo: el martes es Veracruz. Mañana lunes aquí, es Santa Marta, aquí mismo en el D.F.

Bueno, que Dios les continúe bendiciendo a todos, y continúen pasando una tarde feliz, llena de las bendiciones de Cristo nuestro Salvador.

Dejo aquí al ministro Jorge Hernández... ¿Pronuncié bien el nombre? Al reverendo Jorge Hernández Martínez, para que les indique cómo hacer para ser bautizados en agua en el Nombre del Señor Jesucristo, todos los que lo han recibido como único y suficiente Salvador.

Que Dios les continúe bendiciendo a todos.

“LA SALVACIÓN DE LO QUE SE HABÍA PERDIDO.”

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